Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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martes, 2 de febrero de 2016

Puddle Jumping * Epílogo

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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EPÍLOGO


Hubo un tiempo en el que creí que no iba a enamorarme. Pero lo hice. 

Esto fue seguido por la idea de que el chico del que me enamoré, nunca podría amarme de regreso. Pero lo hace. 

Y me ama en la mejor forma que sabe hacerlo. 

Cuatro meses pasaron mientras Edward estaba en Inglaterra. Mis temores disminuyeron poco a poco la primera vez que su rostro apareció en Skype. No hizo mucho contacto visual de principio y desviaba su atención de mí a las cosas que le rodeaban, en especial si su mentor veía la televisión demasiado alto. 

Pero aprendimos. 

Tenía que encontrar su camino por su cuenta. Hacer amigos. Adaptarse al cambio. Me di cuenta, incluso en esos breves momentos que tuve con él, que estaba cambiando. Fue difícil para mí, sabiendo que no fui parte de ello. Pero tal vez, de algún modo, sí participé. 

De modo que seguimos la rutina. Todos los jueves a las ocho de la noche, mi Skype sonaba. Me aseguré de estar siempre en el dormitorio. Y mi compañera de cuarto estaba afuera haciendo algo más. Ella y yo teníamos un acuerdo. 

—Te echo de menos. —Observé su rostro en la pantalla a tiempo que miraba fijamente la mía.

—Estaré en casa en veintisiete días.

Sonreí. 

—Lo sé. Y estoy muy feliz por eso.

—Me alegro de que estés feliz. —Sonrió, como si lo dijera en serio. 

—¿Hay algo que te gustaría hacer cuando llegues a casa?

Asintió, su enfoque dirigiéndose al lado izquierdo de la pantalla. 

—Quisiera besarte, si eso está bien contigo.

—Creo que se puede concretar.

* * *

La universidad fue estresante aquel primer semestre, pero los pequeños momentos que podía conseguir con Edward me hicieron sentir menos ansiosa. Más enfocada. Tenía ensayos y tareas que hacer hasta las orejas, aunque no se lo podía decir al chico detrás de la pantalla. 

Me esforcé para conocer gente nueva. Ir a fiestas. Vivir la experiencia de la universidad. Ni una sola vez mi amistad con Rosalie sufrió. No permití que el espacio entre los nuevos amigos que habíamos hecho alteraran las relaciones que ya teníamos. 

La amistad, como una vez le dije a mi novio, es importante. 

Pero tuve espacio. Tuve tiempo para encontrarme a mí misma otra vez. 

Lo mejor de estar separados fue que decidí mi especialidad. Me centré en mí. Establecí una meta que me gustaría lograr por mi cuenta. 

He tenido un montón de logros en mi vida. No morí. Me gradué de la secundaria. Entré en la universidad de mi elección. 

Pero nunca llamaría amar a Edward un logro. Era un honor. Me cambió. Me hizo realmente convertirme en la persona que había intentado tanto ser tantos años atrás. 

Así que no creo que fuera una sorpresa para cualquiera que el estar con mi novio me hizo ver las cosas bajo una nueva perspectiva. Nunca habría conocido el tipo de persona que yo podía ser sin haberlo conocido. Si pude lograr hacer una diferencia en la vida de una persona, ¿por qué no en otros? Tal vez algún día le enseñaré a mi propia clase interpersonal, y algún chico lindo se inclinará contra la pared en un pasillo y le dirá a la chica que lo ama "lo que sea". 

Y me gustaría estar allí para presenciarlo.

Irónicamente, la noche que decidí mi especialidad, fue la primera vez que me preguntó sobre nuestra situación. 

—¿Deseas que no te hubiera dejado?

—Por supuesto. Te echo de menos. Cada día deseo que estuvieras aquí. Pero te alegras de haberte ido, ¿verdad? Mira todo lo que has logrado.

—Me habría gustado que vinieras conmigo. 

—A mí también. 

Era algo que nunca habíamos discutido antes, y mi pecho dolía cuando colgamos. 

Soñaba con él a menudo, y me preocupaba por él constantemente. Y pensé que tal vez, cuando volviera a casa por Navidad, no sería lo mismo, y la distancia era demasiado grande para que volviéramos a conectar. 

Quizá así terminaría todo en una película al estilo Hollywood.

Pero somos más que eso. 

Cuando llegó el día, me situé al lado de Esme, sosteniendo su mano y levantando un cartel amarillo con el nombre de mi novio en él, mientras bajaba del avión. No me sorprendió que primero abrazara a su madre. Pero fue sólo porque una vez que sus brazos rodearon mi cintura, no me soltó. Ni en el aeropuerto. Ni en el auto. Y apenas en la puerta para saludar a su padre. 

De lo contrario... 

Nada había cambiado. No para mal, de todos modos. No, de hecho, se sentía cien veces mejor. Sabiendo lo que era estar separados, hizo que fuera más dulce volver a reconectarnos. 

Él olía igual. Él se sentía igual. Sus ojos recorrían mi rostro mientras sonreía y decía mi nombre una y otra vez hasta que lo besaba para silenciar sus susurros. 

Me quedé en su casa, y a mis padres ni siquiera le importó. Era una adulta y podía tomar mis propias decisiones, y siempre y cuando los Cullen no se opusieran, yo era libre de hacerlo. 

La mañana de navidad, sostuve la mano de Edward mientras sus padres apilaban regalos a nuestro alrededor. Justo antes de que comenzara el desembalaje, mis padres llegaron. Debí haber pensado que era inusual, pero era la mañana de navidad, después de todo. 

Se instalaron junto a la chimenea y repartieron sus propios regalos, hasta que estuvimos rodeados por lo que pareció ser un muro de papeles alegres y cintas plateadas y brillantes. 

No pasó mucho rato hasta que abriéramos cada uno de los regalos. Los agradecimientos fueron intercambiados y, justo cuando creí que estaría libre para cambiar mi pijama y tomar una ducha, la señora Cullen se agachó frente a mí y colocó un sobre en mi regazo. 

—¿Qué es esto? —Tuve una idea que era otro pase para el museo, por lo que entrecerré los ojos, a punto de decirle que en verdad ya no los necesitaba, ya que su hijo tenía acceso ilimitado a las exhibiciones. Pero justo cuando abrí mi boca, mi novio me interrumpió. 

—Le preguntamos a tus padres si no había problema. 

Me quedé mirando su rostro, confundida, mientras tenía el sobre en la mano y la agitaba en su dirección. 

—Hay pases para el museos de aquí, ¿verdad?

El señor Cullen se inclinó hacia adelante y alcancé a ver a mi madre cuando tapó su boca y las lágrimas brotaron de sus ojos. Mi padre inhaló profundamente y exhaló con fuerza. 

Esme se acercó y pasó sus dedos por mi mejilla. 

—Queremos que vayas.

Mis dedos temblaban a tiempo que abría el sobre, y me quedé sin aliento, mirando fijamente el boleto en mi mano. 

—¿En serio?

Fue Edward quien contestó, su voz firme e inquebrantable. 

—Quiero que estés allá, Bella.

Estaba cegada por las lágrimas. 

—¿Estás seguro? ¿Seguro? ¿Con certeza?

No necesitaba que fuera con él, así podía asegurarme que él se encontraba bien. Para asegurarme que mantuviera su rutina y no se sintiera solo.

Él quería que fuera. 

—Estoy seguro y con certeza.

—El vuelo sale el tres —la voz de mamá era temblorosa, y mi padre le tomóla mano. 

Mi mente recorría todas las preguntas sin respuesta y promesas del mañana. 

Pero cuando miré a mi novio y lo vi muy, pero muy sonriente –y que su mirada por fin sostenía la mía por de más de un segundo–, lo supe. 

Hollywood tiene que obtener sus finales felices en algún lado. Y aunque el recorrido esté lleno de golpes y moretones a lo largo del camino, siempre existe una posibilidad de encontrar la felicidad al final. Soy la prueba viviente. 

Mi educación no estará dentro de los contornos de un edificio de ladrillos mientras estoy sentada en una silla de plástico. Ya no. La vida es para vivirla, y si se te ofrece la oportunidad de experimentar cosas excepcionales con una persona extraordinaria, entonces no hay razón alguna en el mundo para negarse. 

Y no me negué. Acepté porque nuestro amor no es diferente al de cualquier otro. Es nuestro, y es todo lo que importa. 

Es una historia real de una chica que se enamora de un chico. 

Nada más. 

Nada menos. 

Y no me gustaría que fuera de otra manera.
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Hola mis dulces lectores!
Pues si, hoy termina esta adaptación, espero que os haya gustado tanto como a mi! La verdad que solté alguna lagrimilla... ustedes?

Dejenme comentarios de los que les pareció esta historia, y nos leemos pronto!

Los amo!

PD: si estas interesado en leer el libro (sin ser adaptado) en PDF ponte en contacto conmigo por cualquiera de mis redes sociales, o por correo en mserranoo213@gmail.com

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martes, 26 de enero de 2016

Puddle Jumping * Capítulo 17

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 17


Me preocupaba a cómo reaccionaría a que trepara por su ventana de nuevo, luego de las semanas que estuvimos separados. Una parte de mí se preguntaba si estallaría en uno de sus colapsos. Otra parte se preguntaba si se encontraría bien, y Esme simplemente exageró para que viniera. 

Camino a su casa, llamé a Rosalie y la conversación más o menos fue así. 

—Su madre vino... 

—La odio. 

—No tuvo intención de que esto ocurriera. Le preguntó si iba a contarme primero. 

—Hmm. Bien. Me reservo el derecho de volver a examinar mi odio en otro momento. 

—Me pintó un retrato de sí mismo. Tiene Te Amo escrito por todas partes. 

—¿De verdad?

—Sí. Me dirijo allí ahora. 

—Llámame más tarde.

Ni siquiera me molesté en aparcar mi coche al otro lado del vecindario. El cielo se estaba poniendo un poco más oscuro, y sabía que el señor Cullen trabajaba como loco, con horas desquiciadas. Y a pesar de que pude haber tocado la puerta, sentí que tenía que subir a ese enrejado por última vez. 

Lo hice, con mi corazón tronando en mis oídos y mis manos temblando por la ansiedad que me ahogaba. Pero una vez que comprobé el pestillo y me di cuenta que la ventana seguía desbloqueada, las lágrimas llenaron mis ojos y tuve que tomar un respiro antes de trepar por ella 

Me pregunté si la dejó desbloqueada todo el tiempo sin pensar en ello... o si la comprobaba todas las noches para ver si todavía estaba abierta, en caso que viniera. 

De cualquier manera... me hizo sentir horrible. 

Trastabillé en la habitación a ciegas, rezándole a Dios una vez más que no rompiera nada mientras intentaba desenredar mis pies de la ventana. Cuando me enderecé, noté que el cuarto de arte se hallaba muy vacío. Todo estaba guardado. 

Se sentía mal. Extraño. Nunca la había visto así antes. 

Por supuesto, Edward no me había dejado antes, tampoco. 

Luego de prepararme por un momento, me acerqué lentamente a la puerta y miré por el pasillo hacia su habitación, notando el suave tintineo de la música filtrándose en el espacio abierto. Vi la iluminación en su habitación cambiar, su sombra apareciendo y desapareciendo con sus pasos. 

De acá para allá. 

Preparándose para irse. 

¿O caminaba de un lado a otro? 

Ya sin preocupación para elegir el momento oportuno, me acerqué a su puerta abierta y me quedé allí, observándolo mientras movía un pie y luego hacia atrás, con la mirada baja, mientras sus manos comenzaban alcanzar algo y luego se detenía, y repetía el movimiento una y otra vez. Parecía estar muy frustrado. 

Golpeé con suavidad su pared, conteniendo la respiración cuando se giró bruscamente y se quedó mirando mi rostro. Simplemente se quedó mirando. Sin decir nada. 

—Hola —saludé en voz baja. 

Su reacción me sorprendió. En un abrir y cerrar de ojos, se lanzó hacia adelante y envolvió los brazos alrededor de mi cintura, presionándome a la pared y enterrando su cara en mi cuello mientras respiraba profundamente y sacaba todo el aire de mis pulmones. 

—Nada funciona —comenzó, con las manos amasando mis costados mientras trataba de nuevo—. Lo intento. Y lo intento. Pero nada funciona. No me puedo concentrar. No puedo... no puedo. 

—Lo siento. —Tuve que detenerme—. Pido disculpas por no haber venido a verte más pronto.

—Estabas molesta. Te lastimé. Algo debe haber ocurrido para que te mantuvieras alejada de mí. ¿Verdad? —Su nariz estaba presionada bajo mi oído, y luché contra otra ronda de lágrimas dado que él simplemente no lo entendió del todo. Él pudo haber estado repitiendo las palabras de Esme hasta donde sé. 

—Te vas. 

Su cuerpo se puso rígido, y poco a poco se apartó de mí para mirar sus zapatos. 

—¿Te gustaría más si me quedara? 

—¡No! —Era una mentira. Pero a la vez no—. Esta es una... grandísima... oportunidad para ti. Tienes que ir —sus ojos si dirigieron a los míos por unos segundos—, pero voy a extrañarte mucho durante tu ausencia.

Asintió un poco. 

—Tu mamá me entregó mi regalo de cumpleaños. Es maravilloso. Gracias. 

Una triste sonrisa curvó su boca. 

—Quería que me tuvieras contigo. 

El dolor en mi corazón creció mil veces más. 

—Lo sé. —Presioné mi mano contra su mejilla—. Fue muy considerado. Igual que las palabras que pintaste... 

Fue entonces que sus ojos se encontraron con los míos. Aún no estoy segura qué fue lo que vio en ese momento, pero se sentía como si estuviera mirando más allá de mi rostro y en mi alma. 

—Yo pinto la verdad, Bella.

Mi corazón se detuvo. 

—Lo hago... te amo. Si necesitabas que lo dijera antes, debiste habérmelo dicho. Sé lo que significa. —La forma en que lo decía era como si las palabras fueran sacadas por sí mismas de su boca casi dolorosamente, su cara retorciéndose mientras salían de sus labios y frunció el ceño—. Este vacío en mi interior aquí —puso mi mano en su pecho—, significa que te amo. Cuando no estás aquí, no me 
puedo concentrar. Hay demasiado ruido... Pero mi corazón hace esto cuando estás cerca. 

Bajo mi palma, la cadencia errática era más evidente de lo que nunca había notado antes. 

—Sueño contigo. Y no me gusta cuando no puedo hablar contigo o verte o tocarte. —Sus ojos se encontraron con los míos de nuevo—. Eso es amor.

Un sollozo salió de mi pecho mientras él reflexionaba sobre ello. —Sí, lo es.

—¿Mi amor te pone triste? —La preocupación apareció en las comisuras de sus ojos. 

—No, no estoy triste porque me amas.

—Entonces, ¿por qué lloras?

Tuve que reír un poco. 

—Porque estoy feliz.

Estaba más confundido. 

—Pues, eso no tiene sentido. El llanto es de tristeza. 

—A veces —me reí más fuerte—, significa felicidad. Pero... las chicas somos extrañas. 

Su cabeza se inclinó un poco mientras pensaba. 

—Eres más experta en eso que yo. 

Lo acerqué más, rodeando su cintura con mis brazos y escuchando su respiración mientras nos quedamos allí, presionados uno contra el otro. Me disculpé, él aceptó y estábamos bien, una vez más. Era lo bello de nosotros. Era lo que era. Sin juegos. Sin pretextos. Sin reproches o culpa por enfrentar las cosas de forma innecesaria. 

—¿Me necesitas para ayudarte a terminar de empacar? —le pregunté con mi rostro presionado en la parte delantera de su camiseta gris. 

—Prefiero besarte por un rato antes de que tengas que volver a casa.

Mi sonrisa empezó, y luego vaciló. 

—Olvidé traer mi cepillo de dientes. 

Se fue y volvió en menos de cinco segundos, sosteniendo un nuevo cepillo frente a mi rostro. 

—Mi madre compró uno extra para mi viaje.

Una vez más, estaba agradecida con Esme algo. 

Observó, como siempre lo hacía, causando que me hiciera una imagen mental de él inclinado contra la pared mientras escupía y me enjuagaba. Y tan rápido como pude llegar a él, estaba en sus brazos. 

La puerta se cerró con pestillo. La música estaba puesta. Quiero decir, no había velas ni nada de eso, pero estábamos juntos por última vez antes de que se fuera por un año. Nuestra reciente separación no hizo nada para apaciguar nuestra pasión. Sólo la hizo más enérgica. Nuestras caricias fueron intensas. Significativas. Persistentes. Quería que lo recordara todo. 

No perdí tiempo quitándole la camisa. No hubo ninguna vacilación en sus manos mientras quitamos torpemente la mía. 

Fueron besos necesitados de aquí y ahora. 

Fue un: lleva esto contigo cuando te vayas. 

Fue un: mantén esto en tu memoria cuando te acuestes por la noche.

Fue un: Tienes todo de mí ahora.

Nuestros dedos se exploraron mutuamente. Lo memorizaba con mis ojos cerrados, y mi cuerpo estalló en piel de gallina mientras se sobrecalentaba a la vez. 

Estudió mi cicatriz y sus dedos se arrastraron sobre la carne levantada de nuevo, tan suavemente... Sabía que recordaba cómo me salvó una vez. Pero la verdad era que me había salvado de nuevo desde entonces. 

Mi toque fue fuerte, como le gustaba. Mis besos eran insistentes, del modo que necesitaban ser. 

Cuando me di cuenta que me encontraba de espaldas sobre su cama, no había pensamiento alguno en mi mente. Saboreé cada caricia. Cada beso. Cada roce de mis labios en su piel, deseando que mi cerebro simplemente recordara. 

Y cuando se apartó de mí, con sus párpados medio abiertos y sus caderas deslizándose hacia adelante como antes, no lo detuve. Observé, fascinada. 

Los libros y las películas lo hacen parecer mucho más fácil, como si tan solo ocurriera. Pero hay más en eso. Solo parecía tomar un poco más de lo que había anticipado. No iba a quejarme, porque en ese momento deseaba estar con él en una última forma. 

Si se iba, él tomaba todo lo que yo tenía para llevárselo con él. 

Su frente se arrugó con... ¿preocupación? ¿Dolor? No podría asegurar cuál, ya que intentaba con todas mis fuerzas no llorar sobre la irrevocabilidad de todo esto. Me sentía demasiado tensa. Era demasiado. 

De repente, se me ocurrió que él debía haber estado experimentando aquello multiplicado por un millón de veces.

—Edward, mira mi rostro —le dije y obedeció, con sus ojos observando mis labios mientras hablaba—. Relájate... —En cuanto lo dije, creo que ambos nos relajamos al mismo tiempo, y por fin, por fin sucedió. 

No fue doloroso con Edward. No apresuró la experiencia. Fue tan abrumador para él que luchaba por respirar. Cambié entonces, sólo minuciosamente, para jalar su cara a la mía con mis manos, agarrando su nuca con fuerza. Luego crucé mis tobillos detrás de su espalda. Y apreté mis muslos contra su torso. 

Duro. 

Creo que ambos tuvimos los ojos cerrados por un momento, pero abrí los míos en un momento dado para verlo mirándome con asombro, con la boca abierta como si estuviera luchando para hablar. 

Pero no necesitábamos hablar. Nos estábamos comunicando muy bien. 

Muchas chicas probablemente pierden su virginidad y es rápido o doloroso, descuidado o molesto. 

La mía no fue así. 

Fue torpe y sí dolió un poquito. Pero estaba con Edward. Era mi primero. Mi único. Y me hizo temblar cuando su cabeza cayó a mi hombro y apretó sus labios contra mi cuello. 

—Bella, Bella —repetía una y otra vez. 

Aflojé mi agarre alrededor de su cintura, y me aferré a él mientras apretaba mi costado con una mano, con toda la fuerza que tenía, sujetándome al colchón, haciendo un sonido de aliento en mi cuello antes de acabar. 

Mis dedos temblorosos tocaron su rostro, esperando a que se relajara. Temía a que enloqueciera. Pero cuando se alejó de mi cuello, sus ojos parecían serenos. 

Las yemas de sus dedos trazaron el costado de mi cabeza y luego bajó a través de mi caja torácica hasta que pude sentirlos en mi cadera. 

Incluso muy suavemente delineó amor contra mi piel. 

* * *

Posteriormente, sólo lo sostuve, recostada sobre su pecho hasta que cayó en un profundo sueño. Mi oído se quedó presionado contra su esternón, escuchando como su respiración se nivelaba y el ritmo cardíaco se ralentizaba. Sólo un par de lágrimas se escaparon cuando cerré los ojos, acariciando su costado y pecho con los dedos. 

Había dicho que me amaba en más de un sentido. 

Le susurré en la habitación a oscuras que lo extrañaría más de lo que jamás entendería. Que lo amaba más de lo que mi corazón podía permitirse. 

Pero no me permití dormirme. No podía justificar desperdiciar ese preciado tiempo. Un rato más tarde escuché a su mamá entrar por la puerta principal y esperé a ver si vendría a su habitación, pero nunca lo hizo. Tal vez el silencio en la casa era suficiente para que supiera que las cosas estaban bien. 

Por mucho que me enfermaba, me obligué a apartarme de su pecho y salir de su cama. Después un último vistazo a su hermoso rostro. Tocar su barbilla con mis dedos. Observar sus ojos moverse detrás de sus párpados.

Besé su nariz. Una vez. 

Antes de que pudiera convencerme de lo contrario, me vestí y me fui de su casa. Sin mirar atrás. No podía acatar la idea de dormir toda la noche y despertar con él despidiéndose. O hacerlo cambiar de opinión y se quedara por mi culpa. 

Tenía que ir. 

No fue hasta que llegué al volante de mi coche que la gravedad de lo que ocurría me golpeó tan duro. Había perdido mi virginidad con el chico que amaba. 

Y se iba en menos de veinticuatro horas. 

Lloré todo el camino a casa, dejándome sentir lo que sucedía y aceptándolo por lo que era. No había vuelta atrás. Estaba decidido, y entre más rápido lamentara la pérdida y superara el dolor, más rápido podía concentrarme en otras cosas. 

* * *

No creo que exista algo el amor convencional. El amor es doblegarse. El amor es esforzarse. El amor es estar constantemente aprendiendo sobre la otra persona hasta que te vuelves loco porque nunca será perfecto, pero no hay ningún mal en intentar. 

Había amado a un chico que era extraordinario más allá de las palabras, ante mis ojos. 

No creo que alguna vez hubiera querido vivir una vida excepcional antes de él. Una vida llena de color y conocimiento y sentirte bella. 

Pero por poco tiempo, lo hice. 

Supongo que pensé que tal vez tanto como aprendí de él, él había aprendido algo de mí, también. No es fácil. No en cualquier medida. Pero no puedo comenzar a desear que nunca haya sucedido. No puedo lamentar ni un solo segundo lo que tuvimos juntos. 

Lo que quería era que él me viera y que deseara que estuviera con él. Lo que quería era que dijera que me amaba —con palabras— y que lo dijera de verdad. 

Necesitaba estas cosas que se hallaban fuera de mi alcance, y sin embargo, seguía teniendo esperanzas. 

Y sucedió. 

Siempre sería tierno y amable. Siempre sería el chico por el que había luchado tanto. Pero cuando hay separación involucrada, no podía tener la certeza de que todo seguiría igual. Me preocupaba el cambio en su rutina. Que no se adaptara a su nuevo entorno. Me alegraba que alguien del museo fuera con él, pero tuve que preguntarme si lo conocían como yo. Si iban a tomar el tiempo y esfuerzo para aprender de verdad, y proporcionarle lo que necesitaba. 

Me pregunté si me extrañaría. 

No hay vergüenza en esto, en sentirse triste y con el corazón roto sobre las cosas que no puedo cambiar. No hay un método mágico. No existe una máquina del tiempo para volver. Es precisamente lo que hemos estado entregando y cómo lidiamos con esto. Cometí errores cuando se trataba de un montón de cosas. 

Pero nadie, en ningún lado, podría decir que no le di lo mejor de mí. 

Cuando me imaginé el rostro de Edward mientras abordaba su vuelo con su mentor, mi corazón se rompió de nuevo. 

Pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Era incontrolable. 

Ojalá hubiera empezado a escribir sobre esto mucho antes, cuando las cosas se hallaban frescas en mi mente, en lugar de con la retrospectiva de lo que estaba por venir. Esto dificulta un poquito ser imparcial. 

Siempre quise que las cosas funcionaran entre nosotros, pero incluso si no es así, puedo asegurar de que estoy agradecida por la posibilidad de haber conocido a alguien como Edward, y ni hablar de haber podido amarlo tanto como lo hago. Sólo tengo que seguir diciéndome eso. Cada día. Los trescientos sesenta y cinco del año. 

Aquí podría ser donde la historia termina. Y duele muchísimo pensar que podría ser así. Que esto es todo. 

Porque, independiente del lugar donde mi corazón vaya, mi cuerpo todavía está aquí. 

De verdad es una vergüenza que más películas no sean como la vida real. 

Quizá así no tendríamos tantas expectativas y no nos sentiríamos defraudados por nuestra propia existencia. 

¿Quién sabe? Tal vez algún día seré suya y él será mío. Y el tiempo ni el lugar importarán, porque estamos destinados a estar juntos. 

Pero no esperaré sentada. La vida no siempre ocurre como lo esperamos.

Más que nada, quiero que sea feliz. Y tal vez, algún día, yo también lo seré.
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martes, 19 de enero de 2016

Puddle Jumping * Capítulo 16

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 16


Entonces lo supe. Todo se había terminado. No habría manera de estar con Edward si, en realidad, no estábamos juntos. La realidad de lo mucho que nuestra relación dependía del contacto físico y constante cercanía me cayó encima como una tonelada de ladrillos conforme tropezaba entre el camino de entrada y la acera. 

Teníamos planes de ir a la escuela cerca el uno del otro, así no sería un problema. 

Habíamos hecho planes. 

Necesitaba tiempo para pensar. Para aclarar mi mente. Pude escuchar las voces de nuestras respectivas madres llamándome. Pude oír la voz de mi papá por encima de ellas. Sabía que el sonido de los pasos persiguiéndome, eran de Rosalie.

Pero no eran de la persona que quería que me siguiera por la calle.

Quería a Edward.

Y a partir de ese momento, ya no era mío. En tan sólo unas pocas semanas, él estaría en otro país. Avanzando, haciendo lo que quería hacer más que cualquier otra cosa en su vida.

Tal vez nuestra relación le había dado esa confianza. Iría becado y pintaría en Inglaterra. Viviría la increíble vida que sus padres siempre soñaron para él. Iba a estar bien con ese cambio en su rutina, porque involucraba su pasión. Su primer amor.

Y yo sería nadie.

Sólo una chica con la mitad de su corazón ausente.

En algún nivel, fue egoísta por mi parte haberme ido. Pero no pude ver mis acciones más allá de mis lágrimas. Caminé hasta que Rosalie se detuvo en su auto, y exigió que me metiera así podría llevarme a casa. Empaqué unas cosas, les dejé una nota a mis padres y me fui a quedar con ella el resto del fin de semana.

Rosalie enfureció. Odiaba a Esme. Debió haberme dicho en privado, así yo podía responder adecuadamente. Fue culpa de su madre. Pero yo era más sensata. 

Claro, ella podía verme como una chica en una relación, pero cuando se trataba de ese asunto, era una madre orgullosa. Y no tenía la certeza de si hubiera respondido de otra manera si me lo hubiera dicho en privado.

Aunque la punzada de mi realidad no tardó en salir.

Terminé enviándole un correo a Edward, felicitándolo por su oportunidad. 

No había manera de que me atreviera a hablar con él. Me era muy doloroso pensar que pudo haber tenido un indicio de que algo andaba mal, pero no realmente... y las conversaciones resultantes serían conmigo mintiendo todo el tiempo, para dejar que no se preocupe respecto su futuro sin mí. Fui lo bastante egoísta como para no responderle su correo, puesto que no podía soportar ver lo que diría. 

Mis padres intentaron hablar conmigo pero, por una vez, les pedí que me dejaran sola. Y supongo que no estaban acostumbrados a ello, así que hicieron lo que les pedí. Hubo un montón de llamadas que involucraron a mi madre gritando al otro extremo del teléfono. Tuve que asumir que era Esme a quien le hablaba con tanta dureza. Pero no pudo importarme menos. 

No había entrado en una relación con Edward para volverme dependiente. 

No había pensado que al integrarme tan profundo en su vida, habría hecho que mi existencia girara a su alrededor. 

Supongo que así es el primer amor. 

Todo el mundo se encontraba preocupado. Pero yo no. No me importaba. Si pudiera haberme desvanecido en las paredes, lo habría hecho.

Un par de semanas antes de mi cumpleaños, mi mamá me obligó a visitar a nuestra doctora de cabecera. No discutí, pese a que sabía que no estaba mal físicamente. Estaba a punto de cumplir diecinueve años, y en vez de celebrarlo con mi novio, tenía un abata lenguas en mi boca. Mi doctora es sensacional y terminó sentándose a mi lado, preguntándome qué es lo que pasaba. Y cuando describí lo que ocurrió, tan detalladamente cómo fue posible, se mostró simpática. 

No lo bastante simpática como para darme antidepresivos o algo...

Cuando llegué a casa y vi el coche de Esme Cullen estacionado, hizo que mis entrañas cayeran en picada, directo hacia el piso.

Es curioso cómo muchos escenarios pasaron por mi mente. Uno en el que entraba a casa, y le exigía que hiciera que Edward se quedara. Otro donde tan solo conducía, conducía y conducía hasta que me quedaba sin combustible y tenía que encontrar un trabajo de mesera en alguna parte, como un personaje de un libro de Nicholas Sparks. Uno en el que arremetía mi coche a través de la puerta principal y apuntaba directo a sus rodillas.

Supongo que le tenía alguna agresión reprimida, que no me había permitido reconocer hasta ese momento.

Pero parecía tan buen momento como cualquier otro para por fin sacarlo de mi pecho. Con más valor del que pensaba que poseía, abrí la puerta de mi casa y lo que vi en la sala de estar me impresionó hasta la médula.

Esme... cara a cara con mis padres... sosteniendo un regalo envuelto, que era casi tan alto como ella.

Solamente había una cosa que pudo haber sido. A juzgar por las lágrimas en su rostro y las expresiones de mis padres, sabía que Edward había pintado algo para regalármelo. 

Y supe que no lo estaba pasando muy bien. En lo más mínimo. 

—¿Qué está pasando? —pregunté, repentinamente no sólo herida por mí, sino por el chico que envió el regalo.

—Edward quería que trajera tu regalo de cumpleaños. Ya que se lo perderá. 

Mi mirada apenas encontró los suya mientras observaba el papel festivo. 

—¿Por qué no lo trajo él?

—Él no podía... —Su voz se quebró y sin más lo supe... Él lo entendía. 

Comprendía. El contacto limitado conmigo lo exasperaba de igual manera.

Quise gritarle. Quise decirle que toda la angustia pudo haberse evitado si tan sólo las cosas hubieran sido de manera diferente. Pero era tan culpable como ella, porque permití que mis propios sentimientos de autocompasión ignoraran lo que sabía que Edward necesitaba de mí. Él necesitaba que lo apoyara. Necesitaba que lo felicitara y... sólo... mierda, ¿sabes?

Asentí y di un paso hacia delante, observando cómo mis padres se movieron protectoramente cuando lo hice.

—¿Les importa si hablo con Bella a solas? —Esme rompía mi corazón al sonar tan sincera. Pero sabía que lo que necesitábamos hablar no deberían escuchar mis padres. Les hice saber que no había problema alguno, y me acomodé en el sofá opuesto, enfrentándola mientras tomaba asiento, casi desinflándose ante mis ojos.

—¿Acaso no te importo? —Salió tan rápido, que no pude detenerlo.

Sus ojos se agrandaron y sacudió la cabeza. —No. Dios, no. No puedo creer que pensarás eso...

—Entonces, ¿por qué Edward no me dijo que se iba? ¿O tú, si vamos al caso?

Esme contuvo la respiración por un momento antes de hablar. 

—En retrospectiva, eso es exactamente lo que debió haber sucedido. No sabíamos que la beca siquiera existía porque... no era hasta que comenzó allí. Ellos la elaboraron específicamente para él y, para no dar falsas esperanzas y que se la quitaran de no dar resultado, no lo mencionaron hasta que fue definitivo. Está claro que me hubiera gustado saberlo antes, pero no puedo retroceder el tiempo y 
hacer todas de nuevo. Le pregunté si iba a contártelo primero. Bella, estaba tan orgulloso. Quería que fuera un anuncio. Quería que estuvieras allí con todos los demás. Y sabes que una vez que fija su mente en algo, se necesita una barreta para hacerle cambiar de opinión. —Frunció su ceño—. Cuando volviste a nuestras vidas en la feria artesanal, me preocupó que le molestara. Pero después de unos pocos minutos contigo, él estaba más tranquilo. Parecía así, al menos.

—No me viste allí. —Me era difícil creer lo que decía.

Se echó a reír. 

—Soy mamá. Lo veo todo.

Eso era inquietante.

—Te dije que creí que se había olvidado de ti, a pesar de que sabía que sería prácticamente imposible para él. A partir de entonces, hablaba de ti. Te dibujó. Te pintó. Tengo el ático lleno de retratos tuyos... —abrió sus ojos con pánico—. No quería molestarte, así que nunca los bajé. Pero tú eras como el único punto de luz en el túnel que él podía ver con tanta claridad. Supongo que lo que intento decir es que siempre has estado en su vida. Soy lo bastante superficial para haber pensado que siempre estarías. Incluso después del mérito de separación de un año. —Hubo una sonrisita de derrota—. Han estado separados más tiempo que esto. Te vas a la universidad. Nunca se me ocurrió que la distancia sería un problema.

Entonces la vi. A la auténtica. Ella era simplemente un humano. Defectuosa. 

Esme Cullen no era una Súper Mamá. Trataba con tantas fuerzas al igual que todos en el mundo. La había puesto en un pedestal de tal manera, que le era difícil a mi cerebro aceptar la verdad.

Buscar las palabras no fue fácil. Me tomó unos minutos conseguir una línea constante de pensamientos antes de que pudiera hablar. 

—¿Ha estado perdiendo los estribos? —asintió—. Rompiendo cosas. ¿Todo eso? —Otro asentimiento—. Lo amo, ya lo sabes. Y no como un amor adolescente o algo por el estilo. Sé lo que se siente estar con alguien, porque es fácil. —Dejé que esa frase se asentara por un momento—. Estar con Edward no es fácil. Es difícil. Requiere trabajo. Pero si pienso en mi vida antes de él, y mi vida con él... la lucha y el trabajo, vale completamente la pena. 

Entonces, comenzó a llorar. Como, realmente, pero realmente llorar. Pero no podía consolarla.

—Te prometo que el amor no es fácil para nadie. En ninguna parte. 

—Tienes razón. Pero si tuviera que elegir entre tener lo que la gente tonta se refiere a una vida normal y tener una vida con Edward, elegiría a tu hijo cada vez. 

—Sin una palabra más, me levanté y llevé la pintura a mis pies, desenvolviéndola con cuidado y dejé que el papel cayera—. Hubiera abordado el avión con él, de haber tenido la oportunidad. Pasar mi primer año universitario viajando y estando allí. Lo habría hecho. Si me hubieran dado la oportunidad.

Su silencio sólo era interrumpido por pequeños sollozos.

Pero apenas los escuché.

Porque contemplaba la pintura de Edward. Y él me miraba a mí. Su cuerpo situado en una forma que trasmitía tristeza. Su rostro solemne.

Allí, rodeando cada esquina, los colores sobreponían sus pinceladas que llevaban las palabras Te Amo una y otra y otra vez... creando la tónica general con su corazón roto. Y el mío.

—¿Está en casa? —le pregunté mientras me ponía en marcha, tropezando con mis cordones en mi apuro. 

—Sí.

Me debía tiempo con él antes de que se fuera. Y lo sabía. La observé buscar las llaves en el bolsillo, pero para el momento que las sacó para mí, yo ya estaba en la puerta.

No las necesitaba.

Tenía mi propia manera de entrar.
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martes, 12 de enero de 2016

Puddle Jumping * Capítulo 15

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 15


A partir de ahí, Edward hizo lo que dijo. Si hacíamos planes, los mantenía. Su madre se encargaba si parecía que iba en otra dirección. Y me puso primero, lo que se sintió increíble. No fue forzado. Simplemente tuve que establecer expectativas exactas. Decir lo que quería. Ser literal.

Tuvimos un nuevo entendimiento, y funcionó.

Las últimas tres semanas de la escuela pasaron volando. Entre estudiar para los exámenes finales y realizarlos, mi cabeza estaba enfocada en otro sitio. Siempre que podíamos, estudiábamos juntos; ya sea en persona, por la computadora, o teléfono.

Acepté nuestra relación por lo que era: maravillosamente dulce. Nos tomábamos nuestro tiempo. Se basaba en algo más que sexo, a diferencia de las relaciones de otras personas que conocíamos. Incluso si algunos de ellos ya hacían algo más, no me importaba. Mis recuerdos de la secundaria no necesitaban el sexo para ser feliz.

Saqué buenos resultados en mis exámenes finales.

Edward también, obviamente.

No se quedó trabajando hasta tarde el día de la graduación. Se encontraba justo allí en las gradas para aceptar su diploma. Fue agridulce abrazar a Alice luego. Fue más agridulce cuando los brazos de Jasper me rodearon para hacerme girar como una muñeca de trapo, mientras su traje de graduación de color rojo me cegaba.

Edward no golpeó a Jasper. Confiaba en él. Y también los extrañaría. Lo aseguraba. 

Al igual que ellos nos extrañarían.

Fue un logro, y no pude haberme sentido más orgullosa cuando vi a mi novio aceptar su diploma frente a tanta gente y sin tener uno de sus "episodios".

Se sentía como si por fin todo estuviera uniéndose. 

El comienzo de algo nuevo para todos nosotros.

Los días largos conllevan a noches aún más largas y, por lo general, todo eso termina en aburrimiento. Pero no esta vez.

Todos estábamos muy ocupados. Parecía que los meses transcurrían mucho más rápido de lo que pude imaginar. No me malinterpreten, era bueno. Tan sólo respaldaba ese viejo dicho de que el tiempo vuela cuando uno se divierte.

Con Edward entramos en una rutina genial, y parecía estar menos estresado al no ir a clases. Él prosperaba en el museo, centrado en su obra, y en pasar tiempo con nuestros amigos y conmigo. Aunque era evidente que nuestro tiempo a solas era lo que más le gustaba.

Tenía que estar de acuerdo.

Cuando el clima lo permitía, pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo fuera. Algunos de mis mejores recuerdos del verano eran de nosotros bajo unos aislados árboles, en la orilla de un arroyo del bosque detrás de su casa. Un lugar donde podía sentarme y leer libros mientras él pintaba.

Verlo pintar al aire libre era hermoso. Parecía capturar los colores de la naturaleza de una manera tan perfecta, y era casi mágico verlo perderse en lo que tanto amaba. Para entonces, el silencio entre nosotros era cómodo. Se sentía que teníamos todo el tiempo del mundo.

Aquellos meses me hicieron apreciar una gran cantidad de cosas que, quizá, di por sentado durante mucho, mucho tiempo.

John Lennon una vez dijo que la vida es lo que pasa cuando estás ocupado haciendo otros planes. Él era bastante impresionante, y ahora entendía lo que quiso decir con eso.

Estoy segura de que te preguntas por qué he estado escribiendo acerca de mi relación con Edward. Dejando de lado los obstáculos evidentes que habíamos enfrentado. Dejando de lado el hecho de que éramos jóvenes. Tiene que haber más en la historia, ¿verdad?

A veces los cambios hacen que uno se siente y preste atención, darte cuenta de muchas cosas nuevas. Es como si hubieses estado dormida durante los primeros dieciocho años de tu vida.

Los planes cambian.

La vida cambia.

Y como consecuencia, el amor cambia, también. 

Ayudé a planear la fiesta de su cumpleaños decimoctavo con Esme. 

Obviamente, una fiesta sorpresa no funcionaría, así que nos aseguramos de tener planes decididos y contárselo con mucha antelación, diciéndole que era importante para nosotros celebrar el hecho de que él era increíble, lleno de vida y que estaba en nuestras vidas.

Por supuesto, llovió en su cumpleaños y los planes que hicimos tuvieron que ser modificados, ya que no podíamos estar afuera para una barbacoa en medio de un aguacero. Con su mamá nos sentíamos claramente más decepcionadas que él de que las cosas no salieran tan bien como esperábamos. Pero todos nuestros amigos se encontraban allí, y mantuvimos la cantidad de invitados al mínimo para 
que pudiera ser íntimo. Así significaría algo.

De verdad él parecía estar pasando un buen rato, y Esme me besó en la cabeza mientras limpiaba, luego de que el último de los invitados se marchara. No necesitó decirlo en voz alta, pero era obvio que Edward nunca tuvo una fiesta de cumpleaños con amigos. El hecho de que tuviéramos que hacer una lista seleccionando a quién invitar, para que las personas fueran pocas y la fiesta fuera íntima, hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.

Voy a admitirlo... mis ojos también se llenaron de lágrimas.

Después de que todos se fueron, la lluvia cesó, y le pregunté a Edward si quería dar un paseo.

La verdad es que quería un poco de tiempo a solas con él en su cumpleaños, y tomaría lo que pudiera conseguir. Salimos a la calle, de la mano, caminando por la acera en silencio mientras la noche se volvía más oscura. Y de repente, me di cuenta de lo que significaba su cumpleaños en términos de nuestra relación.

—Ahora tenemos la misma edad. —Reí, y sostuve su mano con más fuerza.

—¿Eso te molesta? —preguntó, inclinando su cabeza de una manera muy encantadora.

Sacudí la cabeza. 

—No. Me gusta que tengamos la misma edad ahora.

—Técnicamente, sigues siendo mayor que yo por una buena cantidad de meses... —empezó a decir, y lo interrumpí con un apretón juguetón en su hombro.

—No me importan los tecnicismos. Tenemos la misma edad. No lo discutas.

Se había facilitado más con el tiempo. Aún seguía siendo muy literal y siempre lo sería, pero si me expresaba lo bastante bien, él encontraría el humor en las cosas. Caminamos hasta el borde del bosque y me apoyé en un enorme árbol viejo, con hojas gruesas que goteaban sobre mi cabeza. Pero ver a Edward bajo la luz de la luna hacía que cualquier molestia pareciera tan insignificante, que, en algún 
momento, dejé de prestar atención a todo lo demás.

Le susurré al oído que lo amaba y le deseé feliz cumpleaños, prometiéndoleque el siguiente sería aún mejor. Y el siguiente después de ese. Lo besé hasta que estuve segura de que la luna se hallaba celosa.

Entonces, de pronto, la luz de la luna desapareció y el cielo se abrió en un aguacero torrencial. Olvídense de estar molesta por las gotas de lluvia cayendo de las hojas. Ahora era una rata ahogada, riendo histéricamente conforme baldes y baldes de agua caían desde el cielo.

Y cuando un relámpago iluminó el cielo, seguido de un trueno tan fuerte que hizo temblar el suelo bajo mis pies, vislumbré el mismo asombro infantil en el rostro de Edward que tuvo hace tantos años, el primer día que fui a su casa para pretender cuidarlo.

Esta vez, no se cubrió las orejas. En vez de eso, me agarró la mano y empezó a correr, saltando sobre los charcos mientras regresábamos a su casa.

Me encanta ese recuerdo.

Tal vez es el que más me gusta.

El verano casi terminaba y me hallaba tan focalizada, solo viendo a través de un túnel, que no debí haber estado prestando atención. A nada. Porque ahora, cuando miro hacia atrás, creo que hubieron pequeñas pistas.

Creo que las hubo.

La señora Esme llamó y me pidió que invitara a mi familia para una comida al aire libre en su casa. Fue con poca antelación, lo cual fue inesperado. Pero estaba muy emocionada, animándome a llevar a nuestros amigos, también. No parecía nada fuera de lo común invitarlos. Solo que normalmente tenía más de un día de antelación.

De cualquier manera, me presenté escoltada por mis padres. Apenas tuve tiempo suficiente para poner mis cosas en el armario de los abrigos antes de ser abordada por Rosalie y apartada a un rincón lejano del patio trasero, donde solía estar el viejo columpio.

Entre ella hablando hasta por los codos, y la señora Cullen corriendo de ida y vuelta entre el patio y la casa, no noté nada fuera de lo común.

Debí haberlo hecho.

La felicidad... provoca ceguera.

Más tarde me enteré de que Esme le permitió a Edward tomar la decisión de tenernos a todos nosotros allí para anunciar su gran noticia. A diferencia de cuando consiguió el trabajo en el museo y me enteré por ella, ahora quería que su hijo lo anunciara él mismo. Para todo el mundo.

Fue algo completamente nuevo. Sucedió hace menos de veinticuatro horas.

La noticia que rasgaría un agujero en mi pecho de par en par, y causaría que toda mi vida se desmoronara como un castillo de naipes a medio construir.

Se veía tan complacido. ¿Y por qué no iba a estarlo? Realmente era todo un logro. No podía discutirlo. Y me habló directamente a mí cuando lo dijo en voz alta por primera vez. Esme nos reunió alrededor, y animó a Edward para que hablara. 

Su sonrisa era tan eléctrica. Ella estaba tan orgullosa. Radiante por lo lejos que él había llegado. Se puso a mi lado, y apretó mis hombros.

—Él pidió decírselo a todos juntos.

Su padre se quedó con mis padres, prácticamente rebosando de alegría. Es probable que mi mamá y mi papá se hallaran tan confundidos como yo. Y pese a que me encontraba de pie en medio de una multitud de gente en la que confiaba y amaba, nunca me sentí más sola que en ese momento.

Edward, tan feliz y orgulloso, con una gran sonrisa, bajó la mirada por un momento antes de alzarla, y sin más decirlo de la mejor forma que podía.

—Me han ofrecido una pasantía en Inglaterra por medio del museo.

Mi corazón murió.

Cayó, saliendo de mi pecho y aterrizando en el césped brillante bajo mis pies mientras lo miraba fijamente, en silencio por la conmoción.

—Voy a abordar un avión para salir del país el 13 de agosto a las 21:00. —Otra sonrisa. Estallaron aplausos alegres y felicitaciones de parte de la multitud.

A excepción de mí.

A excepción de mí y mis padres. Tal vez tampoco de Rosalie. No recuerdo bien, ya que la confusión era muy abundante. El recuerdo, pese a no es tan antiguo, es difícil de precisar porque es surrealista, ¿sabes?

—El conservador juvenil lo acompañará. Él va a estar bien cuidado —dijo Esme como si fuera la cosa más obvia del mundo, y mi corazón no se estuviera rompiendo a su lado. 

Se me cayó la copa, y el líquido pegajoso mojó los dedos de mis pies. Y creo que ahí fue cuando la gente comenzó a quedarse en silencio.

—¿Qué hay de la universidad? —Mis manos temblaban demasiado, pero no podía hacer que se detuvieran. Habíamos hablado de esto. Yo no me iría tan lejos. 

Hablamos de transferirnos a la misma universidad con el tiempo. Habíamos hablado sobre el futuro...

Me miró con una expresión que me mató por dentro. Tan honesta. Tan pura. 

—Estudiaré en el extranjero. 

Fue entonces cuando perdí todo indicio de control, y mi cabeza cayó sobre mi pecho en tanto empezaba a llorar tanto que no podía ver. 

—¿Me estás dejando? —Algunas manos se apoyaron en mí. Consolándome. 

Mis padres. Tal vez incluso Rosalie, pero no estaba segura, pues no dejé que durara demasiado tiempo.

En su lugar, me abrí paso con rapidez entre todos ellos, sin siquiera decirle algo más a Edward a medida que corría por el patio y entraba a la casa para escapar por la puerta principal.
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martes, 5 de enero de 2016

Puddle Jumping * Capítulo 14

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 14

Luego estuvo el baile.

Una vez vi una película donde el actor principal decía que el baile era un hito importante para los adolescentes. Que eso no debería perderse. Y creo que esa es una declaración bastante verdadera, porque he oído hablar de las señoras que se perdieron el suyo y eso las marcó de por vida. Como que terminaron locas y perdiendo sus mentes, escribiendo sus memorias desde la cárcel y vinculando todo 
con la noche en que se perdieron su fiesta de graduación.

En serio. Ve un episodio de Snapped.

De todas formas, siendo esto supuestamente algo importante, no estaba muy de acuerdo. Era otro baile con la gente de la escuela. Excepto que los vestidos eran más caros y lo celebraban en un hotel en vez del gimnasio.

Pienso que ponemos demasiada presión sobre nuestros hombros para estar emocionados con cosas como estas. Tanta, que están definiendo momentos que nopodemos perdernos, ya que pasan una vez en la vida. Aunque pienso que es bueno tener los recuerdos, la acumulación es generalmente mejor que el acontecimiento en sí. 

Tal vez si paramos de tratar de alcanzar los estándares de las películas sobre la grandeza, estaríamos muy felices con lo que tenemos.

Ojalá hubiera tenido esa mentalidad para el baile cuando llegó. Debí haber sabido que no saldría como yo esperaba.

* * *

Mi vestido fue blanco, para gran disgusto de mi padre. Se mantuvo mirándome como si hubiera elegido un maldito vestido de novia, y tuve que rodar los ojos una infinidad de veces antes de que por fin dejara de estar boquiabierto. 

Me esforcé, e incluso había recogido mi cabello... Supongo que tenía muchas ganas de sentirme como si luciera linda esa noche.

No me juzguen. Sigo siendo una chica. 

En fin, me encontraba alistándome en mi habitación con Rosalie, cuando la primera llamada llegó. Era la señora Cullen y sonaba muy apenada, pero Edward todavía se hallaba en el trabajo haciendo algo para una de las exhibiciones, por lo que tendría que quedarse hasta tarde para tratar de terminarlo.

Y, como yo sabía, Edward normalmente completaba cualquier proyecto que le daban.

—¿Cuándo cree que termine? —Sostenía el teléfono entre mi oído y hombro mientras intentaba ponerme rubor y fallaba miserablemente.

No sabía, pero prometió que me llamaría en cuanto supiera porque iba a tratar de decirle, una vez más, lo importante que era su promesa para mí. Y que ese trabajo podía esperar.

La señora Cullen tenía un tono.

La decepción me invadió tan pronto colgué, y mi mejor amiga hizo su mejor esfuerzo para hacerme sentir mejor con solo ser... pues... Rosalie. Estuvo contando chistes y haciendo muecas estúpidas y voces para despejar mi mente, pero no se podía negar que sería otra vez como en el Día de San Valentín y yo estaría en la limusina sola esa noche. Sola en la cena.

Sola en el baile.

Me tomé fotos con el grupo, no con mi pareja.

No tenía ni ramillete.

Lo más difícil fue ver a los demás con sus citas; todos melosos y románticos el uno al otro. Simplemente remarcaba más el hecho que me encontraba sola esa noche.

Alice en su vestido rosa y Jasper en su chaleco de color rosa.

Rosalie en su vestido amarillo... con dos citas.

Supongo que fue una suerte para mí que tuviese dos: Paul y Embry. Ríete todo lo que quieras, pero a ninguno de los chicos les importó que ambos fueran las citas. Estoy bastante segura de que les prometió algo que no quería saber.

Después de todo el progreso que había hecho...

Eran muy amables. Atractivos. Agradables. Ella se sentía feliz. No podía reclamarle nada al respecto. Los tigres no cambian sus rayas, como diría mi madre. 

¿O eran las cebras?

El tema del baile era James Bond o algo equivalente. Fotografías eran tomadas en cuanto entrabas por la puerta, y yo me hallaba súper cabreada con la idea de tener que caminar sola, tomarme una foto sola cuando en realidad, de verdad, tenía un novio. Sólo que no estaba presente. 

Pero antes de que pudiera poner un pie en el enorme salón de baile, Rosalie me detuvo y me apartó para decirme que, si deseaba, Paul podría acompañarme. 

En realidad daba lo mismo. No era como si fuera a comprar una de las fotografías. 

Simplemente no deseaba esa mirada de compasión que la gente era tan rápida de dar. Y el fotógrafo detenía a todos para tomar fotografías de grupo en la puerta, por lo que, en realidad, ¿qué otra opción tenía?

Paul era alto y moreno, con una especie de pequeño peinado de cresta. Me pregunté si tendría un tatuaje... un piercing o algo igual de exótico como sus raíces hawaianas. Me pregunté cuántos años tenía exactamente, puesto que tenía cara de niño, pero un cuerpo realmente masculino y fornido. Es probable que se ejercitara cinco veces a la semana. Había una probabilidad setenta-treinta de que él estuviera en mediados de los veinte.

Tenía una sonrisa fácil, y me recordó a esos tipos que guiñan un ojo y luego dicen algo que creen que piensas que es tierno. Le agradecí por haberme tenido compasión y anclarme de su brazo, deteniéndome frente al fotógrafo para dedicar una sonrisa a medias antes de ingresar al frenesí de los cuerpos moviéndose, que solo el día anterior parecía gente con la que iba a la escuela.

Ahora la mitad de las chicas parecían modelos de pasarela y la otra mitad parecían prostitutas.

Me pregunté a cuál me parecía.

Paul no tuvo ningún problema en ofrecerme bailes por lástima y conseguirme una bebida de vez en cuando. Con las cosas así, intenté divertirme, sin importar cuán vacío se sentía mi pecho.

El rey y la reina del baile fueron anunciados, y me quedé sin habla cuando Alice y Jasper ganaron, recibiendo sus coronas y besándose frente al cuerpo estudiantil. Eso significó algo. Sencillamente... lo hacía. Independiente de quiénes eran en un salón de clases; ellos eran Alice y Jasper. Todos los conocían. Tenían igualdad de oportunidades en cada elección.

Después de que hubieran bailado, Rosalie me hizo a un lado para avisarme que saldría a fumar cigarrillos con Paul. Embry había hecho un par de amigos en la mesa donde pusimos todas nuestras cosas, y tuve que reír al verlo charlando con una porrista engreída llamada Claire. La famosa Claire de Clam-rostro.

Salí con Rosalie porque no tenía nada mejor que hacer y pensé que podría ayudarme a despejar un poco la cabeza. Seré honesta: sin duda, me encontraba abatida.

Ella y Paul se quedaron a un lado del hotel, por un callejón, fumando y besándose; me sentí como la tercera rueda, pero al parecer ese era el tema de la noche, de todos modos. Hacía más frío de lo que esperaba y no había traído una chaqueta, por lo que me abrazaba de esa conocida extraña manera, viendo cómo el viento agitaba mi vestido alrededor de mis pies. Es por eso que no noté a Paul acercarse y colgar su chaqueta sobre mis brazos. No me di cuenta hasta que alcé la vista y lo encontré entrecerrando los ojos para evitar el humo que salía del cigarro colgando de sus labios conforme la ponía en mis hombros.

Le di las gracias y sonrió, tomando el cigarrillo en sus dedos y aspirando. 

Recuerdo haber visto la forma en que las cenizas cayeron y fueron elevadas por el viento. Fue un poco poético, en cierto modo. Si te gustan ese tipo de cosas.

Rosalie hablaba por teléfono con su mamá, por lo que él y yo charlábamos, escuchando la música proveniente del baile rebosar a través de cada grieta en el edificio. Estaba tan alta. Tan condenadamente alta.

Y tal vez por eso no le presté atención a mi teléfono en mi bolsito. 

O quizá fue lo fuerte que el viento se sentía en mis oídos, y por eso no escuché a nadie llamarme desde la calle.

El por qué no escuché pasos.

Quizá fue por eso que no pensé para nada en lo cerca que me encontraba de Paul o cómo sus manos frotaban mis brazos hacia arriba y abajo en un intento de calentarme, mientras esperábamos a que su cita colgara el teléfono.

Nop.

No oí nada de eso.

Pero sí vi el puño de Edward antes de que colisionara con la mandíbula de Paul.

En retrospectiva, debí haber sabido que Edward al verme con otro chico enfurecería. Pero no había escuchado la llamada de Esme. No sabía que Edward se cambió de ropa en el trabajo y que su amigo Keith lo acompañaba para reunirse conmigo. No sabía nada nada de aquello. Todo lo que sabía era que me hallaba en mi baile de graduación con mi cantidad limitada de amigos, esperando a mi novio, que apareció de la nada para defenderme sin razón alguna.

Las consecuencias fueron rápidas, con Edward atacando Paul y arrojándolo al suelo, mientras que Paul intentaba alejarlo, gritando blasfemias y yo gritando, tanto para detenerlos y para intentar explicarle que Edward era diferente... algo que nunca deseé decir en toda mi vida, pero Paul no tenía ni idea y yo no le había contado nada de mi novio.

Además, ¡ni siquiera sabía si iba a aparecer!

Rodaron en el concreto hasta que Paul tomó la posición dominante, fijando a Edward debajo de él, cruzando los brazos sobre su pecho a medida que mi novio luchaba y gritaba palabras que nunca le oí decir.

Tan avergonzada como debí haber estado... tan enojada como debí haberme sentido... haber gritado tanto como sé que debí haber hecho y alejarme de todos... 

No pude.

Él era mi Edward.

La presión en su pecho pareció darle el apretón necesario para centrarse y calmarse mientras me arrodillaba, el cemento frío e incluso el viento aún más frío me congelándome hasta los huesos, para hablarle al oído. Le expliqué tan objetivamente como pude que Paul era la cita de Rosalie, y que me prestó su chaqueta porque tenía frío.

Deseaba decir: 

-Porque tú no estabas aquí. 

Porque no podía tener tu abrigo.

Porque no podías habérmelo ofrecido...

En vez de eso, puse mi mano en su frente, y le susurré que mirara mi rostro y me escuchara.

Con cautela, Paul se quitó de encima, dando un paso atrás y frotándose un poco la mandíbula. Y Rosalie sólo lucía como si estuviera medio impresionada y medio aterrada.

Cuando Edward finalmente se puso de pie, su traje arrugado y sucio... mi ramillete aplastado y en pedazos en el suelo... mi vestido manchado por la acera... tenía una apropiada mirada de remordimiento en su rostro.

—Caminamos. —Señaló a alguien de pie a un lado de la escena.

—Lo traje del museo para asegurarme de que llegara bien. —El desconocido se tomó un momento antes de extenderme su mano—. Soy Keith. ¿Supongo que debes ser Bella?

Simplemente asentí.

Me miró de pies a cabeza, y me dedicó una sonrisita. 

—Puedo ver por qué pelearía por ti.

Esa fue la primera vez que perdí la paciencia con nuestra relación. No por quien Edward era... quien es... sino porque pensé que si alguien externo se hallaba mirando y no sabía nada de nosotros, parecía como si simplemente Edward fuera un mal novio. Todas las cosas tiernas y buenas entre nosotros eran en privado. Las meteduras de pata eran públicas. Y quizá me encontraba muy agotada de ser la comprensiva, pero de verdad sentí que habíamos estado juntos el tiempo suficiente como para ser capaz de sentarnos y tener una charla acerca de cómo sus acciones me hicieron sentir aquella noche.

Nos llevé en silencio a nuestra habitación de hotel, sin siquiera molestarme en decirle nada a el resto de nuestros amigos. Rosalie sabía a dónde íbamos y ella podría retransmitir el mensaje si necesitaba ser repetido. Edward estaba en silencio, también, y me siguió a la habitación. Sin hacer preguntas. Era ese tipo de confianza en él que hizo que mi corazón doliera tanto.

Sabía que necesitaba un momento para mí misma, así que me fui al baño a ponerme un pijama, sin recordar que empaqué otro pequeño camisón estúpido en vez de regulares pantaloncillos y una camiseta. No parecía muy apropiado, por lo que opté por la ropa interior que había empacado para el día siguiente y una camiseta, soltándome mi estúpido cabello y prácticamente gritándole blasfemias al 
montón de molestosas horquillas por haberlo mantenido en su lugar. Mis cabellos excesivamente peinados acabaron en un descuidado moño en la cima de mi cabeza y me lavé mi cara para quitar todo el inútil maquillaje que no necesitaba para afrontar al chico que amaba.

Cuando salí del baño, lo hallé sentado en la cama. Sin zapatos. Sin chaqueta. 

Mirando fijamente la pared.

Tomó una profunda respiración y siguió centrándose allí. 

—Bella, a veces no creo que tenga la capacidad de ser lo que necesitas en una pareja.

—Está bien. Bueno, a veces me siento de la misma forma. —Estaba siendo honesta mientras me arrastraba por el edredón para sentarme a su lado y mirar el mismo lugar que él. Se movió en la cama y tocó mi pierna con la punta de sus dedos, recorriendo con suavidad mi rótula. 

—De ninguna manera siento que no lo seas. Siempre has sido paciente.

Asentí. 

—Sí. Pero es difícil.

Su silencio me hizo saber que quería que explicara con más detalle.

—Mira —empecé, protegiendo mi corazón lo mejor posible para no romper a llorar—, esta noche era especial para mí. Y no te encontrabas allí.

—Me pidieron que me quedara hasta tarde en el trabajo.

Por fin, me atreví a mirarlo a los ojos. 

—Pero me lo prometiste primero. ¿Recuerdas eso? Te pregunté específicamente si querías ir al baile conmigo y dijiste que sí. Habías dicho que sí, Edward.

Si la "compresión" en realidad tenía un aspecto, sería el que cruzó por su rostro en ese momento.

—Ya veo.

—¿En serio? —Me moví para sentarme y mirarlo a la cara—. Era importante para mí, porque no nos hemos visto mucho últimamente por tu nuevo trabajo. Era importante porque estamos por graduarnos pronto. Quería que pasáramos tiempo con nuestros amigos. Porque la amistad es importante.

—La amistad es importante para mí. Tú eres importante para mí.

—Y tú eres importante para mí. Muy importante. Quiero pasar el poco de tiempo que puedo contigo. Me sometí a vestirme y arreglar mi cabello y tan solo hacer este maldito esfuerzo... —Ahora de verdad las lágrimas escocían mis ojos a ese punto. Hasta que su mano ahuecó mi barbilla.

—Era innecesario.

—Para ti. —Esta vez lo miré a los ojos—. Era innecesario para ti. No para mí. Esto era importante para mí. Y necesito... que me hagas importante. Para ti.

—Siempre has sido importante.

—Siempre he sido importante aquí —puse el dedo en su corazón—, y aquí —el dedo en su cabeza—, pero tengo que ser importante en todo. No solo cuando estamos solos. No solo cuando tienes tiempo. Soy tan importante como tu trabajo. Y prometiste que estarías aquí en el baile. He pasado por alto otras cosas, pero esta noche, necesito que entiendas que mis sentimientos están heridos y quiero que tus promesas conmigo sean igual de importantes que tus promesas con otras personas. Si dices que vas a hacer algo conmigo, entonces hazlo.

Mi pecho se sentía apretado.

—Entiendo.

Así como así. Lo dijo, por lo que debía hacerse. No lo obligaba a hacer nada más que cumplir con su palabra.

Y fue entonces cuando sucedió.

—Te amo, Edward. De verdad. Y quiero que estemos juntos.

Su silencio era desgarrador, y los latidos de mi corazón resonando en mis oídos amenazaban con hacerme sorda. Pero tenía que darle el beneficio.

—No lo digas, ¿de acuerdo? Solo quiero que sepas que yo... te amo.

La boca de Edward comenzó a abrirse y a cerrarse lentamente, con su mano tomando la mía mientras él la miraba fijamente. Cerré los ojos y me obligué a alejar mi ansiedad, sintiendo sus dedos trazando mi piel. Un patrón. Las líneas suaves de sus dedos jugando con el dorso de mi mano.

Como un pincel acariciando mi piel.

No necesitaba que lo dijera en voz alta. Me lo había dicho con su toque. Sus acciones, sus palabras, solidificando lo que necesitaba en mi corazón.
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