Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 6 de mayo de 2010

Amante de ensueño * CapítuLo 3/1

Hola!! aqui les traigo otra entrega de este libro de la magnifica Sherrilyn Kenyon!! Bueno recuerden que es lemmon, mayores de 18, Blablablá.. pero como siempre ustedes deciden :D
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Grace hizo lo que cualquier mujer que se encuentra a un hombre desnudo en su salita de estar hubiese hecho: gritar.

Y después, salir corriendo hacia la puerta.

Sólo que se olvidó de los cojines que habían amontonado en el suelo y que aún estaban allí. Se tropezó con unos cuantos y cayó de bruces.

¡No! Gritó mentalmente mientras aterrizaba de forma poco elegante y dolorosa. Tenía que hacer algo para protegerse.

Temblando de pánico, se abrió paso entre los cojines mientras buscaba un arma. Al sentir algo duro bajo la mano lo cogió, pero resultó ser una de sus zapatillas rosas con forma de conejo.

¡Joder! Por el rabillo del ojo vio la botella de vino. Rodó hacia ella y la cogió; entonces se giró para enfrentar al intruso.

Más rápido de lo que ella hubiese podido esperar, el hombre cerró sus cálidos dedos alrededor de su muñeca y la inmovilizó con mucho cuidado.

— ¿Te has hecho daño? —le preguntó.

¡Santo Dios!, su voz era profundamente masculina y tenía un melodioso y marcado acento que sólo podía describirse como musical. Erótico. Y francamente estimulante.

Con todos los sentidos embotados, Grace miró hacia arriba y…

Bueno…

Para ser honestos, sólo vio una cosa. Y lo que vio hizo que las mejillas le ardieran más que un gumbo cajún. Después de todo, cómo no iba a verlo si estaba al alcance de su mano. Y además, con semejante tamaño.

Al momento, el tipo se arrodilló a su lado, con mucha ternura le apartó el pelo de los ojos y pasó las manos por su cabeza en busca de una posible herida.

Grace se recreó con la visión de su pecho. Incapaz de moverse ni de mirar otra cosa que no fuese aquella increíble piel, sintió la urgencia de gemir ante la intensa sensación que los dedos de aquel tipo le estaban provocando en el pelo. Le ardía todo el cuerpo.

— ¿Te has golpeado la cabeza? —le preguntó él.

De nuevo, ese magnífico y extraño acento que reverberaba a través de su cuerpo, como una caricia cálida y relajante.

Grace miró con mucha atención aquella extensión de piel dorada por el sol, que parecía pedirle a gritos a su mano que la tocara.

¡El tipo prácticamente resplandecía!

Fascinada, deseó verle el rostro y comprobar por sí misma que era tan increíble como el resto de su cuerpo.

Cuando alzó la mirada más allá de los esculturales músculos de sus hombros, se quedó con la boca abierta. Y la botella de vino se deslizó entre sus adormecidos dedos.

¡Era él!

¡No!, no podía ser.

Esto no podía estar sucediéndole a ella, y él no podía estar desnudo en su sala de estar con las manos enterradas en su pelo. Este tipo de cosas no pasaban en la vida real. Especialmente a las personas equilibradas como ella.

Pero aun así…

— ¿Julián? —preguntó sin aliento.

Tenía la poderosa y definida constitución de un gimnasta. Sus músculos eran duros, prominentes y magníficos, y muy bien definidos; tenía músculos hasta en lugares donde ni siquiera sabía que se podían tener. En los hombros, los bíceps, en los antebrazos; en el pecho, en la espalda. Y del cuello hasta las piernas.

Cualquier músculo que se le antojara, se abultaba con una fuerza ruda y totalmente masculina.

Hasta aquello había comenzado a abultarse.

El pelo le caía a la buena de Dios en una melena ondulada, y le enmarcaba un rostro sin rastro de barba, que parecía haber sido esculpido en granito. Increíblemente guapo y cautivador, sus rasgos no resultaban femeninos ni delicados. Pero definitivamente, robaban el aliento.

Los sensuales labios se curvaban en una leve sonrisa que dejaba a la vista un par de hoyuelos con forma de media luna, en cada una de sus bronceadas mejillas.

Y sus ojos.

¡Dios mío!

Tenían el celestial azul claro de un perfecto día de verano, rodeados de un borde azul oscuro que resaltaba sus iris. Resultaban abrasadores de tan intensos, y reflejaban inteligencia. Grace tenía la sensación de que aquellos ojos podían realmente resultar letales.

O al menos, devastadores.

Y ella se sentía realmente devastada en esos momentos. Cautivada por un hombre demasiado perfecto para ser real.

Vacilante, extendió la mano para colocarla sobre su brazo. Se sorprendió mucho cuando no se evaporó, demostrando que no era una alucinación etílica.

No, ese brazo era real. Real, duro, y cálido. Bajo aquella piel que su mano tocaba, un poderoso músculo se flexionó, y el movimiento hizo que su corazón comenzara a martillearle con fuerza.

Atónita, no podía hacer otra cosa que mirarlo.

Julián alzó una ceja, intrigado. Nunca antes una mujer había salido huyendo de él. Ni lo había dejado de lado después de haberlo invocado.

Todas las demás habían esperado ansiosas a que él tomara forma y se habían lanzado directamente a sus brazos, exigiéndole que las complaciera.

Pero ésta no…

Era distinta.

En sus labios cosquilleaba una sonrisa mientras deslizaba los ojos por el cuerpo de aquella mujer.
Una abundante melena negra le caía hasta la mitad de la espalda, y sus ojos tenían el color gris pálido del mar justo antes de una tormenta, con motitas de color plata y verde que brillaban con calidez e inteligencia.

La pálida y suave piel estaba cubierta de pequeñas pecas. Era tan adorable como su suave e insinuante voz.

No es que eso importase demasiado.

Sin tener en cuenta cuál fuese su apariencia, él estaba allí para servirla sexualmente. Para perderse al saborear aquel cuerpo, y tenía toda la intención de hacer precisamente eso.

— Vamos —le dijo sujetándola por los hombros—. Déjame ayudarte.

— Estás desnudo —murmuró Grace mirándole de arriba abajo, totalmente perpleja, mientras se ponían en pie—. Estás muy desnudo.

Él le colocó unos cuantos mechones oscuros tras las orejas.

— Lo sé.

— ¡Estás desnudo!

— Sí, creo que ya lo hemos dejado claro.

— Estás tan contento, y desnudo.

Confundido, Julián frunció el ceño.

— ¿Qué?

Ella miró su erección.

— Estás contento —le dijo con una intencionada mirada—. Y estás desnudo.

Así le llamaban entonces en este siglo. Debería recordarlo.

— ¿Y eso te hace sentir incómoda? —le preguntó, asombrado por el hecho de que a una mujer le preocupara su desnudez, cosa que jamás había sucedido anteriormente.

— ¡Bingo!

— Bueno, conozco un remedio —dijo Julián, bajando el timbre de su voz mientras miraba la camisa de Grace y los endurecidos pezones que se marcaban a través de la tela. No podía esperar más para ver esos pezones.

Para saborearlos.

Se acercó para tocarla.

Grace se alejó un paso con el corazón desbocado. Esto no era real. No podía serlo. Estaba borracha y tenía alucinaciones. O quizás se había golpeado la cabeza con la mesita del sofá y estaba desangrándose, muriéndose poco a poco.

¡Sí, eso era! Eso tenía sentido.

Por lo menos, tenía más sentido que aquel palpitante estremecimiento que hacía que su cuerpo ardiera. Un estremecimiento que le pedía que se lanzara al cuello de aquel tipo.

Y de justos era decir que tenía un bonito cuello.

Cuando tengas una fantasía, muchacha, es que definitivamente estás agotada. Seguramente habrás estado trabajando más de la cuenta, y estás empezando a llevarte a casa los sueños de tus pacientes.

Julián se acercó a ella y le encerró el rostro entre sus fuertes manos. Grace no podía moverse. Se limitó a dejar que le alzara la cabeza hasta que pudo mirar de frente aquellos penetrantes ojos, que con toda seguridad podrían leerle el alma. La hipnotizaban como los de un mortífero depredador sosegando a su presa.

Grace se estremeció bajo su abrazo.

Y entonces, unos ardientes y exigentes labios cubrieron los suyos. Grace gimió en respuesta.
Había escuchado hablar toda su vida de besos que hacían flaquear las rodillas de las mujeres, pero ésta era la primera vez que le sucedía a ella.

¡Oh! Aquel hombre olía estupendamente, daba gusto tocarle y, además, sabía muchísimo mejor.

Por propia iniciativa, sus brazos envolvieron aquellos amplios y fuertes hombros. El calor del pecho del hombre se introdujo en su cuerpo, incitándola con la erótica y sensual promesa de lo que vendría a continuación. Y mientras tanto, él se dedicaba a embelesarla con sus labios con tanta maestría como un vikingo con la intención de arrasarlo todo a su paso.

Cada centímetro de su magnífico cuerpo estaba íntimamente pegado al suyo, acariciándola con la intención de despertar todos sus instintos femeninos. ¡Oh Dios! Su presencia la estimulaba como ningún otro hombre lo había hecho jamás. Deslizó la mano por los esculturales músculos de su espalda y suspiró cuando sintió que se movían bajo su mano.

Grace decidió en aquel preciso instante que si era un sueño, definitivamente no quería que sonara el despertador.

Ni el teléfono

Ni…

Las manos de Julián acariciaron su espalda antes de agarrarla por las nalgas y acercar más sus caderas, mientras su lengua seguía danzando en su boca. El aroma a sándalo inundaba sus sentidos.

Con el cuerpo derretido, exploró los duros y firmes músculos de su espalda desnuda, mientras los largos mechones de él le rozaban las manos en una erótica caricia.

Julián sintió que su cabeza daba vueltas con el cálido roce de Grace, con la sensación de sus brazos envolviéndolo mientras sus propias manos recorrían su suave y pecosa piel, un deleite para el hambriento.

Cómo le gustaban los sonidos inarticulados con los que ella provocativamente le respondía.
Mmm, estaba deseando oírla gritar de placer. Ver cómo su cabeza caía hacia atrás mientras su cuerpo se convulsionaba espasmo tras espasmo envolviendo su miembro.

Hacía muchísimo tiempo que no sentía las caricias de una mujer. Mucho tiempo desde que no gozaba del más mínimo contacto humano.

Sentía un deseo candente que le recorría todo el cuerpo; si ésta fuese su primera vez, devoraría a Grace como a un trozo de chocolate. La tumbaría y gozaría de ella como un hambriento invitado a un banquete.

Pero tenía que esperar a que se acostumbrara un poco a él.

Muchos siglos atrás, había aprendido que las mujeres siempre se desvanecían tras su primera unión. Definitivamente, no quería que ésta se desmayara.

Al menos todavía.

No obstante, no podía esperar un minuto más para poseerla.

La tomó en brazos y se encaminó hacia la escalera.

En un principio, Grace no reaccionó, perdida como estaba en la sensación de aquellos fuertes brazos que la rodeaban con pasión; su mente estaba totalmente centrada en el hecho de que un hombre la hubiera levantado del suelo y no hubiese gruñido por el esfuerzo. Pero al pasar junto a la enorme piña que decoraba el pasamanos de la escalera, salió de su ensimismamáento con un sobresalto.

— ¡Eh, tío! —le soltó agarrándose a la piña de caoba tallada como si se tratara de un salvavidas—. ¿Dónde crees que me llevas?

Él se detuvo y la miró con curiosidad. En ese momento, Grace fue consciente de que un hombre tan alto y poderoso como aquél, podría hacer lo que le apeteciese con ella y sería inútil intentar detenerlo.

Un estremecimiento de terror la sacudió.

Sin embargo, por muy peligrosa que la situación fuese, una parte de ella no estaba asustada. Algo en su interior le decía que ese hombre jamás le haría daño intencionadamente.

— Te llevo a tu dormitorio, donde podemos acabar lo que hemos empezado —dijo llanamente, como si estuviesen hablando del tiempo.

— Me parece que no.

Él encogió aquellos hombros, maravillosamente amplios.

— ¿Prefieres las escaleras entonces?, ¿o quizás el sofá? —se detuvo y echó un vistazo alrededor de su casa, como si estuviese considerando las opciones—. No es mala idea, en realidad. Hace mucho que no poseo a una mujer en un…

— ¡No, no, no! El único sitio donde vas a poseerme es en tus sueños. Y ahora déjame en el suelo antes de que me enfade de verdad.

Para su asombro, él obedeció.

Comenzó a sentirse un poco mejor una vez que sus pies tocaron tierra firme y subió dos escalones.

Ahora estaban frente a frente, y casi a la misma altura; bueno, si es que alguien podía estar alguna vez a la altura de un hombre con semejante autoridad e innato poder.

De pronto, el impacto de su presencia la golpeó con intensidad.

¡Era real!

¡Cielos!, Selena y ella habían conseguido convocarlo y traerlo a este mundo.

Con el rostro impasible y sin la más ligera muestra de que la situación lo divirtiera, la miró directamente a los ojos.

— No entiendo por qué estoy aquí. Si no quieres sentirme dentro de ti, ¿por qué me has convocado?

Estuvo a punto de gemir al escuchar sus palabras. Y más aún cuando la visión de su cuerpo dorado, esbelto y poderoso introduciéndose en ella le pasó por la mente.

¿Qué se sentiría cuando un hombre tan increíblemente delicioso te hacía el amor durante toda la noche?

Estaba claro que Julián sería delicioso en la cama. No cabía duda. Con la destreza y agilidad que caracterizaban sus movimientos, no hacía falta decir lo fenomenalmente bien que…

Grace se puso tensa ante el rumbo de sus pensamientos. ¿Qué pasaba con este hombre?

Jamás en su vida había sentido un deseo sexual como el que sentía en esos momentos. ¡Nunca!
Literalmente hablando, lo tumbaría en el suelo y se lo comería entero.

No tenía sentido.

Se había acostumbrado, con el paso de los años, a que le describieran innumerables encuentros sexuales de la forma más gráfica; algunos de sus pacientes incluso intentaban conmocionarla o excitarla.

Ni una sola vez habían conseguido su propósito.

Pero cuando se trataba de Julián, lo único que tenía en mente era cogerlo, echarlo en el suelo y subírsele encima.

Ese pensamiento, tan impropio de ella, le devolvió la sensatez.

Abrió la boca para responder su pregunta, y no dijo nada. ¿Qué iba a hacer con este hombre?

Aparte de aquello.

Movió la cabeza con incredulidad.

— ¿Qué se supone que voy a hacer contigo?

Los ojos de él se oscurecieron por la lujuria e intentó tocarla de nuevo.

¡Oh, sí!, le pedía su cuerpo, por favor, tócame por todos sitios.

— ¡Para! —espetó, dirigiéndose tanto a Julián como a sí misma; se negaba a perder el control. La cordura gobernaría la situación, no las hormonas. Ya había cometido ese error una vez, y no estaba dispuesta a repetirlo.

Subió de un salto un escalón más y lo miró directamente a los ojos. ¡Jesús, María y José!, era fantástico. El cabello rubio le caía en ondas hasta la mitad de la espalda, donde estaba sujeto por una tira de cuero marrón. Excepto tres finas trenzas acabadas en pequeñas cuentas de cristal, que oscilaban con cada uno de sus movimientos.

Las cejas, de color castaño oscuro, se arqueaban sobre unos ojos fascinantes a la par que terroríficos. Y esos ojos la estaban mirando con más pasión de la que debieran.

En ese momento desearía poder matar a Selena, sin ninguna duda.

Pero no tanto como le gustaría meterse en la cama con este hombre y clavar los dientes en esa piel dorada.

¡Déjalo ya!

— No entiendo lo que sucede —dijo al fin. Tenía que pensar; descubrir lo que debía hacer—. Necesito sentarme un minuto y tú… —deslizó los ojos sobre el magnífico cuerpo—. Tú necesitas taparte.

Julián puso una expresión crispada. Era la primera vez en toda su existencia que alguien le decía eso.

De hecho, todas las mujeres a las que había conocido antes de la maldición, no habían hecho otra cosa que intentar arrancarle la ropa. Lo más rápido posible. Y después de la maldición, sus invocadoras habían dedicado días enteros a contemplar su desnudez mientras pasaban las manos por su cuerpo, saboreando su presencia.

— Quédate aquí un momento —le dijo Grace antes de subir a toda prisa las escaleras.

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