Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 7 de abril de 2016

Los placeres de la noche * Epílogo

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






EPÍLOGO

Amanda le apartó el pelo de la cara a Kyrian mientras lo besaba en los labios. Su vestido de novia

yacía en el suelo, junto con el esmoquin, y ellos estaban enredados entre las sábanas de seda.

–Estamos siendo muy maleducados, ¿no crees? –le preguntó ella.

Kyrian sonrió.

–Sí, y me encanta.

Ella soltó una carcajada y, cuando él la besó, se olvidó del resto del mundo.

–Dime –le dijo Kyrian mientras le mordisqueaba el cuello, justo bajo la oreja, con sus colmillos hu-
manos–. ¿Echas de menos lo de ser contable?

–En absoluto, ¿y tú?

–Yo no he sido contable en la vida.

Ella le pellizcó la nariz.

201

–Ya sabes a lo que me refiero. ¿Echas de menos ser un Cazador Oscuro?

Él le lamió la oreja haciendo que la piel se le erizara.

–A veces sí. Pero prefiero estar contigo.

–¿Lo dices en serio?

Kyrian se incorporó para mirarla a los ojos.

–Desde el fondo de mi alma y mi corazón.

–Bien –le susurró ella, besándolo de nuevo–. Porque ahora que eres de nuevo mortal, el bebé y yo

queremos que tengas mucho cuidado.

Kyrian se quedó helado.

–¿Qué?

Ella le sonrió.

–Estamos embarazados, señor Hunter. De seis semanas.

Kyrian la besó con ansia y la encerró en un fuerte abrazo.

–Ésa, señora Hunter, es la mejor noticia que he recibido en la vida.

Amanda le tomó el rostro entre las manos.

–Te amo, Kyrian de Tracia, y no quiero perderte jamás.

–Te amo, Amanda Devereaux Hunter, y te juro que jamás me apartaré de tu lado.

Amanda volvió a besarlo y supo, en ese momento, que sí existía lo de «ser felices para siempre».

Aunque, para conseguirlo, hubiera que casarse con un vampiro.

-FIN-



Hola mis dulces lectores!
Y ya tenemos aquí el final de esta caliente historia.. si quereís que siga publicando otros libros de esta saga, hacermelo saber por los comentarios ^^
Espero que la hayais disfrutado, y nos estamos leyendo!!
Os quiero!

 

jueves, 31 de marzo de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 18

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 18

Kyrian observaba, asombrado, el anillo de casado en su mano izquierda. Aún no podía creer que la

buena fortuna hubiese puesto a Amanda en su camino.

Habían pasado siete meses desde que ella lo devolviera a la luz. Siete maravillosos meses de pasar

noche y día sin separarse de Amanda. Ayudándola a aceptar, desarrollar y controlar sus poderes, que

ahora eran incluso mayores que los suyos. Y no es que eso le importara; los poderes que conservaba de

sus días de Cazador Oscuro eran suficientes para mantenerla a salvo. La seguridad de Amanda era lo

más importante para él.

Eso y despertarse cada mañana para ver una sonrisa en su hermoso rostro.

Y ahora estaban casados.

Amanda lo abrazó desde atrás y lo apretó con fuerza.

–¿Qué estás haciendo aquí solo? –le preguntó.

Se dio la vuelta para contemplarla con su vestido de novia. El color blanco resaltaba la perfección de

su piel. Tenías las mejillas sonrojadas por la excitación y la luz de la luna se reflejaba en sus ojos.

–Tomando un poco de aire fresco.

Ella le dedicó esa sonrisa que lo desarmaba y a la vez lo hacía sentirse el ser más poderoso de la tie-
rra.

–¿Quieres que abandonemos la fiesta y salgamos corriendo?

Él soltó una carcajada.

–Sólo ocho personas de esa monstruosa multitud son invitados míos, el resto son tuyos.

–¡Vaya! –exclamó Amanda, arrugando la nariz–. No importa. La cosa podría ponerse fea. Además, mi

tía Xenobia podría lanzarnos una maldición.

Él le pasó el brazo por los hombros mientras Amanda lo guiaba de nuevo hacia el interior del salón

de baile de su mansión. Al ritmo de la orquesta, los ciento cincuenta miembros del clan Devereaux-Flora

bailaban, comían y hablaban. Miguel, Rosa y Liza estaban sentados en una mesa con la hermana de

Amanda, Selena, riéndose de las gracias del bebé de Grace.

Amanda dejó a Kyrian un momento para acercarse a sus padres.

Talon, Nick, Julian y Acheron lo rodearon. Julian lo felicitó.

–Ésta es de las que merecen la pena. –le dijo

Kyrian asintió.

–Sí, lo es.

–Tío –le dijo Talon con tono melancólico–. Voy a echar de menos nuestras chácharas de las tres de

la mañana y Wulf ya se está subiendo por las paredes porque dice que se ha quedado sin su mejor ad-
versario en el Doom20

Kyrian sonrió al recordar las solitarias noches que había pasado chateando con sus hermanos y her-
manas Cazadores.

–Dile al vikingo que no se preocupe. Me escaparé de vez en cuando para desafiarlo a una partida.

Acheron bebió un sorbo de champán.

–¿Y qué vas a hacer con tu corta vida?

Kyrian observó a Amanda, que había cogido a Niklos, el hijo de tres años de Julian, y bailaba con él.

Algún día sería una madre estupenda.

–Voy a vivirla. Y a ser feliz.

Nick, que tenía las manos en los bolsillos de los pantalones, se unió a la conversación.

–Supongo que tendré que empezar a buscar otro Cazador Oscuro... –Y miró de forma intencionada a

Talon.

–¡Una mierda, aperitivo de caimán! No me hagas ojitos. Yo no soy tan paciente como Kyrian y, ade-
más, en mi cabaña apenas hay espacio para mi ordenador y yo.

–No te preocupes –le aseguró Ash–. Ya te encontraré a alguien.

Nick lo miró, horrorizado.

–Ni se te ocurra hacerme un favor. Ya te veo enviándome a Alaska como Escudero de ese psicópata

de Zarek.

Kyrian rió hasta que Amanda se acercó a ellos con expresión ceñuda.

–¿Qué pasa, nena? –le preguntó.

–Es que hay... estoooo... mmm...

Los hombres la miraban, expectantes.

–¿El qué? –la instó Kyrian.

–Una flota de furgonetas de UPS en la entrada de la casa.

Todos se miraron, extrañados, antes de encaminarse en grupo a la puerta principal, donde estaban

alineadas siete furgonetas de UPS.

Uno de los conductores se acercó a Kyrian.

–¡Hola! –lo saludó–. Estoy buscando al señor K. Hunter.

–Ése soy yo –le contestó Kyrian.

–Bien. ¿Me dice dónde podemos dejar la mercancía?

–¿Y qué es la mercancía?

El conductor le entregó un albarán con los nombres de todos los que enviaban los objetos.

–Wulf Tryggvason, Zoe, Blade Fitzwalter, Diana Porter, Cael, Brax, Samia, Arien, Kyros, Rogue, Kell,

Dragon, Simon, Xander St. James, Alexei Nikolov, Badon Fitzgilbert...

La lista seguía y seguía con los nombres de los Cazadores Oscuros.

–¿Sabes lo que te digo, Kyrian? –comentó Acheron entre risas–. Que vas a tener que comprar una

casa más grande.

–Sí –afirmó Talon–, pero espera a que tengas hijos. Te apuesto lo que quieras a que será el doble de

esto.

Todos estallaron en carcajadas.

Amanda se acercó más a Kyrian y lo miró a los ojos mientras él la rodeaba con los brazos.

–Creo que tus amigos Cazadores van a echarte de menos. ¿Estás seguro de que no te arrepientes?

Kyrian le dio un beso ligero en la mejilla.

–Para nada. ¿Y tú?

–Jamás.

Acheron observó cómo los recién casados se perdían en el interior de la casa.

–¿Apostamos dónde van? –preguntó Talon.

Ash se rió.

–Yo no apuesto. Ya lo sé. –Se dio la vuelta para mirar al conductor y le dijo que dejara los regalos en

el salón–. Creo que mi regalo de boda va a ser contratar a una compañía que se encargue de desenvol-
ver paquetes.

Nick se unió a las carcajadas.

–Voy a decirles dónde colocarlo todo para que Kyrian no se cabree.

–Te ayudo –le dijo Talon.

Ash los observó alejarse; Nick abría la marcha delante de los conductores y Talon los seguía a un pa-
so más tranquilo. Mientras tanto, a sus oídos llegaban los sonidos de la oscuridad y de la noche que co-
nocía tan bien. De repente, sintió un ligero estremecimiento a sus espaldas.

Se trataba de una presencia que conocía mucho más íntimamente que la misma noche.

Apuró la copa de champán antes de hablar.

–¿Qué estás haciendo aquí, Artie? No sabía que estabas invitada.

Una mano delicadamente esbelta se posó en su hombro y su calor se filtró a través del esmoquin. La

diosa era de una altura poco común entre los humanos y se movía con la gracilidad y la sensualidad del

viento. Era elegante y delicada.

Y capaz de destruir cualquier cosa si se agitaba demasiado.

–Soy una diosa –le dijo con su acento griego suave y refinado–. No necesito invitación.

Acheron giró la cabeza y vio que Artemisa estaba a su izquierda. Su espeso cabello de color cobrizo

brillaba bajo la luz de la luna y esos ojos verdes, iridiscentes, lo miraban lanzando destellos.

–Espero que hayas venido a desearles buena suerte –le dijo Acheron.

Ella lo miró de soslayo mientras jugueteaba de forma distraída con un mechón de su cabello, recién

teñido de negro. En sus labios se dibujaba una ligera sonrisa.

–Por supuesto. Pero la cuestión aquí es: ¿y tú?

Ash se tensó por la indirecta.

–¿Qué tipo de pregunta es ésa? Ya sabes que les deseo lo mejor.

–Sólo quería comprobar que ese pequeño monstruo de ojos verdes no te metía ideas en la cabeza.

Él la miró con los párpados entornados.

–El único monstruo de ojos verdes que conozco eres tú.

Ella jadeó al escucharlo, sin dejar de sonreír.

–¡Ooooh! –canturreó con un tono definitivamente erótico–. Acheron se está volviendo grosero a la

vejez. –Apoyó la barbilla en su hombro y comenzó a acariciarle el mentón con una uña–. Menos mal que

me gustas porque, de otro modo, ahora estarías estofado.

Él dejó escapar un suspiro.

–Sí, qué suerte tengo... Y, por cierto, se dice «frito».

Artemisa nunca conseguiría adaptarse al vocabulario callejero, pero parecía disfrutar mucho usándo-
lo. O, bien pensado, haciendo un mal uso de él. Acheron sospechaba que, en ocasiones, lo hacía inten-
cionadamente para retarlo a que la corrigiera.

–Mmm –murmuró ella, abrazándolo por la cintura en actitud retozona–. Me encanta cuando te pones

tan agresivo.

Acheron se alejó de ella.

–¿A quién vas a trasladar a Nueva Orleáns para que ocupe el puesto de Kyrian?

Ella se humedeció los labios con un gesto travieso y un brillo juguetón en los ojos, pero antes de que

pudiera contestarle, Julian se acercó a ellos.

–Primita Artemisa –le dijo, a modo de saludo.

–Julian de Macedonia –contestó, ella con frialdad–. No sabía que estabas aquí.

–Lo mismo digo.

–Bueno –los interrumpió Acheron–. Ya veo que las presentaciones no son necesarias.

La diosa lanzó una amenazadora mirada a Julian.

–Sí, bueno. Me gustaría quedarme pero no puedo.

Antes de desvanecerse, se inclinó hacia Acheron y le susurró algo al oído. Él se quedó petrificado al

escucharla. Artemisa se esfumó dejando un rastro vaporoso tras ella.

A veces era la zorra más grande de la tierra.

Julian lo miró, alzando una ceja.

–¿Qué te ha dicho?

–Nada. –Lo último que quería era dejar caer esa bomba sobre Julian y Kyrian. Y menos aún en mitad

de una boda, así que cambió el tema–. Entonces, general, tu mejor amigo está de vuelta. Me apuesto lo

que quieras a que acabaréis metidos en serios problemas.

Julian rió.

–Para nada.

Pero a Acheron le resultaba muy difícil de creer.

Tan difícil como imaginar que Artemisa lo dejara en paz durante un tiempo.


jueves, 24 de marzo de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 17

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 17

Kyrian se despertó maniatado, con las manos sobre la cabeza. Estaba de pie, sobre un muro oscuro

y húmedo en una casa desconocida. La habitación, que parecía antigua, estaba iluminada por velas cuya

luz proyectaba sombras danzarinas a su alrededor. Se escuchaban murmullos de voces. Por el aspecto

del lugar, suponía que se trataba de una vieja mansión, probablemente no muy lejos de su propia casa,

en el Garden District.

Al observar con más atención la estancia, se dio cuenta de que Amanda y Desiderius estaban muy

cerca de él. El Daimon la abrazaba por los hombros.

La incredulidad de la situación lo dejó abrumado.

Otra vez no. ¡Dioses del Olimpo! Otra vez no.

¿Cómo podía haber sido tan imbécil?

Su mente había intentado decirle que algo iba mal. Había sabido, desde un principio, que Desiderius

sería capaz de atraparla. Pero no había hecho caso de sus instintos. Había dejado que su amor por ella,

y la necesidad que despertaba en él, lo cegaran.

Cerró los ojos con fuerza.

Lo que más dolía era saber lo que el Daimon planeaba hacer con ella una vez acabara con él. Sin su

protección, Amanda estaba a merced del vampiro.

Le ocurriría lo mismo que a Theone. Cuando Valerius lo ejecutó, arrojó a su esposa a la calle dicién-
dole que no quería a una puta en la cama que, algún día, pudiera entregarlo impasiblemente a sus

enemigos.

Puesto que Theone había traicionado al líder del ejército macedonio y había sido la causante de su

derrota, le resultó imposible regresar a casa. La villa que tanto había amado había sido incendiada, sólo

quedaron los cimientos. Todas sus posesiones fueron confiscadas. Perseguida por sus compatriotas, hu-
yó de Grecia a Roma y acabó como prostituta, cayendo cada vez más bajo.

Murió, de una enfermedad venérea, apenas dos años después que él. Al final, se enfrentó al destino

que tanto había intentado evitar.

Al abrir los ojos, Kyrian miró a Amanda. Llevaba unos vaqueros y un jersey negro de cuello vuelto. El

pelo peinado hacia atrás dejaba su perfil bien a la vista. Agarraba con fuerza una muñeca.

¿Cómo había sido capaz de hacerle esto?

Pero, en ese momento, supo la verdad. Los poderes de Desiderius habían sido demasiado para ella.

A pesar de los esfuerzos de D’Alerian, el Daimon había invadido sus sueños y ahora controlaba su men-
te.

La ira le oscureció la visión. No iba a permitir que la matara. Así no. Olvidando la debilidad que lo in-
vadía, agarró las cuerdas y tiró con toda la fuerza de la que fue capaz.

–Vaya, estás despierto.

Desiderius y Amanda se acercaron hasta quedar frente a él. Con una mirada burlona, el Daimon co-
locó una mano sobre el hombro de Amanda.

–Duele, ¿no es cierto? Saber que voy a acostarme con ella antes de matarla, y que no podrás hacer

nada para detenerme.

–Vete al infierno.

Desiderius rió.

–Tú primero, comandante; tú primero. –Pasó un dedo ahusado y de aspecto diabólico por el mentón

de Amanda; no obstante, ella no reaccionó. Daba la sensación de estar sumida en una especie de tran-
ce–. La poseería delante de ti, aunque nunca me ha gustado tener espectadores. Nunca he sido tan re-
torcido. –Se rió de su propia broma.

Kyrian sintió que la cuerda cedía un tanto. Concentrándose en eso, se esforzó por soltarse.

Las ataduras volvieron a tensarse al instante.

Desiderius soltó otra carcajada.

–¿De verdad piensas que soy tan estúpido como para dejarte libre? –Dio un paso adelante y se colo-
có delante de él hasta quedar nariz con nariz–. Esta vez no correré el riesgo de que sobrevivas.

Kyrian lo miró con una sonrisa satisfecha, como si el vampiro no fuese más que un mosquito zum-
bando alrededor de su cabeza.

–¡Ooooh! Mira cómo tiemblo...

Desiderius lo observó con incredulidad.

–¿Es que no hay modo de asustarte?

Kyrian le lanzó una escueta mirada.

–Me he enfrentado a una legión romana con sólo una espada para protegerme. ¿Por qué iba a asus-
tarme un Daimon de tres al cuarto, que no pasa de ser un semidiós con complejo de inferioridad?

Desiderius siseó y le enseñó los colmillos. Agarró una ballesta que había en la mesa y la cargó con

una flecha de acero.

–Aprenderás a no burlarte de mí. Soy un enemigo demasiado poderoso.

–¿Y por qué? ¿Qué te hace tan especial?

–Mi padre es Baco. ¡Soy un dios!

Kyrian resopló. La primera regla de la guerra: haz que el enemigo pierda la paciencia. Las emociones

nublan la razón y hacen que uno cometa estupideces. De ese modo, tendría la oportunidad de liberarse

y salir de allí con Amanda.

Además, le gustaba el modo en que palpitaba esa vena en la sien de Desiderius. Era una forma de

saber que no había perdido su «toque» a la hora de burlarse del enemigo.

–Eres patético; además de un psicópata y un matón. No me extraña que papaíto no quisiera ni verte.

Desiderius chilló de furia y golpeó el rostro de Kyrian con la ballesta. El golpe le provocó un terrible

dolor. Sentía el sabor de la sangre en los labios. Se lamió el corte y chasqueó la lengua.

–No sabes nada de mi vida, Cazador Oscuro. No sabes lo que se siente cuando estás destinado a

morir desde el día que naces.

–A todos nos ocurre eso.

–Sí, claro. A los humanos con sus vidas mortales, que son tres veces más extensas que las nuestras.

¡Cómo los compadezco! –Agarró a Kyrian por la garganta y le empujó la cabeza contra la pared–. ¿Sa-
bes lo que se siente cuándo ves a la mujer que amas desintegrarse delante de tus narices? Eleanor sólo

tenía veintisiete años. ¡Veintisiete! Hice todo lo que estuvo en mis manos para salvarla. Incluso le llevé

un humano, pero se negó a quedarse con el alma que la hubiese salvado. Fue un ser puro hasta el final.

La mirada de Desiderius se ensombreció por los recuerdos.

–Era tan hermosa... tan dulce. Le supliqué a mi padre que me ayudara y él me dio la espalda. Así

que vi cómo mi bella esposa se convertía en una anciana en unas cuantas horas. Vi cómo su cuerpo en-
vejecía hasta que se desintegró entre mis brazos.

–Lo siento por ti –le dijo Kyrian en voz baja–. Pero eso no te exime de lo que has hecho.

Desiderius gritó, enfurecido.

–¿Y qué es lo que he hecho? No he hecho otra cosa que nacer dentro de una raza maldita y ver có-

mo los humanos malgastan el regalo que les ha sido concedido. Les hago un favor al matarlos. Los libe-
ro de sus insípidas y aburridas vidas. –Los ojos azules se oscurecieron peligrosamente.

»No sé si sabes que conseguí una copia de vuestro manual cuando maté a uno de tus compañeros,

hace noventa años. Lo que más me sorprendió fue la recomendación de ir siempre a por el corazón de

un Daimon; golpearlo en el lugar más vulnerable. –Apuntó a Amanda con la ballesta–. Tu corazón es

ella, ¿verdad?

Kyrian enmascaró el terror que sentía. Aunque estaba muy débil, se aferró a las cuerdas y alzó las

piernas para golpear a Desiderius con las pocas fuerzas que le quedaban antes de que pudiera hacer

daño a Amanda. El Daimon se tambaleó y la ballesta dejó de apuntarla.

–¡Corre, Amanda! –le gritó.

Ella no se movió.

Kyrian volvió a apoyarse en la pared.

–Joder, Amanda. Por favor, corre. Hazlo por mí.

Ella no parecía siquiera oírlo. Se limitaba a permanecer de pie, mirando al infinito mientras sostenía

la muñeca y le tarareaba una canción.

Desiderius soltó una carcajada y se enderezó. Lamió la sangre que le corría por el labio y miró soca-
rronamente a Kyrian.

–Es mía, Cazador. Puedes morir sabiendo que haré un buen uso de ella antes de quedarme con su

alma y con sus poderes.

Compuso una diabólica sonrisa segundos antes de disparar la flecha directa a su corazón. La fuerza

del golpe hizo que su cuerpo se aplastara contra el muro. Jadeó al sentir el dolor del acero que le desga-
rraba la carne.

El vampiro se acercó hasta que, de nuevo, estuvo delante de él. Con una mirada alegre, pasó el de-
do sobre la sangre que rodeaba la herida.

–Una pena que la sangre de los Cazadores resulte venenosa. Estoy seguro de que es más sabrosa y

espesa que la que tomo normalmente.

Kyrian apenas oía sus palabras; su corazón se esforzaba por seguir latiendo. Le zumbaban los oídos.

Era el dolor más intenso que había sufrido jamás. Con la mirada borrosa, giró la cabeza para contemplar

a Amanda por última vez.

Parecía muy pálida mientras lo miraba y, por un momento, Kyrian imaginó que lo recordaba. Que sa-
bía que estaba muriendo y que le importaba.

Si hubiese sido ella misma, habría corrido para estar a su lado. Al contrario que su esposa, habría llo-
rado al saber que iba a morir. Y, de un modo extraño, saber eso lo reconfortaba.

Desiderius se apartó de él y se acercó a Amanda para darle unos golpecitos en el hombro.

–Ve, Amanda. Dale un beso de tu despedida a tu amante.

Kyrian luchó por seguir respirando al tiempo que la veía aproximarse. Había tantas cosas que quería

decirle... tantas cosas que deseaba haberle dicho mientras ella podía escucharlo...

Al menos no moriría solo.

–Te quiero, Amanda –le susurró, deseando que, de algún modo, lo recordara más tarde y supiera

que había sido sincero.

Ella se inclinó hacia delante, con una mirada perdida, y lo besó en los labios mientras presionaba una

mano sobre su hombro. En ese momento sintió la proximidad de la muerte, la negrura que se cernía so-
bre él y, mientras moría, escuchó el murmullo de Amanda:

–Te amaré eternamente, mi guerrero oscuro.

Y, en ese instante, todo se desvaneció.

Amanda contuvo el aliento al sentir cómo el medallón se enfriaba encerrado en su mano, bajo el ves-
tido de Starla, y el calor pasaba al cuerpo de Kyrian. Le temblaba la mano esperando a que él desperta-
ra. Con cada segundo que pasaba temblaba cada vez más.

No ocurre nada... ¡Dios, no!

¡Acheron le había mentido, después de todo!

Los ojos le escocían por las lágrimas y el medallón se había enfriado hasta parecer un trozo de hielo,

antes de caer al suelo.

Y Kyrian seguía sin moverse. Seguía apoyado, inerte, sobre la pared, con el rostro ceniciento y el

cuerpo frío.

¡No!

Todo había acabado. Kyrian estaba muerto.

¡No!

La perversa risa de Desiderius resonó en las paredes de la oscura habitación, e hizo que el alma de

Amanda sollozara de angustia.

Ella también quiso morirse en ese mismo instante. Era la culpable de todo lo que había sucedido. Se

había limitado a permanecer allí quieta, viendo cómo Kyrian moría, sin hacer nada para salvarlo. Sentía

cómo el dolor le cerraba la garganta y lo único que quería hacer era gritar.

«Te quiero, Amanda».

Las últimas palabras de Kyrian la perseguirían durante toda la vida.

Sollozando, pasó los brazos alrededor del cuerpo de Kyrian y lo abrazó con fuerza, deseando que

despertara y le hablara.

Por favor, Dios mío, llévame a mí pero deja que él viva.

–¿Amanda? –la voz de Desiderius restalló con dureza, ordenándole que regresara a su lado.

Ella se aferró con más fuerza a Kyrian y apoyó la cabeza sobre su pecho, junto a la flecha, deseando

poder darle su propia vida.

Se quedó helada al escuchar algo. Un sonido muy débil que la hizo volar.

Los latidos del corazón de Kyrian.

Se echó hacia atrás y vio cómo parpadeaba.

Kyrian contempló los ojos azul oscuro de Amanda, brillantes por las lágrimas. Ya no tenían una mira-
da vacía, al contrario, lo miraban fijamente con una expresión decidida. Y con amor.

Su rostro se suavizó mientras le pasaba una mano por el pecho y la flecha salía disparada.

Y, entonces, Kyrian supo que no lo había traicionado. Lo había liberado.

–Has recuperado tu alma, Kyrian de Tracia –murmuró, al tiempo que las cuerdas que le aprisionaban

las muñecas se desataban–. Ahora, vamos a hacer que este cabrón pague por lo que ha hecho.

Desiderius gritó de furia al darse cuenta de lo que sucedía.

Kyrian ya no tenía sus poderes de Cazador Oscuro, pero le daba igual. Por primera vez en dos mil

años, tenía su alma y esa sensación, sumada a la certeza de que Amanda no lo había traicionado, le da-
ba fuerzas.

Desiderius podía darse por muerto.

El vampiro corrió hacia la puerta pero, antes de que llegara, ésta se cerró con un portazo.

–No quiero que te vayas tan pronto de la fiesta –le dijo Amanda–. No después de todas las molestias

que te has tomado para traernos aquí.

–¿Amanda? –la increpó Kyrian, inseguro.

Ella lo miró. Sus ojos lanzaban unos tenues destellos que le recordaban a los de Acheron.

–Desiderius ha liberado mis poderes –le dijo en voz baja–. Pensó en usar la telequinesia y la telepa-
tía para sí mismo. –Miró al Daimon y le sonrió–. Sorpresa. Al liberarlos perdiste el control de mi mente.

Desiderius forcejeó para abrir la puerta.

Kyrian fue a por él, cual pantera hambrienta tras su presa.

–¿Qué te pasa, Desiderius? ¿Te asusta una simple mortal?

El vampiro se dio la vuelta con un gruñido.

–Puedo vencerte. Soy un dios.

–Entonces, hazlo.

Desiderius lanzó una maldición y se abalanzó sobre él. Lo cogió por la cintura y lo lanzó contra la pa-
red antes de abrir la boca para morderle el cuello.

–¡Y una mierda! –masculló Kyrian–. No vayas a creer que he recuperado mi alma para que ahora te

quedes con ella. –Y, acto seguido, le dio una patada en la ingle.

Desiderius se alejó de él, tambaleándose.

–¡Kyrian!

Al girarse, vio que Amanda tenía su espada y se la lanzaba.

Extendió la hoja y fue tras Desiderius. El Daimon esquivó el ataque y alzó la mano para lanzarse una

descarga astral. Kyrian soltó una maldición cuando la descarga lo hirió en el pecho, justo en el mismo

lugar donde la flecha lo había atravesado. Retrocedió a punto de caer al suelo.

Vaya si dolía.

Atontado, se dio cuenta de que no sería capaz de defenderse del ataque de Desiderius. Lo único que

hizo fue encogerse, en espera del golpe.

Pero éste no llegó.

Amanda acababa de herir a Desiderius con una descarga de su propia cosecha.

Kyrian la miró con el ceño fruncido.

–Nena, ¿me dejas que me encargue de esto, por favor?

Ella lo miró, haciendo un mohín.

–Sólo intentaba ayudar. Además, ¿es que no estás ya lo bastante magullado?

Amanda contuvo el aliento mientras los veía luchar. Aun débil, Kyrian era sorprendente. Saltó sobre

Desiderius y volvió a coger la espada. El Daimon cogió una que había sobre la mesa y la blandió contra

él. El sonido del acero reverberaba en la estancia cada vez que las espadas se encontraban.

–Vamos, cariño –susurró, agarrando la muñeca con fuerza.

Kyrian ganaría. Tenía que ganar. Ella no había pasado por semejante infierno como para verlo morir

después.

Mientras los observaba luchar, se dio cuenta que el sol estaba saliendo. La luz comenzaba a filtrarse

a través de las ventanas cerradas. Desiderius también se percató y soltó una maldición. Atacó a Kyrian

con un movimiento ascendente de la espada que lo dejó desarmado.

Amanda se quedó helada.

El Daimon sonrió y comenzó a alejar a Kyrian, muy despacio, del lugar donde había caído su espada.

–Sólo te diré una cosa –le dijo con entonación perversa–, ¿por qué no le das recuerdos a Hades de

mi parte?

–¡Kyrian!

Se dio la vuelta y vio que Amanda le lanzaba la muñeca. La cogió instintivamente y soltó un taco

cuando las hojas ocultas en los pies de la Barbie le hirieron la mano.

En su rostro apareció una sonrisa.

Con una carcajada, se agachó para esquivar el golpe de Desiderius y hundió las hojas de la muñeca

justo en el corazón del Daimon.

–Dáselos tú mismo –le contestó, observando a Desiderius, que lo miraba boquiabierto.

El tiempo se detuvo sin que ninguno de los dos desviara la mirada. Por el rostro del vampiro desfila-
ron multitud de emociones: incredulidad, miedo, ira... y dolor.

Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Desiderius se desintegró.

Kyrian y Amanda se quedaron petrificados al comprender la enormidad de lo sucedido.

Todo se había acabado. Desiderius estaba muerto. Tabitha y Amanda estaban a salvo.

Kyrian tenía su alma.

Y la mujer que amaba le había salvado la vida.

Con el corazón en la garganta, Kyrian dejó caer la muñeca al suelo y se acercó a Amanda.

–Eres una actriz consumada.

–No. Estaba aterrorizada. –Le pasó la mano por el pecho sin poder evitar que temblara–. Estuve a

punto de gritar cuando disparó la flecha. No puedes imaginarte lo duro que fue. Acheron me dijo que

tenías que morir para poder ser libre y sabía que yo no sería capaz de matarte. Sabía que la única opor-
tunidad que teníamos era dejar que Desiderius lo hiciera por mí.

Kyrian la tomó de la mano y, cuando sus dedos le acariciaron la palma, notó la quemadura. Le giró la

mano y vio que tenía los símbolos del medallón grabados a fuego en la piel.

–Ha debido ser espantoso.

–Estoy bien.

Él se aclaró la garganta al escuchar el tono indiferente con el que lo había dicho. ¿Por qué le restaba

importancia a lo que había hecho por él? Arqueó una ceja, sin poder creérselo. Se había destrozado la

mano por salvarlo.

–Tendrás una cicatriz para toda la vida.

–No –le contestó con una sonrisa–. Creo que es lo más hermoso que he visto en la vida. –Se inclinó

hacia delante y le susurró al oído–: Después de ti, claro.

Él le tomó el rostro con las manos y la besó.

–Gracias, Amanda.

Mientras lo miraba, la alegría se desvaneció de su rostro y, en su lugar, apareció una expresión te-
merosa.

–Julian y Acheron me dijeron que podías convocar a Artemisa y devolverle tu alma si querías.

–¿Y por qué iba a querer hacer eso?

Ella se encogió de hombros.

–Eres un Cazador Oscuro.

Él le dio un ligero beso en los labios.

–Lo que soy es un hombre enamorado de una mujer. Te quiero, Amanda. Para el resto de mi dicho-
samente corta vida como mortal. Quiero despertarme al amanecer contigo en los brazos y ver cómo

nuestros hijos juegan y se pelean. ¡Coño! Hasta quiero ver cómo me replican.

Ella le sonrió.

–¿Estás seguro?

–Nunca he estado tan seguro de algo.

Ella lo cogió de la mano y lo guió hasta salir de la habitación.

Petrificado, se detuvo al contemplar los primeros rayos del sol iluminando la sala de estar. Por cos-
tumbre, retrocedió nada más verlos.

Pero la brillante luz no le hacía daño en los ojos. Ni le quemaba la piel.

Apretando con más fuerza la mano de Amanda, se obligó a seguir caminando hasta atravesar la

puerta.

Y, por primera vez en dos mil años, caminó bajo la luz del día. La sensación del sol sobre la piel era

increíble. La calidez; la brisa del amanecer provocándole un ligero escalofrío. Con el corazón latiéndole

en los oídos, alzó la vista y contempló el cielo, de un azul pálido, surcado por unas nubecillas blancas.

Era un día glorioso.

Y se lo debía a Amanda.

Tiró de ella para estrecharla entre sus brazos y la apretó con fuerza.

–Salve Apolo –susurró.

Amanda sonrió mientras lo abrazaba con ternura.

–No. ¡Salve Afrodita!

jueves, 17 de marzo de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 16

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 16

–¡¿Tú?! –gritó Amanda, al tiempo que corría hacia la puerta.

Cliff la atrapó.

–No tan rápido.

–¿Cómo has podido? –le preguntó a su ex, antes de girarse para lanzar una furiosa mirada a Deside-
rius–. No entiendo porqué estás aquí. ¿Cómo...?

El Daimon sonrió.

–Por favor, no conviertas la situación en un manido cliché. Ya es bastante odioso haber tenido que

recurrir a un plan tan burdo para capturar a Kyrian. ¿Qué esperas, que ahora abandone el plan para que

puedas escapar y matarme? –Meneó la cabeza–. Yo también veo películas malas, ¿sabes?

En ese mismo instante, sintió a Desiderius en sus pensamientos. Lo sintió hurgar y rebuscar entre

sus recuerdos. La cabeza empezó a dolerle y todo comenzó a dar vueltas a su alrededor, mientras por

su mente pasaban las imágenes más horribles. Imágenes de Desiderius abrazándola, acariciándola. Y de

su aliento sobre el cuello...

Y, por si eso fuera poco, la cosa empeoró más. Amanda sintió que las barreras que protegían su

mente caían bajo la presión de su brutal asalto.

–Es tal y como me prometiste, Cliff. –Su voz sonaba lejana, como un débil susurro arrastrado por el

viento–. Sus poderes son puros, inmaculados.

–Lo sé. Eso fue lo que me atrajo de ella la primera vez que la vi. –Cliff sonrió–. Y con la información

que reunimos sobre la forma de luchar de Kyrian aquella noche en el callejón, no deberíamos tener nin-
gún problema para vencerlo.

Desiderius se detuvo para contemplar a ese ser inferior. Consideraba a los humanos como las bestias

más bajas de la creación. Eran, después de todo, alimento para los dioses. Sólo había una cosa inferior a

un humano: los mestizos como Cliff. Medio apolita y medio humano, él se había aprovechado de seme-
jante cobarde llorón para sus propios fines.

Con todo, debía estar agradecido al padre apolita de Cliff por haber muerto antes de poder explicarle

la verdad sobre la mitad de su herencia genética.

Y con respecto a la madre de Cliff... bueno, había resultado ser un delicioso bocado.

Siempre había sabido que tener un mestizo como mascota resultaría útil algún día. Todos esos años

obligado a criar a esa asquerosa criatura no le parecían tan repulsivos en esos momentos.

Y cuando Cliff descubrió a esa pequeña hechicera en su oficina, él se había limitado a esperar que su

mascota destapara y desarrollara las habilidades psíquicas de la chica antes de que él tomara su alma

junto con esos poderes.

Pero ella se había resistido.

¿Quién iba a imaginarse el resultado de todo esto? Tras el ataque de pánico de Cliff el día que cono-
ció a la hermana de Amanda, y que lo llevó a romper con ella, supo que tenía que actuar con rapidez

para reclamar a la bruja antes de que escapara de sus garras. Tan pronto como Cliff le contó lo unidas

que estaban las gemelas y las frecuentes visitas que había hecho como novio de Amanda a casa de Ta-
bitha, su plan empezó a tomar forma.

Cuando encadenó a Amanda y al Cazador Oscuro, esperando que él la confundiera con su gemela,

pensaba que ella recurriría a sus poderes, presa del pánico, y los usaría para acabar con él y, de ese

modo, proteger a su hermana. Jamás se le había pasado por la imaginación que ella usara sus poderes

para proteger al Cazador.

Pero tampoco es que eso importara mucho. Ahora que había destapado por completo esos poderes,

la chica estaba lista para el empujoncito.

–¿Lo harás ahora? –le preguntó Cliff–. ¿Me convertirás en inmortal?

–Por supuesto.

Amanda apenas se dio cuenta que el Daimon se acercaba a Cliff y lo abrazaba. Vio el destello de sus

colmillos décimas de segundo antes de que Desiderius los hundiera en el cuello de su ex.

La cabeza comenzó a darle aún más vueltas y sintió que se alzaba sobre el suelo. Demasiado tarde,

comprendió que sus pensamientos ya no le pertenecían.

Kyrian se detuvo en el centro del Barrio Francés y miró a su alrededor; el largo abrigo de cuero ne-
gro se arremolinaba alrededor de sus piernas. Bourbon Street estaba plagado de turistas, totalmente

ajenos al peligro. Algunos se detenían al verlo vestido de negro y con las gafas de sol que le protegían

los ojos de las potentes luces.

A sus oídos llegaba la cacofonía provocada por la mezcla de jazz, rock y las risas que arrastraba el

frío viento invernal.

Apartando la mente de esas distracciones, echó mano de sus poderes y de la tecnología para hallar a

Desiderius, pero no había rastro de él.

–¡Joder! –masculló.

Se frotó el hombro, aún dolorido por el ataque de Tabitha. Mientras intentaba disminuir el dolor, la

imagen de Tabitha fue reemplazada por la de su hermana. Vio a Amanda con una sonrisa en los labios y

tendida sobre él la noche anterior mientras le hacía el amor de la forma más tierna. Nunca había sentido

por nadie lo que sentía por ella.

«Porque te amo.»

Esas tres palabras flotaban en su corazón. Sabía que eran ciertas porque los sentimientos de Aman-
da se translucían en su voz. Había sido sincera con él como nadie lo había sido jamás.

Lo amaba.

Y él a ella.

La amaba tanto que quería morirse si no podía tenerla. Las Parcas eran unas putas retorcidas. Hacía

siglos que lo sabía, no obstante, en mitad de la noche helada, ese hecho le quemaba las entrañas.

Ven por mí, Amanda, te necesito.

El rumbo de sus pensamientos hizo que pusiera una mueca de dolor.

–No pienses en eso –se dijo a sí mismo en un murmullo, sabiendo que era inútil.

Ojalá pudiera pedir un deseo...

Se obligó a pensar en otra cosa. Tenía una misión que cumplir. Debía detener a Desiderius. En ese

momento, su móvil comenzó a sonar. Lo cogió de la funda que llevaba asegurada al cinturón y contestó.

Era Talon.

–Ash quiere que te diga que se está cociendo algo raro. Los Daimons están atacando en grupos

grandes esta noche. Yo he pulverizado ya a diez y él va tras cuatro ahora mismo. Quiere que estés aler-

–Dile al abuelito que no se preocupe. Todo está tranquilo en el Barrio Francés.

–Vale, pero no te muevas de ahí.

–No te preocupes. Sé arreglármelas solo.

–Por cierto –le dijo Talon–, Eric está con Tabitha. Dice que ha salido en busca de Desiderius.

–Me estás tomando el pelo.

–Ojalá. Ash iba tras ella en el Garden District, pero tuvo que dejar de seguirla al ver a un grupo de

Daimons que perseguían a unos turistas.

Mientras colgaba, el localizador comenzó a sonar. Era la señal que avisaba de la presencia de Dai-
mons en los alrededores. Sacó el dispositivo del bolsillo y siguió el rastro de la actividad neuronal de los

vampiros hasta un callejón situado en la calle paralela a la que él estaba.

Al llegar a la zona, totalmente oscura, encontró seis Daimons atacando a cuatro humanos.

–¡Eh! –los llamó, distrayendo su atención de las víctimas. Hizo a un lado el abrigo y sacó la espada

retráctil. Presionó el botón de la empuñadura y la hoja se extendió, alcanzado el metro y medio de longi-
tud–. Decidme –siguió hablando mientras blandía la espada a su alrededor–, ¿alguna vez habéis visto a

un general de la Antigua Grecia cabreado?

Los Daimons se miraron, cautelosos, entre sí.

Kyrian se agachó, sujetando la espada con ambas manos, sin dejar de observarlos.

–No es una imagen muy agradable, la verdad.

–¡Cogedlo! –gritó el líder.

Y, al unísono, todos se lanzaron a por él.

Desvió al primero con una estocada que acabó convirtiéndolo en una nube de polvo. Al instante, se

giró con la habilidad de un felino y lanzó un golpe directo al estómago del segundo. El vampiro jadeó y

se desintegró.

Antes de que pudiera recuperarse, uno de los vampiros lo cogió por el brazo herido y le quitó la es-
pada. Kyrian se giró y lo golpeó con la punta de la bota. También desapareció.

Otro lo agarró por la cintura y lo lanzó contra la pared mientras dos más se acercaban. Dio una pa-
tada en la cintura al primero de ellos, al mismo tiempo que los dos que se acercaban se convertían en

polvo... y vio a Tabitha que se sostenía en pie a duras penas.

–Chuparos ésa, asquerosos vampiros –exclamó mientras le lanzaba un shuriken a Kyrian.

Perplejo ante el hecho de que Tabitha estuviera ayudándolo en lugar de atacarlo, cogió la estrella y

la utilizó para acabar con el último vampiro.

Cuando llegó junto a ella, la encontró arrodillada en el suelo. Tenía una herida en el cuello que san-
graba profusamente y apenas se veía color en su rostro. Kyrian se desgarró la camisa para hacer una

compresa y llamó a una ambulancia.

–¿Eric? –preguntó ella con voz tensa, intentando distinguir entre la oscuridad a las otras víctimas que

yacían en el suelo–. ¿Está muerto?

–Estoy aquí, nena.

Eric llegó a trompicones junto a ellos y se dejó caer junto a Tabitha, al tiempo que la abrazaba.

–No va a morir –le aseguró Kyrian.

El muchacho asintió con la cabeza.

–Intenté convencerla de que no saliera esta noche; le dije que las cosas iban a ponerse feas, pero no

me escuchó.

–Es cosa de familia.

Tabitha rozó el brazo de Kyrian mientras él le daba la dirección al 911. Cuando acabó de hablar, la

vio mirándolo fijamente. Tenía el ceño arrugado y sus ojos lo observaban incrédulos.

–¿Por qué me has salvado?

–Eso es lo que hace Kyrian, Tabby –susurró Eric.

Mientras Eric se ocupaba de su novia, Kyrian se acercó a los otros dos amigos que aún yacían en el

suelo.

Eran los mismos que lo habían atacado en casa de Esmeralda. Por desgracia, no habían corrido la

misma suerte que Tabitha y Eric.

–Eric –lo increpó, volviendo junto a ellos–, ¿qué ha sucedido?

El muchacho se encogió de hombros.

–Los teníamos atrapados y, en un abrir de ojos, se abalanzaron sobre nosotros.

–¿Dijeron algo?

Erik se puso muy pálido y abrazó a Tabitha con más fuerza.

–«Voy a tragarme tu alma».

Kyrian lo miró fijamente un instante y apretó los dientes ante el retorcido sentido del humor de los

vampiros.

–Los Daimons ven demasiadas películas de serie B.

Tabitha alargó un brazo y tocó la mano de Kyrian.

–Gracias.

Él asintió.

–No he hecho más que devolverte el favor.

–Kyrian, tío –jadeó Eric–. Tenías razón. Nunca he visto a ningún Daimon moverse como se movían

éstos. Debería haber escuchado tu advertencia.

Frunciendo el ceño, Tabitha los miró alternativamente.

–¿Os conocéis?

–Mi padre trabajaba para Talon, el amigo de Kyrian. –Eric miró a Kyrian a los ojos–. He conocido a

Kyrian durante toda mi vida, Tabby. Créeme, es uno de los buenos.

Antes de que ella pudiera contestar, llegó la ambulancia.

Kyrian esperó hasta que los dos estuvieron dentro, al cuidado de los sanitarios, y llamó a Amanda

para contarle lo sucedido.

No cogió el teléfono.

Llamó a su madre, a su hermana y marcó el teléfono de su propia casa. Nadie contestaba.

Con un nudo en el estómago provocado por el miedo, corrió hacia el coche. Quizás Amanda estaba

todavía en su casa, esperándolo.

O quizás Desiderius la ha atrapado...

Se la imaginó siendo atacada como Tabitha. La vio muerta en un charco de sangre como los amigos

de su hermana. El dolor y el pánico le retorcían las entrañas. Amanda tenía que estar bien. No podría

seguir viviendo si algo le sucedía.

Condujo como un poseso hacia su casa, tan rápido como el Lamborghini se lo permitió.

Temblando de angustia, atravesó el garaje a la carrera y entró en la casa, atento a cualquier sonido.

Por favor, Zeus, cualquier cosa menos que le hayan hecho daño.

La escuchó en la planta alta, tarareando la canción de Grieg en su habitación. El alivio y la gratitud

que sintió fueron tan intensos que estuvo a punto de tropezarse. Tenía que verla para saber que estaba

bien. Inspiró hondo, aliviado, y subió las escaleras de dos en dos.

Al abrir la puerta de la habitación se quedó helado.

Amanda había encendido todas las velas de los candelabros y llevaba el camisón blanco más corto y

transparente que había visto en su vida. Sus largas piernas estaban cubiertas por unas medias, sujetas

por un liguero de encaje blanco. Estaba de espaldas a él, inclinada sobre la cama, perfumando las sába-
nas con el aceite de aroma a rosas que solía usar después del baño. El contorno de su cuerpo alcanzaba

la perfección bajo la luz de las velas.

Kyrian estalló en llamas mientras la observaba. Abrumado por sus emociones, se acercó a la cama y

la abrazó por la espalda. La sujetó con fuerza y apoyó la cabeza sobre la de ella, temblando de alivio.

Amanda estaba sana y salva.

Ella gimió de placer y Kyrian sintió que ese sonido le sacudía todo el cuerpo, intensificando el deseo.

–Tócame, Kyrian –jadeó ella, apartándole las manos de la cintura para llevárselas a los pechos–. Esta

noche necesito sentirte.

Él también lo necesitaba. Después del miedo de pensar que la había perdido, necesitaba sentirla con

tanta desesperación que la cabeza le daba vueltas si se paraba a pensarlo.

Bajó la cabeza para saborear la piel de ese cuello perfumado al tiempo que gruñía de satisfacción al

sentir en las manos esos pezones erguidos, cubiertos por el camisón de gasa.

Ella se giró entre sus brazos, alzó las manos y le quitó las gafas de sol antes de reclamar sus labios.

–Amanda –balbució él, mientras el aroma a rosas invadía sus sentidos, hechizándolo–. ¿Qué me has

hecho?

Ella le contestó lamiéndole el mentón, descendiendo hasta la barbilla y de allí hasta el cuello. Miles

de escalofríos le recorrieron el cuerpo mientras Amanda le quitaba el abrigo, dejando que se deslizara

por sus hombros y que cayera libremente al suelo. Tiró de la camisa para sacarla de debajo de la cinturi-
lla del pantalón y metió la mano por debajo de ella, dejando un rastro de fuego en el torso de Kyrian.

Su instinto le decía que se alejara de ella, pero no podía hacerlo. Ni ahora, ni nunca.

Amaba a esa mujer. No había otro modo de explicarlo. Era la otra mitad de su alma; no podía seguir

negándolo. Y, aunque sólo tuviera ese pequeño instante, disfrutaría del amor que sentía por ella. Disfru-
taría del deseo que despertaba en él.

Con los ojos enfebrecidos por la pasión, Amanda le desabrochó los pantalones y deslizó las manos

por su endurecido miembro.

–Me encanta acariciarte –murmuró ella, comenzando a mover las manos–. Dime, Kyrian, ¿puedes

leerme la mente?

Él cerró los ojos, extasiado ante sus caricias. Cuando sintió que Amanda cubría los testículos con una

mano se estremeció de la cabeza a los pies.

–No –jadeó–. Prescindí de ese poder cuando me pediste que no volviera a hacerlo.

La alzó y la sentó en el borde de la cama mientras él se quedaba de pie entre sus rodillas. Ella le

sonrió de un modo que lo dejó flotando y comenzó a desabrocharse la parte delantera del camisón,

ofreciéndole sus pechos desnudos.

Ardiendo de deseo, Kyrian le separó las piernas para poder mirarla. ¡Por los dioses! Cómo le gustaba

contemplarla. Se puso de rodillas y la tomó con la boca.

Ella dejó escapar un grito ahogado al sentir la boca de Kyrian sobre su sexo. Él cerró los ojos, la aca-
rició con la lengua y notó cómo le temblaban los muslos, a ambos lados de su cabeza, mientras la lleva-
ba al orgasmo. Lo agarró del pelo y comenzó a mover las caderas, frotándose contra él.

–¡Oh, sí! –gimió.

Kyrian esperó hasta que pasó el último estremecimiento y, sólo entonces, se levantó.

Amanda lo miraba con los ojos cargados de deseo. Se incorporó hasta quedar de rodillas en la cama

y acabó de desvestirlo. Una vez estuvo desnudo, bajó del colchón y se colocó delante de él, dándole la

espalda.

Sin necesidad de explicaciones, Kyrian supo lo que quería. De su garganta escapó un gruñido al

tiempo que se introducía en ella desde atrás con un poderoso envite.

Ella gimió de placer, se alzó hasta quedar de puntillas y volvió a descender para recibir su verga has-
ta el fondo.

Kyrian temblaba de arriba abajo.

La besó en el hombro y deslizó la mano por la tersa piel de su vientre antes de buscar los rizos de su

entrepierna para acariciarle el clítoris. Comenzó a mover la mano muy despacio y dejó las caderas inmó-

viles. Quería que fuese ella la que tomara el control de la situación.

Y ella se encargó de moverse hasta que volvió a correrse de nuevo, gritando su nombre.

Kyrian salió de ella al sentir que sus poderes se desvanecían ante la proximidad de su orgasmo. El

dolor del deseo insatisfecho era tan grande que tuvo que concentrarse en seguir respirando para no do-
blarse en dos.

Pero, por una vez, Amanda no parecía estar dispuesta a compadecerse de él; al contrario, se dio la

vuelta y lo besó con avidez.

–Amanda –jadeó él, intentando alejarse.

–Shhh, Kyrian –murmuró sobre sus labios–. Confía en mí.

En contra de todos sus instintos, lo hizo. Dejó que lo tumbara en la cama, que se subiera sobre él y

volvió a estremecerse cuando guió su verga de nuevo al interior de su cuerpo. Era tan maravilloso estar

dentro de ella... sentir el placer de Amanda mientras lo montaba.

Cuando sintió que su orgasmo era imparable, se dejó guiar por ella y dio la vuelta en el colchón has-
ta que la tuvo debajo, con sus piernas alrededor de la cintura. Sintiéndose un poco mejor en esa posi-
ción, comenzó a penetrarla con embestidas fuertes y rápidas.

Y, esta vez, cuando estaba a punto de retirarse, ella lo envolvió con todo su cuerpo y lo abrazó con

fuerza. Kyrian frunció el ceño al sentir que Amanda movía las caderas, introduciéndose su miembro has-
ta el fondo y gimiendo mientras su vagina se cerraba a su alrededor.

–Amanda, para –jadeó sin aliento. Si seguía haciendo eso, estaría perdido.

Intentó retirarse otra vez y, de nuevo, ella se lo impidió, frotándose contra él. Kyrian apretó los dien-
tes intentando detener el orgasmo. Y lo consiguió hasta que sintió que ella se corría de nuevo. Los gritos

de Amanda, combinados con los espasmos de su cuerpo, fueron más de lo que podía soportar.

Y, en contra de su voluntad, alcanzó el clímax. Echó la cabeza hacia atrás y gritó por la intensidad

del placer. No había nada mejor que estar entre los brazos de Amanda. En su cuerpo.

Por primera vez en dos mil años, se sintió en casa.

Mientras esos sentimientos lo embargaban, notó que sus poderes de Cazador Oscuro se desvane-
cían.

¡No!

Amanda le dio un beso ligero en los labios y se giró, con él en los brazos, hasta que lo dejó apoyado

sobre el colchón, con ella encima. Estaba demasiado débil para protestar. Lo único que podía hacer era

mirarla.

Ella salió de la cama y se puso una bata.

–¿Amanda? –la llamó.

Regresó al momento con una copa de vino.

–No pasa nada. Estoy aquí, amor mío –le dijo.

Le acercó la copa a los labios y él bebió, totalmente confiado. Tras unos minutos, la habitación co-
menzó a girar a su alrededor.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó Kyrian, consumido por el terror.

Pero lo sabía. Como Theone hiciera, tantos siglos atrás, Amanda lo había drogado.

Lo último que alcanzó a ver fue cómo ella abría la puerta de la habitación para dejar pasar a Deside-
rius.

jueves, 10 de marzo de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 15

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 15

Eran las cinco en punto de la tarde y comenzaba a oscurecer cuando Amanda llegó a casa de Kyrian.

Aparcó su Taurus azul delante de la mansión, caminó hasta la puerta principal y llamó.

Esperaba que Nick le contestara pero, en lugar de eso, la puerta se abrió, muy lentamente, y no vio

a nadie en el recibidor. Frunciendo el ceño, entró. Al instante, la puerta se cerró dando un fuerte golpe a

sus espaldas. El sobresalto hizo que soltara un jadeo. Acababa de darse cuenta de que la verja de la en-
trada también se había abierto sola; claro, que había supuesto que Kyrian había visto su coche en el

monitor y había abierto la puerta antes de que tuviese la oportunidad de utilizar el portero automático.

Ya no estaba tan segura.

Cada vez más nerviosa, echó un vistazo sin ver a nadie. El silencio de la casa daba a entender que

estaba vacía.

–¿Hola? –preguntó, avanzando muy despacio a través del recibidor–. ¿Nick? ¿Kyrian?

–Así que tú eres Amanda Devereaux...

Al escuchar la voz procedente del salón se quedó helada. Era una voz grave e incitante, con un acen-
to que no se parecía a ninguno que hubiese escuchado anteriormente. Le recordaba al sonido profundo

y ronco del trueno.

Por un momento, temió que se tratara de un Daimon; hasta que los ojos se le adaptaron a la oscuri-
dad y pudo distinguir al espléndido espécimen masculino tumbado en el sofá. Tendido de espaldas y con

las piernas colgando sobre el brazo del sillón, tenía los brazos doblados bajo la cabeza y la observaba

atentamente desde las sombras.

Estaba desnudo de cintura para arriba y descalzo. Llevaba unos ceñidos pantalones de piel y tenía

una larga melena de color verde oscuro. En el hombro izquierdo, Amanda distinguió el estilizado tatuaje

de un pájaro, cuya cola descendía en espiral y se enrollaba alrededor del bíceps. Su piel era del mismo

tono dorado que la de Kyrian y el bronceado resaltaba el pequeño colgante de oro que llevaba en el

cuello.

–¿Y usted es...? –le preguntó ella.

–Acheron Parthenopaeus –le contestó con esa voz profunda y serena–. Encantado de conocerte. –

Sus palabras carecían de cualquier signo de emoción o calidez.

Vale, no se parece en nada a Yoda. Bueno... los dos tienen el pelo verde.

El tipo del sofá no aparentaba más de veinticinco años, pero el aura de crueldad que lo rodeaba em-
pañaba esa apariencia juvenil. Al mirarlo, daba la impresión de que había visto los fuegos del infierno de

primera mano y que la experiencia lo había transformado en un ser mucho más sabio. Aun tumbado, le

provocaba escalofríos de terror al tiempo que despertaba su curiosidad. Había algo en el tal Acheron que

resultaba espeluznante, aunque no era capaz de expresarlo con palabras.

La hacía sentirse muy incómoda.

–Así que usted es el infame Acheron...

El devastador rostro del hombre dibujó una sonrisa juguetona.

–Amo y señor de la horda de bárbaros que pululan por la noche.

–¿Usted los dirige?

Él se encogió de hombros con indiferencia.

178

–En realidad, no. Sería mucho más fácil gobernar al viento.

Amanda soltó una risilla nerviosa.

Acheron se levantó muy despacio y se acercó a ella con todo el aspecto de una bestia al acecho. Se-
gún se aproximaba, el magnetismo de su presencia y su enorme altura la dejaron abrumada. Con sus

buenos dos metros, se alzaba sobre ella como una torre y la diferencia de altura le daba una apariencia

bastante poderosa.

–¡Por amor de Dios! –jadeó mientras doblaba el cuello para poder mirarlo a los ojos–. ¿Es que hay

alguna ley tácita por la cual todos los Cazadores Oscuros tengan que ser gigantes?

Acheron rió, mostrándole un destello de sus colmillos.

–¿Qué puedo decir? Artemisa quiere que sus Cazadores sean altos. No se admiten solicitudes de

hombres bajitos.

Justo cuando llegó frente a ella, Amanda vio sus ojos con claridad.

Y se quedó boquiabierta.

A diferencia de los de Kyrian, éstos lanzaban destellos. No se podía describir de otra manera. Mien-
tras los observaba, cambiaron de color; de un azul profundo a un matiz plateado. Como si estuviesen

hechos de mercurio, los colores cambiaban y se mezclaban entre ellos en ambos iris. Le recordaban la

superficie del mar, agitada por unas olas tranquilas.

–Desconcertantes, ¿verdad? –le preguntó él sin dejar de mirarla, consciente de que lo estaba obser-
vando.

–¿Se supone que es normal que hagan eso?

Él sonrió sin despegar los labios, pero no contestó. Sacó unas gafas oscuras del bolsillo trasero del

pantalón y se las puso. Con los ojos cubiertos, Amanda se fijó en la extraña cicatriz que tenía en el cue-
llo. Parecía la huella de una mano, grabada a fuego. Como si hubiesen querido estrangularlo. Muy, muy

extraño.

–¿Qué te trae por aquí, pequeña? –le preguntó Acheron.

–He venido a ver a Kyrian.

–No quiere que lo molesten.

–Bueno –dijo ella, enderezando la espalda para no dejarse amedrentar por un Cazador Oscuro que,

estaba segura, podría destrozarla en un nanosegundo–. No siempre sabemos lo que nos conviene.

Acheron soltó una carcajada.

–Muy cierto. Entonces... ¿crees que puedes salvarlo?

–¿Es que duda de mí?

Él ladeó la cabeza, como si estuviese sopesando su temple, y caminó a su alrededor sin dejar de ob-
servarla. Cuando le dio la espalda, Amanda vio que estaba cubierta de heridas, ya casi curadas. Daba la

impresión de que lo hubiesen golpeado, superponiendo y entrecruzando los latigazos hasta formar un

complicado dibujo, tan hermoso como macabro.

El estómago se le contrajo al pensar en las incontables horas de sufrimiento que debía haber sopor-
tado, dado el estado que presentaba.

Al descender la mirada por esa amplia y musculosa espalda, descubrió la marca de Artemisa, un arco

doble idéntico al que Kyrian tenía en el hombro. La diferencia estribaba en que el de Acheron estaba lo-
calizado en la cadera derecha.

–Por si no lo sabe, señora –continuó hablando con ese tono funesto y grave–, llevo caminando por el

mundo desde hace once mil años. –Se detuvo y se inclinó para seguir susurrándole al oído–. He visto

cosas que jamás podría llegar a imaginarse, y ¿me pregunta si dudo de usted? –Retrocedió unos pasos

para poder mirarla a la cara antes de acabar la frase–. Señora, dudo hasta del aire que respira.

–No le entiendo.

179

Él hizo caso omiso de su confusión.

–Quieres su alma.

–¿Cómo dice? –le preguntó mientras los nervios la hacían temblar.

–Puedo sentir sus emociones, señora. Escucharla. Su mente es un torbellino de sentimientos y temo-
res: ¿Puede conseguir que sea suyo? ¿La ama? ¿Podrá amarla algún día? ¿Lo ama de verdad? ¿Hay la

más mínima oportunidad de estar juntos o se está engañando a sí misma?

Amanda tembló al escuchar sus dudas más íntimas en boca de Acheron.

Se detuvo al llegar frente a ella y le alzó la barbilla para mirarla a los ojos.

Amanda sintió que esos ojos le taladraban el alma, mientras que ella era incapaz de ver un indicio de

los sentimientos de Acheron en esas profundidades plateadas. Lo único que veía era su propio reflejo en

los cristales oscuros de las gafas.

Cuando él volvió a hablar, Amanda escuchó su voz directamente en la cabeza.

–Y la pregunta que más te inquieta es cómo salvarlo sin perder a tu hermana en el proceso.

–¿Cómo sabe todo eso?

Él le dedicó una extraña sonrisilla.

–No puedes imaginar hasta dónde llegan mis poderes.

–Y entonces, ¿por qué no mata a Desiderius antes de que vuelva a hacerle daño a Kyrian?

Él le soltó la barbilla.

–No puedo.

–¿Por qué no?

–Por la misma razón que Kyrian no puede: no tengo alma. Desiderius acabaría conmigo y, dados los

pecados que cometí en el pasado, tiemblo con sólo pensar en el uso que podría hacer de ellos.

Amanda reflexionó un instante. Desiderius había intentado matar a Kyrian recreando el modo en que

murió cuando era humano, lo que significaba que la muerte de Acheron debía haber sido mucho más

cruel que la crucifixión.

¿Cómo habría muerto este temible Cazador Oscuro?

Y, al hilo de ese pensamiento, le vino a la mente otra incógnita.

–¿Cómo recupera su alma un Cazador Oscuro?

Acheron la acorraló contra la pared, exactamente igual que un león haría con su presa. El aire de la

habitación parecía restallar con la energía mística y el poder que exudaba.

–Las almas son entes muy extraños, señora. Sólo se trasladan por voluntad propia, siempre y cuan-
do quienes las posean las dejen marchar.

–Según eso, tengo que convocar a Artemisa, ya que es ella la que posee el alma de Kyrian, ¿no es

cierto?

La pregunta hizo que Acheron soltara una carcajada perversa.

–Te comería viva, pequeña.

El tono de ese hombre estaba comenzando a irritarla. Puede que estuviera frente al ser más malvado

del universo, pero ella no era una cría.

–No me hable como si fuese una niña.

–¡Vaya! Si no lo estoy haciendo... sólo te estoy avisando. Eres incapaz de enfrentarte a la diosa. Ella

es el viento; es la dueña de nuestros destinos y tú, pequeña, no eres más que un tierno bocadito al que

le encantaría merendarse por pura diversión y luego, quizás, escupirlo de nuevo.

–Gracias por una descripción tan gráfica –le dijo ella con un nudo en el estómago tan sólo de pensar-

180

Él sonrió al escucharla y suavizó su expresión.

–Quieres salvarlo, ¿verdad?

De nuevo tuvo la sensación de que Acheron volvía a leerle el pensamiento.

–Por supuesto que quiero. Kyrian lo es todo para mí.

Él asintió.

–Tienes un corazón puro. Puede que esto funcione.

Ese comentario la asustó más que cualquier otra cosa de las que había dicho antes. El tono de voz

que usó decía bien a las claras que lo que estaba pensando era bastante arriesgado.

–¿A qué te refieres?

Acheron se acercó hasta una mochila negra que estaba encima de la mesa-ataúd. Rebuscó en su in-
terior y sacó una caja negra de madera tallada, cubierta por extraños símbolos de color plateado e ins-
cripciones griegas.

–Aquí está lo que buscas.

Abrió la caja y le mostró el interior; estaba forrado de terciopelo negro y sobre el suntuoso tejido

descansaba un medallón rojo. Brillaba exactamente igual que sus ojos. Pero el color de la piedra variaba

del rojo al anaranjado, con matices de amarillo. Los colores parecían moverse en espiral desde la ins-
cripción central del medallón hasta los bordes.

–Es precioso –jadeó, alargando la mano para tocarlo.

Acheron lo alejó.

–Tócalo y sentirás que te abrasan los fuegos del infierno.

Ella bajó la mano de inmediato.

–¿Qué es?

–El alma de Kyrian.

El corazón de Amanda estuvo a punto de dejar de latir ante el tono hastiado de Acheron. Tragó sali-
va y miró fijamente el medallón. ¿Sería cierto?

No. Era imposible.

–Me estás mintiendo.

–Nunca miento –replicó él sucintamente–. No tengo necesidad de hacerlo.

Aun así, no estaba preparada para creer que Acheron tenía en sus manos lo que ella más ansiaba en

el mundo.

–¿Y qué vas a hacer con ella?

–Tenía la esperanza de que me ayudaras a devolvérsela, para que pudiera acabar con Desiderius.

–Devolvérsela... ¿cómo?

Acheron cogió el medallón, cerró los dedos a su alrededor y dejó la caja a un lado.

–¿No te quema? –le preguntó ella.

Él le contestó con una taimada sonrisa.

–Ya te lo he dicho, mis poderes van más allá de tu imaginación.

–Y entonces, ¿por qué no se la devuelves tú?

–Porque no confía en mí y porque, al contrario de lo que ocurre contigo, yo no tengo corazón; ni pu-
ro ni de ninguna otra manera. –Giró el medallón en la palma de la mano, como si lo estuviera estudian-
do–. Ya ves, sólo existe un modo de que un Cazador Oscuro recupere su alma. Una persona de corazón

181

puro y tierno debe sostener el medallón en la mano mientras el Cazador pierde sus poderes sobrenatu-
rales. Sólo cuando la parte humana controle su cuerpo podrá morir de forma natural.

–¿Cómo dices?

Él alzo la cabeza y, aunque Amanda seguía sin verle los ojos, supo que la estaba observando con in-
tensidad.

–El único modo de devolver el alma a un Cazador Oscuro es haciendo que su corazón humano deje

de latir. Durante el último latido, el medallón debe colocarse sobre la marca que indica el lugar donde el

alma fue atrapada; una vez allí, el alma abandonará el medallón y volverá a entrar al cuerpo de donde

salió.

Amanda sentía un punzante dolor de cabeza mientras intentaba comprender las palabras de Ache-
ron.

–No lo entiendo. ¿Cómo se detiene su corazón?

–Primero hay que conseguir que sus poderes de Cazador Oscuro desaparezcan y, después, se le

atraviesa el corazón con un objeto punzante.

Ella retrocedió con la mente hecha un lío.

–¡No! Se evaporaría como un Daimon. Estás intentando que lo mate, ¿verdad?

–No –le contestó con brusquedad–. Todos los Cazadores Oscuros son mis niños y antes de hacer da-

ño a cualquiera de ellos, me convertiría en una Sombra. Me has preguntado sobre el modo de devolverle

su alma y te he contestado. Si quieres liberarlo, tienes que conseguir que pierda sus poderes y, des-
pués, matarlo.

Antes de que pudiera decir una sola palabra más, Acheron le cogió la mano y la puso sobre la que

sostenía el medallón. El calor que desprendía era insoportable. Era como tocar un quemador de gas.

–Imagina que lo tocas directamente –le susurró–. Y ahora imagina que lo sostienes en la mano. De-
berás tenerlo en la mano desde el momento en que le atravieses el corazón hasta que éste deje de latir

y el alma pase de nuevo a su cuerpo.

La agarró con más fuerza de la muñeca y Amanda sintió que esos ojos ocultos tras las gafas la per-
foraban.

–¿Lo amas lo suficiente?

–Yo... –dudó ella–. ¿Cuánto tiempo tendré que sostenerlo?

–Tanto tiempo como dure el proceso. No puedo decírtelo con exactitud. Es distinto para cada Caza-
dor Oscuro.

–¿Y si lo suelto antes de que el alma se libere?

–Entonces Kyrian estará condenado a vagar durante toda la eternidad sin ser un Cazador Oscuro ni

un humano. Será una Sombra, atrapada entre este mundo y el siguiente. Deseará comer y no podrá ha-
cerlo. Tendrá sed y nunca podrá beber. Sufrirá durante toda la eternidad.

Amanda contempló horrorizada el medallón.

–No puedo arriesgarme.

Acheron le soltó la mano y devolvió el medallón a la caja.

–De ese modo, también morirá cuando se enfrente a Desiderius.

–Tiene que haber otra salida –susurró ella.

–No la hay.

Con el corazón en un puño, imaginó que drenaba los poderes de Kyrian y lo dejaba vulnerable. ¿Se-
ría capaz de hacerle eso?

Acheron se acercó a la mochila para volver a guardar la caja.

–Espera –lo increpó ella, deteniéndolo–. Has dicho que el medallón debe colocarse en el mismo lugar

182

donde el alma fue capturada.

–Sí.

–¿Cómo sabré cuál es el sitio exacto?

Él señaló la marca que tenía en la cadera.

–El arco doble señala el lugar que Artemisa tocó mientras capturaba nuestras almas.

Amanda abrió la boca para hablar pero una voz atronadora se lo impidió.

–¿Qué estás haciendo aquí?

Se giró y descubrió a Kyrian tras ella, mirando a Acheron.

–¿Por qué la has dejado entrar?

Acheron la miró con una silenciosa advertencia.

No digas nada, le susurró su voz en la mente.

–Me apetecía –le contestó a Kyrian, ya en voz alta.

El rostro de Kyrian adoptó una expresión crispada.

–Te dije que no lo hicieras.

Acheron sonrió, mostrando los colmillos por un instante.

–¿Y desde cuándo te hago caso?

Kyrian le lanzó una mirada furiosa.

Amanda deslizó la mirada por el cuerpo de Kyrian y notó que había vuelto a vestirse de negro por

completo: vaqueros, camisa y botas.

–No irás a salir esta noche a por él, ¿eh?

–No tengo otra alternativa.

Ella miró hacia atrás, buscando a su jefe.

–Acheron...

Éste se encogió de hombros despreocupadamente.

–Es su decisión.

–Está herido –insistió Amanda.

–Es un Cazador Oscuro. Conoce sus debilidades y su fuerza. Él es quién decide.

La frustración tomó por asalto a Amanda y le entraron ganas de matar a los dos allí mismo.

–¿Vas a permitir que muera?

–Esto no tiene nada que ver con Acheron –la interrumpió Kyrian–. Como ya te ha dicho, soy yo quien

decide.

–Sí, claro. Pues vaya porquería de decisión.

–Sí, claro... Tabitha dijo lo mismo de ti.

Ella lo miró, furiosa.

Él le devolvió la mirada hasta que ella apartó los ojos. Kyrian echó un vistazo a Acheron antes de ha-
blar.

–Vigílala por mí.

–¿Eso es una orden? –le preguntó Acheron con incredulidad.

–No seas asno.

Él alzó una ceja con un gesto burlón.


–Perdón, Ash, no ash-no.

En la mandíbula de Kyrian empezó a palpitar un músculo.

–Tengo una cita. Hasta luego. –Y dándose la vuelta salió de la habitación con aire ofendido.

Amanda se quedó paralizada en el salón. Y el corazón se le detuvo cuando escuchó que la puerta del

garaje se abría para, segundos después, oír el motor del coche de Kyrian. ¡Ese hombre era más terco

que una mula!

–Kyrian estaba equivocado, Acheron. Tú no eres el asno, él sí que lo es.

El hombre rió con ganas.

Amanda se frotó los ojos mientras intentaba aclararse. En el fondo de su corazón, tenía muy claro lo

que debía hacer. Kyrian iba a morir de un modo u otro. Al menos, si ella lo mataba tendría una oportu-
nidad.

–Dame el medallón.

Acheron le ofreció la caja.

–¿Estás segura?

–Para nada.

Ella alargó la mano para coger la caja, pero Acheron se lo impidió.

–Hagas lo que hagas, no se te ocurra cambiar de opinión una vez tengas el medallón en la mano. Es

lo peor que puedes hacerle. En su lugar, yo preferiría mil veces morir a manos de Desiderius antes de

hacerlo a manos de la mujer que amo. Por segunda vez.

La mano de Amanda temblaba bajo la de él.

–Jamás podría hacerle daño.

–No te lo tomes a mal, pero la última vez que oí eso, la mujer tiró el medallón al suelo diez segundos

después de cogerlo. No me decepciones.

–No lo haré.

Él asintió con una mirada severa y le entregó la caja.

–Recuerda, tienes que cogerlo en el mismo momento que le atravieses el corazón. Sostenlo hasta

que muera y, entonces, lo colocas sobre la marca.

–¿Cómo sabré que todo ha acabado?

–Confía en mí; lo sabrás.

Amanda guardó el medallón en uno de los bolsillos de su mochila, junto a la caja de la Barbie que Li-
za le había regalado. Había comenzado a llevar a Starla consigo la noche que Tabitha había sido ataca-
da. Probablemente se tratara de una estupidez, pero se sentía más tranquila sabiendo que la muñeca

estaba ahí en caso de necesidad. Además, era mejor que llevar una pistola, mucho más segura, aunque

llevara esas cuchillas escondidas en las piernas.

Mientras cerraba el bolsillo, su móvil comenzó a sonar. Lo sacó y contestó.

–Mandy, ¿eres tú?

Ella arrugó la nariz al reconocer la voz nasal de Cliff.

–Creía que...

–Escúchame –la interrumpió–, ha sucedido algo horrible...

Daba la impresión de que había estado llorando. Y, aunque en el plano sentimental habían acabado,

no podía evitar preocuparse por él. Puede que fuese un imbécil, pero no hacía ni dos semanas que había

estado pensando en casarse con él.

–¿Qué?

–Se trata de mi madre –le dijo con un sollozo–. Mira, ya sé que nuestra relación no es precisamente

amistosa, pero no tengo a nadie más a quien acudir. ¿Puedes venir, por favor? No quiero estar solo.

Ella dudó. Sentía un nudo en el estómago; una sensación muy extraña. Lo atribuyó al hecho de tener

que volver a verlo de nuevo y se dio cuenta de que negarse a ayudarlo sería muy egoísta de su parte.

La necesitaba. Iría a su casa, estaría un rato con él y regresaría a esperar que Kyrian volviera.

–Muy bien, voy para allá.

–Gracias.

Acheron la miró y alzó una ceja.

–¿Pasa algo?

–Un amigo en apuros.

Él asintió.

–Ve; mientras tanto, me ocuparé de buscar a tu hermana para vigilarla. –Se puso una camiseta de

manga corta negra antes de volver a hablar–. Por cierto... ten cuidado.

–¿Con qué?

–Es de noche y rondan muchas criaturas malignas por ahí afuera.

El miedo le produjo un escalofrío que la recorrió de arriba abajo.

–¿Debería estar asustada?

–Sigue tus instintos, pequeña. Haz lo que tengas que hacer.

Odiaba que la llamara pequeña todo el tiempo, pero no parecía muy apropiado echarle la bronca...

–Te gusta ser misterioso, ¿no es cierto?

–La cosa estaba entre ser Cazador Oscuro o profeta. Personalmente, me gusta mucho más lo de lu-
char y matar que lo de rezar en la posición del loto.

Sin duda ninguna, Acheron Parthenopaeus era un individuo muy extraño.

Amanda cogió las llaves del coche y subió al Taurus. Mientras conducía por la carretera, camino de la

autopista, cayó en la cuenta de lo raro que era que Acheron la dejara ir sola...

¿Por qué lo había permitido si Kyrian le había pedido que la vigilara?

Porque es más probable que Tabitha se meta en líos recorriendo las calles que tú yendo a casa de

Cliff.

Sí, claro. Eso lo explicaba todo. El único peligro que podía correr en casa de su ex era morir de abu-
rrimiento.

No tardó mucho en llegar. Subió al apartamento, situado en el primer piso, llamó a la puerta y espe-
ró a que le abriera.

Su ex llevaba unos Levi’s y una camisa amarilla.

–Qué sorpresa –le dijo, mirando más allá del hombro de Amanda–, ¿hoy no te ha traído ningún ami-
go?

Ella lo miró, furiosa, al reconocer los celos implícitos en el comentario. ¡Cómo se atrevía!

–¿Y qué se supone que significa eso?

Cliff se encogió de hombros y abrió más la puerta.

–Nada. Es que esta noche estoy un poco nervioso. Gracias por venir tan rápido.

Amanda volvió a escuchar la vocecilla interna que la instaba a marcharse, no obstante, cometió la

estupidez de ignorar la advertencia y entró al apartamento.

Él cerró la puerta y echó la llave una vez Amanda pasó al interior.

–Bueno, bueno –dijo una voz conocida desde la cocina–. ¿Qué tenemos aquí?

Amanda se quedó petrificada cuando vio a Desiderius salir de entre las sombras.

jueves, 3 de marzo de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 14

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 14

Kyrian retrocedió, alejándose de ella, mientras Tabitha se giraba para mirarlo frente a frente. Aún

tenía la cara magullada por la paliza que le habían dado los secuaces de Desiderius y llevaba un apósito

sobre los puntos de sutura. Se agachó, medio cojeando, y adoptó una postura de ataque.

Le dolió verla así.

No había sido capaz de proteger a una de las personas que Amanda más quería y juró que jamás

volvería a suceder.

–¿Quién eres? –exigió saber Tabitha–. ¿Dónde está Esmeralda?

Kyrian echó un vistazo al espejo y, al ver que no se reflejaba, retrocedió un paso más, antes de que

ella lo notara.

–Se le estropeó el coche cuando regresaba y Amanda fue a recogerla.

Se dio cuenta, demasiado tarde, de que debía haber mantenido la boca cerrada porque Tabitha lo

reconoció en cuanto lo escuchó hablar; su acento era inconfundible.

–¡Tú! –chilló–. ¿Qué les has hecho a mis hermanas?

–Nada; están bien.

–¡Y una mierda! –exclamó al tiempo que se abalanzaba sobre él.

Kyrian se dio la vuelta y se alejó corriendo por el pasillo; no quería hacerle daño.

–¡Un vampiro! –gritó Tabitha.

Escuchó ruidos en la planta baja y se dio cuenta de que la hermana gemela de Amanda no estaba

sola.

–¡Abrid las cortinas! –Y mientras gritaba la orden agarró el cordón del riel de las cortinas del pasillo y

tiró con fuerza.

Kyrian siseó cuando la luz del sol lo rozó. Saltó sobre la barandilla y aterrizó en la sala de estar del

primer piso.

Dos pares de ojos lo miraron atónitos, observándolo de arriba abajo. El hombre de pelo oscuro se

quedó muy pálido, pero la chica rubia reaccionó con rapidez y se acercó a la ventana sin perder tiempo

para subir las persianas.

Antes de que pudiera moverse, Tabitha estaba sobre él, lanzándole un golpe con el pie que le dio en

el costado, sobre la herida.

–¡Muere, hijo de puta!

Kyrian siseó, enseñándole los colmillos, y saltó hacia atrás girando en el aire, para escapar hacia la

cocina. Pero tuvo que detenerse al llegar a la puerta y ver que la luz del sol entraba a raudales en la es-
tancia. No había ni un solo sitio en todo el cuarto donde no corriera el riesgo de acabar frito.

En ese momento, algo duro y afilado lo golpeó en el hombro. Con un gruñido, se dio la vuelta y vio a

Tabitha que empuñaba una daga alargada, dispuesta a hundírsela de nuevo. La sujetó por la muñeca en

el mismo instante que sus dos amigos se abalanzaban sobre él. Los cuatro se tambalearon y, de un em-
pujón, logró deshacerse de uno de ellos. Intentó regresar a la sala de estar pero, de algún modo, Ta-
bitha se las arregló para interponerse en su camino.

Blandió la daga directa a su estómago; el odio que sentía por él se reflejaba de forma alarmante en

sus ojos. Kyrian saltó hacia atrás y un rayo de sol le dio en la espalda. El dolor lo fulminó al instante. Si-
seando de nuevo, la esquivó y corrió de vuelta a la sala, intentando permanecer en las sombras.

Tabitha y sus dos amigos se arrojaron sobre él y lo lanzaron contra la puerta. Mientras lo tiraban al

suelo, las palabras de Desiderius resonaron en sus oídos.

Se echarán sobre ti como una manada de perros salvajes.

Tabitha se sentó sobre su pecho, rodeándole el cuello con una mano, y sus dos amigos lo agarraron

por los brazos, extendiéndolos. Si lo hubiesen atacado de ese modo el día anterior, el pánico lo habría

vuelto loco. Pero en ese momento recordó a Amanda mientras lo ataba y sintió una extraña lucidez.

–¿Qué has hecho con mi hermana? –preguntó Tabitha.

–Nada.

–¡No me mientas! He visto las vendas manchadas de sangre en la papelera.

Intentando no hacerle daño, alzó las piernas y la agarró con ellas para lanzarla hacia atrás, en el

mismo momento que intentaba hundirle la daga en la garganta. Falló por milímetros. Le dio un puñetazo

en el estómago al tipo que estaba a su derecha y arrojó a la chica rubia sobre el sofá. Cuando sintió que

Tabitha le mordía en el muslo soltó una maldición, le quitó la daga y la tiró al suelo, donde quedó clava-
da en uno de los listones del parqué.

–Escúchame.

–¡No! –gritó ella mientras se retorcía e intentaba golpearlo con los puños.

Kyrian giró en el suelo y se colocó sobre ella, inmovilizándola. Todos sus instintos le exigían que la

dejara inconsciente, pero, al observar ese rostro tan parecido al de Amanda, se dio cuenta de que jamás

podría hacerle daño.

Ese momento de incertidumbre le costó muy caro. Sus amigos volvieron a atraparlo de nuevo. Los

cuatro rodaron por el suelo y Kyrian consiguió ponerse en pie al tiempo que la puerta de la calle se abría

e inundaba de luz la habitación.

Soltando otro taco, logró llegar como pudo a un rincón oscuro.

El grito agudo de Amanda resonó por toda la casa.

–¡Ya basta!

Tabitha y sus compañeros se quedaron inmóviles al escucharla y Kyrian aprovechó para recuperar el

aliento. Sentía un dolor punzante en las nuevas heridas y la sangre le corría por la espalda. Amanda se

acercó corriendo a él y lo tocó, inspeccionando las heridas.

Su hermana arrancó la daga del suelo y se acercó a ellos con actitud decidida y furiosa, sin dejar de

mirar a Kyrian a lo ojos.

–Apártate de mi camino, Mandy. Estoy a punto de matar a un vampiro.

–Te equivocas –la interrumpió Esmeralda, cerrando la puerta de la entrada y colocándose entre Ta-
bitha y Kyrian–. Estás a punto de matar al novio de tu hermana gemela.

Tabitha la miró con la boca abierta y se detuvo al instante, mirando a Kyrian y a Amanda alternati-
vamente.

–¿Cómo has dicho?

Amanda ignoró a su hermana.

–¿Estás bien?

Kyrian se pasó la mano por la herida abierta del brazo.

–Nunca he estado mejor.

–¿Y le preguntas a él? –masculló Tabitha con incredulidad–. Y los chicos y yo, ¿qué? No veo que es-
tés muy preocupada por nosotros. Ha estado a punto de decapitarnos.

Amanda lanzó una mirada furiosa a su gemela.

–Me parece que no estáis sangrando. Créeme, si hubiese querido haceros daño ninguno de vosotros

estaría de pie ahora mismo.

Tabitha los observó atentamente y soltó un gruñido indignado.

–¿Estás defendiendo a un vampiro?

–Estoy defendiendo a Kyrian –le contestó Amanda con énfasis.

Apretando los labios aún más, Tabitha miró al uno y al otro.

–¿Qué pasa contigo? ¿Es que estás loca? ¿Quieres un novio que bebe sangre, que va a vivir eterna-
mente, que mata para divertirse y que no puede salir a la luz del día? Vaya, Mandy, veo que al final has

encontrado al Rey de los Perdedores. Felicidades. Jamás me imaginé que existiera alguien peor que Cliff.

La parrafada de Tabitha era un torrente de insultos y de groserías.

–¿Y tú hablas de perdedores? La que sale con un hombre que no ha trabajado más de dos semanas

seguidas en los últimos tres años...

–Por lo menos, Eric tiene alma.

–Kyrian tiene corazón.

–¡Venga, por favor! ¿Y tú crees que con eso se soluciona todo? Dime una cosa, Mandy, ¿estás dis-
puesta a renunciar a todo por él? ¿A tu vida, a tu futuro? ¿Qué puede ofrecerle un vampiro a una conta-
ble? Siempre has querido niños, ¿puede dártelos él?

Kyrian se hundía cada vez más en la desesperación mientras las escuchaba discutir. Cada palabra

que salía de la boca de Tabitha confirmaba lo que él había pensado desde un principio. Tabitha tenía ra-
zón.

Echó un vistazo a la luz del sol que entraba por las ventanas. El sol era letal para él y vital para

Amanda. Para los humanos resultaba tan necesario como el aire que respiraban. Y, mientras ella estu-
viese con él, no encontraría la paz porque tendría que sacrificar todos sus sueños.

Y no podía permitir eso.

Con el corazón encogido, se escabulló entre las sombras hasta llegar a la escalera.

–¡Dejad ya de discutir! –gritó Esmeralda.

Kyrian no volvió a prestarles atención mientras subía la escalera.

Pasaron varios minutos, y una nueva andanada de insultos, antes de que Amanda se percatara de la

ausencia de Kyrian.

–¿Kyrian?

–Está arriba –le contestó Esmeralda.

Amanda hizo el gesto de marcharse pero Tabitha la detuvo.

–No puedes hacerte esto.

–No sabes nada de él, Tabby. Es un Cazador Oscuro, no un vampiro.

–Sí, claro. Y Julian Alexander me explicó que, en realidad, no hay ninguna diferencia entre ellos. Los

dos tienen características animales y son asesinos.

–No me creo que Julian te dijera eso.

–Me da igual que lo creas o no, es la verdad. Y mientras reflexionas sobre eso, déjame decirte otra

cosa que me contó Julian: Artemisa matará a tu novio antes de permitir que sea libre.

Amanda se alejó de su hermana, pensando que no era cierto lo que decía. Encontró a Kyrian en la

habitación, recogiendo sus cosas.

–¿Qué estás haciendo?

–Me voy.

–No puedes salir. Es mediodía.

Su rostro tenía una expresión adusta y fría.

–He llamado a Tate.

–Kyrian... –lo llamó, acercándose para tocarlo.

–No me toques –masculló él, enseñándole los colmillos–. Ya has oído lo que te ha dicho tu hermana.

Soy un animal, no un humano.

–Anoche no dormí con ningún animal.

–¿Ah, no?

–No –le contestó ella, poniéndole la mano en la mejilla.

No tardó más de un segundo en borrar la expresión de deleite que su caricia le producía, pero ella

llegó a verla.

–Eso es lo que tú crees, Amanda. ¿Sabes cuántas veces he tenido que controlarme para no hundirte

los dientes en el cuello? ¿Cuántas veces he sentido el flujo de tu sangre bajo la lengua y he deseado

probarla?

Tragó saliva, espantada. Pero se negaba a creerlo. Sólo estaba intentando asustarla.

–Nunca me has hecho daño y sé que darías tu vida antes de hacerlo.

Kyrian cogió la maleta sin decir nada y se marchó. Ella lo siguió por el pasillo y se detuvo al llegar a

las escaleras.

–No puedes marcharte así.

–Sí puedo.

Tiró de él para detenerlo antes de que bajara hasta el recibidor.

–No quiero que me dejes.

Kyrian se paró en seco al escucharla. Sus palabras lo estaban destrozando. Él tampoco quería dejar-
la; en realidad, lo que quería era echársela sobre el hombro, llevarla de vuelta a la habitación y hacerle

el amor durante toda la eternidad. Quería hacerla suya de forma legítima y tener el derecho de gritar

que le pertenecía. Pero no estaba escrito que sucediera. Él era un sirviente de Artemisa. Su vida perte-
necía a la diosa.

–Vuelve a tu mundo, Amanda. Allí estarás a salvo.

Ella le tomó el rostro entre las manos. Esos brillantes ojos azules lo miraban con un anhelo y un do-
lor tan grandes que lo estaban desgarrando.

–No quiero estar a salvo, Kyrian. Te quiero a ti.

Él le apartó las manos, se alejó de sus tiernas caricias y bajó lo que quedaba de las escaleras.

–No digas eso.

–¿Por qué no? –le preguntó Amanda, bajando tras él–. Es la verdad.

–No puedes tenerme –le dijo entre dientes mientras giraba en mitad de las escaleras para mirarla a

los ojos–. Ya tengo dueña.

–Entonces déjame amarte.

Su resolución se vino abajo al escuchar el ruego de Amanda. ¡Por todos los dioses! Qué sencillo sería

confiar en ella. Tomarla entre sus brazos y... verla envejecer mientras él permanecía igual. Abrazarla

cuando muriera, ya anciana, para dejarlo solo durante toda la eternidad. Solo.

La simple idea era suficiente para dejarlo paralizado. La vida sin ella no merecía la pena. Y si dejarla

tras un par de días dolía tanto, ¿qué se sentiría al perderla después de unas cuantas décadas? Era mu-
cho más de lo que su magullado corazón podía soportar.

–No puedes.

–¿Por qué? –preguntó ella.

–Algunas cosas son imposibles.

Le tocó el brazo, suplicándole con la mirada que viera las cosas tal y como ella las veía. Pero no po-
día hacerlo. No se atrevía.

–Quizás esto sí sea posible.

–Te equivocas.

En ese momento llamaron a la puerta.

Amanda vio cómo Essie abría la puerta y Tate entraba con la camilla. La expresión resignada y ator-
mentada de Kyrian al ver la bolsa negra se le quedaría grabada para siempre en la memoria.

–No te vayas, Kyrian –le pidió una vez más, rezando para que la escuchara.

–No tengo elección.

–Sí que la tienes. ¡Joder, Kyrian! Eres demasiado testarudo. Tienes más opciones. No me dejes.

Él se frotó los ojos, como si le doliese la cabeza.

–¿Por qué quieres que me quede?

–Porque te amo.

La furiosa maldición de Tabitha se escuchó en el recibidor, procedente de la cocina, y el silencio que

siguió resultó ensordecedor.

Kyrian cerró los ojos mientras la agonía lo consumía. Había esperado una eternidad para escuchar a

una mujer decirle esas palabras de corazón.

Pero era demasiado tarde.

–La última vez que creí que una mujer me amaba, perdí un imperio y acabé crucificado mientras ella

se reía de mí. No seas tonta, Amanda. El amor no existe. Es una ilusión. No me amas; no puedes amar-
me.

Antes de que ella pudiera protestar, saltó a la camilla y se metió en la bolsa, cerrando la cremallera

desde dentro.

–¡No me dejes! –le gritó Amanda, agarrándolo por el brazo a través del plástico.

–Llévame a casa, Tate.

Tate le sonrió con tristeza y empujó la camilla para salir de la casa. Amanda soltó un gruñido de frus-
tración.

–Eres un gilipollas, Kyrian Hunter. Un gilipollas.

Kyrian la escuchó; su voz le llegaba amortiguada por el grosor de la bolsa. Sus palabras lo estaban

matando. Estaba actuando como un imbécil.

No la dejes, le suplicaba su corazón.

Pero no tenía otra opción. Éste era el camino que había elegido. Había tomado esa decisión teniendo

en cuenta las consecuencias y todos los sacrificios que tendría que hacer.

Amanda era un ser de luz y él formaba parte de las tinieblas. De algún modo, hallaría la forma de re-
cuperar su alma sin implicarla y, una vez lo hiciera, mataría a Desiderius.

Amanda y Tabitha serían libres y él podría retomar su vida. La vida a la que estaba atado por un ju-

ramento. Pero, en lo más hondo de su corazón, sabía la verdad: la amaba. Más de lo que jamás había

amado a nadie.

Y tenía que dejarla marchar.

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