Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 21 de enero de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 8

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 8

Cuando consiguió dormirse, sus sueños se convirtieron en un calidoscopio de imágenes confusas sin orden ni concierto. Rostros y lugares giraban y desaparecían en su mente, hasta que sintió que el torbe-
llino la arrastraba.

Pasaron unos minutos hasta que todo se tranquilizó y Amanda consiguió ver las imágenes con clari-
dad. Unas personas desconocidas la saludaban al pasar junto a ellas. Todo era increíblemente real; pa-
recía un recuerdo olvidado, más que un simple sueño. Incluso conocía los nombres de todos esos hom-bres sin haberlos visto antes. Sabía cosas sobre ellos de las que sólo un amigo podría estar al tanto.

Escuchó las risas de los soldados entregados a la celebración de la victoria y sintió una curiosa mez-
cla de alegría y tristeza cuando llegó a una tienda de color rojo desvaído, donde estaban reunidos un
buen número de ellos, pertrechados con antiguas armaduras.

–Has estado brillante –le dijo un veterano soldado dándole una palmada en la espalda.

Ella lo reconoció como su lugarteniente. Un hombre en el que podía confiar y que la idolatraba. Dimi-
tri siempre había buscado su consejo y su fuerza. Tenía una herida abierta en el lado izquierdo de la ca-
ra, pero los cansados ojos grises resplandecían. Aunque tenía la armadura cubierta de sangre, no pare-
cía estar herido de gravedad.

–Es una lástima que Julian no esté aquí para ver esta victoria. Habría estado muy orgulloso de ti,
comandante. Toda Roma debe estar llorando.

En ese momento Amanda se dio cuenta de que no era ella la que estaba soñando. Era Kyrian...

El rostro de Kyrian estaba manchado de sangre, sudor y polvo; el cabello, largo y sujeto con una tira
de cuero, no tenía mejor aspecto. De la sien izquierda caían tres finas trenzas hasta la mitad del pecho.

Era un hombre absolutamente devastador y completamente humano. Sus ojos, de un profundo color
verde, resplandecían por la victoria. Su porte era el de un hombre sin igual, un hombre cuyo destino era
la gloria.

Kyrian alzó la copa de vino y se dirigió a los hombres reunidos en su tienda.

–Dedico esta victoria a Julian de Macedonia. Donde quiera que se encuentre, sé que, en estos mo-
mentos, se estará riendo por la derrota de Escipión.

Los hombres le respondieron con un clamoroso rugido.

Kyrian dio un sorbo al vino y miró al veterano soldado que estaba a su lado.

–Es una pena que Valerius no estuviese con Escipión. Estaba deseando enfrentarme con él. Pero no
importa. –Alzando la voz para que todos los presentes pudieran escucharlo continuó–: Mañana marcha-
remos sobre Roma y pondremos a esa puta de rodillas.

Todos gritaron su aprobación.

–En el campo de batalla, con la espada en la mano, eres invencible –le dijo su lugarteniente, con un
tono de voz que delataba su admiración–. Mañana a esta hora serás el gobernador del mundo conocido.

Kyrian meneó la cabeza, expresando su negativa.

–Andriscus será mañana el gobernador de Roma, no yo.

El hombre pareció horrorizado; se inclinó hacia Kyrian y le habló en voz baja, de modo que nadie
más lo escuchara.

–Hay quienes piensan que es débil; los mismos que te apoyarían si...

–No, Dimitri –lo interrumpió de forma educada–. Aprecio el gesto, pero he jurado poner mi ejército a
disposición de Andriscus y así será hasta el día que muera. Jamás lo traicionaré.

La expresión del rostro de Dimitri dejó clara la confusión que sentía. No estaba muy seguro de si de-
bía aplaudir la lealtad de su Comandante o maldecirlo por ella.

–No conozco a ningún otro hombre que dejase pasar la oportunidad de gobernar el mundo.

Kyrian soltó una carcajada.

–Los reinos y los imperios no dan la felicidad, Dimitri. Es el amor de una buena mujer y de unos hijos

lo que hacen a un hombre feliz.

–Y la victoria –añadió Dimitri.

La sonrisa de Kyrian se ensanchó.

–Esta noche, al menos, parece que es cierto.

–¿Comandante?

Kyrian se giró al escuchar que alguien lo llamaba y vio a un hombre que se abría camino entre los

congregados en la tienda. El soldado le tendió un pergamino sellado.

–Un correo trajo esto. Lo llevaba un mensajero romano que fue apresado esta mañana.

Al cogerlo, Kyrian observó el sello de Valerius el Joven. Lo abrió con curiosidad y lo leyó. Con cada

nueva palabra, sentía que su pánico aumentaba. El corazón comenzó a latirle con más fuerza.

–¡Mi caballo! –gritó mientras salía corriendo de la atestada tienda–. Traed mi caballo.

–¿Comandante?

Kyrian se dio la vuelta para mirar a su lugarteniente, que lo había seguido. El hombre fruncía el ce-

ño, visiblemente preocupado.

–Dimitri, quédate al mando hasta que regrese. Que el ejército se repliegue de nuevo hacia las coli-
nas, lejos de los romanos, hasta nueva orden. Si no estoy de regreso en una semana, dirígete con todo

el grueso de la tropa a Punjara y únete a Jasón.

–¿Estás seguro?

–Sí.

En ese momento llegó un muchacho, tirando de las riendas del semental negro de Kyrian. Con el co-
razón desbocado, lo montó de un salto.

–¿Dónde vas? –le preguntó Dimitri.

–Valerius se dirige a mi villa. Tengo que llegar antes que él.

El hombre agarró las riendas, horrorizado.

–No puedes enfrentarte a él tú solo.

–No puedo perder tiempo esperando a que alguien me acompañe. Mi esposa está en peligro. No va-
cilaré. –Y dándole la orden a su montura, atravesó el campamento a todo galope.

Amanda se agitaba en la cama al tiempo que sentía el creciente pánico de Kyrian.

Necesitaba proteger a su esposa a toda costa. Los días pasaban uno tras otro y él seguía cabalgando

velozmente, cambiando de montura cada vez que llegaba a un pueblo. No se detuvo a comer ni a dor-
mir. Parecía que un demonio lo hubiese poseído y un solo pensamiento ocupaba su mente: Theone.

Theone. Theone.

Llegó a su casa en mitad de la noche. Exhausto y aterrorizado, bajó de un salto del caballo y golpeó

con fuerza las puertas de la villa para que lo dejaran entrar.

Un hombre mayor abrió las pesadas puertas de madera.

–¿Su Alteza? –preguntó el sirviente, incrédulo.

Kyrian entró, dejando atrás al hombre mientras recorría con la mirada el vestíbulo, en busca de al-
guna señal del enemigo. No encontró nada fuera de lo normal. Pero seguía intranquilo. Aún no podía re-
lajarse. No se calmaría hasta que no viese a su esposa con sus propios ojos.

–¿Dónde está mi esposa?

El viejo sirviente pareció confundido por la pregunta. Abrió y cerró la boca, como un pez fuera del

agua, antes de hablar.

–En el lecho, Alteza.

Cansado, débil y muerto de hambre, Kyrian se apresuró a cruzar el largo pasillo porticado que con-
ducía a la parte trasera de la villa.

–¿Theone? –la llamó mientras corría, desesperado por verla.

Una puerta se abrió al final del pasillo. Una mujer rubia y menuda, increíblemente hermosa, salió de

la habitación, cerró la puerta a sus espaldas y miró a Kyrian de arriba abajo con una mirada gélida, es-
tudiando su desaliño.

Estaba sana y salva. Y era la imagen más hermosa que sus ojos habían contemplado jamás. Las me-
jillas le brillaban con un rubor rosado y sus largos mechones rubios caían desordenados a ambos lados

del rostro. Había envuelto su cuerpo desnudo con una fina sábana blanca que sujetaba con las manos.

–¿Kyrian? –preguntó, con voz airada.

El alivio lo inundó a la vez que se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Estaba viva! Gracias a los dioses.

Parpadeando para evitar el llanto, la estrechó entre sus brazos y la sostuvo con fuerza. Jamás había es-
tado más agradecido a las Parcas por su misericordia.

–Kyrian –masculló ella, forcejeando para librarse de su abrazo–. Bájame. Hueles tan mal que apenas

puedo respirar. ¿Tienes la más ligera idea de lo tarde que es?

–Sí –le contestó, intentando aflojar el nudo que sentía en la garganta y dejando que la alegría lo

inundara. La dejó en el suelo y le tomó el rostro entre las manos. Estaba tan cansado que apenas si po-
día mantenerse en pie ni pensar, pero no pensaba dormir. No hasta que ella estuviese a salvo–. Y debo

llevarte lejos de aquí. Vístete.

Ella lo miró, frunciendo el ceño.

–¿Llevarme a dónde?

–A Tracia.

–¿A Tracia? –repitió, incrédula–. ¿Te has vuelto loco?

–No. Me ha llegado la información de que los romanos se encaminan hacia aquí. Voy a llevarte a ca-
sa de mi padre para ponerte a salvo. ¡Apresúrate!

Pero no se movió. En lugar de hacerlo, su rostro se ensombreció y los ojos grises chispearon de fu-
ria.

–¿Con tu padre? Hace siete años que no hablas con él, ¿qué te hace pensar que va a acogerme aho-
ra?

–Mi padre me perdonará si se lo pido.

–Tu padre nos echará de su casa a los dos; lo dijo de un modo bastante público. Ya me han aver-
gonzado demasiadas veces en mi vida; no necesito oír cómo me llaman puta en mi propia cara. Además,

no quiero abandonar mi villa. Me gusta vivir aquí.

Kyrian hizo oído sordos a sus palabras.

–Mi padre me quiere y hará lo que yo le pida. Ya lo verás. Ahora, vístete.

Ella miró detrás de Kyrian.

–¿Polydus? –llamó al anciano sirviente que había estado esperando tras Kyrian todo el tiempo–. Pre-
para un baño para el señor y tráele comida y vino.

–Theone...

Ella lo detuvo, tapándole la boca con la palma de la mano.

–Shhh, mi señor. Es más de medianoche. Tienes un aspecto espantoso y hueles aún peor. Déjame

lavarte, alimentarte y prepararlo todo para que duermas y, después, por la mañana, discutiremos lo que

es preciso hacer para protegerme.

–Pero los romanos...

–¿Te has cruzado con alguno de camino hacia aquí?

–Bueno... no.

–Entonces, de momento no hay peligro, ¿o sí?

Demasiado cansado para discutir, le dio la razón.

–Supongo que no.

–Ven, acompáñame. –Lo tomó de la mano y lo llevó hasta una pequeña estancia situada a un lado del pasillo principal.

Amanda vio una habitación iluminada por la luz de las velas y con una pequeña chimenea. Kyrian es-
taba recostado en una bañera dorada mientras su esposa lo bañaba.

Atrapó una de las manos de Theone y la acercó a su mejilla, ensombrecida por la barba.

–No sabes cuánto te he echado de menos. Nada me reconforta más que tus caricias.

Ella le ofreció una copa de vino con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

–He oído que has arrebatado Tesalia a los romanos.

–Sí. Valerius estaba furioso. Estoy impaciente por marchar sobre Roma. Y lo conseguiré, recuerda lo

que te digo.

Vació la copa de un trago y la dejó a un lado. Con el cuerpo enfebrecido, atrapó a su mujer y la me-
tió en la bañera con él.

–¡Kyrian! –jadeó ella.

–Shhh –susurró él sobre sus labios–. ¿No vas a darme un beso?

Ella consintió, pero sin mostrarse muy receptiva. Kyrian lo notó de inmediato.

–¿Qué ocurre, amor mío? –le preguntó, echándose hacia atrás–. Esta noche pareces muy distante,

como si tus pensamientos estuvieran en otro lugar.

El rostro de Theone se suavizó antes de colocarse a horcajadas sobre él e introducirse su miembro.

–No estoy distante. Estoy cansada.

Él sonrió y gimió cuando ella comenzó a moverse.

–Perdóname por haberte despertado. Sólo quería saber que estabas bien. No podría seguir viviendo

si algo te sucediera –le dijo tomándole el rostro con ambas manos y acariciándole las mejillas con los

pulgares–. Siempre te amaré, Theone. Eres el aire que respiro.

La besó para saborearla por completo.

Ella pareció relajarse un poco entre sus brazos mientras seguía montándolo. Su mirada jamás se

apartaba de él, como si estuviese esperando algo...

Tan pronto como alcanzó el clímax, Kyrian se echó hacia atrás y la observó. Se sentía tan débil como

un recién nacido, pero estaba en casa y su esposa le daba fuerzas. Estaba a salvo. En cuanto ese pen-
samiento cruzó su mente comenzó a escuchar un extraño zumbido y todo empezó a darle vueltas. Com-
prendió al instante lo que su esposa había hecho.

–¿Veneno? –masculló.

Theone se apartó de él y salió de la bañera. Se envolvió con rapidez en una toalla y le contestó.

–No.

Intentó salir de la bañera, pero estaba demasiado mareado y volvió a caer al agua. Le costaba traba-
jo respirar y apenas si podía hilar dos pensamientos seguidos con la mente tan embotada. Lo único que

tenía claro era que la mujer que amaba lo había traicionado. La misma mujer a cuyos pies había puesto

el mundo.

–Theone, ¿qué me has hecho?

Ella alzó la barbilla y lo contempló con frialdad.

–Lo que tú no eres capaz de hacer. Asegurar mi porvenir. Roma es el futuro, Kyrian, no Andriscus.

Jamás sobrevivirá para ascender al trono de Macedonia.

La oscuridad lo engulló.

Amanda gruñó al sentir un lacerante dolor en la cabeza. Cuando la luz regresó, encontró a Kyrian

tumbado desnudo sobre una fría losa de piedra, inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

Tenía los brazos y las piernas atados con cuerdas a unos tornos. Estaba observando una vieja mesa,
dispuesta al otro lado de la habitación, sobre la que se habían desplegado toda clase de instrumentos de

tortura. Dándole la espalda a Kyrian y estudiando con atención los artefactos, había un hombre alto, de

pelo oscuro.

Se sentía solo, indefenso y traicionado. Sentimientos aterradores para alguien que jamás había sido

vulnerable.

La temperatura de la habitación era sofocante debido al fuego que crepitaba en la chimenea. De al-
gún modo, Amanda supo que era verano. Las ventanas estaban abiertas y la suave brisa del Mediterrá-

neo refrescaba la habitación y traía el aroma del mar y de las flores. Kyrian escuchó las risas en el exte-
rior y se le hizo un nudo en el estómago.

Era un día demasiado hermoso para morir.

El hombre que estaba junto a la mesa ladeó la cabeza. Se giró abruptamente y lo miró con furia.

Aunque era increíblemente apuesto, su rostro estaba contorsionado por la ira, restándole parte de su

belleza. Sus ojos eran crueles y brillantes, semejantes a los de una víbora. Vacíos, calculadores y caren-
tes de compasión.

–Kyrian de Tracia –dijo con una perversa sonrisa–. Por fin nos conocemos. Aunque supongo que esto

no cuadra exactamente con tus planes, ¿no es cierto?

–Valerius –masculló tan pronto como vio el emblema que colgaba de la pared, sobre el hombro de su

captor. Reconocería el águila en cualquier parte.

La sonrisa del romano se ensanchó mientras cruzaba la habitación. Su rostro no mostraba el más

mínimo asomo de respeto. Sólo presunción. Sin pronunciar una sola palabra más, comenzó a girar la

manivela de los tornos a los que estaban unidas las cuerdas. Al estirarse, los músculos de Kyrian se ten-
saron también y los tendones comenzaron a desgarrase al mismo tiempo que las articulaciones se des-
encajaban.

Kyrian apretó los dientes y cerró los ojos ante la agonía que su cuerpo padecía.

Valerius soltó una carcajada y volvió a girar la manivela.

–Eso está bien, eres fuerte. Me resulta odioso torturar a esos jovenzuelos que no paran de llorar y de

gritar. Le resta diversión.

Kyrian no contestó.

Tras asegurar la manivela de modo que el cuerpo de Kyrian se mantuviera dolorosamente estirado,

Valerius se acercó a la mesa de los artilugios y cogió una pesada maza de hierro.

–Puesto que eres nuevo en estos lares, permíteme que te muestre cómo tratamos los romanos a

nuestros enemigos... –regresó junto a él con una insultante sonrisa de satisfacción en el rostro–. En pri-
mer lugar, les rompemos las rodillas. De este modo, sé que no cederán a la tentación de escapar a mi

hospitalidad hasta que sea yo quien decida si están preparados para marcharse.

Con esas palabras, golpeó la rodilla izquierda de Kyrian, destrozando la articulación al instante. Un

dolor inimaginable lo recorrió. Mordiéndose los labios para no gritar, se sujetó con fuerza a las cuerdas

que le rodeaban las muñecas. La sangre se deslizaba, en un cálido reguero, por sus antebrazos.

Una vez hubo roto la otra rodilla, Valerius cogió un hierro candente del fuego y se lo acercó.

–Sólo tengo una pregunta que hacerte. ¿Dónde está tu ejército?

Kyrian lo miró con los ojos entrecerrados, pero no le dijo nada.

El romano le colocó el hierro sobre la cara interna del muslo.

Amanda perdió la cuenta de todas las heridas que Kyrian sufrió a manos del tal Valerius. Hora tras

hora, día tras día, la tortura continuaba con renovado vigor. Resultaba increíble que una persona pudie-
ra continuar viviendo entre tanto sufrimiento. Jadeó al sentir que arrojaban agua fría al rostro de Kyrian.

–No creas que voy a permitir que pierdas el conocimiento para escapar de mí. Y tampoco voy a de-
jarte morir de hambre hasta que me venga en gana.

Valerius lo agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás con crueldad para meterle algo líquido en
la boca. Kyrian siseó cuando el caldo salado cayó sobre las heridas que tenía en las mejillas y en los la-
bios. Estuvo a punto de ahogarse, pero su captor continuó haciéndolo tragar.

–Bebe, maldito seas –masculló Valerius–. ¡Bebe!

Kyrian volvió a desmayarse y de nuevo el agua fría lo despertó.

Días y noches se mezclaban al tiempo que el romano continuaba con la tortura sin la más mínima

compasión. Y siempre la misma pregunta.

–¿Dónde está tu ejército?

Kyrian jamás pronunciaba una sola palabra. Tampoco gritaba. Mantenía las mandíbulas apretadas

con tanta fuerza que Valerius tenía que abrirle la boca a la fuerza para darle de comer.

–Comandante Valerius –lo llamó un soldado, entrando a la estancia mientras el general tensaba las

cuerdas de nuevo–. Perdón por la interrupción, señor, pero ha llegado un emisario de Tracia que pide

audiencia.

El corazón de Kyrian estuvo a punto de dejar de latir. Por primera vez desde hacía semanas sintió un

rayo de esperanza y la alegría lo traspasó.

Su padre...

Valerius arqueó una ceja y miró con curiosidad a su subordinado.

–Esto va a ser muy entretenido. ¡Claro que sí! Lo atenderé.

El soldado se esfumó.

Unos minutos después, un hombre mayor, muy bien vestido, entró en la habitación tras dos soldados

romanos. El recién llegado se parecía tanto a Kyrian que, por un momento, Amanda creyó que se trata-
ba de su padre.

No bien el hombre estuvo lo suficientemente cerca como para reconocer a un sangriento y destroza-
do Kyrian, soltó un jadeo de incredulidad. Olvidando toda dignidad, su tío corrió a su lado.

–¿Kyrian? –balbució, aún incrédulo, tocando con precaución el brazo roto de su sobrino. Los ojos

azules mostraban su dolor y su preocupación–. ¡Por Zeus! ¿Qué te han hecho?

Amanda sintió la vergüenza de Kyrian y el dolor que le producía ser testigo del sufrimiento de Zetes.

Sintió la necesidad de aliviar la culpa que reflejaban los ojos del anciano y el impulso de suplicarle el

perdón de su padre.

Pero cuando abrió la boca, tan sólo salió un gemido ronco. Estaba tan malherido que los dientes le

castañeteaban debido a la intensidad del dolor que padecía. Tenía la garganta tan dolorida y seca que le

costaba trabajo respirar pero, por pura fuerza de voluntad, consiguió hablar con voz trémula.

–Tío.

–Vaya, ¿será posible que realmente pueda hablar? –preguntó Valerius acercándose a ellos–. No ha

dicho nada en cuatro semanas. Nada más que esto...

Y acercó de nuevo el hierro candente al muslo. Apretando los dientes, Kyrian siseó y dio un respingo.

–¡Basta! –gritó Zetes, apartando al romano de un empujón.

Con mucho cuidado, tomó el rostro de su sobrino en las manos mientras las lágrimas le caían por las

mejillas al intentar limpiar la sangre de los labios hinchados de Kyrian.

Alzó la mirada hacia Valerius.

–Tengo diez carros de oro y joyas. Su padre promete aún más si lo liberas. Estoy autorizado a pre-
sentarte la rendición de Tracia. Y su hermana, la princesa Althea, se ofrece como tu esclava personal. Lo

único que tienes que hacer es dejar que me lo lleve a casa.

¡No!

Amanda escuchó el gritó de Kyrian, pero en realidad ningún sonido había salido de su garganta.

–Es posible que permita que te lo lleves a casa... una vez lo ejecute.


–¡No! –exclamó Zetes–. Es un príncipe y tú...

–No es ningún príncipe. Todo el mundo sabe que fue desheredado. Su padre hizo pública su deci-
sión.

–La ha revocado –insistió Zetes, antes de volver a mirar a Kyrian con cariño–. Quiere que sepas que

nada de lo que te dijo era cierto, que debería haberte escuchado y confiado en ti en lugar de actuar co-
mo un imbécil, tonto y ciego. Tu padre te ama, Kyrian. Lo único que quiere es que regreses a casa para

poder daros la bienvenida, a ti y a Theone, con los brazos abiertos. Te pide que lo perdones.

Las últimas palabras le quemaron más que los hierros candentes de Valerius. No era su padre el que

debía implorar perdón. No era su padre el único que había actuado como un imbécil. Había sido él quien

se había mostrado cruel con un hombre que jamás había hecho otra cosa más que amarlo. Era tan dolo-
roso que no podía pensarlo. Que los dioses se apiadaran de ambos, porque los argumentos de su padre

habían resultado ser ciertos.

Zetes echó un vistazo a Valerius.

–Te dará cualquier cosa a cambio de la vida de su hijo. ¡Cualquier cosa!

–Cualquier cosa... –repitió el romano–. Una oferta muy tentadora, pero ¿no sería muy estúpido de mi

parte liberar al hombre que ha estado a punto de derrotarnos? –preguntó mirando con furia a Zetes–.

Jamás. –Sacó la daga de su cinturón, agarró con rudeza las tres trenzas que proclamaban que Kyrian

era comandante y las cortó–. Aquí tienes –dijo ofreciéndoselas a Zetes–. Llévaselas a su padre y dile que

eso es lo único que le devolveré de su hijo.

–¡No!

–Guardias, aseguraos de que Su Alteza se marcha.

Kyrian observó como agarraban a su tío y lo sacaban a la fuerza de la habitación.

–¡Kyrian!

Kyrian forcejeó contra las cuerdas, pero estaba tan malherido y mutilado que lo único que consiguió

fue hacerse aún más daño. Quería llamar a Zetes para que regresara, tenía que decirle lo arrepentido

que estaba por todo lo que les había dicho a sus padres.

No permitas que muera sin que lo sepan.

–¡No puedes hacer esto! –gritó Zetes un momento antes de que las puertas se cerraran con un golpe

seco, sofocando su voz.

Valerius llamó a su sirviente.

–Trae a mi concubina.

Tan pronto el criado se marchó, el romano se acercó a Kyrian y suspiró, como si estuviese muy de-
silusionado.

–Parece que nuestro tiempo de compañía llega a su fin. Si tu padre está tan desesperado por tu re-
greso, es tan sólo cuestión de tiempo que reúna su ejército para marchar contra mí. Obviamente, no

puedo permitir que tenga oportunidad de rescatarte, ¿no crees?

Kyrian cerró los ojos y apartó la cabeza para no ver la expresión triunfal de Valerius. En su mente

volvió a contemplar a su padre, aquel último y aciago día, cuando los dos se enfrentaron en la sala del

trono. Julian había bautizado aquel momento como «el día del Duelo de los Titanes». Ninguno de los

dos, ni él ni su padre, habían estado dispuestos a escuchar al otro, ni a ceder.

Escuchó de nuevo las palabras que dijera a su padre. Palabras que ningún hijo debía decirle a un

padre. El sufrimiento era mil veces más intenso que el que provocaban las torturas de Valerius.

Mientras recordaba con pesar sus pasadas acciones, las puertas de la estancia se abrieron y entró

Theone. Cruzó la habitación con la cabeza bien alta, como una reina ante su corte, y se detuvo junto a

Valerius, mirándolo con una sonrisa cálida e incitante.

Kyrian la contempló mientras la magnitud de la traición de su mujer se abría camino en su mente.

Que sea una pesadilla. Por favor, Zeus, no permitas que esto sea real.

Era más de lo que su mutilado cuerpo y su alma podían soportar.

–¿Sabes Kyrian? –le dijo el romano, con un brazo sobre los hombros de Theone al tiempo que le

mordisqueaba el cuello–. Alabo tu gusto para elegir esposa. Es excepcional en la cama, ¿verdad?

Era el peor golpe que le podía infligir.

Theone lo miró a los ojos, sin asomo de pudor, y dejó que Valerius se colocara a su espalda y le to-
cara los pechos, alzándolos. No había rastro de amor en el rostro de su esposa. Ni remordimiento. Nada.

Lo miraba como si fuese un extraño.

Kyrian sintió que se le desgarraba el alma.

–Vamos, Theone, mostrémosle a tu marido lo que interrumpió la noche que llegó a casa.

El romano desprendió el broche del peplo de Theone, que cayó al suelo. Tomando su cuerpo desnu-
do en brazos, la besó.

El corazón de Kyrian se hizo pedazos al ver cómo su esposa despojaba a Valerius de la armadura, al

ser testigo de que ansiaba sus caricias con vehemencia. Incapaz de soportarlo, cerró lo ojos y volvió la

cabeza. Pero siguió escuchándolos. Escuchó cómo su mujer suplicaba a Valerius que la poseyera. La es-
cuchó gemir de placer. Y, cuando alcanzó el clímax en brazos de su enemigo, sintió que su corazón se

marchitaba y moría.

Al fin, Valerius había acabado con él.

Dejó que el dolor lo inundara. Dejó que lo traspasara hasta que sólo fue capaz de sentir una desola-
ción atroz y absoluta.

Cuando acabaron, el romano se acercó a él y le restregó la mano, aún húmeda, por el rostro. Kyrian

maldijo ese olor que le resultaba tan familiar.

–¿Tienes alguna idea de lo mucho que me gusta el olor de tu mujer sobre mi cuerpo?

Kyrian le escupió en la cara.

Enfurecido, Valerius cogió una daga de la mesa y se la clavó con saña en el vientre. Él jadeó al sentir

cómo el frío metal desgarraba su cuerpo. Con malicia, el romano giró la muñeca e hizo rodar la hoja, in-
troduciéndola aún más profundamente.

–Dime, Theone –dijo Valerius sin dejar de mirar a Kyrian mientras sacaba la daga y lo dejaba tem-
bloroso y débil–. ¿Cómo debería matar a tu esposo? ¿Debería decapitarlo, como corresponde a un prín-
cipe?

–No –contestó ella, arreglándose el peplo y asegurándolo sobre el hombro con el broche que Kyrian

le había regalado el día de su boda–. Es el espíritu y la espina dorsal de los rebeldes macedonios. No

permitas que se convierta en un mártir. Si la decisión estuviese en mis manos, lo crucificaría como a un

vulgar ladrón. Deja que sea un ejemplo para los enemigos de Roma; deja que sepan que no hay honor

ni gloria enfrentándose a Roma.

Valerius sonrió con crueldad y se dio la vuelta para mirarla de frente.

–Me gusta cómo trabaja tu mente. –Le dio un casto beso en la mejilla y comenzó a vestirse–. Despí-

dete de tu esposo mientras lo arreglo todo –le dijo antes de marcharse.

Kyrian luchaba por seguir respirando entre tanto dolor cuando, por fin, Theone se acercó. El sufri-
miento y la ira lo hacían temblar de la cabeza a los pies. No obstante, la mirada de su esposa seguía

siendo vacía. Helada.

–¿Por qué? –le preguntó.

–¿Por qué? –repitió ella–. ¿Tú qué crees? Fui la hija de una prostituta. Crecí pasando hambre y sin

dinero, sin otro remedio que dejar que cualquier hombre usara mi cuerpo cómo le diera la gana.

–Yo te protegí –dijo con aspereza, moviendo apenas los labios partidos y ensangrentados–. Te amé.

Te mantuve a salvo de todo aquél que pudiera hacerte daño.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados.


–No iba a permitir que te fueras a luchar contra Roma mientras yo me quedaba en casa, temiendo

que echaran mi villa abajo cualquier día. No quería acabar como la mujer de Julian, asesinada en mi

propia cama, o vendida como esclava. He llegado demasiado lejos como para volver a vender mi cuerpo

o suplicar por unas sobras. Quiero conservar mi seguridad y haré todo lo que sea preciso para que así

sea.

No podía haber encontrado palabras que lo hirieran más. Jamás lo había considerado otra cosa que

un abultado saco de oro. No, no podía creerlo. Se negaba a creerlo. Tenía que haber un momento, uno

solo en el que ella lo hubiese amado. ¿De verdad había estado tan ciego?

–¿Alguna vez me amaste?

Ella se encogió de hombros.

–Si te sirve de consuelo, has sido el mejor amante que jamás he tenido. Ciertamente, te voy a echar

de menos en la cama.

Kyrian dejó escapar un agónico rugido de rabia.

–Maldición, Theone –dijo Valerius al regresar–. Debería haber dejado que lo torturaras tú. Yo no he

conseguido hacerle tanto daño.

Los soldados llegaron en aquel momento con una cruz enorme. La dejaron en el suelo, junto a la

mesa, y cortaron las cuerdas que mantenían atrapado a Kyrian. Al tener las piernas rotas cayó de bruces

al suelo.

Lo levantaron sin muchos miramientos y lo tumbaron sobre el madero.

Kyrian continuó mirando a Theone; ni siquiera sentía lástima. Los ojos de su mujer reflejaban una

fascinación morbosa.

De nuevo, volvió a recordar los rostros de sus padres. Volvió a verlos aquel día que abandonó su ho-
gar, el día de su boda. Y escuchó otra vez la oferta que Zetes le había hecho a Valerius.

Los había traicionado a todos por ella. Y, a cambio, Theone ni siquiera fingía sentirse apenada por lo

que le había hecho. Lo que le había hecho a su familia y a su país.

Él era la última esperanza que tenía Macedonia para librarse del yugo romano. Era lo único que se

interponía entre su gente y la esclavitud. Con un solo acto de traición, Theone había echado por tierra

todos sus sueños de libertad.

Y todo porque él había sido un estúpido...

Las últimas palabras de su padre resonaron en su cabeza.

Ella no te ama, Kyrian. Ninguna mujer te amará jamás y ¡eres un maldito imbécil si no lo ves así!

Uno de los soldados sostuvo un clavo de hierro sobre su muñeca al tiempo que otro alzaba un pesa-
do mazo.

El soldado romano golpeó con fuerza el clavo...

Amanda despertó con un grito, alarmada al sentir el dolor que le atravesaba el brazo. Se sentó y se

agarró la muñeca para asegurarse de que todo había sido un sueño. Se frotó el brazo mientras lo mira-
ba fijamente. No había ninguna herida pero...

El sueño había sido real. Lo sabía.

Empujada por una fuerza que no acababa de entender, salió de su habitación en busca de Kyrian.

Atravesó a la carrera la casa, sin encender ninguna luz. Estaba a punto de amanecer. Subió las escaleras

de caoba y atravesó un largo pasillo. Siguiendo sus instintos, se acercó a unas puertas dobles en el ala

oeste de la casa. Sin dudarlo, las abrió y entró en una habitación dos veces más amplia que la suya.

Junto a la antigua cama con dosel había una vela encendida que proyectaba sombras extrañas sobre

la pared. Las cortinas doradas y marrones estaban sujetas a los postes; sólo unos diáfanos visillos de co-
lor crema protegían el lecho. A través de ellos, veía a Hunter agitándose entre las sábanas rojizas, como

si estuviese en mitad de la misma pesadilla de la que ella había sido testigo.

Con el corazón atronándole los oídos, corrió hacia la cama.

Kyrian se despertó en el mismo instante que sintió la mano de Amanda, tibia y suave, sobre el pe-
cho. Abrió los ojos y la encontró sentada a su lado, con los ojos oscurecidos por el horror y examinándo-
lo con el ceño fruncido.

Él también frunció el ceño al sentir cómo le acariciaba el pecho, como si no pudiese verle y se encon-
trara perdida en una especie de trance. Esperó en silencio, tumbado, asombrado por su presencia.

Amanda apartó la sábana de seda que lo cubría y tocó la cicatriz que tenía en el vientre, justo al lado

del ombligo.

–Te clavó la daga aquí –susurró, acariciando la delgada cicatriz. Al instante lo cogió de las muñecas y

siguió las líneas blanquecinas que las cruzaban–. Aquí te hundieron los clavos. –Sujetando las manos, le

pasó el pulgar sobre las uñas–. Te arrancaron las uñas.

Alargando el brazo, le acarició la mejilla con la palma de la mano. En sus ojos se leían miles de emo-
ciones y a Kyrian esas profundidades de azul cristalino le estaban robando el aliento. Ninguna mujer lo

había mirado así jamás.

–Mi pobre Hunter –murmuró. Las lágrimas le bañaban las mejillas y, antes de saber lo que estaba

haciendo, apartó la sábana por completo, dejando a Kyrian desnudo, sometido a su escrutinio.

Su miembro respondió al instante, endureciéndose y palpitando ante la preocupación que ella de-
mostraba. Amanda le tocó el muslo donde Valerius lo había marcado con el hierro candente.

–¡Dios mío! –jadeó mientras sus dedos trazaban la piel rugosa–. Era real. Te lo hicieron de verdad...

–lo miró con los ojos bañados de lágrimas–. Te vi. Te sentí.

Kyrian la miró frunciendo aún más el ceño. ¿Cómo era posible? Había estado soñando con su ejecu-
ción hasta que ella lo despertó. ¿Se habrían fusionado los poderes de ambos de modo que, de forma in-
consciente, sus mentes se unieran mientras dormían? Era una idea aterradora. Si resultaba ser cierto, la

única explicación posible era que estaban unidos a un nivel mucho más profundo, más allá del mero

plano físico.

Y eso significaba que...

No pudo terminar el razonamiento. No existía esa otra persona a la que llamaban «la otra mitad del

alma», especialmente si uno no tenía alma. No era posible.

Amanda se sentía embargada por un profundo dolor mientras observaba al hombre que tenía delan-
te. ¿Cómo podía haber sobrevivido a una tortura y a una traición semejantes? Y había cargado con ese

fardo durante siglos. Solo. Siempre solo. Sin nada que aliviara su dolor ni su desdicha.

Sin esperanza.

–Tanto dolor –susurró Amanda.

Deseaba con toda su alma la cabeza de Theone en una bandeja por lo que le había hecho. Pero so-
bre todo, deseaba reconfortarlo. Quería aliviar el tormento que habitaba en su corazón. Borrar el dolor

de su pasado. Quería darle esperanza. Quería devolverle su sueño: una mujer y unos hijos que lo ama-
ran.

Y que Dios se apiadara de ella, porque deseaba ser esa mujer.

Antes de poder detenerse, se inclinó y atrapó sus labios. Él gimió ante el contacto y le rodeó la cara

con las manos para devolverle el beso.

Amanda lo saboreó como jamás lo había hecho con ningún hombre. Podía sentir cómo Hunter le lle-
gaba al alma mientras sus lenguas se rozaban. Nunca había sido audaz en la cama, pero es que nunca

había deseado a un hombre como ahora lo deseaba a él.

Con todo su ser.

Enterró los labios en el hueco de su hombro y los ojos se le llenaron de lágrimas de nuevo al encon-
trar el lugar donde Valerius le había clavado el anillo, haciéndolo sangrar y dejándole otra cicatriz.

Tanto coraje. Tanto amor.

Ella daría cualquier cosa por encontrar a un hombre que la amara como él había amado a su esposa.

Pero no a cualquier hombre. Sus deseos iban más allá; quería que Hunter la amara. Quería su corazón.

Quería a este hombre que sabía lo que significaba el amor, que entendía lo que era un compromiso y

que era capaz de mostrar compasión.

Y estuviese dispuesto a admitirlo o no, él la necesitaba a ella.

Ningún hombre debería vagar solo eternamente. Ninguno debería soportar las heridas que él había

soportado; no cuando su único crimen había sido amar a alguien más que a sí mismo.

Su aliento se mezcló con el de Hunter mientras se tumbaba sobre él, a horcajadas sobre su cintura.

Él gruñó al darse cuenta de que no llevaba nada bajo la camiseta. Sentía la piel caliente y húmeda

de los muslos de Amanda mientras se deslizaba sobre su vientre desnudo, encendiendo una hoguera en

su interior que lo aterrorizaba.

Apártala.

No podía. Esa noche no. No con la pesadilla aún tan fresca en su memoria. Estuviese bien o no, ne-
cesitaba consuelo. Quería volver a sentirse amado. Quería sentir la suavidad de unas manos femeninas

sobre su cuerpo. Deseaba que el aroma de Amanda quedase impregnado sobre su piel.

No pudo evitar dar un respingo cuando Amanda tomó su miembro con la mano.

–Por todos los dioses –balbució sin aliento. Nadie lo había tocado de ese modo en dos mil años.

Todo su cuerpo empezó a temblar de deseo mientras ella acariciaba su ardiente y rígida verga.

Hoy sería suya. Ya no había modo de apartarse de ella.

El movimiento de la mano de Amanda, que aferraba su miembro con delicadeza deslizándose arriba

y abajo, desde la punta hasta la base, le erizaba la piel y hacía que le resultase muy difícil respirar. Sus

dedos le rozaron los testículos, endureciéndolo tanto que pensó que estallaría allí mismo.

Mientras tanto, él recorría el cuerpo femenino con las manos, disfrutando de cada curva y cada hue-
co. Disfrutando del tacto suave de su piel bajo la camiseta. Le mordisqueó el cuello y, por primera vez

desde que se convirtiera en Cazador Oscuro, sintió un sobrecogedor deseo de alimentarse de un hu-
mano. El sonido de su sangre latiendo por las venas le rugía en los oídos. La energía de Amanda lo ten-
taba, atrayendo al Cazador Oscuro que ansiaba probarla. Pero estaba prohibido. No les estaba permitido

morder el cuello de un humano. No obstante, mientras pasaba la lengua por el hueco de la garganta de

Amanda, ese profundo deseo se agitaba sin remedio. Sus colmillos la rozaron sin querer y tuvo que em-
plear todo su autocontrol para no tomar un sorbo de esa sangre que corría bajo sus labios. La piel de

Amanda se erizó ante el contacto y el pezón que Kyrian acariciaba se endureció aún más bajo su mano.

Abandonando su cuello con un gruñido, asaltó sus labios y la besó con ansia mientras deslizaba la

mano bajo la camiseta, buscando los oscuros rizos de su entrepierna. Cuando sintió el roce del vello so-
bre los dedos al apartar los húmedos labios y tocarla allí por primera vez, no pudo reprimir un gemido.

Amanda se sobresaltó y dejó escapar un murmullo de satisfacción, aumentando el ritmo de las cari-
cias sobre su miembro.

Kyrian no podía creer que estuviese tan preparada. Por los dioses, cómo la deseaba. Quería saborear

cada centímetro de su cuerpo. Quería hundirse profundamente en ella y comprobar su salvaje pasión.

Pero reprimió esos deseos para saborear el momento. Para explorarla lentamente y con ternura.

Deseaba que ese amanecer durara una eternidad.

–Sabes tan bien... –le susurró al tiempo que desgarraba la camiseta tirando del cuello y se la arran-
caba para arrojarla al suelo. Al instante, trazó un sendero de pequeños besos desde el cuello hasta el

pecho.

Amanda se arqueó hacia él cuando la lengua y los colmillos de Hunter le acariciaron el pezón. La

sensación de esos afilados colmillos rozándole la piel la hacía derretirse como lava ardiente.

De nuevo, Hunter volvió a introducir la mano entre sus cuerpos y la acarició donde más lo deseaba.

Sus dedos comenzaron a trazar lentos círculos, enardeciéndola para al instante reconfortarla, presionan-
do para después acariciarla levemente, hundiéndose en ella profundamente para que el fuego la consu-
miera aún más mientras él le hacía el amor con la mano.

–Te deseo, Hunter –le murmuró sin aliento al oído–. Nunca he sentido algo así por nadie.

Él sonrió, dejando a la vista los colmillos y girando a la vez sobre el colchón para quedar sobre ella

con una facilidad que sorprendió a Amanda. Dejó escapar un gemido al sentir ese cuerpo ágil y duro so-
bre ella. Su peso la dejaba sin aliento. Le rodeó las caderas con las piernas. Hunter irradiaba fuerza, po-
der. Esos músculos fuertes y definidos se contraían a su alrededor con cada pequeño movimiento que

realizaba. Pero lo que más la cautivaba era la contención que demostraba, todo ese poder sujeto bajo

control que le hacía recordar a un león preparado para atacar.

Quería más. Quería sentirlo dentro. Quería hacerlo suyo como ninguna mujer lo había hecho en más

de dos mil años. Quería su corazón. No, más aún. Quería hacerlo suyo como ninguna mujer lo había he-
cho jamás. Quería ser todo lo que él necesitaba. Su aliento, su corazón y, sobre todo, su alma.

Ansiaba devolverle su alma. Rescatarlo de su sufrimiento. Liberarlo de su pasado.

Alzándose un poco, le dio un profundo beso antes de confesar involuntariamente sus pensamientos.

Si Hunter lo descubriera, se alejaría de ella sin ninguna duda. No podía permitir que algo así sucediera;

por eso, invocó los poderes que había reprimido durante más de diez años y los utilizó para resguardar

sus pensamientos en lo más profundo de su mente y de su corazón, por si él aún podía leer en su inte-
rior.

Hoy, ella sería su consuelo.

Kyrian gruñó al sentir a Amanda bajo su cuerpo. Había pasado una eternidad desde que se permitie-
ra confiar en una mujer de ese modo. Una capa de sudor cubría su cuerpo mientras abandonaba sus

pechos para descender por su torso, hasta las caderas y volver a ascender. La deseaba con una intensi-
dad sobrehumana. Deseaba cosas de ella que no se atrevía a nombrar. No debería pensar en hacerla

suya y en mantenerla a su lado. Pero no podía evitarlo.

Amanda enterró la mano en su cabello y lo acercó aún más mientras él descendía, mordisqueándola

desde los labios hasta la garganta y de allí hasta el pecho, donde se entretuvo en saborearla a concien-
cia. Su lengua se movía en círculos alrededor del endurecido pezón, acariciando y atormentando. Parecía

devorarla con un ansia insaciable, como un hambriento que festejara un banquete.

Muy lentamente, descendió dejando que los colmillos la arañaran suavemente, con tanta delicadeza

que Amanda no pudo más que sorprenderse. Su cuerpo ardía en cada lugar donde él posaba las manos

en su camino de descenso hacia las caderas. Allí deslizó la lengua, pasándola por encima de la pelvis

hasta llegar al muslo. Le separó las piernas muy lentamente y siguió lamiéndole la cara interna del mus-
lo.

Amanda contuvo el aliento, estremeciéndose ante lo que estaba por venir. Al percibir su vacilación,

alzó la cabeza para mirarlo y lo descubrió mirándola. La observaba de un modo posesivo e intenso que

la dejó sin respiración. En una especie de trance, observándolo mientras él la sometía a un intenso es-
crutinio, vio cómo, muy lentamente y con mucho cuidado, deslizaba un dedo sobre su sexo y lo retiraba.

Ella se estremeció en respuesta a su caricia. Hunter le separó los labios y la tomó en la boca sin dejar de

mirarla a los ojos.

Amanda gritó ante el salvaje éxtasis que la inundó. Ningún hombre le había hecho eso antes.

Él cerró los ojos y gimió, haciendo que todo el cuerpo de Amanda temblara por la vibración. Deslizó

la lengua dentro y fuera de su vagina trazando lentos círculos; Amanda se revolvía y se agitaba con ca-
da húmeda caricia.

Kyrian se sobresaltó al paladear su sabor. Nunca había sentido un deseo tan intenso como el que

sentía por esa mujer. Algo en ella sacaba a la superficie su lado más salvaje; estimulaba sus poderes de

Cazador Oscuro y hacía que el animal que habitaba en él comenzara a despertarse. Esos poderes eran

los que utilizaba cuando luchaba o perseguía a un objetivo. Gracias a ellos, percibía todo lo que ocurría a

su alrededor a un nivel mucho más profundo. Era consciente de los frenéticos latidos del corazón de

Amanda, de los pequeños temblores que sacudían su cuerpo como respuesta a las caricias de sus labios

y su lengua. Sentía el placer que le estaba proporcionando; sentía en las mejillas cómo corría la sangre

de Amanda a través de los muslos y su miembro latía al ritmo de esa marea. Cerró los ojos, luchando de

nuevo contra el impulso de hundir los colmillos en su carne y dejar que el sabor de su sangre se desliza-
ra por la lengua.

Amanda se aferró a él mientras Hunter seguía haciendo que se estremeciese de placer. El roce de los

colmillos le erizaba la piel. Abrió los ojos y lo contempló, inmerso en lo que estaba haciendo, ajeno a

cualquier otra cosa que no fuese ella. Hunter era la personificación del sexo, pensó ella. Todo su ser es-
taba entregado a darle placer con la misma energía, presumía, que utilizaba para perseguir a los Dai-
mons.

Cuando alcanzó el orgasmo, resultó tan salvaje y sobrecogedor que echó la cabeza hacia atrás y dejó

escapar un grito.

Pero aún no había acabado con ella. Hunter gruñó al sentir su satisfacción, pero no detuvo las cari-
cias de su lengua. Al contrario, aumentó el ritmo y la fricción, como si estuviese degustando un festín.

Amanda siseó de placer.

No se detuvo hasta que ella se corrió dos veces más, apartándose tan sólo cuando dejó de estreme-
cerse. Se incorporó entre las piernas de Amanda y avanzó sobre ella muy lentamente, como un animal

hambriento y poderoso a punto de zamparse la cena. Le brillaban los ojos y los colmillos quedaban cla-
ramente a la vista con cada respiración entrecortada.

–Mírame, Amanda –le ordenó mientras le pasaba la mano por el muslo–. Quiero ver tus ojos cuando

te haga mía.

Tragando saliva, ella cedió a sus deseos.

Hunter acunó su rostro entre las manos y le dio un beso profundo al tiempo que la tomaba de la

mano y la guiaba hacia su hinchada verga.

Sin más palabras, ella comprendió lo que quería. Alzó las caderas y lo guió hasta su interior, despa-
cio, centímetro a centímetro, hasta que todo su miembro la llenó por completo. Un gemido escapó de su

garganta al sentirlo dentro y observar el deseo voraz que reflejaban sus ojos.

Hizo un intento de separar la mano pero él la detuvo cubriéndola con la suya. La pasión de su mira-
da se hizo más patente.

–Quiero que me toques mientras estamos unidos, quiero que lo sientas –le dijo sin aliento.

Amanda volvió a tragar mientras Hunter comenzaba a moverse entre sus dedos y la penetraba aún

más. Dentro y fuera. Era la experiencia más erótica e increíble que había sentido jamás.

Gimieron al unísono.

Vio la expresión satisfecha en el rostro de él mientras la embestía con toda la fuerza de sus caderas.

–Oh, Hunter –balbució.

Deteniéndose, la miró a los ojos.

–No es el Cazador Oscuro el que está dentro de ti, Amanda. Soy yo, Kyrian.

Cuando comprendió lo que le estaba ofreciendo, se sintió en las nubes. La había dejado penetrar en

su coraza, del mismo modo que ella le había permitido que penetrara su cuerpo. Alzando los brazos, le

acarició las mejillas.

–Kyrian –dijo, con un suspiro.

Él sonrió.

–Estar dentro de ti es mucho mejor de lo que había imaginado –le confesó.

Amanda notaba los estremecimientos que sacudían el cuerpo de Kyrian.

Él bajó la cabeza y la besó con ternura mientras la penetraba con envites salvajes, a un ritmo frené-

tico. Con fuerza y hasta el fondo. Sacando su verga para volver a penetrarla una y otra vez. Cada una

de sus embestidas proporcionaban una oleada de puro placer.

–Oh, Kyrian –gimió bajo sus labios al sentir que otro nuevo orgasmo se acercaba.

Tan pronto como dijo su nombre, sucedió algo extraño; algo despertó en su interior y de repente se

sintió sacudida por una descarga erótica.

–¡Dios mío! –jadeó.

¡Podía sentir el placer de Kyrian!, podía sentir cómo su vagina lo rodeaba. Como si fuesen un solo

ser, lo sentía dentro y, al mismo, tiempo alrededor.

Él se esforzó por respirar, sobrecogido ante la experiencia y sosteniéndole la mirada. Amanda le aca-
rició la espalda y sintió el roce de su mano en su propia carne. Era lo más increíble que había experi-
mentado jamás.

Kyrian aumentó el rimo de sus caderas mientras ella se aferraba a sus hombros, ambos perdiendo

todo rastro de cordura, inmersos en un estallido de deseo.

Se corrieron a la vez, compartiendo un sublime a la par que violento placer. Kyrian echó la cabeza

hacia atrás y rugió mientras la penetraba una última vez. Ella gritó, agitándose entre sus brazos.

Cuando él se derrumbó sobre su cuerpo, Amanda lo abrazó con fuerza, acunándolo mientras se re-
cuperaba. Sin muchos deseos de separarse de él, sintió cómo Kyrian salía de ella.

–¿Qué ha sucedido? –preguntó él en voz baja.

–No lo sé, pero ha sido maravilloso. Increíble. Grandioso.

Soltando una breve carcajada, alzó la cabeza y ella frunció el ceño al ver sus ojos a la suave luz de

las velas. Ya no era negros, sino de un peculiar verde azulado.

–¿Kyrian?

Él recorrió la habitación con la mirada e hizo un gesto de dolor.

–Mis poderes han desaparecido –susurró.

Y en ese momento, con él al lado, Amanda lo sintió debilitarse.

Apenas si podía moverse. Su agonía era casi palpable para ella. Kyrian se llevó una mano al rostro e

hizo presión con la palma sobre el ojo derecho, siseando de dolor.

–¡Dios mío! –exclamó Amanda mientras lo veía tendido a su lado, sufriendo–. ¿Qué puedo hacer?

–Llama a Talon –le contestó entre dientes–. Marca el dos y después la almohadilla.

Giró sobre el colchón y se acercó a la mesita de noche para coger el teléfono y marcar sin perder un

instante.

Talon contestó al segundo tono. Por el sonido de su voz, estaba claro que acaba de despertarse.

–¿Qué pasa? –preguntó tranquilamente una vez que Amanda se identificó.

–No lo sé. Le he hecho algo a Kyrian.

–¿Qué quieres decir? –preguntó él, dando a entender que le resultaba muy difícil creer que pudiese

hacerle algo a su amigo.

–No estoy segura. Sus ojos son de un color diferente y está doblado por el dolor.

–¿De qué color son sus ojos?

–Verdes.

Talon permaneció unos segundos en silencio antes de volver a hablar.

–Pásamelo.

Ella le ofreció el teléfono a Kyrian.

Al coger el auricular, una nueva oleada de dolor lo atravesó. Nunca había sentido nada parecido. Era

como si sus dos mitades, el Cazador Oscuro y el hombre, estuviesen luchando la una contra la otra.

–Talon –jadeó.

–Hola, colega –lo saludó Talon–. ¿Estás bien?

–Joder, no. ¿Qué me está pasando?

–Así de repente, se me ocurre que acabas de encontrar el modo de deshacerte de tus poderes de

Cazador Oscuro. Felicidades, tío, acabas de encontrar tu vía de escape.

–Sí, yo también estoy que me salgo de contento.

–No seas imbécil. Recuerda que es temporal... Creo.

Percibiendo la duda en la voz de Talon, Kyrian le preguntó intranquilo:

–¿Cuánto tiempo?

–Ni idea. Nunca he perdido mis poderes.

Kyrian siseó ante otra oleada de dolor.

–Deja de rebelarte, no luches –masculló Talon–. Estás empeorándolo. Relájate.

–Sí, claro. Como si fuese tan fácil.

Talon resopló.

–Confía en mí; hay ocasiones en la que es necesario rebelarse, pero ésta no es una de ellas. Acépta-
lo.

–Que lo acepte... y una mierda. No es tan fácil. Da la casualidad de que me siento como si me estu-
viesen partiendo en dos.

–Ya lo sé –le dijo Talon, con la voz ronca por la preocupación–. ¿Qué estabas haciendo cuando per-
diste los poderes?

Kyrian se aclaró la garganta y echó una tímida mirada a Amanda.

–Yo... esto... –dudó, sin saber cómo explicarlo. Lo último que quería era avergonzarla.

Pero no tuvo porque explicar nada.

–Diarmuid Ua Duibhne –rugió Talon en gaélico–, te acostaste con ella y por eso se esfumaron, ¿no

es cierto?

Kyrian volvió a aclararse la garganta y se dio cuenta de lo inútil que sería ocultar algo a un Cazador

Oscuro capaz de averiguar casi todo lo que se le antojaba.

–No ocurrió nada hasta justo el final.

–¡Aaaaaah! Ya entiendo –le dijo Talon, arrastrando las palabras como si hubiese entendido perfec-
tamente. Cuando volvió a hablar, su voz sonó muy parecida a la de la doctora Ruth17–. Ese momento

justo después de correrte, cuando estás exhausto, saciado e indefenso, ¿me sigues? ¿Te apuestas algo

a que fue por eso por lo que desaparecieron tus poderes?

Pero Kyrian seguía sin entender nada.

–Todos vosotros os acostáis con mujeres cada dos por tres y no os sucede esto.

–Sí, pero cada uno aguanta la presión de un modo distinto y tú lo sabes. En tu mente, debes haber

equiparado ese momento álgido al instante en que te convertiste en Cazador Oscuro. O eso, o fueron los

poderes de Amanda. Quizás se mezclaron con los tuyos hasta absorberlos.

–Eso es una locura.

–Sí, claro. Exactamente igual que el dolor de cabeza que tienes y que, de paso, me está afectando a

mí también. Pásame a Amanda.

Kyrian le hizo caso.

–Quiere hablar contigo.

Ella cogió el teléfono.

–Escucha –comenzó Talon con voz afilada y desagradable–. Tenemos un problema serio. Kyrian está

perdido hasta que sus poderes regresen.

–¿Cuánto tardarán?

–Ni idea. Pero supongo que pasará bastante y, hasta entonces, es humano y, puesto que hace más

de dos mil años que dejó de serlo, está débil. Es vulnerable.

El pánico la atenazó mientras giraba la cabeza para mirar a Kyrian. Aún tenía una mano sobre los

ojos y, por la rigidez de su postura, estaba claro que le dolía bastante.

–¿Volverá a la normalidad con la puesta del sol?

–Eso espero. Porque si no es así, los Daimons lo tendrán muy fácil.

Amanda sintió que se le cerraba la garganta por el pánico. Lo último que quería era que Kyrian aca-
bara herido por su culpa.

–¿No puedes ayudarlo?

–No. Va en contra del Código. Cazamos solos. No puedo ir tras Desiderius hasta que Kyrian esté

muerto.

–¿Qué clase de Código es ése? –gritó ella.

–Uno que normalmente no me perfora el tímpano –siseó Talon–. Joder, nena, con esos pulmones

tendrías un brillante futuro como soprano.

–No tiene gracia.

–Lo sé. Nada de esto la tiene. Ahora, escúchame un segundo. Esto va a ser embarazoso, ¿lo soporta-
rás?

El tono funesto de su voz hizo que Amanda se detuviera a pensar un instante. ¿Qué iba a decirle?

–Creo que sí.

–Bien. Veamos, creo que nuestro problema empieza en el momento en que Kyrian se corre. Es impe-
rativo que no dejes que suceda de nuevo. Porque hay bastantes posibilidades de que vuelva a quedarse

sin sus poderes si ocurre otra vez. Tienes que mantenerte alejada de él.

Amanda sintió que el corazón se le encogía al escucharlo. Alargando una mano, acarició a Kyrian.

–Vale –le contestó en voz baja.

–Bien. Son las siete de la mañana. Haznos un favor a los dos y vigílalo hasta que Nick llegue.

–Lo haré.

Talon se despidió y ella colgó antes de devolver el teléfono a la mesita de noche.

Kyrian la miró y el sufrimiento que reflejaban esos ojos verdes la partió en dos.

–Sólo quería que te sintieras mejor. No fue mi intención hacerte daño.

Él la cogió de la mano y la sostuvo con ternura.

–Lo sé.

Le dio un pequeño tirón para acercarla y la abrazó con fuerza, aunque Amanda aún podía sentir la

rigidez de su cuerpo.

–Me ayudaste, Amanda –le murmuró al oído–. No eches a perder lo que me has entregado por sen-
tirte culpable.

–¿Puedo hacer algo por ti?

–Déjame que te abrace un poco más.

Al escucharlo, el corazón se le subió a la garganta. Se quedó tumbada entre sus brazos, sintiendo el

cálido aliento de él sobre la garganta.

Kyrian enterró el rostro en su pelo y aspiró el ligero aroma que desprendía. Jamás se había sentido

tan débil como en esos momentos; no obstante, había algo en la presencia de Amanda que le daba

fuerzas.

Has encontrado tu vía de escape.

Las palabras de Talon no dejaban de dar vueltas en su cabeza. Cuando un Cazador Oscuro encon-
traba el modo de deshacerse de sus poderes, podía volver a reclamar su alma. Era una opción que nun-
ca antes había considerado. Algo que jamás se había atrevido a soñar.

Podía volver a ser humano. De modo definitivo.

¿Pero para qué? Era lo que era. Un guerrero inmortal. Amaba su estilo de vida. Amaba la libertad y

el poder que le otorgaba.

Pero aun así, allí tumbado con Amanda entre sus brazos, piel contra piel, comenzó a recordar otras

cosas olvidadas hacía siglos. Cosas que había enterrado en lo más profundo del corazón.

Cerró los ojos y rememoró la imagen de Amanda con Niklos en los brazos. Sería una madre estupen-
da. Y, mientras se dejaba vencer por el sueño, una parte de él supo que también sería una esposa ma-
ravillosa.

Amanda se despertó al sentir que alguien la acariciaba, dejando un rastro abrasador alrededor de

sus pechos. Abrió los ojos y bajó la mirada para descubrir la mano de Kyrian tocándola con ternura

mientras uno de sus muslos descansaba enterrado entre sus piernas. El corazón comenzó a latirle con

rapidez al ver que la mano descendía hasta su estómago al tiempo que le mordisqueaba el cuello con los

afilados colmillos.

–¿Vas a morderme? –le preguntó.

La risa de Kyrian reverberó por su garganta.

–No, amor. Voy a devorarte.

Girando hasta quedar de espaldas sobre el colchón, lo miró a los ojos y descubrió que el verde era

aún más intenso que antes. Un verde claro y devastador. Alzó la mano y le acarició la mejilla derecha

con un dedo.

–¿Por qué han cambiado de color?

–Al perder mis poderes de Cazador Oscuro, mis ojos volvieron a ser humanos.

Lo miró con el ceño fruncido e intentó recordar el color de sus ojos durante el sueño.

–¿Éste era su color antes de que perdieras el alma?

Él asintió y bajó la cabeza para darle un lametón en el hueco de la garganta.

–Se supone que no deberías estar haciendo esto –lo reprendió, pasándole la mano por la espalda–.

Talon dijo que tenías que descansar.

–Estoy descansando.

Amanda contuvo el aliento, sobresaltada al sentir que Kyrian separaba los tiernos pliegues de su se-
xo y la acariciaba con los dedos, largos y fuertes.

–No estás descansando. Estás jugando.

La buscó con la mirada.

–Quiero jugar contigo.

–¿Y si te debilitas más?

–No veo cómo.

–Pero, ¿y si...?

La hizo callar con un beso tórrido y abrasador y, al instante, los pensamientos de Amanda perdieron

toda cordura.

Kyrian le mordisqueó los labios y tironeó de ellos con suavidad mientras sus ojos verdes buceaban en

el cuerpo de Amanda, tratando de llegar a su corazón.

–Ya no puedo sentir lo que hay en tu interior, Amanda. Dime que no me deseas y te dejaré ir.


–Te deseo Kyrian. Ni te imaginas cuánto.

Él le sonrió y se hundió en ella, que gimió al sentir cómo la llenaba por completo.

Para Kyrian, todo comenzó a dar vueltas, allí, inmerso en la calidez del cuerpo de Amanda. ¿Cómo

era posible que fuese aún mejor que horas antes? La miró fijamente y le encantó ver sus ojos nublados

por el deseo y las mejillas cubiertas por el rubor. Era realmente hermosa.

Lo asaltó una oleada de posesividad; un sentimiento intenso que había olvidado hacía siglos. No

acababa de entender de dónde había salido, pero le estaba retorciendo las entrañas. Y, en comparación,

dejaba a la altura del betún lo que una vez sintiera por Theone. No lo comprendía y, si era sincero con-
sigo mismo, no se atrevía a profundizar en las razones. Saber con exactitud cuáles eran sus sentimien-
tos sólo le haría más daño.

Amanda entrelazó las piernas con las de Kyrian mientras saboreaba cada una de sus profundas y de-
lirantes embestidas. Ni en sus sueños más atrevidos se había imaginado que hacer el amor pudiese ser

algo así. Jamás había soñado con experimentar un placer tan intenso.

Gritó cuando alcanzó el orgasmo.

Kyrian cubrió sus labios con los suyos y con tres poderosos envites se unió a ella.

La miró, con la respiración agitada.

–Creo que soy un adicto a tu cuerpo.

Ella sonrió y el corazón de Kyrian dio un respingo.

–¡Oye, Kyrian!

Sin apenas tiempo para alzar las sábanas y cubrirse, la puerta de la habitación se abrió de par en par

y un hombre alto y apuesto, de no más de veinticinco años, entró en la estancia. Amanda se quedó he-
lada al encontrarse con la atónita mirada azul-verdosa de Nick. Llevaba el pelo, de color castaño oscuro,

recogido en una coleta y, cuando sonreía, aparecían un par de hoyuelos en sus mejillas.

–Joder, ¿no me digas que te he pillado en la cama?

–Nick –rugió Kyrian–. Sal de aquí.

–Vale, pero las noticias que tengo sobre Desiderius te van a encantar. ¿Por qué no te pones algo de

ropa y te reúnes conmigo en el despacho dentro de unos minutos? –Con actitud desvergonzada, los mi-
ró de arriba abajo sin ocultar lo divertida que le resultaba la escena, y salió rápidamente de la habita-
ción.

–Recuérdame luego que es urgente que lo mate.

Amanda se rió hasta que se encontró con sus ojos.

–Pareces muy distinto con los ojos verdes –susurró mientras le colocaba la mano sobre la mejilla,

áspera por la barba.

Como respuesta, Kyrian volvió a capturar sus labios para entregarse a otro tórrido beso. Su lengua la

atormentaba con burlonas caricias, pero de forma tan posesiva que la dejaba débil y casi sin aliento.

–¿Qué es lo que tienes que me resulta imposible resistirme a ti?

–¿Mi encantadora personalidad? –bromeó ella.

Riéndose, Kyrian depositó un ligero beso sobre su nariz. Amanda lo observó mientras salía de la ca-
ma y se dio un festín con esa espalda desnuda mientras atravesaba la habitación, camino del cuarto de

baño.

Se acurrucó en la cama y escuchó cómo caía el agua de la ducha. No dejaba de recordar lo bien que

se había sentido entre los brazos de Kyrian. Le había dejado su olor impregnado en el cuerpo y la sen-
sación era fascinante, como si ella le perteneciera por completo... aunque sabía que eso jamás podría

suceder.

Él era un Cazador Oscuro y ella era una simple contable. Jamás habían nacido dos personas más dis-
pares. Pero su corazón se negaba a escuchar. Una parte de ella lo deseaba a un nivel que no había co-
nocido hasta entonces.

Y, en el fondo de su mente, no podía evitar pensar en lo maravilloso que sería poder liberarlo del ju-
ramento que lo había convertido en Cazador Oscuro.


miércoles, 20 de enero de 2016

El comienzo de una nueva vida * Capítulo 30

Summary: Bella trabaja para Edward un antiguo compañero de clase que fue muy especial y es novia de Jacob. ¿Qué sucederá?
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Este fic es completamente propiedad de Mari del blog http://sangreyhielo.com.es 
Los personajes son propiedad de la espectacular Meyer.
Tengo permiso de la autora para publicar su historia en mi humilde rincón que es este blog.
Dicho todo esto, espero que la disfruten!^^
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CAPÍTULO 30: Una nueva semana. Relatado por Bella


-¿Te gusta lo que te he preparado?

-Si te ha quedado muy rico

-Me alegra mucho

-¿Por qué te has molestado en hacer de comer? Hemos llegado temprano y podía haber cocinado yo

-Para mi no es ninguna molestia cocinar para ti mi vida, además quería darte una sorpresa

-Pues ha sido una sorpresa deliciosa.- le dije riéndome

-Y nunca mejor dicho.- me contesto riéndose el también.- anda termina de que descanses un rato

-Si creo que es buena idea.- le dije mientras seguía comiendo

Cuando termine de comer recogimos la cocina y nos dirigimos al comedor. Jasper estaba muy concentrado dibujando; Alice y Rose estaban viendo unas revistas de moda; Emmett estaba entretenido con la wifi y Carlisle y Esme no estaban.
Nosotros cogimos y nos sentamos en un sillón que había al lado del de Jasper, me acomode en el pecho de Edward y subí mis piernas al sillón, quedándome dormida cinco minutos mas tarde.

Cuando desperté habían vuelto Esme y Carlisle al comedor y estaban todos hablando muy animadamente

-Que bien ya estas despierta Bella.- me dijo Alice sonriente

-Ummm….. si, ya  me he despertado ¿de que habláis?

-Bueno mañana es sábado y estamos viendo como vamos a ir de caza

-Por mi no os preocupéis, me puedo quedar sola

-No te vas a quedar sola porque mientras que ellos se van  de caza nosotras te vamos a preparar la despedida de soltera ¿si te parece bien?.- me dijo Alice mirando a Esme y a Rose

-Bueno… no me parece mal, pero te aviso que no quiero nada exuberante.- me dijo resignada

-Tranquila Bella no te vamos a preparar nada raro.- me dijo Esme mirándome tiernamente

-Pero si vais a estar conmigo mañana preparando la despedida y el domingo en ella en si ¿Cuándo vais a cazar vosotras?

 -Por eso no te preocupes nosotras vamos a ir esta noche o mañana cuando ellos vengan según veamos.- me dijo Rose

-Ah, vale, ya veo que mientras yo dormía habéis pensado en todo.

-Pues si, ya sabes como somos, nos fusta tener las cosas planeadas.- me dijo Carlisle

-Si lo se.- le dije antes de comenzar a hablar de cómo iba todo lo relacionado con la boda, el viaje de novios y la vuelta a casa

La tarde nos paso volando y cuando nos dimos cuenta era la hora de que yo cenara
Pero no tenia muchas ganas de cenar, así que me prepare con la ayuda de Edward una macedonia de fruta con zumo de naranja y me la comí bajo su atenta mirada.

Cuando termine de cenar recogimos la cocina y nos dirigimos al comedor, pero ya se hablan ido todos a sus dormitorios, así que nosotros también nos fuimos al nuestro

Nos pusimos los pijamas y nos tumbamos en la cama

-Bella, cariño ¿estas ilusionada con la boda?

-Si, claro que estoy ilusionada ¿y tu?

-Yo estoy feliz porque aceptaras casarte conmigo

-Me alegra hacerte feliz por ello, aunque reconozco que estoy un poco nerviosa

-Tranquila, todo esta listo

-Si, se que todo esta listo, pero los nervios son porque ya queda poco para la boda y pronto pasare a ser ante todos Isabella Cullen y seré como tu para poder estar toda la eternidad juntos amándonos y compartiendo una vida

-¿Estas segura que quieres ser como yo?

-Si, quiero estar contigo para siempre. He estado demasiado tiempo esperándote

-Yo también he estado esperándote demasiado tiempo, pero ha valido la pena la espera.

-Claro que ha valido la pena.- le dije acurrucándome en su pecho

-Buenas noches mi vida

-Buenas noches cariño.- fue lo ultimo que le dije antes de dormirme sintiendo la mano de Edward acariciando mi espalda




martes, 19 de enero de 2016

Puddle Jumping * Capítulo 16

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 16


Entonces lo supe. Todo se había terminado. No habría manera de estar con Edward si, en realidad, no estábamos juntos. La realidad de lo mucho que nuestra relación dependía del contacto físico y constante cercanía me cayó encima como una tonelada de ladrillos conforme tropezaba entre el camino de entrada y la acera. 

Teníamos planes de ir a la escuela cerca el uno del otro, así no sería un problema. 

Habíamos hecho planes. 

Necesitaba tiempo para pensar. Para aclarar mi mente. Pude escuchar las voces de nuestras respectivas madres llamándome. Pude oír la voz de mi papá por encima de ellas. Sabía que el sonido de los pasos persiguiéndome, eran de Rosalie.

Pero no eran de la persona que quería que me siguiera por la calle.

Quería a Edward.

Y a partir de ese momento, ya no era mío. En tan sólo unas pocas semanas, él estaría en otro país. Avanzando, haciendo lo que quería hacer más que cualquier otra cosa en su vida.

Tal vez nuestra relación le había dado esa confianza. Iría becado y pintaría en Inglaterra. Viviría la increíble vida que sus padres siempre soñaron para él. Iba a estar bien con ese cambio en su rutina, porque involucraba su pasión. Su primer amor.

Y yo sería nadie.

Sólo una chica con la mitad de su corazón ausente.

En algún nivel, fue egoísta por mi parte haberme ido. Pero no pude ver mis acciones más allá de mis lágrimas. Caminé hasta que Rosalie se detuvo en su auto, y exigió que me metiera así podría llevarme a casa. Empaqué unas cosas, les dejé una nota a mis padres y me fui a quedar con ella el resto del fin de semana.

Rosalie enfureció. Odiaba a Esme. Debió haberme dicho en privado, así yo podía responder adecuadamente. Fue culpa de su madre. Pero yo era más sensata. 

Claro, ella podía verme como una chica en una relación, pero cuando se trataba de ese asunto, era una madre orgullosa. Y no tenía la certeza de si hubiera respondido de otra manera si me lo hubiera dicho en privado.

Aunque la punzada de mi realidad no tardó en salir.

Terminé enviándole un correo a Edward, felicitándolo por su oportunidad. 

No había manera de que me atreviera a hablar con él. Me era muy doloroso pensar que pudo haber tenido un indicio de que algo andaba mal, pero no realmente... y las conversaciones resultantes serían conmigo mintiendo todo el tiempo, para dejar que no se preocupe respecto su futuro sin mí. Fui lo bastante egoísta como para no responderle su correo, puesto que no podía soportar ver lo que diría. 

Mis padres intentaron hablar conmigo pero, por una vez, les pedí que me dejaran sola. Y supongo que no estaban acostumbrados a ello, así que hicieron lo que les pedí. Hubo un montón de llamadas que involucraron a mi madre gritando al otro extremo del teléfono. Tuve que asumir que era Esme a quien le hablaba con tanta dureza. Pero no pudo importarme menos. 

No había entrado en una relación con Edward para volverme dependiente. 

No había pensado que al integrarme tan profundo en su vida, habría hecho que mi existencia girara a su alrededor. 

Supongo que así es el primer amor. 

Todo el mundo se encontraba preocupado. Pero yo no. No me importaba. Si pudiera haberme desvanecido en las paredes, lo habría hecho.

Un par de semanas antes de mi cumpleaños, mi mamá me obligó a visitar a nuestra doctora de cabecera. No discutí, pese a que sabía que no estaba mal físicamente. Estaba a punto de cumplir diecinueve años, y en vez de celebrarlo con mi novio, tenía un abata lenguas en mi boca. Mi doctora es sensacional y terminó sentándose a mi lado, preguntándome qué es lo que pasaba. Y cuando describí lo que ocurrió, tan detalladamente cómo fue posible, se mostró simpática. 

No lo bastante simpática como para darme antidepresivos o algo...

Cuando llegué a casa y vi el coche de Esme Cullen estacionado, hizo que mis entrañas cayeran en picada, directo hacia el piso.

Es curioso cómo muchos escenarios pasaron por mi mente. Uno en el que entraba a casa, y le exigía que hiciera que Edward se quedara. Otro donde tan solo conducía, conducía y conducía hasta que me quedaba sin combustible y tenía que encontrar un trabajo de mesera en alguna parte, como un personaje de un libro de Nicholas Sparks. Uno en el que arremetía mi coche a través de la puerta principal y apuntaba directo a sus rodillas.

Supongo que le tenía alguna agresión reprimida, que no me había permitido reconocer hasta ese momento.

Pero parecía tan buen momento como cualquier otro para por fin sacarlo de mi pecho. Con más valor del que pensaba que poseía, abrí la puerta de mi casa y lo que vi en la sala de estar me impresionó hasta la médula.

Esme... cara a cara con mis padres... sosteniendo un regalo envuelto, que era casi tan alto como ella.

Solamente había una cosa que pudo haber sido. A juzgar por las lágrimas en su rostro y las expresiones de mis padres, sabía que Edward había pintado algo para regalármelo. 

Y supe que no lo estaba pasando muy bien. En lo más mínimo. 

—¿Qué está pasando? —pregunté, repentinamente no sólo herida por mí, sino por el chico que envió el regalo.

—Edward quería que trajera tu regalo de cumpleaños. Ya que se lo perderá. 

Mi mirada apenas encontró los suya mientras observaba el papel festivo. 

—¿Por qué no lo trajo él?

—Él no podía... —Su voz se quebró y sin más lo supe... Él lo entendía. 

Comprendía. El contacto limitado conmigo lo exasperaba de igual manera.

Quise gritarle. Quise decirle que toda la angustia pudo haberse evitado si tan sólo las cosas hubieran sido de manera diferente. Pero era tan culpable como ella, porque permití que mis propios sentimientos de autocompasión ignoraran lo que sabía que Edward necesitaba de mí. Él necesitaba que lo apoyara. Necesitaba que lo felicitara y... sólo... mierda, ¿sabes?

Asentí y di un paso hacia delante, observando cómo mis padres se movieron protectoramente cuando lo hice.

—¿Les importa si hablo con Bella a solas? —Esme rompía mi corazón al sonar tan sincera. Pero sabía que lo que necesitábamos hablar no deberían escuchar mis padres. Les hice saber que no había problema alguno, y me acomodé en el sofá opuesto, enfrentándola mientras tomaba asiento, casi desinflándose ante mis ojos.

—¿Acaso no te importo? —Salió tan rápido, que no pude detenerlo.

Sus ojos se agrandaron y sacudió la cabeza. —No. Dios, no. No puedo creer que pensarás eso...

—Entonces, ¿por qué Edward no me dijo que se iba? ¿O tú, si vamos al caso?

Esme contuvo la respiración por un momento antes de hablar. 

—En retrospectiva, eso es exactamente lo que debió haber sucedido. No sabíamos que la beca siquiera existía porque... no era hasta que comenzó allí. Ellos la elaboraron específicamente para él y, para no dar falsas esperanzas y que se la quitaran de no dar resultado, no lo mencionaron hasta que fue definitivo. Está claro que me hubiera gustado saberlo antes, pero no puedo retroceder el tiempo y 
hacer todas de nuevo. Le pregunté si iba a contártelo primero. Bella, estaba tan orgulloso. Quería que fuera un anuncio. Quería que estuvieras allí con todos los demás. Y sabes que una vez que fija su mente en algo, se necesita una barreta para hacerle cambiar de opinión. —Frunció su ceño—. Cuando volviste a nuestras vidas en la feria artesanal, me preocupó que le molestara. Pero después de unos pocos minutos contigo, él estaba más tranquilo. Parecía así, al menos.

—No me viste allí. —Me era difícil creer lo que decía.

Se echó a reír. 

—Soy mamá. Lo veo todo.

Eso era inquietante.

—Te dije que creí que se había olvidado de ti, a pesar de que sabía que sería prácticamente imposible para él. A partir de entonces, hablaba de ti. Te dibujó. Te pintó. Tengo el ático lleno de retratos tuyos... —abrió sus ojos con pánico—. No quería molestarte, así que nunca los bajé. Pero tú eras como el único punto de luz en el túnel que él podía ver con tanta claridad. Supongo que lo que intento decir es que siempre has estado en su vida. Soy lo bastante superficial para haber pensado que siempre estarías. Incluso después del mérito de separación de un año. —Hubo una sonrisita de derrota—. Han estado separados más tiempo que esto. Te vas a la universidad. Nunca se me ocurrió que la distancia sería un problema.

Entonces la vi. A la auténtica. Ella era simplemente un humano. Defectuosa. 

Esme Cullen no era una Súper Mamá. Trataba con tantas fuerzas al igual que todos en el mundo. La había puesto en un pedestal de tal manera, que le era difícil a mi cerebro aceptar la verdad.

Buscar las palabras no fue fácil. Me tomó unos minutos conseguir una línea constante de pensamientos antes de que pudiera hablar. 

—¿Ha estado perdiendo los estribos? —asintió—. Rompiendo cosas. ¿Todo eso? —Otro asentimiento—. Lo amo, ya lo sabes. Y no como un amor adolescente o algo por el estilo. Sé lo que se siente estar con alguien, porque es fácil. —Dejé que esa frase se asentara por un momento—. Estar con Edward no es fácil. Es difícil. Requiere trabajo. Pero si pienso en mi vida antes de él, y mi vida con él... la lucha y el trabajo, vale completamente la pena. 

Entonces, comenzó a llorar. Como, realmente, pero realmente llorar. Pero no podía consolarla.

—Te prometo que el amor no es fácil para nadie. En ninguna parte. 

—Tienes razón. Pero si tuviera que elegir entre tener lo que la gente tonta se refiere a una vida normal y tener una vida con Edward, elegiría a tu hijo cada vez. 

—Sin una palabra más, me levanté y llevé la pintura a mis pies, desenvolviéndola con cuidado y dejé que el papel cayera—. Hubiera abordado el avión con él, de haber tenido la oportunidad. Pasar mi primer año universitario viajando y estando allí. Lo habría hecho. Si me hubieran dado la oportunidad.

Su silencio sólo era interrumpido por pequeños sollozos.

Pero apenas los escuché.

Porque contemplaba la pintura de Edward. Y él me miraba a mí. Su cuerpo situado en una forma que trasmitía tristeza. Su rostro solemne.

Allí, rodeando cada esquina, los colores sobreponían sus pinceladas que llevaban las palabras Te Amo una y otra y otra vez... creando la tónica general con su corazón roto. Y el mío.

—¿Está en casa? —le pregunté mientras me ponía en marcha, tropezando con mis cordones en mi apuro. 

—Sí.

Me debía tiempo con él antes de que se fuera. Y lo sabía. La observé buscar las llaves en el bolsillo, pero para el momento que las sacó para mí, yo ya estaba en la puerta.

No las necesitaba.

Tenía mi propia manera de entrar.
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sábado, 16 de enero de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 7

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 7

–¡Ah, no! –exclamó Amanda, poniéndose de puntillas para quedar nariz con nariz frente a Kyrian.

Arqueó una ceja y lo desafió con la mirada a que negara sus palabras. Cuando habló, hizo hincapié en cada palabra–. Estás muy equivocado. Quiero volver a mi vida anterior. Quiero una vida aburrida y quiero que sea larga.

A Kyrian le hizo gracia el énfasis que dio a la última palabra. Estaba espectacular cuando se enfada-
ba y él no podía evitar preguntarse cuánto tiempo podría mantenerla con ese rubor en las mejillas y
echando fuego por esos increíbles ojos azules.

Mejor aún... mientras sus pechos subían y bajaban debido a la respiración agitada, se le ocurrieron
unas cuantas cosas más que podrían causarle aún más dificultades para respirar.

Quería dejarla sin aliento. Quería comprobar la fuerza de su pasión.

Le dolían los labios por el deseo de besarla y las manos por el ansia de acariciar su cuerpo hasta ha-
cerla gritar de placer.

¡Por los todos los dioses! Esa mujer era la mayor tentación que había sentido jamás. Y menuda pa-
radoja, porque hubo una época en la que adoraba las tentaciones más allá de lo racional. A lo largo de los siglos, había olvidado ese pequeño defecto de su carácter pero, desde que despertara con ella al la-
do, había ido recordando, dolorosamente, al hombre que una vez fue. Podía sentir cómo Amanda iba
derribando, poco a poco, cada una de las barreras que él había construido durante los años, poniendo
fin al entumecimiento en el que se refugiaba. Había conseguido mantenerse alejado de sus propios sentimientos durante siglos y, aunque había conocido a muchos mortales por los que había sentido cierto cariño, ninguno de ellos había conseguido afectarlo como ella.

Era algo muy extraño. ¿Por qué Amanda? ¿Y por qué ahora? Ahora que necesitaba de toda su luci-
dez para enfrentarse a Desiderius.

Las Parcas estaban jugando de nuevo con él y eso no le gustaba en absoluto.

Sentía cómo la sangre corría con fuerza por sus venas mientras contemplaba los labios húmedos y
llenos de Amanda. Casi podía saborearlos. Sentirlos. Que los dioses se apiadasen de él, porque la deseaba con desesperación.

Sólo ella era capaz de despertar a la bestia hambrienta que moraba en su interior. Esa parte de él
que quería rugir y devorar todo su cuerpo, centímetro a centímetro, durante toda la noche. Pero ella era humana y él no tenía nada que ofrecerle. Su alma y su lealtad pertenecían a Artemisa. Además, Amanda tenía todo el derecho a soñar con una vida normal; con una familia y un hogar al lado de un hombre común y corriente.

Después de haber visto cómo sus propios sueños habían sido destrozados de un modo cruel y ven-
gativo, se negaba a que Amanda pasara por el mismo trance. Ella se merecía tener una vida larga, di-
chosa y aburrida. Todo el mundo merecía la oportunidad de cumplir sus deseos.

Se tragó el nudo que le obstruía la garganta, dolorido aún por el deseo insatisfecho y supo, en ese
mismo instante, que tenía que alejarla de sus pensamientos.

Jamás podría ser suya.

Su destino era regresar junto a una familia que la amaba y encontrar un hombre que la ayudara a...

No pudo acabar. Le dolía tan sólo de pensarlo.

–Por tu bien –le susurró, luchando contra el impulso de acariciarle el pelo– espero que sea verdad,
pero me temo que con los poderes que mantienes ocultos y la caza de vampiros que está llevando a cabo Tabitha, no va a ser posible que regreses a tu aburrida vida durante los próximos días.

Amanda apartó la mirada.

–No tengo poderes –dijo con voz afilada, pero sin la convicción de antes.

Kyrian alargó la mano y con un dedo le alzó la barbilla; quería ayudarla a aliviar la preocupación que
veía en su rostro. Amanda tenía miedo y él no entendía la causa. ¿Por qué no era capaz de reconocer
los dones con los que había nacido?

–Puede que no quieras utilizarlos, Amanda, pero están ahí. Tienes premoniciones y eres telépata,
empática y además puedes proyectarte fuera de tu cuerpo. Tus poderes son muy parecidos a los de tu
hermana pero mucho más fuertes.

El brillo intenso del color zafiro volvió a sus ojos.

–Estás mintiéndome.

La acusación lo sorprendió.

–¿Por qué iba a hacerlo?

Ella se aclaró la garganta.

–No lo sé. Sólo sé que no tengo poderes.

–¿Por qué tienes tanto miedo de ellos?

–Porque...

Él ladeó la cabeza cuando la voz de Amanda se desvaneció y dejó la frase sin acabar.

–¿Por qué? –la instó.

Ella alzó la mirada y el dolor que se reflejó en sus ojos lo dejó sin aliento.

–Cuando tenía quince años –comenzó casi en un susurro– tuve un sueño. –Parpadeó para apartar las
lágrimas mientras se agarraba a la encimera que estaba justo a su lado–. En aquella época solía tener
muchos. Y siempre se hacían realidad. En éste del que te hablo, mi mejor amiga moría en un accidente de coche. La vi. Sentí su miedo y escuché los últimos pensamientos que cruzaron por su mente antes de morir.

Kyrian apretó la mandíbula al percibir el dolor que transmitía su voz. Alargó el brazo y la tomó de la
mano. Estaba helada y temblaba.

–Cuando la vi en el instituto hice todo lo que estuvo en mis manos para que no se fuese ese día a
casa con Bobby Thibideaux. Incluso le conté lo del sueño. –Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas–. No me escuchó. Me dijo que era una imbécil y que lo que me ocurría era que tenía celos porque

Bobby estaba con ella y no conmigo. –Sacudió la cabeza mientras recordaba lo sucedido aquel día–. No estaba celosa, Hunter; lo único que quería era evitar su muerte.

Kyrian le acarició los dedos, intentando que entrara en calor.

–Lo sé, Amanda.

–Se metió en el coche gritándome que la dejara en paz. Todo el instituto me estaba mirando, pero
me daba igual. Tabitha me apartó para que pudieran marcharse y la gente empezó a reírse. –Se hume-
deció los labios resecos–. No se rieron a la mañana siguiente, cuando se enteraron de que los dos ha-
bían muerto camino de casa. Empezaron a llamarme monstruo. Durante los tres años siguientes nadie
quiso acercarse a mí. Para ellos yo era esa chica rara que veía cosas.

La ira brilló en los ojos de Amanda cuando lo miró.

–Dime, ¿qué hay de bueno en esos poderes cuando hacen que la gente se asuste de mí? ¿Por qué
veo cosas si no las puedo cambiar? ¿Qué tiene eso de bueno?

Kyrian no supo qué contestarle. Percibía el torbellino de sus emociones y su angustia.

–¿No lo entiendes? –prosiguió ella–. No quiero conocer el futuro si no puedo detenerlo. Quiero ser
normal –insistió con la voz rota al pronunciar la última palabra–. No quiero ser como Talon ni como mi abuela y tener a los muertos hablándome a todas horas. No quiero saber lo que estás sintiendo. Sólo quiero vivir mi vida como el resto de la gente ¿Nunca has deseado eso mismo?

Cerrando los ojos ante la absurda agonía que le atenazaba el corazón, Kyrian dejó de acariciar la
suave piel de Amanda y se alejó de ella.

–Qué más da lo que yo desee.

Ella se sorprendió cuando lo miró a los ojos. Lo había herido de algún modo.

–Lo siento, Hunter. No pretendía...

–No pasa nada –le contestó lentamente. Se acercó a una silla y Amanda observó la fuerza con que
se agarraba al respaldo. Aunque luchaba por ocultar su dolor, Amanda lo distinguía con claridad.

–Tienes razón –le dijo por fin–. Hay ocasiones en las que echo de menos la sensación del sol en la
cara. He aprendido que lo mejor que puedo hacer es no torturarme con esos recuerdos. –La miró con tal pasión que su cuerpo se incendió–. Pero los que tenemos dones especiales no podemos ser normales.

Amanda no quería oír esas palabras. Su corazón no podía resistirlo.

–Quizás tú no puedas serlo. Pero yo sí. No permitiré que esos poderes regresen. Están muertos para
mí.

Kyrian soltó una risa amarga.

–Y tú me llamas testarudo.

–Hunter, por favor –le rogó ella, odiándose por el dolor que oía en su propia voz–. Lo único que de-
seo es volver hacia atrás, despertarme por la mañana y descubrir que todo ha sido una pesadilla.

En ese momento sintió algo que la asustó. Un pequeño estremecimiento provocado por los poderes
que él había mencionado. La sensación la recorrió de arriba abajo mientras escuchaba los pensamientos de Hunter.

Quieres decir que desearías no haberme conocido jamás.

Amanda se acercó a él.

–Hunter...

Él eludió su contacto y se acercó a la encimera, donde había dejado el teléfono. Lo cogió y se lo
ofreció.

–Llama a Tabitha y dile que se quede con tu madre hasta el viernes. Puede entrar y salir durante el
día, pero una vez el sol se ponga, es esencial que permanezca en casa.

–No le va a gustar nada.

Una furia intensa hizo brillar esos ojos negros.

–Entonces que tu madre la ate. No estamos hablando de vampiros normales. Estos Daimons han
desatado algún tipo de poder extremadamente peligroso y, hasta que Talon y yo descubramos de qué
se trata, necesita ocultarse.

–Vale, haré lo que pueda.

Él asintió.

–Mientras hablas con ella voy a cambiarme de ropa.

Amanda lo observó, apesadumbrada, mientras salía de la cocina. No quería separarse de él, ni si-
quiera el breve lapso de tiempo necesario para cambiarse. Sentía un peculiar impulso de seguirlo y ayudarlo a quitarse la ropa... en lugar de hacerlo, marcó el número del móvil de Tabitha.

–¡Gracias a Dios que estás bien! –le dijo su hermana con voz llorosa–. La policía acaba de contarme
lo de los incendios y sé que a esa hora sueles estar en casa.

Los ojos de Amanda volvieron a llenarse de lágrimas, pero se sobrepuso. Llorar no iba a solucionar

nada. Las casas habían desaparecido y todas las lágrimas del mundo no iban a traerlas de vuelta. Ahora necesitaba concentrarse para que todos consiguieran sobrevivir a la ira de Desiderius.

–¿Cómo está Allison? –le preguntó en un intento de sofocar el miedo.

–Está bien. Su madre ya está en el hospital con ella. Yo voy de camino para verla. Nadie sabe qué
ocurrió con Terminator.

–Está conmigo.

Tabitha suspiró, aliviada.

–Gracias, hermanita. Te debo una. ¿Dónde estas?

Ésa era la pregunta que Amanda tenía miedo de responder. A su hermana le iba a dar un ataque
cuando se enterara.

–Mejor no te lo digo –contestó de forma evasiva.

Silencio. Tabitha permaneció callada durante unos minutos. Hasta Amanda sólo llegaba el ruido del
tráfico desde el otro lado de la línea. ¡Estaba intentando leerle la mente!

Joder.

Tabitha dijo la misma palabra en el instante que Amanda lo pensó.

–Estás otra vez con el vampiro, ¿verdad?

Amanda hizo una mueca. ¿Cómo le decía una a su hermana –una cazadora de vampiros– que había
perdido la cabeza por uno de ellos y que pensaba pasar la noche en su casa? No había modo de suavi-
zarlo. Suspirando, intentó buscar una explicación.

–No es un vampiro... exactamente. Se parece a ti.

–¡Vaya, vaya! –exclamó Tabitha–. ¿En qué sentido? ¿Tiene tetas? ¿Tiene novio? ¿O le gusta matar
cosas porque sí?

Amanda apretó los dientes.

–Tabitha Lane Devereaux, deja de hacer el gilipollas. Sé que no te gusta matar cosas y no quiero ju-
gar a Verdad, beso o atrevimiento contigo. El tío que me atacó en tu casa es aterrador y no creas que
se parece a esos tipos con los que soléis jugar. Esto es diferente. Hunter quiere que te quedes en casa y yo estoy de acuerdo con él.

–¿Hunter? ¿Es el mismo demonio chupasangre que me amenazó con matarte?

–No lo decía en serio.

–¿Ah, no? ¿Apostarías tu vida?

–Apuesto la tuya y la mía.

–Estás como una puta cabra, ¿lo sabes?

–Esa boca, señorita. Al contrario que tú, sé lo que estoy haciendo. Confío en Hunter. Y el tal Deside-
rius es un demonio. Es tan malo como Hannibal Lecter.

Amanda podía ver a su hermana poniendo los ojos en blanco mientras bufaba de indignación.

–Ninguno de los dos me da miedo.

–Quizás te vendría bien que alguien te asustara un poco. Yo estoy aterrorizada.

–¿Y entonces por qué no vienes a casa donde podemos protegerte?

Porque quiero quedarme con Hunter.

No supo muy bien de dónde había salido esa idea. Pero tampoco iba a negarlo. Con él se sentía se-
gura y protegida. Ya se había ofrecido a llevarla a cualquier otro sitio. Y sabía que, si se lo pedía, la dejaría marchar, pero...

No quería hacerlo.

No obstante, no se atrevía a decírselo a Tabitha. Las cosas ya estaban bastante tensas entre ellas,
así que le ofreció la única excusa que le vino a la cabeza.

–No puedo ir a casa. No mientras esta criatura vaya detrás de mí.

Tabitha volvió a maldecir.

–¿Cómo sabes que el tal Hunter no te mantiene a su lado con algún tipo de control mental?

Amanda se rió al recordar lo que Hunter le dijo en la fábrica.

–Porque, al igual que tú, soy demasiado obstinada para que funcione. Además, es amigo de Julian

Alexander. Confías en Julian y Grace, ¿no es cierto?

–Sí, claro, cómo no.

–Entonces confía en su amigo.

–Vale –concedió Tabitha de mala gana–. Pero mi confianza pende de un hilo. No quiero que te pase

nada.

–Lo mismo digo. Hunter dice que estarás a salvo mientras haya luz, pero debes asegurarte de estar
en casa de mamá al atardecer y quedarte allí. De hecho, no creo que debas ir al hospital. Tendrías que ir directamente a casa de mamá ya.

–Allison es mi mejor amiga, tengo que ir a verla.

–¿Y si los llevas hasta ella? Por lo que sabemos también te vigilan a ti.

Tabitha gruñó.

–No me gusta esto. No me gusta nada, pero bueno. Tienes razón. No quiero conducirlos hasta Alli-
son. Mamá puede hacerse cargo de cualquier cosa. Daré la vuelta en la siguiente calle y me iré a pasar la noche a su casa. Llámame si necesitas algo.

–Lo haré.

Amanda colgó el teléfono y cogió el plato de la encimera, donde Hunter lo había dejado. Lo llevó
hasta la mesita situada delante del enorme ventanal y echó un vistazo al hermoso patio de estilo antiguo que se abría en la parte trasera de la casa. No le faltaba ningún detalle: el enrejado para los rosales trepadores, las estatuas griegas y los setos podados de forma artística. Unos antiguos candiles inundaban el lugar con una luz espectral que hacía bailar las sombras sobre las paredes de estuco blanco.

Estuvo sentada unos minutos a solas hasta que Hunter regresó. Se había puesto una camiseta negra
de manga larga que le marcaba los anchos hombros. Como llevaba las mangas alzadas, Amanda pudo echar un vistazo al feo corte que tenía en el antebrazo.

–¿Eso es un mordisco del Daimon o un corte?

Hunter miró la herida mientras se sentaba en frente de ella.

–Un mordisco.

Amanda se quedó helada.

–Tienes que curártelo, ¿no?

–No. Para mañana por la noche habrá sanado por completo.

–Sí, pero ¿no se supone que así te conviertes en vampiro, con un mordisco?

A Kyrian le hizo gracia y se rió a carcajadas.

–Técnicamente, ya soy un vampiro. Y, con respecto a la transformación, es imposible a menos que
seas un apolita.

–Entonces, ¿no pueden convertir a los humanos mediante un mordisco?

–Eso es un cuento de niños.

Amanda reflexionó unos instantes.

–¿Y de dónde provienen todas estas nociones infundadas acerca de los vampiros?

Kyrian dio un sorbo a la bebida y tragó la comida antes de responderle.

–Mayormente, de gente asustada. Desde el día en que la Atlántida desapareció bajo las aguas del
océano, los apolitas y los Daimons han sido perseguidos. Hubo una época en la que todas las ciudadesestado de Grecia conocían y reverenciaban a los Cazadores Oscuros. Pero, según pasó el tiempo, nos hicimos cada vez más solitarios y nos olvidaron; nos convertimos en los protagonistas de mitos y leyendas. A Acheron y al resto les pareció mejor así. Ash incluso llegó al extremo de localizar y reunir todos los escritos de la Antigüedad en los que se hacía mención de nuestro nombre, para ocultarlos.

–¿Acheron? –preguntó ella mientras cortaba un trozo de pollo–. Es la segunda vez que lo mencionas.

¿Quién es?

–El primer Cazador Oscuro elegido por Artemisa.

–¿Y aún está vivo?

–Claro. Creo que esta semana está en California.

Amanda lo miró y alzó una ceja. Hunter sonrió.

–Cambia de residencia cada pocos días.

–¿Cómo? ¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

–Supongo que cuando se tienen once mil años todo acaba por aburrirte. Y con respecto al cómo, tie-
ne un helicóptero fabricado especialmente para él, que puede romper la barrera del sonido.

Amanda asimiló las noticias e intentó imaginarse el aspecto del Cazador Oscuro más antiguo. Por al-
gún motivo, Yoda le vino a la mente. Un anciano pequeño, de piel gris verdosa, que caminaba encorvado y que iluminaba con su sabiduría a todos los demás, hablando incansablemente con palabras inconexas.

–¿Lo conoces? –le preguntó ella.

Kyrian asintió.

–Todos lo conocemos. Él entrena a todos los nuevos Cazadores Oscuros y podría decirse que es
nuestro líder no oficial. También existe la teoría de que es el ejecutor a quien los dioses acuden cuando uno de nosotros cruza la línea.

A Amanda no le gustó nada aquello.

–¿Cruzar la línea en qué sentido?

–Pues, en primer lugar, atacar a los humanos. Tenemos un Código de Conducta que debemos seguir
a rajatabla; no podemos utilizar nuestros poderes en mitad de una aglomeración de personas, no podemos asociarnos ni con los apolitas ni con los Daimons, etcétera, etcétera.

Era extrañamente alentador saber que tenían tal cosa, pero también asustaba bastante pensar que
uno de estos chicos se pasara al otro bando con los poderes que poseían.

–Si os está prohibido haceros daño y cada vez que os reunís vuestros poderes se debilitan, ¿cómo
puede Acheron ser un ejecutor?

–Él no debilita nuestros poderes –le explicó antes de dar un sorbo al vino–. Ash fue el conejillo de
indias de los Cazadores Oscuros. Puesto que fue el primero, los dioses no habían perfeccionado mucho el sistema y por eso sufrió... digamos... unos efectos secundarios peculiares.

Definitivamente, después de lo que acababa de oír, se imaginaba una forma de vida mutante. Un
Cazador Oscuro diminuto, jorobado y que ceceaba al hablar.

–¿Y cuántos Cazadores Oscuros hay? –preguntó.

–Miles.

Amanda se quedó boquiabierta.

–¿En serio? –por la forma en que Hunter la miró, supo que era verdad–. Y ¿cada cuánto se crea uno
nuevo?

–No muy a menudo –le dijo en voz baja–. La mayoría llevamos por aquí un tiempecillo...

–¡Vaya! –exclamó–. Entonces, si Acheron es el más viejo, ¿quién es el más joven?

Kyrian frunció el ceño mientras pensaba la respuesta.

–Sin comprobarlo diría que Tristan, Diana o Sundown, pero tendría que consultarlo con Acheron.

–¿Sundown? ¿Eso es un apodo o es que su madre no lo quería mucho?

Kyrian soltó una carcajada.

–Era un pistolero y ése era el nombre con el que se le conocía en los carteles de búsqueda. Las auto-
ridades afirmaban que sus mejores trabajos los hacía de noche.

–Vale –dijo Amanda despacio. Ahora se imaginaba a un personaje del estilo de Wild Bill Hickok, con las piernas arqueadas, barba desaseada y mascando tabaco–. Ya veo que los Cazadores Oscuros no erais precisamente comerciantes ni...

–¿Tipos decentes que acataran la ley?

Ella sonrió.

–No quería insinuar que fueses indecente; ya sabes a qué me refería.

Kyrian le devolvió la sonrisa. «Indecente» era un término que se ajustaba a la perfección al tipo de
pensamientos que cruzaban por su mente cada vez que miraba a su invitada.

–Para ser un Cazador Oscuro hay que tener un cierto tipo de comportamiento y una naturaleza exal-
tada. Artemisa no quiere malgastar su tiempo, ni el nuestro, eligiendo a alguien que sea incapaz de matar. Supongo que podría decirse que somos malos, locos e inmortales.

La sonrisa de Amanda se ensanchó y mostró un hoyuelo en su mejilla derecha. Qué extraño que no
lo hubiese notado antes.

–Malos e inmortales no te lo discuto pero, ¿de verdad os comportáis como locos?

–Si te refieres a que somos unos chiflados, ¿tú qué opinas al respecto?

Los ojos de Amanda brillaron con picardía.

–Que es completamente cierto en tu caso. Pero ¿sabes lo que te digo? Que me gusta eso de ti. Tu
forma de ser, tan impredecible, me encanta.

Kyrian no estaba muy seguro de quién de los dos se había sorprendido más a causa de la inesperada
confesión. Amanda apartó rápidamente la mirada con las mejillas arreboladas.

Le gustas...

Esas palabras le hacían regresar a sus años de juventud; sentía el extraño impulso de salir corriendo
y gritarle al primero que se encontrara: «Le gusto, le gusto».

¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Qué le estaba pasando?

Tenía dos mil años; hacía mucho que dejó atrás la edad propia de semejante comportamiento.

Aunque era inútil negar la satisfacción y la felicidad que lo embargaban.

Un incómodo silencio cayó entre ellos mientras acababan la cena. Amanda se esforzó por no pensar
en su hogar. En todo lo que había perdido. Ya se enfrentaría a eso por la mañana. De momento, tenía
que pensar en sobrevivir a la noche.

–Tabitha va a quedarse en casa –le dijo a Hunter mientras observaba cómo él llevaba su plato al fre-
gadero y lo enjuagaba.

–Bien.

–¿Sabes? –le dijo en voz baja–. Aún no me has contado cómo es que sabías tantas cosas sobre mi
hermana la noche que nos conocimos.

Él dejó el plato y los cubiertos en el lavavajillas.

–Talon y Tabitha tienen un amigo en común.

Amanda abrió los ojos de par en par. Un topo... quién lo habría imaginado.

–¿Uno de los integrantes del Circo de Tabitha?

Él asintió.

–¿Quién?

–Puesto que espía para nosotros, no tengo intención de decirte quién es.

Amanda se rió, entrecerró los ojos e intentó imaginarse quién podía ser.

–Apuesto lo que quieras a que es Gary.

–No voy a soltar nada.

Era un asunto fascinante, pero no tanto como el Cazador Oscuro que tenía delante. Con un suspiro,
continuó comiendo y echó un vistazo a la cocina, a la que no le faltaba detalle, mientras Kyrian guardaba la comida. Había una encimera de mármol, para desayunar, que recordaba vagamente a un templo griego y que servía para separar la mesa donde ella estaba sentada del resto de la estancia. A lo largo de la encimera se habían dispuesto tres taburetes altos.

Todo estaba nuevo, limpio y resultaba enorme.

–Es una casa muy grande para una persona. ¿Hace mucho que vives aquí?

–Poco más de cien años.

Amanda estuvo a punto de atragantarse.

–¿Lo dices en serio?

–No me apetece mudarme; me gusta Nueva Orleáns.

Ella se puso en pie y le dio el plato.

–Has echado raíces, ¿verdad? ¿Dónde viviste antes?

–En París una temporada –le contestó, dejando el plato en la encimera–. Génova, Londres, Barcelo-
na, Hamburgo y Atenas. Y antes de establecerme en esos lugares me dedicaba a vagar por ahí.

Amanda observó el rostro de Hunter mientras hablaba. No había modo de saber lo que estaba pen-
sando. Estaba ocultando sus sentimientos y se preguntaba si existiría alguna forma de resquebrajar su
coraza.

–Me da la sensación de que estuviste muy solo.

–No fue tan malo. –Ni una mueca.

–¿Hiciste amigos en esos lugares?

–En realidad, no. He tenido unos cuantos Escuderos a lo largo de los siglos pero, por lo general, pre-
fiero la soledad.

–¿Escuderos? –le preguntó–. Qué raro. ¿Cómo los que había en la Edad Media?

–Algo parecido. –La miró pero no explicó nada más–. ¿Y tú? ¿Has vivido aquí toda tu vida?

–Nacida y crecida aquí. Mis abuelos maternos eran emigrantes rumanos que escaparon de la Depre-
sión y la familia de mi padre era de origen Cajun y se dedicaba a la agricultura.

Él se rió al escucharla.

–He conocido a un montón de ésos.

–Supongo que es normal si llevas más de cien años viviendo aquí.

Amanda reflexionó acerca de la vida que Hunter habría llevado. Todos esos siglos de soledad, siendo
testigo de las muertes de las personas a la que apreciaba, viéndolos envejecer mientras él permanecía
igual. Debía haber sido muy duro. Pero a la par, seguro que había tenido momentos estupendos.

–¿Qué se siente sabiendo que vas vivir eternamente?

Él se encogió de hombros.

–Si te soy sincero, hace mucho tiempo que dejé de pensar en eso. Supongo que, como el resto de la
humanidad, me limito a levantarme, hacer mi trabajo y volver a la cama.

Qué sencillo. Sin embargo, percibía algo más; una profunda tristeza. Vivir sin sueños debía ser muy
doloroso. El espíritu humano necesita objetivos por los que luchar, y a ella no le parecía que matar Daimons fuese un verdadero objetivo.

Desvió la mirada hasta la encimera e intentó imaginarse al hombre que una vez fue Hunter. Julian le
había dicho que solían beber hasta emborracharse después de una batalla y que siempre había deseado tener hijos.

Sí, recordaba el modo en que había abrazado a Vanessa y la expresión de su rostro mientras la sos-
tenía.

–¿Has tenido algún hijo?

Sus ojos reflejaron un intenso dolor un instante antes de volver a mostrarse impasible.

–No, los Cazadores Oscuros somos estériles.

–Así que eres impotente...

–Claro que no. Puedo mantener relaciones sexuales, pero no puedo tener descendencia.

–¡Ah! –exclamó Amanda, haciendo un mohín con la nariz que confirió a su rostro una apariencia tra-
viesa y, al instante, intentó aligerar la conversación–. Estoy siendo muy entrometida, no debería haber preguntado eso. Lo siento.

–No pasa nada. –Mientras ponía en marcha el lavavajillas le preguntó–: ¿Te gustaría dar una vuelta

por la casa?

–¿Casa? –preguntó ella, alzando una ceja con incredulidad–. Si esto es una casa, yo vivo en una choza. –Al instante recordó que ya no tenía un hogar donde vivir y jadeó. Se aclaró la garganta e intentó alejar esos pensamientos–. Sí –dijo en voz baja–. Me encantaría verla.

Hunter la guió hasta la puerta situada a la izquierda de la cocina y entraron en un gigantesco salón.

Las paredes estaban decoradas con molduras y medallones, con un estilo elegante y maravillosamente neoclásico, pero los muebles eran actuales y muy modernos. La estancia estaba decorada para resultar cómoda, no para impresionar a las visitas. Pero claro, se suponía que los vampiros no tenían muchos invitados a los que agasajar.

En una de las paredes se había instalado un equipo completo de imagen y sonido JVC, con una
enorme pantalla de televisión, un sistema de video y un reproductor de DVD.

Aunque había lámparas por toda la estancia, la luz provenía de las velas de tres vistosos candela-
bros.

–Parece que no te gustan las bombillas, ¿eh? –le preguntó a Hunter mientras lo observaba encender
más velas.

–No –le contestó–. La luz es demasiado brillante para mis ojos.

–¿Te hace daño?

Él asintió.

–Los ojos de los Cazadores Oscuros están especialmente creados para ver en la oscuridad. Nuestras
pupilas son más grandes que las de los humanos y no se dilatan del mismo modo. Como resultado, dejan pasar mucha más luz.

A la par que lo escuchaba, Amanda observó que las ventanas que se alzaban desde el suelo hasta el
techo estaban cubiertas con cortinas negras que debían resguardar la casa de la luz del sol.

Rodeó un sofá de piel negra y se quedó plantada en el sitio. ¡Había un ataúd delante de los sillones!

–¿Eso es...? –fue incapaz de acabar la frase. No mientras se imaginaba la siniestra imagen de Hunter
durmiendo ahí dentro todos los días.

Él le echó un vistazo y la miró sin parpadear. Amanda parecía realmente atónita.

–Sí –contestó con voz neutra–, es un ataúd. Es mi... mesita de café. –Se acercó a ella, levantó la ta-
pa y cogió un mando a distancia–. Ten, por si te apetece ver la televisión mañana.

Amanda meneó la cabeza. Una vez recuperada de la impresión, reconoció unos cuantos objetos típi-
camente vampíricos colocados por la habitación. Miniaturas, pequeñas ballestas e incluso una baraja de tarot encima de una repisa.

–Nick cree que es gracioso –le explicó Hunter mientras ella cogía la baraja–. Cada vez que encuentraalgo relacionado con vampiros, lo trae y lo deja aquí para que yo lo vea.

–¿Te molesta?

–No, es un buen chico... casi siempre.

A medida que él la conducía a través de las dependencias de la antigua mansión, llegó un momento
en que Amanda se sintió perdida.

–¿Pero cuántas habitaciones hay en este lugar? –preguntó al entrar a una sala de juegos.

–Hay doce dormitorios y tiene más o menos unos dos mil metros cuadrados.

–¡Jesús! He estado en centros comerciales más pequeños.

Él soltó una carcajada.

En el centro de la habitación había una mesa de billar tallada, y en uno de los laterales podían verse
unas cuantas máquinas de videojuegos, sacadas de algún salón recreativo, y una gran pantalla de tele-
visión a cuyos pies se alineaba una colección de videoconsolas, sobre una mesita de café. Pero lo que le resultó más sorprendente, fueron unos guantes de béisbol y una pelota que estaban sobre una mesita plegable en un rincón. Amanda se acercó a la mesa.

–Algunas noches Nick y yo nos lanzamos unas cuantas bolas –le explicó.

–¿Por qué?

Hunter se encogió de hombros.

–Es una forma de aclararme las ideas cuando estoy en un aprieto.

–¿Y a Nick no le importa?

Él se rió.

–A Nick le importa todo. No recuerdo ni una sola ocasión en la que le haya pedido algo sin tener que
escuchar sus quejas después.

–Y entonces, ¿por qué dejas que siga trabajando para ti?

–Soy masoquista.

En esta ocasión le tocó reír a Amanda.

–Me encantaría conocer al tal Nick.

–Sin duda, lo harás mañana.

–¿De verdad?

Él asintió.

–Cualquier cosa que necesites pídesela y él te la conseguirá. Si te ofende en lo más mínimo, házmelo
saber y lo mataré en cuanto me levante.

Amanda percibió algo en su tono de voz que le hizo pensar que, posiblemente, no se tratara de una
falsa amenaza.

Hunter abrió las enormes puertas francesas y entró en un atrio acristalado. El techo estaba muy lim-
pio y dejaba ver las miles de estrellas que brillaban en el cielo mientras los pasos de ambos resonaban sobre las baldosas del suelo.

–Es precioso.

–Gracias.

Amanda se acercó a una gran escultura, en el centro de la estancia, que mostraba a tres mujeres jó-
venes. La pieza era extraordinaria. La más joven de las tres estaba tumbada de costado con un perga-
mino entre las manos, mientras las otras dos se sentaban de espaldas la una a la otra. Una sostenía una lira y la otra parecía estar cantando. El modo en que estaban pintadas resultaba muy extraño. Las tres
parecían reales y todas ellas tenían un asombroso parecido con Hunter.

–¿Es griega? –le preguntó.

Una mirada apenada ensombreció su rostro y asintió.

–Eran mis hermanas.

Con el corazón en un puño, Amanda las observó con más atención.

Hunter acarició con ternura el brazo de la chica que sostenía el pergamino. Había fruncido ligera-
mente el ceño mientras estudiaba la estatua a tamaño real de la joven, que no tendría más de dieciocho años. El peplo azul hacía juego con sus ojos.

–Althea era la más pequeña de los cuatro –le explicó con voz ronca–. Era callada, tímida y tartamu-
deaba de un modo muy gracioso cuando se ponía nerviosa. ¡Por los dioses! Ella lo odiaba pero a mí me parecía muy tierno. Diana –siguió con la explicación, señalando la chica que portaba la lira y que iba vestida de rojo–, era dos años mayor que yo y tenía el carácter de una arpía. Mi padre solía decir que nos parecíamos demasiado y que por eso no nos llevábamos bien. Y Phaedra era un año más joven que yo y cantaba como los ángeles.

Amanda observó a la muchacha vestida de amarillo.

Las tres compartían una dulzura muy especial. El escultor las había representado como si estuviesen
en movimiento, incluso los pliegues de los peplos parecían reales y delicados. Nunca había visto una
maestría igual en una escultura. Parecían tan reales que casi esperaba que una de ellas empezara a ha-
blar en cualquier momento.

No era de extrañar que Hunter estuviera tan afectado.

–Las querías mucho.

Él asintió.

–¿Qué les sucedió?

Antes de contestar, Hunter se alejó un poco.

–Se casaron y tuvieron unas vidas largas y felices. Diana le puso mi nombre a su primer hijo.

Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Amanda al pensar que la hermana que peor se había lle-
vado con él hubiese hecho tal cosa. Decía mucho de la relación que habían compartido. Observando a las jóvenes, recordó lo que él le había contado sobre Althea en el coche: la muchacha de largo cabello rubio ondulado se había rapado la cabeza al enterarse de la muerte de su hermano. Debían haberlo
amado tanto como él a ellas.

–¿Qué pensaron sobre tu transformación en Cazador Oscuro?

Él se aclaró la garganta.

–Nunca lo supieron. Para ellas, yo estaba muerto.

–Entonces, ¿cómo sabes tanto sobre...?

–Podía escucharlas mientras vivieron. Sentirlas; del mismo modo en que tú puedes abrir tu corazón a

Tabitha y saber si está preocupada.

Ella se tensó al escucharlo.

–¿Cómo lo sabes?

–Ya te lo he dicho, puedo percibir tus poderes.

Un escalofrío le recorrió la espalda y Amanda se preguntó si podría ocultarle algo.

–Eres un hombre aterrador.

Una extraña luz brilló en los ojos oscuros.

–No soy un hombre. Dejé atrás mi humanidad al morir.

Quizás él lo creyera así, pero Amanda sabía que no era cierto. Puede que no tuviese alma, pero era
un hombre de buen corazón y era humano.

–¿Por qué accediste a convertirte en Cazador Oscuro a pesar de que nunca te vengaste de Theone?

–En ese momento me pareció una buena idea.

Con esas palabras, Amanda sintió que algo se derretía en su interior. Quizás fuese la soledad que se
filtraba en su voz o la resignación que mostraban sus ojos. No podía decirlo con certeza, pero sabía que sería incapaz de regresar a su antigua vida y olvidar a este hombre. Había sido testigo de su bondad. De su dolor. Y, que Dios la ayudara, cuanto más sabía de él más lo deseaba.

Lo deseaba de un modo que iba más allá de todo razonamiento. Apenas se conocían y aún así había
un vínculo entre ellos.

Observó los atormentados ojos oscuros que la miraban con pasión y deseo. Él era lo que su madre
llamaba «la otra mitad». Ésa era la expresión que su madre usaba para describir a su padre, y Selena
para referirse a Bill.

Por primera vez en su vida, Amanda comprendía su significado. No podía dejarlo escapar ahora que
lo había encontrado.

No sin luchar.

Ajeno a los pensamientos de Amanda, Hunter se dio la vuelta y la instó a regresar a la casa. La
acompañó a una suite situada en la planta baja.

–Puedes pasar la noche aquí. Te traeré algo más cómodo para dormir.

Amanda vagó alrededor de la suntuosa habitación. La enorme cama tallada parecía recién sacada de
una antigua película. El color verde oscuro que decoraba las paredes habría hecho parecer diminuta
cualquier habitación pero, en un lugar tan espacioso, el efecto era sorprendente; le daba una apariencia cálida y acogedora.

Hunter regresó al instante con una camiseta negra y unos pantalones de deporte que se la tragarían
entera.

–Gracias –le dijo mientras cogía la ropa.

Él se quedó frente a ella, inmóvil, mirándola a los ojos.

Para sorpresa de Amanda, alzó la mano y le recorrió el mentón con un dedo, erizándole la piel con el
suave roce de la uña. Intuyó que deseaba besarla y se quedó sorprendida al comprender lo mucho que ella deseaba que lo hiciera.

Pero no la besó. Se limitó a observarla con esos voraces ojos oscuros antes de pasar el pulgar por
sus labios, obligando a Amanda a reprimir un gemido ante la arrolladora sensación que despertaban sus caricias. Y su olor. La atmósfera entre ellos estaba cargada de tensión; el deseo y la necesidad eran recíprocos y su intensidad la debilitaba y a la vez la hacía sentirse más fuerte que nunca.

Justo cuando pensaba que iba a besarla, Hunter se alejó.

–Buenas noches, Amanda.

Ella observó cómo se marchaba con el corazón en un puño.

Kyrian se maldijo a sí mismo con cada paso que lo acercaba a su despacho. Debería haberla besado.

Debería...

No. Había hecho lo correcto. No podría haber nada entre ellos. Los Cazadores Oscuros podían tener
una aventura de unas cuantas noches con una mujer, pero les estaba prohibido involucrarse en una re-
lación seria. Era demasiado arriesgado. Las mujeres se convertían, de ese modo, en objetivo de los
Daimons y debilitaban a los Cazadores, que se volvían más prudentes. Y en este trabajo, la prudencia
conducía a la muerte.

El tema nunca le había preocupado con anterioridad. Pero esa noche, el dolor era tan fuerte que casi
estaba acabando con él. Odiaba los sentimientos que estaban creciendo en su interior. Odiaba la necesidad que Amanda despertaba en él. Hacía mucho tiempo que había desterrado todas sus emociones y prefería vivir de ese modo. Era una especie de capullo que lo mantenía libre de cualquier tipo de confusión.

–Tengo que sacármela de la cabeza.

Entró en el despacho, y se conectó a la web de los Cazadores Oscuros, Dark-Hunter.com. Al instante, otros Cazadores Oscuros le abrieron unas cuantas ventanas y el icono del correo comenzó a parpadear.

La tecnología era algo maravilloso. Poder comunicarse de ese modo era un regalo de los dioses. Hacía que las largas noches fuesen más soportables y les permitía intercambiar información importante.

Se sentó en el sillón de cuero negro y abrió una de las ventanas. Era Acheron.

«Nick ha llamado. Dice que Desiderius te ha pateado el culo. ¿Estás bien?»

Kyrian apretó los dientes y tecleó la respuesta.

–Voy a matarlo por esto. Estoy bien. Desiderius se ha escondido en un refugio. ¿Qué sabes de él?

«Fue el que eliminó a Cromley hace unos años, así que te estás enfrentando a unos poderes nada
despreciables. He hablado con el Escudero de Cromley y me ha dicho que Desiderius se lo pasó en
grande volviéndolo loco. Mejor no comentar cómo lo mató. Personalmente, me gustaría que el tal D. viniera a por mí. Necesito una buena pareja de baile. Mis Daimons cojean.»

Kyrian se echó a reír ante el despliegue de humor de Ash. El hombre verdaderamente no tenía pa-
ciencia con los Daimons lerdos.

–Talon dice que usan descargas astrales. ¿Te has encontrado con algo así alguna vez?

«Si te soy sincero, en mis once mil años... joder, no. Es la primera vez. He hablado con los Oráculos
y ahora mismo están consultando a las Parcas. Pero ya sabes cómo son. Estoy seguro de que nos sal-
drán con algo como: “Cuando el cielo verde esté y el negro cubra de la tierra su faz, un ataque de los
Daimons os sorprenderá. Si queréis al que tiene el poder capturar, algo especial tenéis que hallar”, o
una porquería por el estilo. Odio a los Oráculos. Si quisiera ejercitar la mente, me compraría un Cubo de Rubik.»

–Yo no lo veo tan claro, Ash, eres un especialista en esas adivinanzas. ¿Estás seguro de que no quie-
res convertirte en Oráculo?

«Apúntate esto, General: que te jodan. Ahora, déjame trabajar. Tengo Daimons que perseguir, Ca-
zadores con los que pelearme y mujeres que seducir. Luego hablamos.»

Sin muchas ganas de mantener otra conversación, Kyrian abandonó la web y abrió el correo, pero
tampoco le apetecía leer los mensajes.

Lo que quería estaba más allá de su alcance.

En contra de su voluntad, cruzó lentamente el pasillo y descendió las escaleras. Antes de ser cons-
ciente de lo que estaba haciendo, se descubrió junto a la habitación de Amanda. Apoyó la mano sobre la oscura madera de la puerta y extendió los dedos mientras cerraba los ojos. Podía verla sentada en la cama. Se había puesto su camiseta negra, que dejaba a la vista esas largas piernas desnudas.

El fuego incendió su cuerpo, recorriéndole las venas. Sentía el dolor de Amanda por la pérdida de su
hogar; el miedo a la posibilidad de que Desiderius hiciera daño a su hermana; la preocupación por la
compañera de Tabitha, Allison.

Y, lo que era peor, percibía las lágrimas que se esforzaba por contener. Era tan fuerte, tan resuelta...

Jamás había conocido a una mujer igual.

El sueño que lo había despertado esa mañana le volvió a la mente. Aún podía sentirla entre sus bra-
zos.

«Te deseo»

Daría cualquier cosa porque esas mismas palabras fuesen una realidad y Amanda lo mirara con ga-
nas de devorarlo. En ese preciso momento, lo único que quería era tirar la puerta abajo de una patada y hacerle el amor. Sentir sus caricias. Dejar que lo abrazara.

Que le diera la bienvenida.

Pero no podía ser.

Con el corazón encogido, se obligó a marcharse. Tenía trabajo que hacer.

Amanda miró el reloj. Las doce y media. Por regla general, a esa hora estaba profundamente dormi-
da. Pero para Hunter la noche aún sería joven.

Comenzó a preguntarse qué haría él a esa hora tan temprana. Con toda seguridad, no se dedicaría
todas las noches a matar Daimons. No podría haber tantos... ¿o sí?

Antes de darse cuenta de lo que hacía, salió de la cama y comenzó a vagar por la enorme casa. No
sabía dónde estaba Hunter. No se había molestado en mostrarle su habitación cuando le enseñó la casa. Pero el instinto le decía que debía estar en la planta alta. Probablemente, tan lejos de la suya como fuese posible.

Estaba a mitad de la escalera cuando escuchó un ruido extraño en el patio. Una especie de silbido.

Dio la vuelta y se encaminó hacia la sala de juegos. No había ninguna luz encendida, pero la luna y las estrellas eran tan brillantes que podía distinguir una figura oscura en el atrio. Su primer impulso fue llamar a Hunter pero, antes de hacerlo, se detuvo.

Había algo familiar en ese perfil. Se acercó un poco más a las puertas francesas y reconoció a Hunter
y a Terminator. Llevaba una camiseta de manga corta y unos pantalones de deporte y estaba lanzando la pelota de béisbol a una especie de red que se la devolvía. En cuanto tiraba la bola, Terminator co-
menzaba a correr, persiguiéndola, para volver al instante junto a él. La escena le arrancó una sonrisa.

Hunter daba unas palmaditas al perro y volvía a lanzar la bola.

Comenzó a alejarse de allí, pero se detuvo. No podía hacerlo. En lugar de regresar a la habitación
abrió las cristaleras.

Hunter se giró de inmediato. La bola, que había olvidado al escuchar sus pasos, rebotó en la red y le
dio en la cabeza. Soltó un siseo de dolor mientras se frotaba el lugar del impacto y Terminator se marchaba en persecución de la pelota.

–¿Necesitas algo? –le preguntó con brusquedad.

Que me beses.

Amanda tragó saliva.

–Nada; no sabía dónde estabas.

–Pues ya lo sabes.

Su voz volvía a ser gélida. Éste no era el Hunter que la había acompañado hacía poco rato. El que
tenía delante era el Cazador Oscuro que había despertado en la fábrica encadenado a ella. En guardia y distante.

Y le estaba rompiendo el corazón. No se trataba de que estuviera molesto por el golpe de la bola en
la cabeza, no. Ella sabía que había vuelto a alzar las barreras. Quería mantenerla alejada.

Captando la indirecta, asintió.

–Sí, ya. Buenas noches.

Kyrian la observó mientras se alejaba. Le había hecho daño. Lo sabía, lo sentía y se odiaba a sí mis-
mo por ello.

Llámala.

¿Para qué?

Jamás podría haber algo entre ellos. Ni siquiera una simple amistad.

Apretando la mandíbula, regresó al ejercicio. Intentaría concentrarse en Desiderius. Intentaría atraer
al Daimon hasta que estuviese a su alcance.

Era inútil.

Amanda seguía con él. Era su rostro lo que veía si cerraba los ojos. Era su olor lo que respiraba. Si
no se la sacaba de la cabeza iba a acabar muerto. Y si él moría, Desiderius iría tras ella.

Volvió a arrojar la bola contra la red con un gruñido. Saltó y alzó el brazo para cogerla de nuevo pe-
ro, antes de rozarla, sintió un dolor intenso y agudo en la cabeza. Lanzó una maldición e intentó aliviar el dolor presionando la palma de la mano sobre el ojo derecho. Mientras se esforzaba por recuperarse, lo asaltó una visión.

Desiderius.

Mientras la imagen cobraba fuerza, se quedó petrificado. Con una sorprende nitidez vio cómo De-
siderius lo mataba.


Y escuchó los sollozos de Amanda.



Hola hermosos lectores! 
Tengo que disculparme porque el jueves me fue (extremadamente) imposible publicar este capítulo... pero aunque con demora aquí lo tienen y espero que lo disfruten.
Dejan sus opiniones?
Abrazos y feliz sábado!



miércoles, 13 de enero de 2016

El comienzo de una nueva vida * Capítulo 29

Summary: Bella trabaja para Edward un antiguo compañero de clase que fue muy especial y es novia de Jacob. ¿Qué sucederá?
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Este fic es completamente propiedad de Mari del blog http://sangreyhielo.com.es 
Los personajes son propiedad de la espectacular Meyer.
Tengo permiso de la autora para publicar su historia en mi humilde rincón que es este blog.
Dicho todo esto, espero que la disfruten!^^
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CAPÍTULO 29: Una nueva semana. Relatado por Bella

-Buenos días, cariño

-Buenos días Edward.- le dije besándolo ligeramente e incorporándome un poco en la cama

-Te ves radiante, cariño

-Buenos es posible….- le dije sonriendo y mirándolo a los ojos

-¿Es posible?.....um….. ¿puede ser por la ducha de anoche?.- me dijo acercándome a el

-Puede ser…. –le dije sonriendo antes de besarnos

-¿Si quieres podemos volvernos a duchar?

-No creo que podamos ahora, Edward es tarde

-¿Segura que es tarde?

-Va a venir tu hermana a por mi  si no bajamos

-¡Alice! .- dijimos de pronto Edward y yo mirando hacia la puerta del dormitorio

-Buenos días…. Hermanito, Emmett y Jasper te están esperando.- nos dijo una Alice sonriente

-Voy a vestirme, para no hacerlos esperarme mas.- nos dijo Edward entrando al baño

-Muy bien hermanito. Bella hoy vamos a probarte el vestido y nosotras si están listos también. ¿te hace ilusión? ¿estas nerviosa?

-Me voy, después nos vemos.- nos dijo Edward, besándome antes de irse

-Estoy un poco nerviosa, ya queda poco Alice y si me hace mucha ilusión lo reconozco

-Me alegra saber que te hace ilusión. Anda vístete para que desayunes que nos esperan a las once y son ya las diez. Te espero abajo

-En 15 minutos estoy lista.- le dije entrando al baño a arreglarme

Cuando baje Alice, Rosalie y Esme me esperaban en la cocina con el desayuno listo.

-Buenos días

-Buenos días.- me dijeron Esme y Rosalie

Me senté y desayune tranquilamente mientras Alice hacia algunas llamada y Esme y Rosalie hablan

-Nos vamos ya he terminado.- les dije levantándome y comenzando a recoger la mesa

-Claro, vamos, tenemos el tiempo justo para llegar.- nos dijo Alice mirando su reloj

Durante el recorrido de la casa a la modista en el coche de Alice fuimos en silencio, seguramente pensando cada una en sus cosas.

-Ya hemos llegado.- anuncio Alice mientras aparcaba

Cuando entramos a la modista nos estaban esperando, así que dimos los buenos días, los cuales nos fueron devueltos.
Comenzamos a ver los vestidos de Alice, Rosalie y Esme mientras traían el mío que tampoco estaba terminado.

-Señorita pase al probador para dejar su ropa y probarse su vestido.- me dijo una de las modistas señalándome una puerta.

Cuando estuve en ropa interior me pusieron mi vestido de novia, viendo lo que le falta. Se veía precioso a pesar de faltarle algunos detalles aun.

Después fue Esme la que se probo su vestido para ver los detalles que le faltaban y seguidamente se los probaron Alice y Rosalie.

Cuando vimos lo que les faltaba a los vestidos y el día que teníamos que volver para la prueba definitiva, nos despedimos de las modistas y emprendimos el camino de vuelta a casa.
Fuimos todo el camino hablando de cómo veíamos los vestidos, de cómo nos quedaban…. Hasta que llegamos a casa.

Nuestras parejas nos estaban esperando y Edward me había preparado la comida. Olía deliciosa.

-Hola cariño, la comida la tienes en la mesa ¿tienes hambre?.- me dijo Edward mientras cada una se iba con su pareja.

-Hola mi vida, si tengo un poco de hambre, además huele delicioso

-Pues a comer Bella, que tienes que reponer fuerzas, entre lo de anoche y la mañana que habéis tenido con los vestidos estarás exhausta.- comenzó a decir Emmett riéndose.

-Emmettt……..le regaño Carlisle

-Vale, ya me cayó y no digo nada mas.

-Anda cariño, vamos a que comas, que se te va a enfriar la comida.- me dijo Edward mirando a Emmett y cogiéndome de la cintura.

-Si, vamos a la cocina .- le dije haciéndolo andar.

Entramos a la cocina y me senté con Edward a mi lado que me veía comer lo que me había preparado encantado.




Gracias al blog smilersheart.blogspot.com
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