Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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lunes, 14 de junio de 2010

Amante de ensueño * CapítuLo 8/3

— Muy bien —le dijo Julián, y su aliento le rozó la oreja haciendo que una descarga eléctrica la traspasara. Al instante, le cogió las manos y los dos juntos sostuvieron los cubiertos.

Cerró los ojos, mientras aspiraba el dulce aroma a flores que desprendía el cabello de Grace.
Estaba empleando toda su fuerza de voluntad para concentrarse en la tarea de enseñarle a comer tallarines, y olvidarse de lo mucho que deseaba hacerle el amor.

Ella deslizó provocativamente los dedos entre los suyos, intensificando de ese modo las sensaciones que su piel cálida y suave producían en Julián. Un nuevo tipo de desesperación se adueñó de él. Una que no era capaz de nombrar. Sabía lo que quería de ella, y no se trataba sólo de su cuerpo.

Pero no se atrevía a pensar en eso.

No se atrevía a tener esperanzas.

Grace no estaba a su alcance. Su corazón se lo decía, y su alma. Ni todo el anhelo del mundo podría cambiar un hecho esencial: no se merecía una mujer como ella.

Jamás lo había merecido…

Abrió los ojos y le mostró el modo de usar la cuchara para ayudarse a enrollar los tallarines en el tenedor.

— ¿Ves? —murmuró, acercándole el tenedor a los labios—. Es sencillo.

Ella abrió la boca y Julián introdujo con cuidado el tenedor. Mientras lo sacaba, deslizándolo entre sus labios, sintió que experimentaba una nueva forma de tortura.

El corazón le latía a un ritmo frenético y salvaje, y su sentido común le decía que se alejara de ella.

Pero no podía. Llevaba tanto tiempo sin compañía. Tanto tiempo sin tener un amigo…

No podía dejarla ahora. No sabía cómo hacerlo.

Así que siguió dándole de comer.

Grace se reclinó entre sus brazos. Apartó las manos de las suyas y dejó que él tomara el control.
Mientras masticaba los tallarines, cogió un trozo de pan y se lo ofreció a Julián. Él le mordisqueó los dedos al ponérselo en la boca.

Grace sonrió y le acarició el mentón mientras masticaba. ¡Uf! La forma en que se tensaba ese músculo bajo su mano… le encantaba cómo se movía su cuerpo, cómo se relajaban y se contraían
sus músculos, por muy pequeño que fuese el esfuerzo.

Una mujer jamás podría cansarse de mirarlo.

Tomó un sorbo de vino y, mientras tanto, Julián le robó unos cuantos tallarines.

— ¡Oye, tú! —le dijo bromeando—. Eso es mío.

Sus celestiales ojos azules resplandecieron al sonreír, y le ofreció de nuevo el tenedor para que siguiera comiendo.

Mientras masticaba, Grace le acercó la copa de vino a los labios.

Desafortunadamente, no calculó bien y la alejó demasiado pronto, con lo que el vino se derramó por su barbilla y cayó sobre la camisa.

— ¡Lo siento! —exclamó, limpiándole la barbilla con los dedos. Su incipiente barba le raspaba la piel—. ¡Jesús! ¡La que he formado!

A él no pareció molestarle en absoluto. Le cogió la mano y se dedicó a lamer el vino que caía por sus dedos.

Grace dejó escapar un gemido. Julián le lamía los dedos y los mordisqueaba con mucha suavidad, y ella se estremecía de la cabeza a los pies.

Uno a uno, los fue limpiando meticulosamente. Y cuando acabó, le alzó la barbilla y capturó sus labios.

Pero no fue el beso exigente y fiero al que ella estaba acostumbrada. El que utilizaba para seducirla y devorarla.

Éste fue suave y tranquilo. Tierno. Los labios de Julián eran delicados pero exigentes.

Entonces se alejó.

— ¿Aún tienes hambre? —le preguntó.

— Sí —balbució Grace, sin referirse a la comida, sino a los apetitos que su cuerpo estaba experimentando junto a él.

Julián le ofreció más tallarines.

Cuando ella le acercó la copa nuevamente para calmar su sed, Julián le cubrió la mano con la suya mientras la observaba con ojos risueños.

Así siguieron, dándose de comer y deleitándose en su mutua compañía, hasta el final de la película. Julián pareció muy interesado en las luchas finales.

— Vuestras armas son fascinantes —comentó.

— Supongo que para un general deben serlo.

Él la miró de reojo y siguió atento a la película.

— ¿Qué es lo que más te gusta de Matrix?

— Las alegorías.

Él asintió.

— Tiene influencias de Platón.

— ¿Conoces a Platón? —le preguntó sorprendida.

— Lo estudié cuando era joven.

— ¿En serio?

No pareció divertido por la conversación.

— Se las arreglaban para enseñarnos unas cuantas cosas entre paliza y paliza.

— No estás hablando en serio, Julián.

— Ya.

Una vez acabó la película, la ayudó a recoger la cocina.

Cuando ella cargaba el lavavajillas, sonó el teléfono.

— No tardaré nada —le dijo mientras corría hacia la salita para contestar.

— Grace, ¿eres tú?

Se quedó helada al escuchar la voz de Rodnay Carmichael.

— Hola, señor Carmichael —lo saludó fríamente.

En ese momento, habría matado a Luanne por marcharse de la ciudad.

Tan sólo había tenido una sesión con Rodney, el miércoles, pero había sido suficiente para hacer que deseara contratar a un detective privado que buscase a Luanne y la trajera de vuelta.

El tipo le daba escalofríos.

— ¿Dónde estuviste hoy, Grace? No estarás enferma, ¿verdad? Podría llevarte…

— ¿No le cambió Lisa su cita?

— Sí, pero estaba pensando que podíam…

— Mire, señor Carmichael, no atiendo a mis pacientes en casa. Le veré a la hora de su sesión. ¿De acuerdo?

La línea se quedó en silencio.

— ¿Grace?

Ella saltó y chilló al escuchar la voz de Julián a su espalda.

Él la observaba con curiosidad, con una expresión que muy bien podría haber encontrado divertida si no hubiese estado tan aterrorizada.

— ¿Estás bien? —le preguntó él.

— Sí, lo siento —dijo, colgando el teléfono—. Era ese paciente del que te hablé. Rodney Carmichael. Me saca de quicio.

— ¿Qué?

— Que me pone muy nerviosa —por primera vez, agradecía muchísimo la presencia de Julián. De no estar él, se habría ido a casa de Selena y Bill, en busca de su hospitalidad durante el fin de
semana—. Venga —le dijo mientras apagaba la luz de la cocina—. ¿Nos vamos arriba y empiezo a enseñarte a leer?

Julián negó con la cabeza.

— No abandonas, ¿verdad?

— No.

— Muy bien —le respondió, siguiéndola escaleras arriba—. Acepto que me des clases si te pones la negligé roj…

— No, no y no —dijo ella, deteniéndose en mitad de la escalera y girándose para mirarlo—. Me temo que eso no va a ser posible.

Él se acercó y acarició el pelo que le caía sobre el hombro.

— ¿No sabes que necesito una musa que me anime a aprender? ¿Y qué mejor musa que tú vestida con…?

Grace le colocó los dedos sobre los labios para impedir que siguiera hablando.

— Si me pongo eso, dudo mucho que vayas a aprender algo que no sepas ya.

Él le mordisqueó los dedos.

— Prometo comportarme bien.

Sabiendo que era una idea pésima, dejó que la convenciera.

— Será mejor que te comportes —le advirtió, mirándole por encima del hombro mientras acababa de subir los escalones.

Grace entró en el enorme vestidor que su padre había convertido en biblioteca años atrás, y rebuscó en los estantes hasta encontrar su viejo cuento de Peter Pan.

Julián rebuscó en sus cajones hasta encontrar el deplorable atuendo.

Intercambiaron objetos en el centro de la habitación. Grace corrió hacia el cuarto de baño y se cambió de ropa pero, tan pronto como se contempló en el espejo, con la diáfana prenda roja, fue incapaz de moverse. ¡Puaj! Si Julián la veía con esas pintas saldría dando alaridos de la habitación.

Incapaz de soportar la humillación de verlo decepcionado por su cuerpo, se quitó la negligé y se puso su sencilla camisola rosa. Se envolvió en su grueso albornoz antes de regresar a la habitación.

Julián meneó la cabeza.

— ¿Por qué te has puesto eso?

— Mira, no soy idiota. No tengo el tipo de cuerpo que hace que los hombres babeen.

— ¿Qué estás intentando decirme?, ¿que eres un hombre?

Ella frunció el ceño ante su lógica.

— No.

— ¿Entonces cómo sabes que tu cuerpo no despierta el deseo de un hombre?

— Porque no soy ciega. ¿Vale? Los hombres no babean por mí del mismo modo que las mujeres hacen contigo. ¡Maldita sea!, me considero afortunada cuando se dan cuenta de que soy una
mujer.

— Grace —masculló, levantándose. Se puso en pie y se detuvo a los pies de la cama—. Ven aquí
—le ordenó.

Ella obedeció.

Julián la colocó exactamente enfrente del espejo de cuerpo entero.

— ¿Qué ves? —le preguntó.

— A ti.

Él le sonrió.

Inclinándose, apoyó la barbilla sobre el hombro de Grace.

— ¿Qué ves cuando te miras?

— Veo a alguien que necesita perder de seis a nueve kilos y comprarse un cargamento de crema antimanchas para hacer desaparecer las pecas.

A él no pareció hacerle gracia.

Le pasó las manos por la cintura, hasta la parte delantera del albornoz, donde descansaba el nudo del cinturón.

— Déjame que te diga lo que yo veo —ronroneó justo sobre su oreja, mientras colocaba las manos sobre el cinturón, sin abrirlo—. Veo un hermoso cabello, oscuro como la noche. Suave y abundante. Tienes el cabello ideal para que caiga en cascada sobre el vientre desnudo de un hombre, para enterrar la cara en él y aspirar su aroma.

Grace empezó a temblar.

— Tienes un rostro con forma de corazón, semejante al de un pequeño diablillo, con labios llenos y sensuales que piden a gritos ser besados. Y con respecto a tus pecas, son fascinantes. Añaden un toque juvenil a tu encanto que te hace única e irresistible.

No sonaba tan mal dicho por él.

Le desabrochó el albornoz e hizo una mueca ante la visión de la camisola rosa. Abriéndolo del todo, siguió hablando.

— ¿Qué tenemos aquí? —masculló, devorándola con los ojos.

Antes de poder pensar siquiera en protestar, Julián le bajó el albornoz por los brazos y lo dejó caer al suelo, a sus pies. Volvió a apoyar la barbilla en su hombro mientras sus ojos la contemplaban a través del espejo.

Le alzó la camisola.

— Julián —dijo ella, cogiéndole la mano.

Sus miradas se encontraron en el espejo. Grace no pudo moverse, ya que la pasión y la ternura que se reflejaban en los ojos de Julián la sumieron en un estado de trance.

— Quiero verte, Grace —le dijo en un tono que dejaba a las claras que no admitiría un no por respuesta.

Antes de poder volver a pensar con claridad, él le quitó la camisola y pasó sus manos sobre la piel desnuda de su estómago.

— Tus pechos no son pequeños —susurró, incorporándose tras ella—. Tienen el tamaño perfecto para la mano de un hombre —y para demostrar su afirmación, acercó las manos y los cubrió con ellas.

— Julián —balbució Grace con un gemido y el cuerpo abrasado—. Recuerda tu promesa.

— Me estoy comportando bien —respondió él con voz ronca.

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