Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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miércoles, 21 de julio de 2010

Amante de ensueño * CapítuLo 10/1

Esta novela no me pertenece, es de Sherrilyn Kenyon. Yo solo la publico para que disfruteis tanto como yo. Los capítulos, estan divididos en varias partes, para que sea mas fácil su lectura. Esta novela es de Rated M, contenido para adultos, y lemmon.
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Algo iba mal. Grace lo notaba en el ambiente mientras conducía hacia el Barrio Francés. Julián iba sentado junto a ella, mirando por la ventana.

Había intentado varias veces hacerlo hablar, pero no había modo de que despegara los labios.
Todo lo que se le ocurría era que estaba deprimido por lo sucedido en el cuarto de baño. Debía ser duro para un hombre habituado a mantener un férreo control de sí mismo perderlo de aquel modo.

Aparcó el coche en el estacionamiento público.

— ¡Vaya, qué calor hace! —exclamó al salir y sentirse inmediatamente asaltada por el aire cargado y denso.

Echó un vistazo a Julián, que estaba realmente deslumbrante con las gafas de sol oscuras que le había comprado. Una fina capa de sudor le cubría la piel.

— ¿Hace demasiado calor para ti? —le preguntó, pensando en lo mal que lo estaría pasando con los vaqueros y el polo de punto.

— No voy a morirme, si te refieres a eso —le contestó mordazmente.

— Estamos un poco irritados, ¿no?

— Lo siento —se disculpó al llegar a su lado—. Estoy pagando mi mal humor contigo, cuando no tienes la culpa de nada.

— No importa. Estoy acostumbrada a ser el chivo expiatorio. De hecho, lo he convertido en mi profesión.

Puesto que no podía verle los ojos, Grace no sabía si sus palabras le habían hecho gracia o no.

— ¿Eso es lo que hacen tus pacientes?

Ella asintió.

— Hay días que son espeluznantes. Pero prefiero que me grite una mujer a que lo haga un hombre.

— ¿Te han hecho daño alguna vez? —El afán de protección de su voz la dejó perpleja. Y encantada. Había echado mucho de menos tener a alguien que la cuidase.

— No —contestó, intentando disipar la evidente tensión de su cuerpo. Esperaba que nunca le hiciesen daño, pero después de la llamada de Rodney, no estaba muy segura, y era bastante posible que ese tipo acabase con su buena suerte.

Estás siendo ridícula. Sólo porque el hombre te ponga los pelos de punta no significa que sea peligroso.

La expresión del rostro de Julián era dura y muy seria.

— Creo que deberías buscarte una nueva profesión.

— Tal vez —le dijo evasivamente. No tenía ninguna intención de dejar su trabajo—. A ver, ¿dónde vamos primero?

Él se encogió de hombros despreocupadamente.

— Me da exactamente igual.

— Entonces, vamos al Acuario. Por lo menos hay aire acondicionado —y cogiéndolo del brazo, cruzó el estacionamiento y se encaminó por Moonwalk hacia el lugar.

Julián permaneció en silencio mientras ella compraba las entradas y lo guiaba hacia el interior.
No dijo nada hasta que estuvieron paseando por los túneles subacuáticos, que les permitían observar las distintas especies marinas en su hábitat natural.

— Es increíble —balbució cuando una enorme raya pasó sobre sus cabezas. Tenía una expresión infantil, y la luz que chispeaba en sus ojos la llenó de calidez.

Súbitamente, sonó su busca. Soltó una maldición y miró el número. ¿Una llamada desde el despacho un sábado?

Qué raro.

Sacó el móvil del bolso y llamó.

— ¡Hola, Grace! —le dijo Beth, tan pronto como descolgó—. Escucha, estoy en mi consulta.
Anoche entró alguien al despacho.

— ¡No!, ¿quién haría algo así?

Grace captó la mirada curiosa en los ojos de Julián. Le ofreció una sonrisa insegura, y siguió escuchando a Beth Livingston, la psiquiatra que compartía la consulta con Luanne y con ella.

— Ni idea. Hay un equipo de la policía buscando huellas y todo está acordonado. Por lo que he visto, no se han llevado nada importante. ¿Tenías algo de valor en tu consulta?

— Sólo el ordenador.

— Está todavía allí. ¿Algo más? ¿Dinero, cualquier otra cosa?

— No, nunca dejo objetos de valor ahí.

— Espera, el oficial quiere hablar contigo.

Grace esperó hasta escuchar una voz masculina.

— ¿Doctora Alexander?

— Sí, soy yo.

— Soy el oficial Allred. Parece que se llevaron su organizador Rodolex y unos cuantos
archivadores. ¿Sabe de alguien que pudiera estar interesado en ellos?

— Pues no. ¿Necesita que vaya para allá?

— No, no. Estamos buscando huellas, pero si se le ocurre algo, por favor, llámenos —y le pasó el teléfono a Beth.

— ¿Quieres que vaya? —le preguntó.

— No. No hay nada que puedas hacer. En realidad, es bastante aburrido.

— Vale, avísame al busca si necesitas algo.

— Lo haré.

Grace colgó el teléfono y lo devolvió al bolso.

— ¿Ha pasado algo? —preguntó Julián.

— Alguien entró anoche en mi despacho.

Él frunció el ceño.

— ¿Para qué?

— Ni idea —la pausa de Grace hizo que el ceño de Julián se intensificara, mientras ella pensaba en los posibles motivos—. No puedo imaginarme para qué iba a querer alguien mi Rodolex.
Desde que me compré el Palm Pilot, ni siquiera lo he usado. Es muy extraño.

— ¿Tenemos que irnos?

Ella agitó la cabeza.

— No hace falta.

Julián dejó que Grace lo guiara alrededor de los diferentes acuarios, mientras le leía las extrañas inscripciones que explicaban detalles sobre las distintas especies y sus hábitats.

¡Por los dioses!, cómo le gustaba escuchar el sonido de su voz al leer. Había algo muy relajante en la voz de Grace. Le pasó un brazo por los hombros mientras paseaban. Ella le rodeó la cintura y enganchó un dedo en una de las trabillas del cinturón.

El gesto consiguió debilitarlo. Se dio cuenta de que pasaba las horas deseando sentir el roce de su cuerpo. Y la sensación sería mucho más placentera si ambos estuviesen desnudos en ese mismo momento.

Cuando ella le sonrió, el corazón se le aceleró descontroladamente. ¿Qué tenía esta mujer que despertaba algo en él que jamás había sentido?

Pero en el fondo lo sabía. Era la primera mujer que lo veía. No a su apariencia física, ni a sus proezas de guerrero. Ella veía su alma.

Jamás había pensado que podía existir una persona así.

Grace lo trataba como a un amigo. Y su interés en ayudarlo era genuino. O al menos, eso parecía.

Es parte de su trabajo.

¿O era de verdad?

¿Podía una mujer tan maravillosa y compasiva como ella preocuparse realmente por un tipo como él?

Grace se detuvo delante de otra inscripción. Julián se quedó tras ella y le pasó ambos brazos por los hombros. Ella le acarició distraídamente los antebrazos mientras leía.

Con el cuerpo en llamas por el deseo que despertaba en él, inclinó la barbilla hasta apoyarla sobre su cabeza y escuchar de ese modo la explicación, mientras observaba cómo nadaban los peces. El olor de su piel invadió sus sentidos y anheló volver a su casa, donde podría quitarle la ropa.

No era capaz de recordar cuándo había sido la última vez que deseó tanto a una mujer como le ocurría con Grace. De hecho, no creía posible que algo así le hubiese ocurrido antes. Deseaba perderse en su interior. Sentir sus uñas arañándole la espalda mientras gritaba al llegar al clímax.

Que las Parcas se apiadasen de él. Grace se le había metido bajo la piel.

Y estaba aterrado. Ella ocupaba un lugar en su corazón que acabaría destrozándolo si le faltaba.
Sólo ella podía acabar realmente con él. Hacerlo pedazos.

Era casi la una del mediodía cuando salieron del Acuario. Grace se encogió tan pronto como volvieron a la calle, asaltada por la oleada de calor. En días como éste, se preguntaba cómo podría la gente sobrevivir antes de que se inventara el aire acondicionado.

Miró a Julián y sonrió. Por fin había encontrado a alguien a quien preguntar.

— Dime una cosa, ¿qué hacíais para sobrevivir en días tan calurosos como éste?

Él arqueó una ceja con un gesto arrogante.

— Hoy no hace calor. Si quieres saber lo que es el calor, intenta atravesar un desierto con todo tu ejército, llevando la armadura y con sólo medio odre de agua para mantenerte.

Ella hizo un gesto compasivo.

— Abrasador, supongo.

Él no respondió.

Grace echó un vistazo a la plaza, atestada de gente.

— ¿Quieres que vayamos a ver a Selena y demos una vuelta por la plaza? Debe estar en su tenderete. El sábado suele ser uno de sus mejores días.

— Vamos.

Agarrados de la mano, bajaron la calle hasta llegar a Jackson Square. Como era de esperar,
Selena estaba en su puestecillo con un cliente. Grace comenzó a alejarse para no interrumpir, pero Selena la vio y le hizo un gesto para que se acercara.

— Oye, Gracie, ¿te acuerdas de Ben? Bueno, mejor del doctor Lewis, de la facultad.

Grace dudó en acercarse al reconocer al tipo corpulento, entrado ya en los cuarenta.

¿Que si lo recordaba? Le había puesto una nota bajísima en su asignatura, con lo cual, le bajó la media de todo el curso. Sin mencionar que el hombre tenía un ego tan grande como el territorio de Alaska, y le encantaba hacer pasar un mal rato a sus alumnos. De hecho, aún recordaba a una pobre chica que se echó a llorar cuando él dio el sádico examen final que había preparado. El tío se rió, literalmente a carcajadas, cuando vio la reacción de la chica.

— ¡Hola! —saludó, Grace intentando no demostrar su antipatía. Suponía que el hombre no podía evitar ser detestable. Como buen licenciado por la universidad de Harvard, debía pensar que el mundo giraba a su alrededor.

— Señorita Alexander —la saludó con el mismo tono despectivo tan insoportable que ella recordaba a la perfección.

— En realidad debería llamarme doctora Alexander —lo corrigió, encantada al ver cómo abría los ojos por la sorpresa.

— Discúlpeme —le dijo con un tono de voz que distaba mucho de parecer arrepentido.

— Ben y yo estábamos charlando sobre la Antigua Grecia —explicó Selena, dedicándole una diabólica sonrisa a Julián—. Soy de la opinión de que Afrodita era hija de Urano.

Ben puso los ojos en blanco.

— No me cansaré de decirte que, según la opinión más extendida, era hija de Zeus y Dione.
¿Cuándo vas a aceptarlo y a unirte a nosotros?

Selena lo ignoró.

— Dime, Julián, ¿quién tiene razón?

Ben recorrió a Julián de arriba abajo con una arrogante mirada. Grace sabía que lo único que veía en él era a un hombre excepcionalmente apuesto, que parecía sacado de un anuncio de automóviles.

— Joven, ¿ha leído usted alguna vez a Homero?, ¿sabe quién es?

Grace suprimió una carcajada ante la pregunta. Estaba deseando escuchar la respuesta de Julián.

Él se rió con ganas.

— He leído a Homero en profundidad. Las obras que se le atribuyen no son más que una amalgama de leyendas, fusionadas con datos reales a lo largo de los siglos, y cuyos verdaderos orígenes se han perdido en las brumas del tiempo. Muy al contrario que la Teogonía de Hesíodo, la cual escribió con la ayuda directa de Clío.

El doctor Lewis dijo algo en griego clásico.

— Es más que una simple opinión, doctor —le contestó Julián en inglés—. Es un hecho probado.

Ben volvió a mirarlo con atención, pero Grace sabía que aún no estaba muy dispuesto a creer que
alguien con el aspecto de Julián pudiese darle una lección en su propio campo.

— ¿Y usted cómo lo sabe?

Julián le respondió en griego.

Por primera vez desde que conocía a aquel hombre, hacía ya más de una década, Grace le vio totalmente sorprendido.

— ¡Dios mío! —jadeó—. Habla griego como si fuese su lengua materna.

Julián miró a Grace con una sonrisa sincera; se estaba divirtiendo.

— Ya te lo dije —le dijo Selena—. Conoce a los dioses griegos mejor que cualquier otra persona.

El doctor Lewis vio entonces el anillo de Julián.

— ¿Es eso lo que creo que es? —inquirió—. ¿Un anillo de general?

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