Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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viernes, 28 de mayo de 2010

Amante de ensueño * CapítuLo 6/2

La furiosa mirada de Julián se endureció aún más.

— ¿Cómo soportas hablar de ella? Afrodita estaba tan celosa de ti que intentó casarte con un hombre horrible, y después casi te mató para evitar que te casaras con Cupido. Para ser la diosa del Amor, no tiene mucho para los demás, todo lo malgasta en ella misma.

Psique apartó la mirada.

— No hables así de ella —le espetó Cupido—. Es nuestra madre y se merece nuestro respeto.

La siniestra ira que reflejó el rostro de Julián habría aterrorizado al mismísimo diablo, y Cupido se encogió al verla.

— No te atrevas jamás a defenderla delante de mí.

Fue entonces cuando Cupido notó la presencia de Grace y de Selena. Las miró dos veces, sorprendido, como si acabasen de aparecer de repente en mitad del grupo.

— ¿Quiénes son?

— Amigas —contestó Julián, para sorpresa de Grace.

El rostro de Cupido adoptó una expresión dura y fría.

— Tú no tienes amigas.

Julián no respondió, pero la tirante mueca que torció sus labios afectó profundamente a Grace.

Aparentemente inconsciente de la dureza de sus palabras, Cupido se acercó indolentemente hasta Psique.

— Aún no me has dicho por qué es tan importante para ti echarle el guante a Príapo.

La mandíbula de Julián se tensó.

— Porque me maldijo a pasar la eternidad como un esclavo, y no puedo escapar. Quiero tenerlo delante el tiempo suficiente para empezar a arrancarle partes del cuerpo que no puedan volver a
crecerle.

Cupido perdió el color del rostro.

— Tío, ya le echó pelotas si hizo eso. Mamá le hubiese matado de haberse enterado.

— ¿En serio crees que voy a creerme que Príapo me hizo esto sin que ella se enterase? No soy tan estúpido, Eros. A esa mujer no le interesa nada lo que pueda ocurrirme.

Cupido negó con la cabeza.

— No empieces con eso. Cuando te ofrecí sus regalos me dijiste que me los metiera por mi orificio trasero. ¿Te acuerdas?

— ¿Por qué lo haría? —preguntó Julián con sarcasmo—. Zeus me expulsó del Olimpo horas después de mi nacimiento, y Afrodita jamás se molestó en discutir la decisión. Sólo os acercabais a mí para torturarme de algún modo. —Julián miró a Cupido con furia asesina—. Cuando a un perro se le golpea con frecuencia, acaba volviéndose agresivo.

— Vale, lo admito. Algunos de nosotros podríamos haber sido un poco más condescendientes contigo, pero…

— Nada de peros, Cupido. No hicisteis nada por mí, ni una puñetera vez. Especialmente ella.

— Eso no es cierto. Mamá jamás superó que le dieses la espalda. Eras su favorito.

Julián resopló.

— ¿Y por eso he estado atrapado en un libro los últimos dos mil años?

Grace sufría por él. ¿Cómo podía Cupido escucharlo tan tranquilo, sin ni siquiera pensar en usar sus poderes para liberar a su hermano de un destino peor que la muerte? No era de extrañar que Julián les maldijera. Súbitamente, Julián cogió una daga del cinturón de Cupido y se hizo un profundo corte en la muñeca.

Ella jadeó horrorizada, pero antes de poder abrir la boca, la herida se cerró sin haber derramado una sola gota de sangre.

Cupido abrió los ojos de par en par.

— ¡Qué cabrón! —jadeó—. Ésa es una de las dagas de Hefesto.

— Ya lo sé —le respondió Julián mientras le devolvía el arma—. Hasta tú puedes morir si te hieren con una de éstas, pero yo no. Hasta ahí llega la maldición de Príapo.

Grace contempló el horror en los ojos de Cupido al ser consciente de la magnitud de lo ocurrido.

— Sabía que te odiaba, pero jamás pensé que caería tan bajo. Tío, ¿en qué estaba pensando?

— No me importa lo que pensara, sólo quiero librarme de esto.

Cupido asintió. Por primera vez, Grace vio simpatía y preocupación en su mirada.

— Muy bien, hermanito. Paso por paso. No te vayas muy lejos mientras voy a buscar a mamá y veo lo que tiene que decir al respecto.

— Si me quiere tanto como dices, ¿por qué no la llamas para que venga aquí y hablo directamente con ella?

Cupido le miró pensativamente.

— Porque la última vez que mencioné tu nombre, estuvo llorando durante un siglo. Le hiciste mucho daño.

Aunque la apariencia de Julián seguía siendo rígida y distante, Grace sospechaba que, en el fondo, debía haber sufrido tanto como su madre.

Si no más.

— Lo consultaré con ella y volveré en un momento —le dijo mientras pasaba un brazo alrededor de los hombros de Psique—. ¿De acuerdo?

Julián alargó el brazo, cogió el colgante que Cupido llevaba al cuello y tiró de él con fuerza.

— De este modo me aseguro de que regreses.

Cupido se frotó el cuello; parecía bastante malhumorado.

— Ten mucho cuidado. Ese arco puede ser muy peligroso si cae en las manos equivocadas.

— No temas. Recuerdo muy bien cómo duele.

Ambos intercambiaron una mirada cargada de significado.

— Hasta ahora —se despidió Cupido dando una palmada, y junto con Psique, se desvaneció entre los vapores de una neblina dorada.

Grace retrocedió un paso, con la mente en ebullición. No podía acabar de creerse lo que había presenciado.

— Debo estar soñando —murmuró—. O eso, o he visto demasiados episodios de Xena.

Permaneció muy quieta mientras se esforzaba por digerir todo lo que había visto y oído.

— No puede haber sido real. Debe ser algún tipo de alucinación.

Julián suspiró con cansancio.

— Me gustaría poder creerlo.

— ¡Dios Santo!, ¡ése era Cupido! —exclamó Selena extasiada—. Cupido. El real. Ese querubín tan mono que tiene poder sobre los corazones.

Julián resopló.

— Cupido es cualquier cosa menos «mono». Y con respecto a los corazones, se encarga de destrozarlos.

— Pero hace que la gente se enamore.

— No —le contestó, apretando con más fuerza el colgante entre sus dedos—. Lo que él ofrece es una ilusión. Ningún poder celestial puede conseguir que un humano ame a otro. El amor proviene del corazón —confesó con una nota apesadumbrada en la voz.

Grace buscó su mirada.

— Hablas como si lo supieras de primera mano.

— Lo sé.

Grace sentía su dolor como si fuese el de ella. Alargó el brazo para tocarle suavemente el brazo.

— ¿Eso fue lo que le ocurrió a Penélope? —le preguntó en voz baja.

Julián apartó la mirada de Grace, pero ella captó el sufrimiento que se reflejó en sus ojos.

— ¿Hay algún lugar donde pueda cortarme el pelo? —preguntó inesperadamente.

— ¿Qué? —respondió Grace, consciente de que había cambiado el tema para, de ese modo, no tener que contestar a su pregunta—. ¿Por qué?

— No quiero tener nada que me recuerde a ellos —el dolor y el odio que se veían en su rostro eran tangibles.

De mala gana, Grace asintió.

— Hay un lugar en el Brewery.

— Por favor, llévame.

Y Grace lo hizo. Abrió la marcha de vuelta al centro comercial, hasta llegar al salón de belleza.

Nadie dijo una palabra hasta que estuvo sentado en la silla con la estilista detrás.

— ¿Está seguro de que quiere cortárselo? —preguntó la chica, pasando las manos con una caricia reverente entre los largos y dorados mechones—. Le aseguro que es magnífico. La mayoría de los hombres están espantosos con el pelo largo, pero a usted le sienta de maravilla, ¡lo tiene tan saludable y suave! Me encantaría saber qué usa para acondicionarlo.

El rostro de Julián permaneció impasible.

— Córtelo.

La chica, una diminuta morena, miró por encima de su hombro buscando a Grace.

— ¿Sabe? Si tuviese esto en mi cama todas las noches y pudiese acariciarlo, no me gustaría nada que quisiese estropearlo.

Grace sonrió. Si la chica supiera…

— Es su pelo.

— Está bien —contestó con un suspiro resignado. Lo cortó justo por encima de los hombros.

— Más corto —dijo Julián mientras la chica se alejaba.

La estilista pareció sorprendida.

— ¿Está seguro?

Julián asintió con la cabeza.

Grace observó en silencio cómo la chica le cortaba el pelo dejándoselo con un estilo que recordaba al David de Miguel Ángel, con los rizos alborotados enmarcándole el rostro.

Estaba más deslumbrante que antes, si es que eso era posible.

— ¿Qué tal? —le preguntó la chica finalmente.

— Está bien —le respondió él—. Gracias.

Grace pagó el corte y le dio una propina a la chica. Miró a Julián y sonrió.

— Ahora pareces de esta época.

Él volvió la cabeza con un gesto rápido, como si ella le hubiese dado un bofetón.

— ¿Te he ofendido? —le preguntó Grace, preocupada por la posibilidad de haberle hecho daño inadvertidamente. Eso era lo último que Julián necesitaba.

— No.

Pero Grace lo intuía. Algo relacionado con su comentario le había herido. Profundamente.

— Entonces —dijo Selena pensativamente, mientras se unían a la multitud que atestaba el Brewery—, ¿eres hijo de Afrodita?

Él la miró de reojo, furioso.

— No soy hijo de nadie. Mi madre me abandonó, mi padre me repudió y crecí en un campo de batalla espartano, bajo el puño de cualquiera que anduviese cerca.

Sus palabras desgarraron el corazón de Grace. No era de extrañar que fuese tan duro. Tan fuerte.

La asaltó una inquietud: ¿lo habría abrazado alguien con cariño alguna vez? Sólo una vez, sin que él tuviese que complacer a ese alguien primero.

Julián encabezaba la marcha y Grace observaba su andar sinuoso. Parecía un depredador esbelto y letal. Llevaba los pulgares metidos en los bolsillos delanteros de los vaqueros, y caminaba totalmente ajeno a las mujeres que suspiraban y babeaban a su paso.

Intentó imaginarse a Julián con la apariencia que habría tenido llevando su armadura de batalla.
Dada su arrogancia y su modo de moverse, debía haber sido un fiero luchador.

— Selena —llamó a su amiga en voz baja—. ¿No leí en la facultad que los espartanos golpeaban a sus hijos todos los días, para comprobar el grado de dolor que podían soportar?

Julián le contestó en su lugar.

— Sí. Y una vez al año, hacían una competición en busca del chico que aguantase la paliza más dura sin llorar.

— Un gran número de ellos moría por la brutalidad de las competiciones —añadió Selena—. Bien durante la paliza o por las posteriores heridas.

Grace lo recordó todo de repente. Sus palabras acerca de ser entrenado en Esparta y su odio por los griegos.

Selena miró con tristeza a Grace antes de dirigirse a Julián.

— Siendo el hijo de una diosa, supongo que aguantarías más de una paliza.

— Sí, las soportaba —dijo llanamente, con la voz carente de emociones.

Grace nunca tuvo más deseos de abrazar a otro ser humano como en ese momento. Quería sostener a Julián entre sus brazos. Pero sabía que a él no le agradaría.

— Bueno —comentó Selena, y por su mirada, Grace supo que intentaba alegrar el ambiente—, tengo un poco de hambre. ¿Por qué no pillamos unas hamburguesas en el Hard Rock?

Julián frunció el ceño hasta formar una profunda V.

— ¿Por qué tengo constantemente la impresión de que habláis en otro idioma? ¿Qué es «pillar una hamburguesa en el Hard Rock»?

Grace soltó una carcajada.

— El Hard Rock es un restaurante.

Julián pareció horrorizado.

— ¿Coméis en un sitio cuyo nombre anuncia que la comida es más dura que una roca?
Grace se rió aún más. ¿Por qué nunca se había percatado de eso?

— Es muy bueno, en serio, ya verás.

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