Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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martes, 29 de diciembre de 2015

Puddle Jumping * Capítulo 13

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 13

La sangre se apresuró a mi rostro y me aferré a su mano, preguntándole silenciosamente si podíamos regresar a su casa. Me sentí viva... tan malditamente viva y emocionada por regresar a su hogar. No me importó nada de lo que acababa de pasar. Así como así. 

La noche era fría pero clara, y recuerdo vívidamente mirar las estrellas, con mi pecho subiendo y llenándose hasta casi estallar por lo mucho que lo amaba. Lo amaba con un dolor físico en mi pecho. 

¿El amor? A veces es tan grande que duele.

Una vez de regreso en la casa, puse a recalentar la comida porque imaginé que necesitaríamos la energía para lo que planeaba para más tarde. Y mientras esperábamos, busqué en sus canales una película o algo así. Dejándola en una que lucía romántica de una manera extraña, ordené y serví la comida, haciéndonos un pequeño picnic en el suelo. Mi ramillete se hallaba justo al lado de nosotros y me gustaba la forma en que se sentía. Correcto.

¿Pero la película? Fue probablemente la peor segunda cosa de la noche.

La verdad era que no tenía idea de qué se trataba. Apenas había oído de ella y ninguno de mis amigos comentó haberla visto. ¿Cómo se suponía que supiera?

No fue hasta que estábamos a punto de terminar de comer que me di cuenta que el protagonista tenía Asperger. 

Para entonces Edward estaba fascinado, con su atención puesta en la película y su ceño fruncido conforme observaba. Me asombraba la protagonista femenina. 

A veces era fría, y otras veces estaba irritada. Pero me sentí muy representada con ella, y era... extraño. Nuestra comida se enfrió y ninguno habló mientras que la película avanzaba, pero pude sentir la tensión en la habitación elevándose.

—Puedo apagarla... —comencé, pero Edward negó con la cabeza, encantado.

—Me gustaría terminarla.

Me sentí como si estuviera conteniendo la respiración todo el tiempo y conteniendo las lágrimas, puesto que estas personas eran mayores... y... no había ningún final al estilo Hollywood. Sólo la realidad. La realidad de amar a alguien que bien podría nunca, jamás amarte con la misma fuerza.

Pero Edward podría, ¿cierto? Éramos diferentes. Teníamos que serlo. Él podía explicar las cosas muy claramente y mostrar su afecto en otras formas, pero no había nada que me hiciera dejar de amarlo. Me sentía segura de ello. 

Los créditos comenzaron y permanecí en un aturdido silencio, debido a que no hubo un final feliz.

No hubo ningún final feliz.

Ninguno.

Necesitaba ese final feliz.

El silencio era arrollador mientras limpiaba los platos y los dejaba en la arandela.

—Voy a alistarme para ir a la cama. —Edward desapareció, yéndose a su habitación para comenzar su rutina y me debatí entre si ir o no.

Lo que acabábamos de ver se reprodujo en mi mente.

No quería eso para nosotros.

No pude permitirme regodearme con estos pensamientos. En vez de eso, me concentré en subir las escaleras hasta su habitación. Estaba en la ducha cuando llegué allí y, por un momento, me detuve.

Hasta que llamó mi nombre.

—¿Bella?

—Sí, estoy aquí. —Entré al baño y me senté en la taza del baño, agobiada por mis pensamientos y emociones, e incapaz de pensar con claridad.

—¿Te bañarías conmigo?

La cortina del baño se movió ligeramente y asomó su cabeza, con el agua corriendo por su rostro y cayendo desde su barbilla mientras me miraba fijamentesentada allí. Tan preocupado como pudiera estar, lucía como si lo estuviera, y odiéverlo así. Algo en la manera en que me miró tiró de mi corazón, y hasta la última expectativa que tuviera para la noche se fue por la ventana.

—¿Estás enojada? ¿No te gustó la cena?

—Sí me gustó —contesté en voz baja. No sabía por qué estaba enojada. Se sentía como si me estuviera conteniendo.

En lugar de desnudarme y ponerme una ridícula lencería para seducirlo, me levanté y quité el vestido y entré en la ducha, situándome debajo del cálido rocío del agua para simplemente... sostenerlo. En un húmedo abrazo. Así él no podía notar la diferencia entre el agua que caía y las lágrimas que fluían en silencio.

Ni siquiera me importó la posibilidad de tener que explicarles a sus padres por qué mi cabello estaba húmedo para cuando llegaran a casa. 

* * *

No soy de las que se rinden. Ni siquiera un poco.

Es decir, si fuera fumadora y necesitara dejarlo, eso sería otra cosa. Pero,¿con Edwad? Nunca.

Sólo porque dos personas en una película no pudieron hacer que funcionara no significaba que lo nuestro acabaría igual. No iba a rendirme aún.

Entonces, a la siguiente semana, me dio una nueva noticia: tenía trabajo.

Estuve más sorprendida que el resto.

Había ido a recogerlo y la señora Cullen me lo dijo, explicando la situación y preguntándome si me importaría llevarlo al trabajo después de nuestra última clase del día.

Al parecer, la noche de nuestra visita al museo en San Valentín, Edward habló con el conservador y había una práctica abierta con la que mi novio aceptó hacer. Sólo así. De inmediato. Su profesor de las clases interpersonales había estado hablando de trabajos, y Edward no le veía el problema. Era exactamente lo que él amaba hacer.

Por supuesto, lo habló con sus padres, pero no conmigo. Y odiaba eso, pero no había nada que pudiera hacer. No es como si no se preocupara o pensara en mí. 

Siempre era mi opinión por la que discutía con ellos, y así era como funcionaba. Él respetaba a sus padres y eran los que tenían la última palabra en cada decisión queél había tomado alguna vez. 

No pensé que llevarlo desde y hasta el trabajo sería algo con lo que mis padres estarían de acuerdo. Entrar y salir de la ciudad con tanta frecuencia no le sentó bien a mi padre.

Al final, no podía ser capaz de hacerlo, así que la señora Cullen comenzó a recogerlo cada día después de la escuela. Lo que significó que teníamos menos tiempo a solas, debido a que los pocos minutos que teníamos en el auto hasta y desde la escuela siempre habían sido nuestro tiempo especial. Y el almuerzo no contaba. Ni tampoco Literatura. Quería estar a solas con él.

Luego de dar inicio a su pasantía, solamente nos veíamos en la mañanacamino a la escuela y en nuestros casilleros. Para cuando llegaba a casa en la noche, con su nuevo horario, encontraba difícil adaptarse a los cambios en su rutina y entendí con rapidez que tenía que dejar de presionar el tema. Se irritaba con más facilidad y, en vez de permitir que mis sentimientos salieran heridos, hice algo 
completamente diferente.

Comencé a trabajar de niñera de nuevo.

La verdad es que no estoy segura de por qué lo hice. Tal vez no ser capaz de ver a Edward me hizo sentir sola. Tal vez sólo necesitaba demostrarme a mí misma que otras cosas podían interesarme, aparte de él. Mi madre me había comentado unas cuantas veces que quizá debería pasar más tiempo con mis otros amigos o encontrar un pasatiempo. En su lugar, elegí trabajar. Probablemente fue estúpido, pero no había cuidado a los gemelos con tanta frecuencia desde que comenzamos a salir, y era dinero fácil después de clases. 

Me dio tiempo para aclarar mi mente cuando me ponía ansiosa respecto anuestra relación. Sabía que podría verlo cada mañana. Simplemente teníamos que esperar nuestro momento hasta entonces. Estar ocupada ayudaba a que el tiempo pasara más rápido. Las llamadas de mis amigos funcionaban, pero salir con una pareja sólo me ocasionaba extrañarlo más. 

Se había hecho amigo de unos cuantos practicantes y hablaba de ellos de vez en cuando, pero nunca llegamos a conocernos, ya que estaba demasiado ocupado. 

La socialización adicional añadió más estrés a su ya repleto horario de artes y escuela, además de sus clases interpersonales y yo. Pero notaba algunos cambios buenos en él, por lo que valía la pena.

Comenzó a observar a las personas más de cerca, y podía asegurar que él intentaba usar ciertos gestos o frases que probablemente los otros practicantesutilizaban. Y aunque yo había sido el catalizador en su travesía para que fuera más social, al menos de acuerdo a su madre, la pasantía fue lo que realmente lo sacó de su cascarón. Tal vez fue porque los demás practicantes eran chicos, también. O tal vez fue por el hecho que hablaba de artes todo el día: lo comía, respiraba y vivía.

Fuera lo que fuese, me alegraba. Sin importar lo mucho que le extrañaba. 

Esto era lo que quise desde el primer día.

Aún nos enviábamos correos cuando podíamos. Todavía nos veíamos todo el tiempo posible. Pero la extrema diferencia del momento inicial en que habíamos estado juntos, aparentemente pegados a la cadera, a los momentos esporádicos que teníamos en ese momento, fue una transición difícil.

Para mí.

Si le era difícil estar lejos de mí, no lo habría sabido. Cayó en su rutina y sin más siguió con ella como si fuera simplemente una progresión natural.

Nuestra relación física disminuyó un poco, ya que apenas teníamos tiempo privado para nosotros, a excepción en el auto. Hubo algunos días en los que habíamos estado conduciendo a la escuela y su mano deambulaba por mi pierna, y me debatí si saltarme o no el primer periodo sólo para tener alguna interacción con él. Desde luego no quería que la escuela llamase a sus padres porque llegaba tarde o estaba ausente, pero... maldita sea. Lo extrañaba. 

Por un tiempo, mi conciencia me ganó y me orgullecía por decidir seguir conduciendo hasta llegar a la escuela, donde nos besábamos durante unos minutos antes de dirigirnos a nuestros casilleros. Pero... no siempre fui tan fuerte. De hecho, a veces comenzaba a recogerlo unos minutos antes, sólo para darnos la opción de encontrar un camino lateral para estacionarnos.

No tenía ni idea de lo mucho que ansiaba su toque. Tan sólo escuchar su voz, sin importar sus palabras limitadas. Él se había convertido en mi todo con tanta rapidez, que no tuve tiempo de verlo suceder hasta que ya estuve perdida.

Estuve muy perdida. No tenía ni idea.

La semana antes del baile, había puesto mis ojos en todo. Me encontraba muy ocupada consiguiendo mi vestido y preparando las cosas, junto con el trabajo escolar y tratando de mantenerme al día con mis amigos y mi novio. Estoy segura de que estuve más desconectada de lo habitual, y el recorrido a la escuela con él a mi lado fue probablemente más tranquilo de lo que nos habíamos acostumbrado. 

Pero tenía muchas cosas en mi mente; no pensaba nada sobre eso.

Estábamos de camino a la escuela, pasando por uno de los pocos caminos laterales que habíamos reclamado como nuestro cuando nuestra necesidad de estar con el otro era demasiado para ignorarlo, cuando comencé una conversación.

—¿Tus amigos del museo van a ir al baile con sus novias?

La mano de Edward apretaba la mía un poco más fuerte de lo normal antes de que lo sintiera removerse en su asiento, y habló en voz alta en el auto silencioso. 

Colocando nuestras manos en mi regazo, hizo la pregunta más desgarradora que había escuchado—: Bella, ¿disfrutarías si nosotros...?

No voy a repetirlo. Pero probablemente capten el punto esencial. Es más o menos la tercera base. Está bien, es casi un jonrón.

El auto derrapó gracias a que mi pie golpeó el freno tan fuerte y de forma inesperada. Me estrellé contra el volante, golpeando con fuerza mis adoloridos senos, y lo miré al igual que Bambi observando a su madre siendo asesinada.

—¿Qué? —Estoy muy segura que esa fue mi respuesta elocuente—. Digo, ya somos bastante... físicos. —Estaba consciente de las cosas que habíamos hecho y las que no, y no debió haberme sorprendido que lo sugiriera, pero escucharlo decirlo era algo completamente diferente.

Se enderezó en el asiento y me miró por un instante. —Justin y Keith hablan mucho de sus novias y las cosas que hacen... —Luego entró en una diatriba muy fría sobre mis partes femeninas y lo que le sugirieron que les hiciera. Y también lo que les gustaba que sus novias les hicieran a ellos.

—Eh, sí. Entiendo lo que estás diciendo. —Intenté detenerlo con mi mano mientras trataba de evitar reírme, y morir al mismo tiempo. Conduje un poco, considerando mi próxima frase meticulosamente. Deteniéndome en una extensión desolada de calle rodeada de árboles, apagué el motor y me volteé en mi asiento para evaluarlo.

Definitivamente íbamos a llegar tarde esa mañana.

En verdad, nunca habíamos hablado mucho respecto a esa parte de nuestra relación; había sucedido naturalmente, pero supongo que escuchar de eso viniendo de dos personas que él consideraría "neurotípicos" lo había hecho enfocarse en eso mucho. Mucho, mucho.

—¿Es algo que te gustaría hacer?

Sus ojos observaban por la ventana a medida que pensaba. —He visto cosas antes. Aunque no estoy del todo seguro de cuál es el punto.

Así que había estado viendo videos.

¿Ves? Igual que un chico normal, después de todo.

—Supongo que es porque se siente bien. Como cuando te toco mientras nos besamos.

Sonrisa pícara. Por supuesto que sí.

—De verdad no es necesario, ¿sabes? No es algo que las personas tienen que hacer para demostrar su cariño. 

En ese momento, no sabía por qué intentaba convencerlo de lo contrario.

Tal vez, en el fondo lo sabía.

—¿Edward?

Me observó con aquellos ojos, y sus labios se veían tan suaves, y su rostro estaba tan confundido.

—¿Te... te gustaría hacerlo? Es decir, no tenemos que hacerlo.

Lo amaba. Quería hacerlo. Pero sólo si él quería.

Él tenía que querer hacerlo. No por otra razón, que fuera su decisión.

Su sí fue dudoso. Se veía inseguro y seré honesta, yo también lo estaba.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí.

Y entonces mi ansiedad empezó a notarse. 

¿Y si era un mal movimiento?

Yo podía ser, muy, muy, pero muy mala en eso. 

Comencé a entrar en pánico.

Se tomó unos segundos para aceptar su respuesta y después de un par de respiraciones profundas, me miró a los ojos por un segundo. Luego asintió, y estábamos en silencio mientras nos trasladábamos desde los asientos delanteros hasta los traseros. 

Estaba un poco intimidaba.

Bueno, mucho.

—Sólo dime si es demasiado o si no se siente bien, ¿de acuerdo?

Sabía que sería honesto. Ese no era el problema. El problema era que nunca antes lo había hecho.

Me tomé mi tiempo pero él estaba temblando, con sus ojos medio cerrados y los labios temblando ligeramente por debajo de sus mejillas enrojecidas. Su pecho subía y bajaba con ritmos erráticos, y me preparé para cuando me pidiera que me detuviera. Pero no lo hizo.

Después de unos minutos, me preocupé y alcé la vista de nuevo para ver su rostro fruncido con ansiedad. Así que me detuve.

—¿Debería hacer algo diferente?

Cerró sus ojos y llevó sus puños a su frente en señal de angustia. 

—Demasiado —suspiró—. No puedo... no puedo... —Y ese fue el instantedonde comenzó a molestarse. No lo había visto alterarse mucho anteriormente, a excepción de la víspera de navidad, pero este parecía más grande. Se sofocaba con las palabras acerca de cómo se sentía y cómo su cuerpo estaba reaccionando, que se sentía bien pero a la vez no, y no era igual que las otras cosas que habíamos hecho.

—Está bien —le dije, haciendo a un lado las sensaciones que experimentaba al escucharlo—. Podemos detenernos. No tenemos que hacerlo —le prometí.

La verdad era que me sentí como un fracaso.

Pero no se trataba de mí.

Comenzaba a agitarse cada vez más, sacudiendo su cabeza de un lado aotro, apretando sus ojos con fuerza y presionando sus puños en el techo del auto. 

Las palabras saliendo de su boca eran dispersas, pero pude entender que lo que expresaba era que simplemente quería hacer las mismas cosas que el resto, y que le frustraba que fuera tan difícil para nosotros.

—No es tan difícil para otras personas. —Sus ojos estaban abiertos, y mirabapor la ventana, con sus manos presionadas contra el techo mientras respiraba con dificultad.

—¿Y qué? ¿Y qué si otras personas hacen estas cosas? No me importa. —

Comencé a extender los brazos para tocar su rostro, y luché contra las lágrimas que amenazaban con aparecer. Porque él tenía lágrimas en sus ojos, también—. No me importa lo que los demás hagan. Porque ninguna de esas otras personas eres tú.

Cerró sus ojos.

—Solamente te quiero a ti, pase lo que pase, ¿vale? Sólo tú y yo. El resto no importa.

Era cierto. Con todo lo que habíamos experimentado físicamente, no podía decir que realizar esa actividad en particular sería un motivo de ruptura. Él tenía mucho más que ofrecer que eso.

Me situé en su regazo y envolví mis piernas a su alrededor, introduciendo mis brazos detrás de su cabeza y presionando mi frente contra la suya. Hubo un minuto de silencio absoluto antes de que dejara de temblar. Antes de que sus manos descansaran contra el costado de mis piernas y las presionara más fuerte contra su cuerpo. Flexioné mis muslos y apreté sus caderas, escuchando como una ráfaga de aire escapaba de sus pulmones.

Y luego, lentamente, abrió sus ojos. 

—Eso hace desaparecer el ruido.

—¿Ah, sí? ¿Cuando te aprieto así? —lo hice de nuevo.

Asintió, permitiendo a sus parpados cerrarse.

—Lo tendré en mente —susurré, besándolo firmemente en la frente.

Sus manos empezaron a vagar por mi espalda y debajo de mi camisa, y soltó un largo y lento suspiro. —Eres mi tranquilidad, Bella.

Sacudiendo mi cabeza, murmuré—: Soy la que te hizo agobiarte, en primer lugar.

Sus dedos trazaron los lados de mi cintura. —Durante el tiempo que puedo recordar, has sido la única capaz de calmarme. 

—¿Cómo es eso posible siquiera? Cuando éramos niños, casi morí cada vez que estábamos juntos. Soy un desastre. Soy un caos.

—No —susurró—. Eres mi hermosa Bella. La que mejora todo en mi mundo. 

Ese día sentí que nos veíamos el uno al otro exactamente de la misma forma.
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domingo, 27 de diciembre de 2015

¿El amor caduca?




Hola mis amores!
Hoy vengo con esta reflexión, y es que ¿el amor caduca?

En menos de un mes, tres amigas mías, han roto con sus respectivas parejas. La verdad es que eran parejas de esas que pensaba que durarían para siempre y que iría a sus respectivas bodas... grave error.

No creo que el mes de diciembre se haya convertido en el mes del "fin del amor" oficial, así lo único que me queda suponer, es que su amor, esa chispa que apareció un día se terminó por apagar... pero mi duda es otra, esa "chispa" no desaparece de un día para otro, entonces? sigues con esa persona aunque ya no la amas? eres capaz de mirar cada mañana esa persona y decirle te quiero aunque en el fondo de tu ser sabes que no es así? somos capaces de hacernos ese daño y mentirnos de esa manera?

Porque no somos desde un principio completamente sinceros con nosotros mismos, y lo que sentimos?

Desde mi punto de vista, solo alargar esa situación de "no se como terminar con esto", solo sirve para perder el tiempo y hacer perder el tiempo a esa persona que esta a nuestro lado. Estas perdiendo días, meses... incluso años al lado de alguien que si, que quieres, pero que no amas. Y en realidad podrías utilizar ese tiempo buscando al amor verdadero, porque si, él existe! Y si fuéramos sinceros con nosotros mismos, aunque al principio doliera para la otra persona, porque si, duele, y mucho, le daríamos la oportunidad para buscar también el amor verdadero, porque todos tenemos el derecho de encontrar esa persona que seriamos capaces de cualquier cosa solo para que estuviera a nuestro lado.

Vosotros que pensáis mis amores?



sábado, 26 de diciembre de 2015

Iniciativa Seamos seguidores

Hola mis dulces lectores!
Hoy les traigo esta iniciativa que me encontré por casualidad, pero fue una casualidad agradable, de esas casualidades que gustan.
La propietaria de esta iniciativa es la dueña del blog Como salir del laberinto

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La idea de esta entrada es que nos ayudemos entre bloggers.
Esto es muy facil, consiste en que ustedes sigan mi blog y comenten esta entrada con el link a su blog y yo también los sigo. 
Después, ustedes se llevan esta imagen y esta explicación a una entrada en su blog para que otros bloggers los sigan y ustedes sigan a los que les comenten. 

No tienen que enlazar nada ni nombrar a ningún otro blog. 
Si quieren pueden poner esta imagen como banner, pero sería para que otros bloggers encuentren mas fácilmente su entrada.

¡Solo es publicar y devolver!




No dudéis en uniros! Dejar un comentario en la entrada, y SEAMOS SEGUIDORES




viernes, 25 de diciembre de 2015

FELIZ NAVIDAD y anuncios




Hola mis dulces lectores!

Lo primero de todo es desearles una feliz navidad! Espero que todos vuestros deseos se os cumplan estas navidades, y da lo mismo donde os encontréis pero espero que la felicidad os acompañe este día ^^ 

Hoy no habrá publicaciones, por razones obvias, pero mañana seguimos publicando, pero con unas pequeñas variaciones... y es aquí donde viene la parte de los anuncios 

Habrá un día de publicación para cada una de las historias/fics, y aquí os dejaré el calendario, y también por alguna para del blog lo colgaré jeje

·Lunes: Sección abierta: poemas y frases (este día se publicará siempre que haya poemas para hacerlo)
·Martes: Puddle Jumping
.Miercoles: El comienzo de una nueva vida
·Jueves: Los placeres de la noche
·Viernes: OneShoot (en el caso de que haya OS será los viernes el día de publicación)

Dicho todo esto.. les vuelvo a desear una feliz navidad! Nos leemos pronto amores!

Os quiero!






jueves, 24 de diciembre de 2015

Puddle Jumping * Capítulo 12

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 12

Nos quedamos en cuartos separados esa noche. Pensé que tal vez lo mejor sería tener nuestro espacio. Pareció estar de acuerdo. Era fácil entre Edward y yo cuando se trataba de cosas como esas.

Abrir regalos con sus padres no fue ni de cerca tan incómodo como pensé que sería. Y el regalo que me dieron me hizo sonrojar y sonreír, porque sabía para qué era. Habían comprado dos entradas para el Museo de Arte en el centro de Filadelfia. Con acceso a todo o algo así. Para todo un año. Todas y cada exhibición.

Una parte de mí se hallaba emocionada.

Otra parte de mí sintió desaprobación por la señora Cullen, pues pensé que quizá se sentía aliviada al no tener que ir todo el tiempo.

Aunque estoy segura que, después de años de escuchar los mismos hechos sobre pintores, pudo haberse vuelto algo aburrido para ella.

Sin embargo, para mí no. Todo respecto a Edward era mágico y deseaba todo el tiempo posible para pasarlo con él.

Mis padres regresaron esa noche y dejé la casa de Edward sintiéndome más ligera que el aire. En cuanto llegué, nuestra pintura fue colocada en mi pared.

Debido a lo que ocurrió en el cuarto de invitados la víspera de navidad, tuve una breve idea de que tal vez necesitaba hablar con alguien sobre anticonceptivos. 

Porque, si estuvimos tan cerca de hacerlo, quién sabe si el acto en sí podría suceder si nos dejábamos llevar.

Traté de reunir el coraje para hablar con mi mamá sobre poder tomar la píldora.

Una.

Dos.

Tres veces.

Para la cuarta vez que empecé a abrir la boca para preguntarle, me puse tan nerviosa que sólo terminé abandonando el lugar y juro que escuché a papá decir algo sobre las "extrañas hormonas de adolescente".

Él no tenía ni una maldita idea.

Fui con Rosalie. Y con Angela. E incluso con Alice. Porque, a pesar de lo genial que la señora Cullen había sido con lo de las toallas pegajosas y cosas así, no estaba dispuesta a preguntarle sobre condones.

Rosalie fue predecible, queriendo conocer sobre la experiencia en sí, pero me avergonzaba contarle que no estaba preparada para el acto real, porque tocarlo me asustó. ¿Por qué nunca me contó que la piel se movía?

Al menos debió decírmelo. 

Angela fue de mucha más ayuda.

—Espera. Dijiste que él no usa guantes en sus manos por sus problemas "sensoriales", ¿verdad?

—Sí. ¿Y?

Sacudió la cabeza como si fuera igual de hueca que ellos. 

—Entonces, si no quiere usar guantes de látex, ¿qué te hace pensar que usará uno allí?

¿Por qué demonios no pensé en eso? Era mi novio. Sabía lo suficiente de su "naturaleza específica" que los condones, al igual que los guantes y globos, quizá no serían algo que él tocaría o permitir que lo tocara. Especialmente en esa muy sensible... zona.

Estaba jodida sin haber jodido. Una virgen en busca de anticonceptivos para el sexo que aún no sucedería. 

Inevitablemente, tuve que ir con Alice. Ella tenía algunas conexiones en la oficina de Planificación Familiar, y también hacía algo de trabajo voluntario en el hospital dos veces al mes. Supongo... en verdad nunca lo dijo... pero creo que robó muestras. Esencialmente había tomado el equivalente a un año de suministros del hospital, entregándomelos como si no fuera la gran cosa. Sólo tenía que recordar tomarlas todos los días.

Noté cosas extrañas el primer mes. Mi piel lucía increíble. Además, era una perra malhumorada y loca. Como si ser adolescente no fuera suficiente. Por último, mis pechos eran enormes.

No es broma. Mis madrigueras de conejo se convirtieron en el Monte Vesubio prácticamente en una noche. Tuve que comprar nuevos sujetadores, pero usé la excusa de que los viejos me molestaban. Mi mamá ni siquiera preguntó. 

Simplemente le dije que eran asquerosos, así no curiosearía.

Claro está que a Edward no parecía importarle los cambios de mi cuerpo. De hecho, se quedaba tan absorto en mis pechos que tenía que voltearlo hacia otra dirección para poder proceder con cualquier otra cosa.

Pasamos un montón de tiempo estudiando, y mi promedio subió un punto entero. También el de Rosalie. Supongo que la influencié, también. Pero creo que la asustó porque estaba acostumbraba a ser la chica bonita y fácil, pero nunca pensó en ser la chica inteligente.

Con el tiempo, comenzó a verse a sí misma como algo más que un par de pechos en tacones, y creo que salir con nuestro grupo de amigos la hizo ser un poco más exigente con los chicos con los que salía.

Bueno, eso y que una de las chicas del escuadrón de porristas se contagió de clamidia en su mejilla, debido a que se recostó del lado equivocado en una cama de bronceado y todo el mundo empezó rumores sobre Clam-ojos y Clam-rosto. Así que, ¿quién sabía cuánta distancia nos separaba y si terminarías contagiándote de algún modo, también?

* * *

Me preocupé sobre la graduación. Ya que Edward se encontraba mucho más aclimatado para entonces, y tener que empezar algo nuevo podría serle más difícil que para la mayoría. Faltaban solo unos meses para que él cumpliera dieciochoaños, y ya comenzaba a mezclarse más al mismo tiempo que aún destacaba por ser guapo y más inteligente que la mayoría de nuestros compañeros de clase, gracias a 
sus tutores y su enfoque.

Me di cuenta que, dado que Edward no siempre podía entender mis actitudes a través del lenguaje corporal o ciertas frases, mucho menos los suspiros y jadeos molestos, podía entender más o menos en qué tipo de estado de ánimo me encontraba prestando atención a la música que escuchaba. Era otra forma en que podíamos comunicarnos sin conversarlas, porque, bueno, somos adolescentes y terribles comunicadores para empezar, lo que sólo significaba ser otro obstáculo a superar.

De camino a la escuela, pondría ciertas canciones y él percibiría de qué humor me encontraba: bueno o malhumorada. Los buenos eran siempre por él, así que nunca tuvo que preocuparse por eso; pero siempre estaba un poquito inseguro en cuanto a qué decir o hacer si me encontraba molesta por algo. La escuela. Mis padres. Tareas. Una pequeña discusión con Rosalie. Lo encontraba extraño, como 
si todo lo que me irritara o enfadara fuera innecesario. A veces ayudaba a poner las cosas en perspectiva. A veces hacían que mi cabeza doliera. A veces me exasperaba sobre todo.

Y luego hablaba con mis otras amigas y notaba que la mayoría de los chicoseran así. Ninguno de ellos realmente entiende por qué las chicas se molestan por un mezquino y estúpido drama, así que me hizo sentir que tal vez nuestra relación era igual de normal que las otras.

Eso fue hasta ese horrible día de febrero.

Sabes a cuál me refiero.

A ese.

Lo detesto.

Creo que el día de San Valentín es cuando mi cinismo comenzó a asomar su fea cabecita.

Día-V. Día del Corazón. Día del Amor. Día de San Valentín.

¿Esas palabras no te dejan con las ganas de matar a alguien? Como si no fuera bastante malo, la mascota de ese día es un bebé con alas usando pañales y un arma... prácticamente, es un día en donde todo el universo está obligado a comprar regalos rosas y rojos en la tienda más barata, y proclamar su amor por todos... en todas partes. Por lo que esa mañana puse un rock angustioso para chicas cuando 
fui a recoger a Edward, ya que simplemente sabía que la escuela sería una explosión de flores y dulces, y yo sería la Gretchen Wieners de San Valentín, sentada en clase, mientras que a Glen Coco le entregan galletas de azúcar y claveles, y a mi nada.

Mi exnovio no hizo un gran alboroto el año pasado, pero intercambiamos tarjetas. Esta vez simplemente no era lo mismo, pues de verdad estaba enamorada de Edward.

No soy la típica chica que se enamora, y se emociona con cosas de chicas y quiere flores o declaraciones de amor públicas. Pero... tal vez con Edward las quería.

Porque pensé que no podía tenerlas.

Me estaba preparando para eso.

Imagina lo sorprendida y culpable que me sentí cuando golpeé la puerta de su casa esa mañana y me saludó con un ramo de flores silvestres en mano. Rosas... azules... púrpuras... sostenidas con fuerza en su puño y casi empujándolas en mi rostro tan pronto como entré al recibidor. 

—Estas son para ti.

O sea, era obvio que la señora Cullen las compró. De todos modos, Edward lucía como si no tuviera idea de por qué me las entregaba. Galantear y cortejar era mi área, no la suya, así que no me ofendí. Al ser chicas, siempre tenemos esas ridículas expectativas de todas formas. No es de extrañar que los chicos estén tan confundidos todo el tiempo.

Esme me abrazó y deseó un feliz día de San Valentín antes de entregarme un sobre rojo que contenía reservaciones para cenar en el Taste, un restaurante súper exclusivo en el centro, que se encontraba al interior del museo. Sabía con seguridad que significaría que conseguiríamos la comida para llevar, pero la idea aún continuaba ahí. El corazón... el corazón de la señora Cullen... aún se hallaba ahí en el regalo.

Intentó con tantas fuerzas compensar lo que Edward no entendía. Al igual que yo.

Nos esforzamos y esforzarnos, hasta que nos vimos consumidas porque lo amábamos. 

—La cena es a las seis —susurró y me dio una sonrisa—. Eres bienvenida a volver aquí y ver una película si deseas. Carlisle y yo saldremos a cenar también, pero nuestras reservas no son hasta más o menos las ocho. Regresaremos tarde a casa.

Y ahí estaba. Cómo si me dijera, sin palabras, que tendríamos la casa para nosotros por un tiempo.

Pero que sin duda volvería.

La señora Cullen era la mamá más genial del planeta.

Le agradecí y tomó mis flores para que las recogiera más tarde en la noche y, de un momento a otro, me encontraba muy, muy envuelta en el espíritu del día de San Valentín.

Edward sonrió desde el asiento del copiloto y tomó mi mano como lo hacía siempre. 

—¿Estás contenta con la cena de esta noche?

—Lo estoy. 

—Y te gustaron las flores.

—Sí, me gustaron. 

Asintió y se echó hacia atrás para relajarse un poco en el asiento. 

—¿Te quedarás a dormir?

Me reí un poco y le apreté la mano. 

—No estoy segura de que tu mamá estéde acuerdo con eso. Pero definitivamente me quedaré por un rato.

—Me gustaría eso.

Mis padres estuvieron de acuerdo en que pasara la noche con Edward en navidad, pero este sería un asunto completamente distinto que no estaba dispuesta a presionar.

Rápidamente, el día de San Valentín se convertía en mi día favorito del año. 

Y estaba bastante segura de que quería por fin llegar hasta el final con él esa noche.

En el lapso de un día, todo fue decidido. Esa noche sucedería. 

Me apresuré a casa desde la escuela, deteniéndome sólo el tiempo suficiente para dejar a Edward en su casa con un rápido beso, antes de salir corriendo a mi habitación para tomar mi ropa, dejar una nota a mis padres diciéndoles que tenía planes para cenar, y luego apresurar mi trasero a lo de Rosalie para alistarme. Era un desastre sudoroso, llena de nervios y emoción, escuchándola a medias mientras me hablaba sobre todo el proceso. Me daba raras indicaciones y me decía cosas que no pude comprender, dado que no soy más una persona visual y algunas de las cosas que describía sonaban como si no fueran físicamente posibles de lograr con la gravedad trabajando en nuestra contra. 

Cuando finalizó conmigo, me veía... bueno, me veía realmente muy linda.

Rosalie me dio un abrazo, me dio una nalgada y me ordenó a que me fuera, gritando:

―¡Buena suerte!- mientras me alejaba conduciendo.

En mi cabeza, me dirigía hacia mi destino.

Pero hasta los planes meticulosamente hechos a menudo salen mal, como descubriría de primera mano más tarde.

Edward lucía asombroso, así que ese no fue el problema.

Yo usaba un vestido, por el amor de Dios. Ese no fue el problema.

Disfrutamos del paseo hasta el museo, escuchando música y tomándonos delas manos. Hacía preguntas y él las respondía. Hablamos. En mi mente, continué intentando planear exactamente cómo irían las cosas por el resto de la noche. Pero ahí fue donde quizá comenzaron a desmoronarse. Cualquier cosa que mi mentepudo haber planeado no fue en lo que Edward había estado pensando en cuantopasamos las puertas del museo.

Llegamos lo bastante temprano para iniciar nuestro recorrido por las exhibiciones, pasando a duras penas a través de una multitud más grande que la habitual. Porque, al parecer, otras personas también pensaron que observar arte en el estúpido Día de Cupido era divertido. Por supuesto, eran personas de mucha más edad. Como, al menos, treintañeros o más, bebían y conversaban, haciendo más ruido de lo normal.

No me molestó, por supuesto. Me encontraba con él. Y nada importaba cuando estábamos juntos, excepto nosotros.

Pregúntame cualquier cosa acerca de arte. Impresionismo. Surrealismo. 

Contemporáneo. Vanguardista. Estoy bastante segura de que podría contarte lo suficiente para conseguir que me pongas los ojos en blanco, y hacer que murmures que soy una snob sabelotodo. Pero prestaba atención a lo que Edward decía. Traté de ver con tanta claridad como él veía las cosas que le fascinaban. Y a veces, podía se centraba tanto que era como si me perdiera en el fondo en lugar de hallarme a su lado, pero no me importaba.

Porque con lo único que era así de apasionada... era con él.

Tú lo llamas obsesiva, yo lo llamo ser devota.

Recorrimos un ratito y discutimos sobre ciertas piezas, hasta que alguien lo reconoció. Verás, estar con un famoso artista local en un museo, no siempre consigues mantener un perfil bajo. Y con la cantidad de personas a nuestro alrededor esa noche, me sorprendió que no lo hayan abordado antes. No hizo nada para aliviar mi frustración cuando llegó la hora de nuestra reservación, y Edward aún hablaba de arte con un puñado de adultos que estaban pendientes de cada palabra suya.

Traté de interrumpir, pero no había forma correcta de hacerlo. Al final, tuve que ponerme frente a él, sintiéndome estúpida y pequeña, sin importancia e inmadura mientras le informaba que iría sola al restaurante y le esperaría. Que es precisamente lo que hice. Y mientras esperaba y esperaba y esperaba en la mesa a que llegase, comprendí que estaba cenando en San Valentín... sola.

Me dolió. Bastante. Pero no quería ser la chica que lloraba sobre su costosa pasta.

No. Yo no.

En su lugar, conté todas las cosas buenas que teníamos. Traté de imaginar lo que sería el resto de la noche. Por desgracia, después de media hora, supe que sería inútil esperar más tiempo... y la mesera dijo que necesitaba la mesa, por lo queordené su comida para llevar y me dirigí al auto sola antes de volver al museo para encontrarlo.

Yacía en el mismo exacto lugar. Ahora solo. Observando fijo una de las tres piezas de la exhibición de Van Gogh: La Noche Estrellada.

—Estaba buscándote. —Intenté no sonar molesta, y esperaba haber tenido 

Por fin, me reconoció. 

—He leído que esta fue la manera que Van Gogh retrató la esperanza. La esperanza de escapar de su infierno en el mundo; estando atrapado en su cuerpo mientras empezaba a envejecer. Un escape de su mente mientras permanecía en el asilo. Esas nubes... son representaciones de la libertad. 

El paraíso. Una cura para su enfermedad.

Levantó su dedo para señalar. 

—Las pinceladas son impecables. La mayoría de la impresión viene de los recuerdos de su infancia.

Sólo me quedé lo más quieta posible, comprendiendo el significado detrás de cada una de sus palabras.

—¿Y tú qué pintarías de tu infancia? —pregunté en un simple susurro, olvidándome de haber sido plantada en la cena, y ahora completamente fascinada por él.

Me miró con esa sonrisa. Leve. Significativa.

—A ti.
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