Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 17 de marzo de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 16

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 16

–¡¿Tú?! –gritó Amanda, al tiempo que corría hacia la puerta.

Cliff la atrapó.

–No tan rápido.

–¿Cómo has podido? –le preguntó a su ex, antes de girarse para lanzar una furiosa mirada a Deside-
rius–. No entiendo porqué estás aquí. ¿Cómo...?

El Daimon sonrió.

–Por favor, no conviertas la situación en un manido cliché. Ya es bastante odioso haber tenido que

recurrir a un plan tan burdo para capturar a Kyrian. ¿Qué esperas, que ahora abandone el plan para que

puedas escapar y matarme? –Meneó la cabeza–. Yo también veo películas malas, ¿sabes?

En ese mismo instante, sintió a Desiderius en sus pensamientos. Lo sintió hurgar y rebuscar entre

sus recuerdos. La cabeza empezó a dolerle y todo comenzó a dar vueltas a su alrededor, mientras por

su mente pasaban las imágenes más horribles. Imágenes de Desiderius abrazándola, acariciándola. Y de

su aliento sobre el cuello...

Y, por si eso fuera poco, la cosa empeoró más. Amanda sintió que las barreras que protegían su

mente caían bajo la presión de su brutal asalto.

–Es tal y como me prometiste, Cliff. –Su voz sonaba lejana, como un débil susurro arrastrado por el

viento–. Sus poderes son puros, inmaculados.

–Lo sé. Eso fue lo que me atrajo de ella la primera vez que la vi. –Cliff sonrió–. Y con la información

que reunimos sobre la forma de luchar de Kyrian aquella noche en el callejón, no deberíamos tener nin-
gún problema para vencerlo.

Desiderius se detuvo para contemplar a ese ser inferior. Consideraba a los humanos como las bestias

más bajas de la creación. Eran, después de todo, alimento para los dioses. Sólo había una cosa inferior a

un humano: los mestizos como Cliff. Medio apolita y medio humano, él se había aprovechado de seme-
jante cobarde llorón para sus propios fines.

Con todo, debía estar agradecido al padre apolita de Cliff por haber muerto antes de poder explicarle

la verdad sobre la mitad de su herencia genética.

Y con respecto a la madre de Cliff... bueno, había resultado ser un delicioso bocado.

Siempre había sabido que tener un mestizo como mascota resultaría útil algún día. Todos esos años

obligado a criar a esa asquerosa criatura no le parecían tan repulsivos en esos momentos.

Y cuando Cliff descubrió a esa pequeña hechicera en su oficina, él se había limitado a esperar que su

mascota destapara y desarrollara las habilidades psíquicas de la chica antes de que él tomara su alma

junto con esos poderes.

Pero ella se había resistido.

¿Quién iba a imaginarse el resultado de todo esto? Tras el ataque de pánico de Cliff el día que cono-
ció a la hermana de Amanda, y que lo llevó a romper con ella, supo que tenía que actuar con rapidez

para reclamar a la bruja antes de que escapara de sus garras. Tan pronto como Cliff le contó lo unidas

que estaban las gemelas y las frecuentes visitas que había hecho como novio de Amanda a casa de Ta-
bitha, su plan empezó a tomar forma.

Cuando encadenó a Amanda y al Cazador Oscuro, esperando que él la confundiera con su gemela,

pensaba que ella recurriría a sus poderes, presa del pánico, y los usaría para acabar con él y, de ese

modo, proteger a su hermana. Jamás se le había pasado por la imaginación que ella usara sus poderes

para proteger al Cazador.

Pero tampoco es que eso importara mucho. Ahora que había destapado por completo esos poderes,

la chica estaba lista para el empujoncito.

–¿Lo harás ahora? –le preguntó Cliff–. ¿Me convertirás en inmortal?

–Por supuesto.

Amanda apenas se dio cuenta que el Daimon se acercaba a Cliff y lo abrazaba. Vio el destello de sus

colmillos décimas de segundo antes de que Desiderius los hundiera en el cuello de su ex.

La cabeza comenzó a darle aún más vueltas y sintió que se alzaba sobre el suelo. Demasiado tarde,

comprendió que sus pensamientos ya no le pertenecían.

Kyrian se detuvo en el centro del Barrio Francés y miró a su alrededor; el largo abrigo de cuero ne-
gro se arremolinaba alrededor de sus piernas. Bourbon Street estaba plagado de turistas, totalmente

ajenos al peligro. Algunos se detenían al verlo vestido de negro y con las gafas de sol que le protegían

los ojos de las potentes luces.

A sus oídos llegaba la cacofonía provocada por la mezcla de jazz, rock y las risas que arrastraba el

frío viento invernal.

Apartando la mente de esas distracciones, echó mano de sus poderes y de la tecnología para hallar a

Desiderius, pero no había rastro de él.

–¡Joder! –masculló.

Se frotó el hombro, aún dolorido por el ataque de Tabitha. Mientras intentaba disminuir el dolor, la

imagen de Tabitha fue reemplazada por la de su hermana. Vio a Amanda con una sonrisa en los labios y

tendida sobre él la noche anterior mientras le hacía el amor de la forma más tierna. Nunca había sentido

por nadie lo que sentía por ella.

«Porque te amo.»

Esas tres palabras flotaban en su corazón. Sabía que eran ciertas porque los sentimientos de Aman-
da se translucían en su voz. Había sido sincera con él como nadie lo había sido jamás.

Lo amaba.

Y él a ella.

La amaba tanto que quería morirse si no podía tenerla. Las Parcas eran unas putas retorcidas. Hacía

siglos que lo sabía, no obstante, en mitad de la noche helada, ese hecho le quemaba las entrañas.

Ven por mí, Amanda, te necesito.

El rumbo de sus pensamientos hizo que pusiera una mueca de dolor.

–No pienses en eso –se dijo a sí mismo en un murmullo, sabiendo que era inútil.

Ojalá pudiera pedir un deseo...

Se obligó a pensar en otra cosa. Tenía una misión que cumplir. Debía detener a Desiderius. En ese

momento, su móvil comenzó a sonar. Lo cogió de la funda que llevaba asegurada al cinturón y contestó.

Era Talon.

–Ash quiere que te diga que se está cociendo algo raro. Los Daimons están atacando en grupos

grandes esta noche. Yo he pulverizado ya a diez y él va tras cuatro ahora mismo. Quiere que estés aler-

–Dile al abuelito que no se preocupe. Todo está tranquilo en el Barrio Francés.

–Vale, pero no te muevas de ahí.

–No te preocupes. Sé arreglármelas solo.

–Por cierto –le dijo Talon–, Eric está con Tabitha. Dice que ha salido en busca de Desiderius.

–Me estás tomando el pelo.

–Ojalá. Ash iba tras ella en el Garden District, pero tuvo que dejar de seguirla al ver a un grupo de

Daimons que perseguían a unos turistas.

Mientras colgaba, el localizador comenzó a sonar. Era la señal que avisaba de la presencia de Dai-
mons en los alrededores. Sacó el dispositivo del bolsillo y siguió el rastro de la actividad neuronal de los

vampiros hasta un callejón situado en la calle paralela a la que él estaba.

Al llegar a la zona, totalmente oscura, encontró seis Daimons atacando a cuatro humanos.

–¡Eh! –los llamó, distrayendo su atención de las víctimas. Hizo a un lado el abrigo y sacó la espada

retráctil. Presionó el botón de la empuñadura y la hoja se extendió, alcanzado el metro y medio de longi-
tud–. Decidme –siguió hablando mientras blandía la espada a su alrededor–, ¿alguna vez habéis visto a

un general de la Antigua Grecia cabreado?

Los Daimons se miraron, cautelosos, entre sí.

Kyrian se agachó, sujetando la espada con ambas manos, sin dejar de observarlos.

–No es una imagen muy agradable, la verdad.

–¡Cogedlo! –gritó el líder.

Y, al unísono, todos se lanzaron a por él.

Desvió al primero con una estocada que acabó convirtiéndolo en una nube de polvo. Al instante, se

giró con la habilidad de un felino y lanzó un golpe directo al estómago del segundo. El vampiro jadeó y

se desintegró.

Antes de que pudiera recuperarse, uno de los vampiros lo cogió por el brazo herido y le quitó la es-
pada. Kyrian se giró y lo golpeó con la punta de la bota. También desapareció.

Otro lo agarró por la cintura y lo lanzó contra la pared mientras dos más se acercaban. Dio una pa-
tada en la cintura al primero de ellos, al mismo tiempo que los dos que se acercaban se convertían en

polvo... y vio a Tabitha que se sostenía en pie a duras penas.

–Chuparos ésa, asquerosos vampiros –exclamó mientras le lanzaba un shuriken a Kyrian.

Perplejo ante el hecho de que Tabitha estuviera ayudándolo en lugar de atacarlo, cogió la estrella y

la utilizó para acabar con el último vampiro.

Cuando llegó junto a ella, la encontró arrodillada en el suelo. Tenía una herida en el cuello que san-
graba profusamente y apenas se veía color en su rostro. Kyrian se desgarró la camisa para hacer una

compresa y llamó a una ambulancia.

–¿Eric? –preguntó ella con voz tensa, intentando distinguir entre la oscuridad a las otras víctimas que

yacían en el suelo–. ¿Está muerto?

–Estoy aquí, nena.

Eric llegó a trompicones junto a ellos y se dejó caer junto a Tabitha, al tiempo que la abrazaba.

–No va a morir –le aseguró Kyrian.

El muchacho asintió con la cabeza.

–Intenté convencerla de que no saliera esta noche; le dije que las cosas iban a ponerse feas, pero no

me escuchó.

–Es cosa de familia.

Tabitha rozó el brazo de Kyrian mientras él le daba la dirección al 911. Cuando acabó de hablar, la

vio mirándolo fijamente. Tenía el ceño arrugado y sus ojos lo observaban incrédulos.

–¿Por qué me has salvado?

–Eso es lo que hace Kyrian, Tabby –susurró Eric.

Mientras Eric se ocupaba de su novia, Kyrian se acercó a los otros dos amigos que aún yacían en el

suelo.

Eran los mismos que lo habían atacado en casa de Esmeralda. Por desgracia, no habían corrido la

misma suerte que Tabitha y Eric.

–Eric –lo increpó, volviendo junto a ellos–, ¿qué ha sucedido?

El muchacho se encogió de hombros.

–Los teníamos atrapados y, en un abrir de ojos, se abalanzaron sobre nosotros.

–¿Dijeron algo?

Erik se puso muy pálido y abrazó a Tabitha con más fuerza.

–«Voy a tragarme tu alma».

Kyrian lo miró fijamente un instante y apretó los dientes ante el retorcido sentido del humor de los

vampiros.

–Los Daimons ven demasiadas películas de serie B.

Tabitha alargó un brazo y tocó la mano de Kyrian.

–Gracias.

Él asintió.

–No he hecho más que devolverte el favor.

–Kyrian, tío –jadeó Eric–. Tenías razón. Nunca he visto a ningún Daimon moverse como se movían

éstos. Debería haber escuchado tu advertencia.

Frunciendo el ceño, Tabitha los miró alternativamente.

–¿Os conocéis?

–Mi padre trabajaba para Talon, el amigo de Kyrian. –Eric miró a Kyrian a los ojos–. He conocido a

Kyrian durante toda mi vida, Tabby. Créeme, es uno de los buenos.

Antes de que ella pudiera contestar, llegó la ambulancia.

Kyrian esperó hasta que los dos estuvieron dentro, al cuidado de los sanitarios, y llamó a Amanda

para contarle lo sucedido.

No cogió el teléfono.

Llamó a su madre, a su hermana y marcó el teléfono de su propia casa. Nadie contestaba.

Con un nudo en el estómago provocado por el miedo, corrió hacia el coche. Quizás Amanda estaba

todavía en su casa, esperándolo.

O quizás Desiderius la ha atrapado...

Se la imaginó siendo atacada como Tabitha. La vio muerta en un charco de sangre como los amigos

de su hermana. El dolor y el pánico le retorcían las entrañas. Amanda tenía que estar bien. No podría

seguir viviendo si algo le sucedía.

Condujo como un poseso hacia su casa, tan rápido como el Lamborghini se lo permitió.

Temblando de angustia, atravesó el garaje a la carrera y entró en la casa, atento a cualquier sonido.

Por favor, Zeus, cualquier cosa menos que le hayan hecho daño.

La escuchó en la planta alta, tarareando la canción de Grieg en su habitación. El alivio y la gratitud

que sintió fueron tan intensos que estuvo a punto de tropezarse. Tenía que verla para saber que estaba

bien. Inspiró hondo, aliviado, y subió las escaleras de dos en dos.

Al abrir la puerta de la habitación se quedó helado.

Amanda había encendido todas las velas de los candelabros y llevaba el camisón blanco más corto y

transparente que había visto en su vida. Sus largas piernas estaban cubiertas por unas medias, sujetas

por un liguero de encaje blanco. Estaba de espaldas a él, inclinada sobre la cama, perfumando las sába-
nas con el aceite de aroma a rosas que solía usar después del baño. El contorno de su cuerpo alcanzaba

la perfección bajo la luz de las velas.

Kyrian estalló en llamas mientras la observaba. Abrumado por sus emociones, se acercó a la cama y

la abrazó por la espalda. La sujetó con fuerza y apoyó la cabeza sobre la de ella, temblando de alivio.

Amanda estaba sana y salva.

Ella gimió de placer y Kyrian sintió que ese sonido le sacudía todo el cuerpo, intensificando el deseo.

–Tócame, Kyrian –jadeó ella, apartándole las manos de la cintura para llevárselas a los pechos–. Esta

noche necesito sentirte.

Él también lo necesitaba. Después del miedo de pensar que la había perdido, necesitaba sentirla con

tanta desesperación que la cabeza le daba vueltas si se paraba a pensarlo.

Bajó la cabeza para saborear la piel de ese cuello perfumado al tiempo que gruñía de satisfacción al

sentir en las manos esos pezones erguidos, cubiertos por el camisón de gasa.

Ella se giró entre sus brazos, alzó las manos y le quitó las gafas de sol antes de reclamar sus labios.

–Amanda –balbució él, mientras el aroma a rosas invadía sus sentidos, hechizándolo–. ¿Qué me has

hecho?

Ella le contestó lamiéndole el mentón, descendiendo hasta la barbilla y de allí hasta el cuello. Miles

de escalofríos le recorrieron el cuerpo mientras Amanda le quitaba el abrigo, dejando que se deslizara

por sus hombros y que cayera libremente al suelo. Tiró de la camisa para sacarla de debajo de la cinturi-
lla del pantalón y metió la mano por debajo de ella, dejando un rastro de fuego en el torso de Kyrian.

Su instinto le decía que se alejara de ella, pero no podía hacerlo. Ni ahora, ni nunca.

Amaba a esa mujer. No había otro modo de explicarlo. Era la otra mitad de su alma; no podía seguir

negándolo. Y, aunque sólo tuviera ese pequeño instante, disfrutaría del amor que sentía por ella. Disfru-
taría del deseo que despertaba en él.

Con los ojos enfebrecidos por la pasión, Amanda le desabrochó los pantalones y deslizó las manos

por su endurecido miembro.

–Me encanta acariciarte –murmuró ella, comenzando a mover las manos–. Dime, Kyrian, ¿puedes

leerme la mente?

Él cerró los ojos, extasiado ante sus caricias. Cuando sintió que Amanda cubría los testículos con una

mano se estremeció de la cabeza a los pies.

–No –jadeó–. Prescindí de ese poder cuando me pediste que no volviera a hacerlo.

La alzó y la sentó en el borde de la cama mientras él se quedaba de pie entre sus rodillas. Ella le

sonrió de un modo que lo dejó flotando y comenzó a desabrocharse la parte delantera del camisón,

ofreciéndole sus pechos desnudos.

Ardiendo de deseo, Kyrian le separó las piernas para poder mirarla. ¡Por los dioses! Cómo le gustaba

contemplarla. Se puso de rodillas y la tomó con la boca.

Ella dejó escapar un grito ahogado al sentir la boca de Kyrian sobre su sexo. Él cerró los ojos, la aca-
rició con la lengua y notó cómo le temblaban los muslos, a ambos lados de su cabeza, mientras la lleva-
ba al orgasmo. Lo agarró del pelo y comenzó a mover las caderas, frotándose contra él.

–¡Oh, sí! –gimió.

Kyrian esperó hasta que pasó el último estremecimiento y, sólo entonces, se levantó.

Amanda lo miraba con los ojos cargados de deseo. Se incorporó hasta quedar de rodillas en la cama

y acabó de desvestirlo. Una vez estuvo desnudo, bajó del colchón y se colocó delante de él, dándole la

espalda.

Sin necesidad de explicaciones, Kyrian supo lo que quería. De su garganta escapó un gruñido al

tiempo que se introducía en ella desde atrás con un poderoso envite.

Ella gimió de placer, se alzó hasta quedar de puntillas y volvió a descender para recibir su verga has-
ta el fondo.

Kyrian temblaba de arriba abajo.

La besó en el hombro y deslizó la mano por la tersa piel de su vientre antes de buscar los rizos de su

entrepierna para acariciarle el clítoris. Comenzó a mover la mano muy despacio y dejó las caderas inmó-

viles. Quería que fuese ella la que tomara el control de la situación.

Y ella se encargó de moverse hasta que volvió a correrse de nuevo, gritando su nombre.

Kyrian salió de ella al sentir que sus poderes se desvanecían ante la proximidad de su orgasmo. El

dolor del deseo insatisfecho era tan grande que tuvo que concentrarse en seguir respirando para no do-
blarse en dos.

Pero, por una vez, Amanda no parecía estar dispuesta a compadecerse de él; al contrario, se dio la

vuelta y lo besó con avidez.

–Amanda –jadeó él, intentando alejarse.

–Shhh, Kyrian –murmuró sobre sus labios–. Confía en mí.

En contra de todos sus instintos, lo hizo. Dejó que lo tumbara en la cama, que se subiera sobre él y

volvió a estremecerse cuando guió su verga de nuevo al interior de su cuerpo. Era tan maravilloso estar

dentro de ella... sentir el placer de Amanda mientras lo montaba.

Cuando sintió que su orgasmo era imparable, se dejó guiar por ella y dio la vuelta en el colchón has-
ta que la tuvo debajo, con sus piernas alrededor de la cintura. Sintiéndose un poco mejor en esa posi-
ción, comenzó a penetrarla con embestidas fuertes y rápidas.

Y, esta vez, cuando estaba a punto de retirarse, ella lo envolvió con todo su cuerpo y lo abrazó con

fuerza. Kyrian frunció el ceño al sentir que Amanda movía las caderas, introduciéndose su miembro has-
ta el fondo y gimiendo mientras su vagina se cerraba a su alrededor.

–Amanda, para –jadeó sin aliento. Si seguía haciendo eso, estaría perdido.

Intentó retirarse otra vez y, de nuevo, ella se lo impidió, frotándose contra él. Kyrian apretó los dien-
tes intentando detener el orgasmo. Y lo consiguió hasta que sintió que ella se corría de nuevo. Los gritos

de Amanda, combinados con los espasmos de su cuerpo, fueron más de lo que podía soportar.

Y, en contra de su voluntad, alcanzó el clímax. Echó la cabeza hacia atrás y gritó por la intensidad

del placer. No había nada mejor que estar entre los brazos de Amanda. En su cuerpo.

Por primera vez en dos mil años, se sintió en casa.

Mientras esos sentimientos lo embargaban, notó que sus poderes de Cazador Oscuro se desvane-
cían.

¡No!

Amanda le dio un beso ligero en los labios y se giró, con él en los brazos, hasta que lo dejó apoyado

sobre el colchón, con ella encima. Estaba demasiado débil para protestar. Lo único que podía hacer era

mirarla.

Ella salió de la cama y se puso una bata.

–¿Amanda? –la llamó.

Regresó al momento con una copa de vino.

–No pasa nada. Estoy aquí, amor mío –le dijo.

Le acercó la copa a los labios y él bebió, totalmente confiado. Tras unos minutos, la habitación co-
menzó a girar a su alrededor.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó Kyrian, consumido por el terror.

Pero lo sabía. Como Theone hiciera, tantos siglos atrás, Amanda lo había drogado.

Lo último que alcanzó a ver fue cómo ella abría la puerta de la habitación para dejar pasar a Deside-
rius.

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