Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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miércoles, 20 de enero de 2016

El comienzo de una nueva vida * Capítulo 30

Summary: Bella trabaja para Edward un antiguo compañero de clase que fue muy especial y es novia de Jacob. ¿Qué sucederá?
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Este fic es completamente propiedad de Mari del blog http://sangreyhielo.com.es 
Los personajes son propiedad de la espectacular Meyer.
Tengo permiso de la autora para publicar su historia en mi humilde rincón que es este blog.
Dicho todo esto, espero que la disfruten!^^
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CAPÍTULO 30: Una nueva semana. Relatado por Bella


-¿Te gusta lo que te he preparado?

-Si te ha quedado muy rico

-Me alegra mucho

-¿Por qué te has molestado en hacer de comer? Hemos llegado temprano y podía haber cocinado yo

-Para mi no es ninguna molestia cocinar para ti mi vida, además quería darte una sorpresa

-Pues ha sido una sorpresa deliciosa.- le dije riéndome

-Y nunca mejor dicho.- me contesto riéndose el también.- anda termina de que descanses un rato

-Si creo que es buena idea.- le dije mientras seguía comiendo

Cuando termine de comer recogimos la cocina y nos dirigimos al comedor. Jasper estaba muy concentrado dibujando; Alice y Rose estaban viendo unas revistas de moda; Emmett estaba entretenido con la wifi y Carlisle y Esme no estaban.
Nosotros cogimos y nos sentamos en un sillón que había al lado del de Jasper, me acomode en el pecho de Edward y subí mis piernas al sillón, quedándome dormida cinco minutos mas tarde.

Cuando desperté habían vuelto Esme y Carlisle al comedor y estaban todos hablando muy animadamente

-Que bien ya estas despierta Bella.- me dijo Alice sonriente

-Ummm….. si, ya  me he despertado ¿de que habláis?

-Bueno mañana es sábado y estamos viendo como vamos a ir de caza

-Por mi no os preocupéis, me puedo quedar sola

-No te vas a quedar sola porque mientras que ellos se van  de caza nosotras te vamos a preparar la despedida de soltera ¿si te parece bien?.- me dijo Alice mirando a Esme y a Rose

-Bueno… no me parece mal, pero te aviso que no quiero nada exuberante.- me dijo resignada

-Tranquila Bella no te vamos a preparar nada raro.- me dijo Esme mirándome tiernamente

-Pero si vais a estar conmigo mañana preparando la despedida y el domingo en ella en si ¿Cuándo vais a cazar vosotras?

 -Por eso no te preocupes nosotras vamos a ir esta noche o mañana cuando ellos vengan según veamos.- me dijo Rose

-Ah, vale, ya veo que mientras yo dormía habéis pensado en todo.

-Pues si, ya sabes como somos, nos fusta tener las cosas planeadas.- me dijo Carlisle

-Si lo se.- le dije antes de comenzar a hablar de cómo iba todo lo relacionado con la boda, el viaje de novios y la vuelta a casa

La tarde nos paso volando y cuando nos dimos cuenta era la hora de que yo cenara
Pero no tenia muchas ganas de cenar, así que me prepare con la ayuda de Edward una macedonia de fruta con zumo de naranja y me la comí bajo su atenta mirada.

Cuando termine de cenar recogimos la cocina y nos dirigimos al comedor, pero ya se hablan ido todos a sus dormitorios, así que nosotros también nos fuimos al nuestro

Nos pusimos los pijamas y nos tumbamos en la cama

-Bella, cariño ¿estas ilusionada con la boda?

-Si, claro que estoy ilusionada ¿y tu?

-Yo estoy feliz porque aceptaras casarte conmigo

-Me alegra hacerte feliz por ello, aunque reconozco que estoy un poco nerviosa

-Tranquila, todo esta listo

-Si, se que todo esta listo, pero los nervios son porque ya queda poco para la boda y pronto pasare a ser ante todos Isabella Cullen y seré como tu para poder estar toda la eternidad juntos amándonos y compartiendo una vida

-¿Estas segura que quieres ser como yo?

-Si, quiero estar contigo para siempre. He estado demasiado tiempo esperándote

-Yo también he estado esperándote demasiado tiempo, pero ha valido la pena la espera.

-Claro que ha valido la pena.- le dije acurrucándome en su pecho

-Buenas noches mi vida

-Buenas noches cariño.- fue lo ultimo que le dije antes de dormirme sintiendo la mano de Edward acariciando mi espalda




martes, 19 de enero de 2016

Puddle Jumping * Capítulo 16

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 16


Entonces lo supe. Todo se había terminado. No habría manera de estar con Edward si, en realidad, no estábamos juntos. La realidad de lo mucho que nuestra relación dependía del contacto físico y constante cercanía me cayó encima como una tonelada de ladrillos conforme tropezaba entre el camino de entrada y la acera. 

Teníamos planes de ir a la escuela cerca el uno del otro, así no sería un problema. 

Habíamos hecho planes. 

Necesitaba tiempo para pensar. Para aclarar mi mente. Pude escuchar las voces de nuestras respectivas madres llamándome. Pude oír la voz de mi papá por encima de ellas. Sabía que el sonido de los pasos persiguiéndome, eran de Rosalie.

Pero no eran de la persona que quería que me siguiera por la calle.

Quería a Edward.

Y a partir de ese momento, ya no era mío. En tan sólo unas pocas semanas, él estaría en otro país. Avanzando, haciendo lo que quería hacer más que cualquier otra cosa en su vida.

Tal vez nuestra relación le había dado esa confianza. Iría becado y pintaría en Inglaterra. Viviría la increíble vida que sus padres siempre soñaron para él. Iba a estar bien con ese cambio en su rutina, porque involucraba su pasión. Su primer amor.

Y yo sería nadie.

Sólo una chica con la mitad de su corazón ausente.

En algún nivel, fue egoísta por mi parte haberme ido. Pero no pude ver mis acciones más allá de mis lágrimas. Caminé hasta que Rosalie se detuvo en su auto, y exigió que me metiera así podría llevarme a casa. Empaqué unas cosas, les dejé una nota a mis padres y me fui a quedar con ella el resto del fin de semana.

Rosalie enfureció. Odiaba a Esme. Debió haberme dicho en privado, así yo podía responder adecuadamente. Fue culpa de su madre. Pero yo era más sensata. 

Claro, ella podía verme como una chica en una relación, pero cuando se trataba de ese asunto, era una madre orgullosa. Y no tenía la certeza de si hubiera respondido de otra manera si me lo hubiera dicho en privado.

Aunque la punzada de mi realidad no tardó en salir.

Terminé enviándole un correo a Edward, felicitándolo por su oportunidad. 

No había manera de que me atreviera a hablar con él. Me era muy doloroso pensar que pudo haber tenido un indicio de que algo andaba mal, pero no realmente... y las conversaciones resultantes serían conmigo mintiendo todo el tiempo, para dejar que no se preocupe respecto su futuro sin mí. Fui lo bastante egoísta como para no responderle su correo, puesto que no podía soportar ver lo que diría. 

Mis padres intentaron hablar conmigo pero, por una vez, les pedí que me dejaran sola. Y supongo que no estaban acostumbrados a ello, así que hicieron lo que les pedí. Hubo un montón de llamadas que involucraron a mi madre gritando al otro extremo del teléfono. Tuve que asumir que era Esme a quien le hablaba con tanta dureza. Pero no pudo importarme menos. 

No había entrado en una relación con Edward para volverme dependiente. 

No había pensado que al integrarme tan profundo en su vida, habría hecho que mi existencia girara a su alrededor. 

Supongo que así es el primer amor. 

Todo el mundo se encontraba preocupado. Pero yo no. No me importaba. Si pudiera haberme desvanecido en las paredes, lo habría hecho.

Un par de semanas antes de mi cumpleaños, mi mamá me obligó a visitar a nuestra doctora de cabecera. No discutí, pese a que sabía que no estaba mal físicamente. Estaba a punto de cumplir diecinueve años, y en vez de celebrarlo con mi novio, tenía un abata lenguas en mi boca. Mi doctora es sensacional y terminó sentándose a mi lado, preguntándome qué es lo que pasaba. Y cuando describí lo que ocurrió, tan detalladamente cómo fue posible, se mostró simpática. 

No lo bastante simpática como para darme antidepresivos o algo...

Cuando llegué a casa y vi el coche de Esme Cullen estacionado, hizo que mis entrañas cayeran en picada, directo hacia el piso.

Es curioso cómo muchos escenarios pasaron por mi mente. Uno en el que entraba a casa, y le exigía que hiciera que Edward se quedara. Otro donde tan solo conducía, conducía y conducía hasta que me quedaba sin combustible y tenía que encontrar un trabajo de mesera en alguna parte, como un personaje de un libro de Nicholas Sparks. Uno en el que arremetía mi coche a través de la puerta principal y apuntaba directo a sus rodillas.

Supongo que le tenía alguna agresión reprimida, que no me había permitido reconocer hasta ese momento.

Pero parecía tan buen momento como cualquier otro para por fin sacarlo de mi pecho. Con más valor del que pensaba que poseía, abrí la puerta de mi casa y lo que vi en la sala de estar me impresionó hasta la médula.

Esme... cara a cara con mis padres... sosteniendo un regalo envuelto, que era casi tan alto como ella.

Solamente había una cosa que pudo haber sido. A juzgar por las lágrimas en su rostro y las expresiones de mis padres, sabía que Edward había pintado algo para regalármelo. 

Y supe que no lo estaba pasando muy bien. En lo más mínimo. 

—¿Qué está pasando? —pregunté, repentinamente no sólo herida por mí, sino por el chico que envió el regalo.

—Edward quería que trajera tu regalo de cumpleaños. Ya que se lo perderá. 

Mi mirada apenas encontró los suya mientras observaba el papel festivo. 

—¿Por qué no lo trajo él?

—Él no podía... —Su voz se quebró y sin más lo supe... Él lo entendía. 

Comprendía. El contacto limitado conmigo lo exasperaba de igual manera.

Quise gritarle. Quise decirle que toda la angustia pudo haberse evitado si tan sólo las cosas hubieran sido de manera diferente. Pero era tan culpable como ella, porque permití que mis propios sentimientos de autocompasión ignoraran lo que sabía que Edward necesitaba de mí. Él necesitaba que lo apoyara. Necesitaba que lo felicitara y... sólo... mierda, ¿sabes?

Asentí y di un paso hacia delante, observando cómo mis padres se movieron protectoramente cuando lo hice.

—¿Les importa si hablo con Bella a solas? —Esme rompía mi corazón al sonar tan sincera. Pero sabía que lo que necesitábamos hablar no deberían escuchar mis padres. Les hice saber que no había problema alguno, y me acomodé en el sofá opuesto, enfrentándola mientras tomaba asiento, casi desinflándose ante mis ojos.

—¿Acaso no te importo? —Salió tan rápido, que no pude detenerlo.

Sus ojos se agrandaron y sacudió la cabeza. —No. Dios, no. No puedo creer que pensarás eso...

—Entonces, ¿por qué Edward no me dijo que se iba? ¿O tú, si vamos al caso?

Esme contuvo la respiración por un momento antes de hablar. 

—En retrospectiva, eso es exactamente lo que debió haber sucedido. No sabíamos que la beca siquiera existía porque... no era hasta que comenzó allí. Ellos la elaboraron específicamente para él y, para no dar falsas esperanzas y que se la quitaran de no dar resultado, no lo mencionaron hasta que fue definitivo. Está claro que me hubiera gustado saberlo antes, pero no puedo retroceder el tiempo y 
hacer todas de nuevo. Le pregunté si iba a contártelo primero. Bella, estaba tan orgulloso. Quería que fuera un anuncio. Quería que estuvieras allí con todos los demás. Y sabes que una vez que fija su mente en algo, se necesita una barreta para hacerle cambiar de opinión. —Frunció su ceño—. Cuando volviste a nuestras vidas en la feria artesanal, me preocupó que le molestara. Pero después de unos pocos minutos contigo, él estaba más tranquilo. Parecía así, al menos.

—No me viste allí. —Me era difícil creer lo que decía.

Se echó a reír. 

—Soy mamá. Lo veo todo.

Eso era inquietante.

—Te dije que creí que se había olvidado de ti, a pesar de que sabía que sería prácticamente imposible para él. A partir de entonces, hablaba de ti. Te dibujó. Te pintó. Tengo el ático lleno de retratos tuyos... —abrió sus ojos con pánico—. No quería molestarte, así que nunca los bajé. Pero tú eras como el único punto de luz en el túnel que él podía ver con tanta claridad. Supongo que lo que intento decir es que siempre has estado en su vida. Soy lo bastante superficial para haber pensado que siempre estarías. Incluso después del mérito de separación de un año. —Hubo una sonrisita de derrota—. Han estado separados más tiempo que esto. Te vas a la universidad. Nunca se me ocurrió que la distancia sería un problema.

Entonces la vi. A la auténtica. Ella era simplemente un humano. Defectuosa. 

Esme Cullen no era una Súper Mamá. Trataba con tantas fuerzas al igual que todos en el mundo. La había puesto en un pedestal de tal manera, que le era difícil a mi cerebro aceptar la verdad.

Buscar las palabras no fue fácil. Me tomó unos minutos conseguir una línea constante de pensamientos antes de que pudiera hablar. 

—¿Ha estado perdiendo los estribos? —asintió—. Rompiendo cosas. ¿Todo eso? —Otro asentimiento—. Lo amo, ya lo sabes. Y no como un amor adolescente o algo por el estilo. Sé lo que se siente estar con alguien, porque es fácil. —Dejé que esa frase se asentara por un momento—. Estar con Edward no es fácil. Es difícil. Requiere trabajo. Pero si pienso en mi vida antes de él, y mi vida con él... la lucha y el trabajo, vale completamente la pena. 

Entonces, comenzó a llorar. Como, realmente, pero realmente llorar. Pero no podía consolarla.

—Te prometo que el amor no es fácil para nadie. En ninguna parte. 

—Tienes razón. Pero si tuviera que elegir entre tener lo que la gente tonta se refiere a una vida normal y tener una vida con Edward, elegiría a tu hijo cada vez. 

—Sin una palabra más, me levanté y llevé la pintura a mis pies, desenvolviéndola con cuidado y dejé que el papel cayera—. Hubiera abordado el avión con él, de haber tenido la oportunidad. Pasar mi primer año universitario viajando y estando allí. Lo habría hecho. Si me hubieran dado la oportunidad.

Su silencio sólo era interrumpido por pequeños sollozos.

Pero apenas los escuché.

Porque contemplaba la pintura de Edward. Y él me miraba a mí. Su cuerpo situado en una forma que trasmitía tristeza. Su rostro solemne.

Allí, rodeando cada esquina, los colores sobreponían sus pinceladas que llevaban las palabras Te Amo una y otra y otra vez... creando la tónica general con su corazón roto. Y el mío.

—¿Está en casa? —le pregunté mientras me ponía en marcha, tropezando con mis cordones en mi apuro. 

—Sí.

Me debía tiempo con él antes de que se fuera. Y lo sabía. La observé buscar las llaves en el bolsillo, pero para el momento que las sacó para mí, yo ya estaba en la puerta.

No las necesitaba.

Tenía mi propia manera de entrar.
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sábado, 16 de enero de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 7

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 7

–¡Ah, no! –exclamó Amanda, poniéndose de puntillas para quedar nariz con nariz frente a Kyrian.

Arqueó una ceja y lo desafió con la mirada a que negara sus palabras. Cuando habló, hizo hincapié en cada palabra–. Estás muy equivocado. Quiero volver a mi vida anterior. Quiero una vida aburrida y quiero que sea larga.

A Kyrian le hizo gracia el énfasis que dio a la última palabra. Estaba espectacular cuando se enfada-
ba y él no podía evitar preguntarse cuánto tiempo podría mantenerla con ese rubor en las mejillas y
echando fuego por esos increíbles ojos azules.

Mejor aún... mientras sus pechos subían y bajaban debido a la respiración agitada, se le ocurrieron
unas cuantas cosas más que podrían causarle aún más dificultades para respirar.

Quería dejarla sin aliento. Quería comprobar la fuerza de su pasión.

Le dolían los labios por el deseo de besarla y las manos por el ansia de acariciar su cuerpo hasta ha-
cerla gritar de placer.

¡Por los todos los dioses! Esa mujer era la mayor tentación que había sentido jamás. Y menuda pa-
radoja, porque hubo una época en la que adoraba las tentaciones más allá de lo racional. A lo largo de los siglos, había olvidado ese pequeño defecto de su carácter pero, desde que despertara con ella al la-
do, había ido recordando, dolorosamente, al hombre que una vez fue. Podía sentir cómo Amanda iba
derribando, poco a poco, cada una de las barreras que él había construido durante los años, poniendo
fin al entumecimiento en el que se refugiaba. Había conseguido mantenerse alejado de sus propios sentimientos durante siglos y, aunque había conocido a muchos mortales por los que había sentido cierto cariño, ninguno de ellos había conseguido afectarlo como ella.

Era algo muy extraño. ¿Por qué Amanda? ¿Y por qué ahora? Ahora que necesitaba de toda su luci-
dez para enfrentarse a Desiderius.

Las Parcas estaban jugando de nuevo con él y eso no le gustaba en absoluto.

Sentía cómo la sangre corría con fuerza por sus venas mientras contemplaba los labios húmedos y
llenos de Amanda. Casi podía saborearlos. Sentirlos. Que los dioses se apiadasen de él, porque la deseaba con desesperación.

Sólo ella era capaz de despertar a la bestia hambrienta que moraba en su interior. Esa parte de él
que quería rugir y devorar todo su cuerpo, centímetro a centímetro, durante toda la noche. Pero ella era humana y él no tenía nada que ofrecerle. Su alma y su lealtad pertenecían a Artemisa. Además, Amanda tenía todo el derecho a soñar con una vida normal; con una familia y un hogar al lado de un hombre común y corriente.

Después de haber visto cómo sus propios sueños habían sido destrozados de un modo cruel y ven-
gativo, se negaba a que Amanda pasara por el mismo trance. Ella se merecía tener una vida larga, di-
chosa y aburrida. Todo el mundo merecía la oportunidad de cumplir sus deseos.

Se tragó el nudo que le obstruía la garganta, dolorido aún por el deseo insatisfecho y supo, en ese
mismo instante, que tenía que alejarla de sus pensamientos.

Jamás podría ser suya.

Su destino era regresar junto a una familia que la amaba y encontrar un hombre que la ayudara a...

No pudo acabar. Le dolía tan sólo de pensarlo.

–Por tu bien –le susurró, luchando contra el impulso de acariciarle el pelo– espero que sea verdad,
pero me temo que con los poderes que mantienes ocultos y la caza de vampiros que está llevando a cabo Tabitha, no va a ser posible que regreses a tu aburrida vida durante los próximos días.

Amanda apartó la mirada.

–No tengo poderes –dijo con voz afilada, pero sin la convicción de antes.

Kyrian alargó la mano y con un dedo le alzó la barbilla; quería ayudarla a aliviar la preocupación que
veía en su rostro. Amanda tenía miedo y él no entendía la causa. ¿Por qué no era capaz de reconocer
los dones con los que había nacido?

–Puede que no quieras utilizarlos, Amanda, pero están ahí. Tienes premoniciones y eres telépata,
empática y además puedes proyectarte fuera de tu cuerpo. Tus poderes son muy parecidos a los de tu
hermana pero mucho más fuertes.

El brillo intenso del color zafiro volvió a sus ojos.

–Estás mintiéndome.

La acusación lo sorprendió.

–¿Por qué iba a hacerlo?

Ella se aclaró la garganta.

–No lo sé. Sólo sé que no tengo poderes.

–¿Por qué tienes tanto miedo de ellos?

–Porque...

Él ladeó la cabeza cuando la voz de Amanda se desvaneció y dejó la frase sin acabar.

–¿Por qué? –la instó.

Ella alzó la mirada y el dolor que se reflejó en sus ojos lo dejó sin aliento.

–Cuando tenía quince años –comenzó casi en un susurro– tuve un sueño. –Parpadeó para apartar las
lágrimas mientras se agarraba a la encimera que estaba justo a su lado–. En aquella época solía tener
muchos. Y siempre se hacían realidad. En éste del que te hablo, mi mejor amiga moría en un accidente de coche. La vi. Sentí su miedo y escuché los últimos pensamientos que cruzaron por su mente antes de morir.

Kyrian apretó la mandíbula al percibir el dolor que transmitía su voz. Alargó el brazo y la tomó de la
mano. Estaba helada y temblaba.

–Cuando la vi en el instituto hice todo lo que estuvo en mis manos para que no se fuese ese día a
casa con Bobby Thibideaux. Incluso le conté lo del sueño. –Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas–. No me escuchó. Me dijo que era una imbécil y que lo que me ocurría era que tenía celos porque

Bobby estaba con ella y no conmigo. –Sacudió la cabeza mientras recordaba lo sucedido aquel día–. No estaba celosa, Hunter; lo único que quería era evitar su muerte.

Kyrian le acarició los dedos, intentando que entrara en calor.

–Lo sé, Amanda.

–Se metió en el coche gritándome que la dejara en paz. Todo el instituto me estaba mirando, pero
me daba igual. Tabitha me apartó para que pudieran marcharse y la gente empezó a reírse. –Se hume-
deció los labios resecos–. No se rieron a la mañana siguiente, cuando se enteraron de que los dos ha-
bían muerto camino de casa. Empezaron a llamarme monstruo. Durante los tres años siguientes nadie
quiso acercarse a mí. Para ellos yo era esa chica rara que veía cosas.

La ira brilló en los ojos de Amanda cuando lo miró.

–Dime, ¿qué hay de bueno en esos poderes cuando hacen que la gente se asuste de mí? ¿Por qué
veo cosas si no las puedo cambiar? ¿Qué tiene eso de bueno?

Kyrian no supo qué contestarle. Percibía el torbellino de sus emociones y su angustia.

–¿No lo entiendes? –prosiguió ella–. No quiero conocer el futuro si no puedo detenerlo. Quiero ser
normal –insistió con la voz rota al pronunciar la última palabra–. No quiero ser como Talon ni como mi abuela y tener a los muertos hablándome a todas horas. No quiero saber lo que estás sintiendo. Sólo quiero vivir mi vida como el resto de la gente ¿Nunca has deseado eso mismo?

Cerrando los ojos ante la absurda agonía que le atenazaba el corazón, Kyrian dejó de acariciar la
suave piel de Amanda y se alejó de ella.

–Qué más da lo que yo desee.

Ella se sorprendió cuando lo miró a los ojos. Lo había herido de algún modo.

–Lo siento, Hunter. No pretendía...

–No pasa nada –le contestó lentamente. Se acercó a una silla y Amanda observó la fuerza con que
se agarraba al respaldo. Aunque luchaba por ocultar su dolor, Amanda lo distinguía con claridad.

–Tienes razón –le dijo por fin–. Hay ocasiones en las que echo de menos la sensación del sol en la
cara. He aprendido que lo mejor que puedo hacer es no torturarme con esos recuerdos. –La miró con tal pasión que su cuerpo se incendió–. Pero los que tenemos dones especiales no podemos ser normales.

Amanda no quería oír esas palabras. Su corazón no podía resistirlo.

–Quizás tú no puedas serlo. Pero yo sí. No permitiré que esos poderes regresen. Están muertos para
mí.

Kyrian soltó una risa amarga.

–Y tú me llamas testarudo.

–Hunter, por favor –le rogó ella, odiándose por el dolor que oía en su propia voz–. Lo único que de-
seo es volver hacia atrás, despertarme por la mañana y descubrir que todo ha sido una pesadilla.

En ese momento sintió algo que la asustó. Un pequeño estremecimiento provocado por los poderes
que él había mencionado. La sensación la recorrió de arriba abajo mientras escuchaba los pensamientos de Hunter.

Quieres decir que desearías no haberme conocido jamás.

Amanda se acercó a él.

–Hunter...

Él eludió su contacto y se acercó a la encimera, donde había dejado el teléfono. Lo cogió y se lo
ofreció.

–Llama a Tabitha y dile que se quede con tu madre hasta el viernes. Puede entrar y salir durante el
día, pero una vez el sol se ponga, es esencial que permanezca en casa.

–No le va a gustar nada.

Una furia intensa hizo brillar esos ojos negros.

–Entonces que tu madre la ate. No estamos hablando de vampiros normales. Estos Daimons han
desatado algún tipo de poder extremadamente peligroso y, hasta que Talon y yo descubramos de qué
se trata, necesita ocultarse.

–Vale, haré lo que pueda.

Él asintió.

–Mientras hablas con ella voy a cambiarme de ropa.

Amanda lo observó, apesadumbrada, mientras salía de la cocina. No quería separarse de él, ni si-
quiera el breve lapso de tiempo necesario para cambiarse. Sentía un peculiar impulso de seguirlo y ayudarlo a quitarse la ropa... en lugar de hacerlo, marcó el número del móvil de Tabitha.

–¡Gracias a Dios que estás bien! –le dijo su hermana con voz llorosa–. La policía acaba de contarme
lo de los incendios y sé que a esa hora sueles estar en casa.

Los ojos de Amanda volvieron a llenarse de lágrimas, pero se sobrepuso. Llorar no iba a solucionar

nada. Las casas habían desaparecido y todas las lágrimas del mundo no iban a traerlas de vuelta. Ahora necesitaba concentrarse para que todos consiguieran sobrevivir a la ira de Desiderius.

–¿Cómo está Allison? –le preguntó en un intento de sofocar el miedo.

–Está bien. Su madre ya está en el hospital con ella. Yo voy de camino para verla. Nadie sabe qué
ocurrió con Terminator.

–Está conmigo.

Tabitha suspiró, aliviada.

–Gracias, hermanita. Te debo una. ¿Dónde estas?

Ésa era la pregunta que Amanda tenía miedo de responder. A su hermana le iba a dar un ataque
cuando se enterara.

–Mejor no te lo digo –contestó de forma evasiva.

Silencio. Tabitha permaneció callada durante unos minutos. Hasta Amanda sólo llegaba el ruido del
tráfico desde el otro lado de la línea. ¡Estaba intentando leerle la mente!

Joder.

Tabitha dijo la misma palabra en el instante que Amanda lo pensó.

–Estás otra vez con el vampiro, ¿verdad?

Amanda hizo una mueca. ¿Cómo le decía una a su hermana –una cazadora de vampiros– que había
perdido la cabeza por uno de ellos y que pensaba pasar la noche en su casa? No había modo de suavi-
zarlo. Suspirando, intentó buscar una explicación.

–No es un vampiro... exactamente. Se parece a ti.

–¡Vaya, vaya! –exclamó Tabitha–. ¿En qué sentido? ¿Tiene tetas? ¿Tiene novio? ¿O le gusta matar
cosas porque sí?

Amanda apretó los dientes.

–Tabitha Lane Devereaux, deja de hacer el gilipollas. Sé que no te gusta matar cosas y no quiero ju-
gar a Verdad, beso o atrevimiento contigo. El tío que me atacó en tu casa es aterrador y no creas que
se parece a esos tipos con los que soléis jugar. Esto es diferente. Hunter quiere que te quedes en casa y yo estoy de acuerdo con él.

–¿Hunter? ¿Es el mismo demonio chupasangre que me amenazó con matarte?

–No lo decía en serio.

–¿Ah, no? ¿Apostarías tu vida?

–Apuesto la tuya y la mía.

–Estás como una puta cabra, ¿lo sabes?

–Esa boca, señorita. Al contrario que tú, sé lo que estoy haciendo. Confío en Hunter. Y el tal Deside-
rius es un demonio. Es tan malo como Hannibal Lecter.

Amanda podía ver a su hermana poniendo los ojos en blanco mientras bufaba de indignación.

–Ninguno de los dos me da miedo.

–Quizás te vendría bien que alguien te asustara un poco. Yo estoy aterrorizada.

–¿Y entonces por qué no vienes a casa donde podemos protegerte?

Porque quiero quedarme con Hunter.

No supo muy bien de dónde había salido esa idea. Pero tampoco iba a negarlo. Con él se sentía se-
gura y protegida. Ya se había ofrecido a llevarla a cualquier otro sitio. Y sabía que, si se lo pedía, la dejaría marchar, pero...

No quería hacerlo.

No obstante, no se atrevía a decírselo a Tabitha. Las cosas ya estaban bastante tensas entre ellas,
así que le ofreció la única excusa que le vino a la cabeza.

–No puedo ir a casa. No mientras esta criatura vaya detrás de mí.

Tabitha volvió a maldecir.

–¿Cómo sabes que el tal Hunter no te mantiene a su lado con algún tipo de control mental?

Amanda se rió al recordar lo que Hunter le dijo en la fábrica.

–Porque, al igual que tú, soy demasiado obstinada para que funcione. Además, es amigo de Julian

Alexander. Confías en Julian y Grace, ¿no es cierto?

–Sí, claro, cómo no.

–Entonces confía en su amigo.

–Vale –concedió Tabitha de mala gana–. Pero mi confianza pende de un hilo. No quiero que te pase

nada.

–Lo mismo digo. Hunter dice que estarás a salvo mientras haya luz, pero debes asegurarte de estar
en casa de mamá al atardecer y quedarte allí. De hecho, no creo que debas ir al hospital. Tendrías que ir directamente a casa de mamá ya.

–Allison es mi mejor amiga, tengo que ir a verla.

–¿Y si los llevas hasta ella? Por lo que sabemos también te vigilan a ti.

Tabitha gruñó.

–No me gusta esto. No me gusta nada, pero bueno. Tienes razón. No quiero conducirlos hasta Alli-
son. Mamá puede hacerse cargo de cualquier cosa. Daré la vuelta en la siguiente calle y me iré a pasar la noche a su casa. Llámame si necesitas algo.

–Lo haré.

Amanda colgó el teléfono y cogió el plato de la encimera, donde Hunter lo había dejado. Lo llevó
hasta la mesita situada delante del enorme ventanal y echó un vistazo al hermoso patio de estilo antiguo que se abría en la parte trasera de la casa. No le faltaba ningún detalle: el enrejado para los rosales trepadores, las estatuas griegas y los setos podados de forma artística. Unos antiguos candiles inundaban el lugar con una luz espectral que hacía bailar las sombras sobre las paredes de estuco blanco.

Estuvo sentada unos minutos a solas hasta que Hunter regresó. Se había puesto una camiseta negra
de manga larga que le marcaba los anchos hombros. Como llevaba las mangas alzadas, Amanda pudo echar un vistazo al feo corte que tenía en el antebrazo.

–¿Eso es un mordisco del Daimon o un corte?

Hunter miró la herida mientras se sentaba en frente de ella.

–Un mordisco.

Amanda se quedó helada.

–Tienes que curártelo, ¿no?

–No. Para mañana por la noche habrá sanado por completo.

–Sí, pero ¿no se supone que así te conviertes en vampiro, con un mordisco?

A Kyrian le hizo gracia y se rió a carcajadas.

–Técnicamente, ya soy un vampiro. Y, con respecto a la transformación, es imposible a menos que
seas un apolita.

–Entonces, ¿no pueden convertir a los humanos mediante un mordisco?

–Eso es un cuento de niños.

Amanda reflexionó unos instantes.

–¿Y de dónde provienen todas estas nociones infundadas acerca de los vampiros?

Kyrian dio un sorbo a la bebida y tragó la comida antes de responderle.

–Mayormente, de gente asustada. Desde el día en que la Atlántida desapareció bajo las aguas del
océano, los apolitas y los Daimons han sido perseguidos. Hubo una época en la que todas las ciudadesestado de Grecia conocían y reverenciaban a los Cazadores Oscuros. Pero, según pasó el tiempo, nos hicimos cada vez más solitarios y nos olvidaron; nos convertimos en los protagonistas de mitos y leyendas. A Acheron y al resto les pareció mejor así. Ash incluso llegó al extremo de localizar y reunir todos los escritos de la Antigüedad en los que se hacía mención de nuestro nombre, para ocultarlos.

–¿Acheron? –preguntó ella mientras cortaba un trozo de pollo–. Es la segunda vez que lo mencionas.

¿Quién es?

–El primer Cazador Oscuro elegido por Artemisa.

–¿Y aún está vivo?

–Claro. Creo que esta semana está en California.

Amanda lo miró y alzó una ceja. Hunter sonrió.

–Cambia de residencia cada pocos días.

–¿Cómo? ¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

–Supongo que cuando se tienen once mil años todo acaba por aburrirte. Y con respecto al cómo, tie-
ne un helicóptero fabricado especialmente para él, que puede romper la barrera del sonido.

Amanda asimiló las noticias e intentó imaginarse el aspecto del Cazador Oscuro más antiguo. Por al-
gún motivo, Yoda le vino a la mente. Un anciano pequeño, de piel gris verdosa, que caminaba encorvado y que iluminaba con su sabiduría a todos los demás, hablando incansablemente con palabras inconexas.

–¿Lo conoces? –le preguntó ella.

Kyrian asintió.

–Todos lo conocemos. Él entrena a todos los nuevos Cazadores Oscuros y podría decirse que es
nuestro líder no oficial. También existe la teoría de que es el ejecutor a quien los dioses acuden cuando uno de nosotros cruza la línea.

A Amanda no le gustó nada aquello.

–¿Cruzar la línea en qué sentido?

–Pues, en primer lugar, atacar a los humanos. Tenemos un Código de Conducta que debemos seguir
a rajatabla; no podemos utilizar nuestros poderes en mitad de una aglomeración de personas, no podemos asociarnos ni con los apolitas ni con los Daimons, etcétera, etcétera.

Era extrañamente alentador saber que tenían tal cosa, pero también asustaba bastante pensar que
uno de estos chicos se pasara al otro bando con los poderes que poseían.

–Si os está prohibido haceros daño y cada vez que os reunís vuestros poderes se debilitan, ¿cómo
puede Acheron ser un ejecutor?

–Él no debilita nuestros poderes –le explicó antes de dar un sorbo al vino–. Ash fue el conejillo de
indias de los Cazadores Oscuros. Puesto que fue el primero, los dioses no habían perfeccionado mucho el sistema y por eso sufrió... digamos... unos efectos secundarios peculiares.

Definitivamente, después de lo que acababa de oír, se imaginaba una forma de vida mutante. Un
Cazador Oscuro diminuto, jorobado y que ceceaba al hablar.

–¿Y cuántos Cazadores Oscuros hay? –preguntó.

–Miles.

Amanda se quedó boquiabierta.

–¿En serio? –por la forma en que Hunter la miró, supo que era verdad–. Y ¿cada cuánto se crea uno
nuevo?

–No muy a menudo –le dijo en voz baja–. La mayoría llevamos por aquí un tiempecillo...

–¡Vaya! –exclamó–. Entonces, si Acheron es el más viejo, ¿quién es el más joven?

Kyrian frunció el ceño mientras pensaba la respuesta.

–Sin comprobarlo diría que Tristan, Diana o Sundown, pero tendría que consultarlo con Acheron.

–¿Sundown? ¿Eso es un apodo o es que su madre no lo quería mucho?

Kyrian soltó una carcajada.

–Era un pistolero y ése era el nombre con el que se le conocía en los carteles de búsqueda. Las auto-
ridades afirmaban que sus mejores trabajos los hacía de noche.

–Vale –dijo Amanda despacio. Ahora se imaginaba a un personaje del estilo de Wild Bill Hickok, con las piernas arqueadas, barba desaseada y mascando tabaco–. Ya veo que los Cazadores Oscuros no erais precisamente comerciantes ni...

–¿Tipos decentes que acataran la ley?

Ella sonrió.

–No quería insinuar que fueses indecente; ya sabes a qué me refería.

Kyrian le devolvió la sonrisa. «Indecente» era un término que se ajustaba a la perfección al tipo de
pensamientos que cruzaban por su mente cada vez que miraba a su invitada.

–Para ser un Cazador Oscuro hay que tener un cierto tipo de comportamiento y una naturaleza exal-
tada. Artemisa no quiere malgastar su tiempo, ni el nuestro, eligiendo a alguien que sea incapaz de matar. Supongo que podría decirse que somos malos, locos e inmortales.

La sonrisa de Amanda se ensanchó y mostró un hoyuelo en su mejilla derecha. Qué extraño que no
lo hubiese notado antes.

–Malos e inmortales no te lo discuto pero, ¿de verdad os comportáis como locos?

–Si te refieres a que somos unos chiflados, ¿tú qué opinas al respecto?

Los ojos de Amanda brillaron con picardía.

–Que es completamente cierto en tu caso. Pero ¿sabes lo que te digo? Que me gusta eso de ti. Tu
forma de ser, tan impredecible, me encanta.

Kyrian no estaba muy seguro de quién de los dos se había sorprendido más a causa de la inesperada
confesión. Amanda apartó rápidamente la mirada con las mejillas arreboladas.

Le gustas...

Esas palabras le hacían regresar a sus años de juventud; sentía el extraño impulso de salir corriendo
y gritarle al primero que se encontrara: «Le gusto, le gusto».

¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Qué le estaba pasando?

Tenía dos mil años; hacía mucho que dejó atrás la edad propia de semejante comportamiento.

Aunque era inútil negar la satisfacción y la felicidad que lo embargaban.

Un incómodo silencio cayó entre ellos mientras acababan la cena. Amanda se esforzó por no pensar
en su hogar. En todo lo que había perdido. Ya se enfrentaría a eso por la mañana. De momento, tenía
que pensar en sobrevivir a la noche.

–Tabitha va a quedarse en casa –le dijo a Hunter mientras observaba cómo él llevaba su plato al fre-
gadero y lo enjuagaba.

–Bien.

–¿Sabes? –le dijo en voz baja–. Aún no me has contado cómo es que sabías tantas cosas sobre mi
hermana la noche que nos conocimos.

Él dejó el plato y los cubiertos en el lavavajillas.

–Talon y Tabitha tienen un amigo en común.

Amanda abrió los ojos de par en par. Un topo... quién lo habría imaginado.

–¿Uno de los integrantes del Circo de Tabitha?

Él asintió.

–¿Quién?

–Puesto que espía para nosotros, no tengo intención de decirte quién es.

Amanda se rió, entrecerró los ojos e intentó imaginarse quién podía ser.

–Apuesto lo que quieras a que es Gary.

–No voy a soltar nada.

Era un asunto fascinante, pero no tanto como el Cazador Oscuro que tenía delante. Con un suspiro,
continuó comiendo y echó un vistazo a la cocina, a la que no le faltaba detalle, mientras Kyrian guardaba la comida. Había una encimera de mármol, para desayunar, que recordaba vagamente a un templo griego y que servía para separar la mesa donde ella estaba sentada del resto de la estancia. A lo largo de la encimera se habían dispuesto tres taburetes altos.

Todo estaba nuevo, limpio y resultaba enorme.

–Es una casa muy grande para una persona. ¿Hace mucho que vives aquí?

–Poco más de cien años.

Amanda estuvo a punto de atragantarse.

–¿Lo dices en serio?

–No me apetece mudarme; me gusta Nueva Orleáns.

Ella se puso en pie y le dio el plato.

–Has echado raíces, ¿verdad? ¿Dónde viviste antes?

–En París una temporada –le contestó, dejando el plato en la encimera–. Génova, Londres, Barcelo-
na, Hamburgo y Atenas. Y antes de establecerme en esos lugares me dedicaba a vagar por ahí.

Amanda observó el rostro de Hunter mientras hablaba. No había modo de saber lo que estaba pen-
sando. Estaba ocultando sus sentimientos y se preguntaba si existiría alguna forma de resquebrajar su
coraza.

–Me da la sensación de que estuviste muy solo.

–No fue tan malo. –Ni una mueca.

–¿Hiciste amigos en esos lugares?

–En realidad, no. He tenido unos cuantos Escuderos a lo largo de los siglos pero, por lo general, pre-
fiero la soledad.

–¿Escuderos? –le preguntó–. Qué raro. ¿Cómo los que había en la Edad Media?

–Algo parecido. –La miró pero no explicó nada más–. ¿Y tú? ¿Has vivido aquí toda tu vida?

–Nacida y crecida aquí. Mis abuelos maternos eran emigrantes rumanos que escaparon de la Depre-
sión y la familia de mi padre era de origen Cajun y se dedicaba a la agricultura.

Él se rió al escucharla.

–He conocido a un montón de ésos.

–Supongo que es normal si llevas más de cien años viviendo aquí.

Amanda reflexionó acerca de la vida que Hunter habría llevado. Todos esos siglos de soledad, siendo
testigo de las muertes de las personas a la que apreciaba, viéndolos envejecer mientras él permanecía
igual. Debía haber sido muy duro. Pero a la par, seguro que había tenido momentos estupendos.

–¿Qué se siente sabiendo que vas vivir eternamente?

Él se encogió de hombros.

–Si te soy sincero, hace mucho tiempo que dejé de pensar en eso. Supongo que, como el resto de la
humanidad, me limito a levantarme, hacer mi trabajo y volver a la cama.

Qué sencillo. Sin embargo, percibía algo más; una profunda tristeza. Vivir sin sueños debía ser muy
doloroso. El espíritu humano necesita objetivos por los que luchar, y a ella no le parecía que matar Daimons fuese un verdadero objetivo.

Desvió la mirada hasta la encimera e intentó imaginarse al hombre que una vez fue Hunter. Julian le
había dicho que solían beber hasta emborracharse después de una batalla y que siempre había deseado tener hijos.

Sí, recordaba el modo en que había abrazado a Vanessa y la expresión de su rostro mientras la sos-
tenía.

–¿Has tenido algún hijo?

Sus ojos reflejaron un intenso dolor un instante antes de volver a mostrarse impasible.

–No, los Cazadores Oscuros somos estériles.

–Así que eres impotente...

–Claro que no. Puedo mantener relaciones sexuales, pero no puedo tener descendencia.

–¡Ah! –exclamó Amanda, haciendo un mohín con la nariz que confirió a su rostro una apariencia tra-
viesa y, al instante, intentó aligerar la conversación–. Estoy siendo muy entrometida, no debería haber preguntado eso. Lo siento.

–No pasa nada. –Mientras ponía en marcha el lavavajillas le preguntó–: ¿Te gustaría dar una vuelta

por la casa?

–¿Casa? –preguntó ella, alzando una ceja con incredulidad–. Si esto es una casa, yo vivo en una choza. –Al instante recordó que ya no tenía un hogar donde vivir y jadeó. Se aclaró la garganta e intentó alejar esos pensamientos–. Sí –dijo en voz baja–. Me encantaría verla.

Hunter la guió hasta la puerta situada a la izquierda de la cocina y entraron en un gigantesco salón.

Las paredes estaban decoradas con molduras y medallones, con un estilo elegante y maravillosamente neoclásico, pero los muebles eran actuales y muy modernos. La estancia estaba decorada para resultar cómoda, no para impresionar a las visitas. Pero claro, se suponía que los vampiros no tenían muchos invitados a los que agasajar.

En una de las paredes se había instalado un equipo completo de imagen y sonido JVC, con una
enorme pantalla de televisión, un sistema de video y un reproductor de DVD.

Aunque había lámparas por toda la estancia, la luz provenía de las velas de tres vistosos candela-
bros.

–Parece que no te gustan las bombillas, ¿eh? –le preguntó a Hunter mientras lo observaba encender
más velas.

–No –le contestó–. La luz es demasiado brillante para mis ojos.

–¿Te hace daño?

Él asintió.

–Los ojos de los Cazadores Oscuros están especialmente creados para ver en la oscuridad. Nuestras
pupilas son más grandes que las de los humanos y no se dilatan del mismo modo. Como resultado, dejan pasar mucha más luz.

A la par que lo escuchaba, Amanda observó que las ventanas que se alzaban desde el suelo hasta el
techo estaban cubiertas con cortinas negras que debían resguardar la casa de la luz del sol.

Rodeó un sofá de piel negra y se quedó plantada en el sitio. ¡Había un ataúd delante de los sillones!

–¿Eso es...? –fue incapaz de acabar la frase. No mientras se imaginaba la siniestra imagen de Hunter
durmiendo ahí dentro todos los días.

Él le echó un vistazo y la miró sin parpadear. Amanda parecía realmente atónita.

–Sí –contestó con voz neutra–, es un ataúd. Es mi... mesita de café. –Se acercó a ella, levantó la ta-
pa y cogió un mando a distancia–. Ten, por si te apetece ver la televisión mañana.

Amanda meneó la cabeza. Una vez recuperada de la impresión, reconoció unos cuantos objetos típi-
camente vampíricos colocados por la habitación. Miniaturas, pequeñas ballestas e incluso una baraja de tarot encima de una repisa.

–Nick cree que es gracioso –le explicó Hunter mientras ella cogía la baraja–. Cada vez que encuentraalgo relacionado con vampiros, lo trae y lo deja aquí para que yo lo vea.

–¿Te molesta?

–No, es un buen chico... casi siempre.

A medida que él la conducía a través de las dependencias de la antigua mansión, llegó un momento
en que Amanda se sintió perdida.

–¿Pero cuántas habitaciones hay en este lugar? –preguntó al entrar a una sala de juegos.

–Hay doce dormitorios y tiene más o menos unos dos mil metros cuadrados.

–¡Jesús! He estado en centros comerciales más pequeños.

Él soltó una carcajada.

En el centro de la habitación había una mesa de billar tallada, y en uno de los laterales podían verse
unas cuantas máquinas de videojuegos, sacadas de algún salón recreativo, y una gran pantalla de tele-
visión a cuyos pies se alineaba una colección de videoconsolas, sobre una mesita de café. Pero lo que le resultó más sorprendente, fueron unos guantes de béisbol y una pelota que estaban sobre una mesita plegable en un rincón. Amanda se acercó a la mesa.

–Algunas noches Nick y yo nos lanzamos unas cuantas bolas –le explicó.

–¿Por qué?

Hunter se encogió de hombros.

–Es una forma de aclararme las ideas cuando estoy en un aprieto.

–¿Y a Nick no le importa?

Él se rió.

–A Nick le importa todo. No recuerdo ni una sola ocasión en la que le haya pedido algo sin tener que
escuchar sus quejas después.

–Y entonces, ¿por qué dejas que siga trabajando para ti?

–Soy masoquista.

En esta ocasión le tocó reír a Amanda.

–Me encantaría conocer al tal Nick.

–Sin duda, lo harás mañana.

–¿De verdad?

Él asintió.

–Cualquier cosa que necesites pídesela y él te la conseguirá. Si te ofende en lo más mínimo, házmelo
saber y lo mataré en cuanto me levante.

Amanda percibió algo en su tono de voz que le hizo pensar que, posiblemente, no se tratara de una
falsa amenaza.

Hunter abrió las enormes puertas francesas y entró en un atrio acristalado. El techo estaba muy lim-
pio y dejaba ver las miles de estrellas que brillaban en el cielo mientras los pasos de ambos resonaban sobre las baldosas del suelo.

–Es precioso.

–Gracias.

Amanda se acercó a una gran escultura, en el centro de la estancia, que mostraba a tres mujeres jó-
venes. La pieza era extraordinaria. La más joven de las tres estaba tumbada de costado con un perga-
mino entre las manos, mientras las otras dos se sentaban de espaldas la una a la otra. Una sostenía una lira y la otra parecía estar cantando. El modo en que estaban pintadas resultaba muy extraño. Las tres
parecían reales y todas ellas tenían un asombroso parecido con Hunter.

–¿Es griega? –le preguntó.

Una mirada apenada ensombreció su rostro y asintió.

–Eran mis hermanas.

Con el corazón en un puño, Amanda las observó con más atención.

Hunter acarició con ternura el brazo de la chica que sostenía el pergamino. Había fruncido ligera-
mente el ceño mientras estudiaba la estatua a tamaño real de la joven, que no tendría más de dieciocho años. El peplo azul hacía juego con sus ojos.

–Althea era la más pequeña de los cuatro –le explicó con voz ronca–. Era callada, tímida y tartamu-
deaba de un modo muy gracioso cuando se ponía nerviosa. ¡Por los dioses! Ella lo odiaba pero a mí me parecía muy tierno. Diana –siguió con la explicación, señalando la chica que portaba la lira y que iba vestida de rojo–, era dos años mayor que yo y tenía el carácter de una arpía. Mi padre solía decir que nos parecíamos demasiado y que por eso no nos llevábamos bien. Y Phaedra era un año más joven que yo y cantaba como los ángeles.

Amanda observó a la muchacha vestida de amarillo.

Las tres compartían una dulzura muy especial. El escultor las había representado como si estuviesen
en movimiento, incluso los pliegues de los peplos parecían reales y delicados. Nunca había visto una
maestría igual en una escultura. Parecían tan reales que casi esperaba que una de ellas empezara a ha-
blar en cualquier momento.

No era de extrañar que Hunter estuviera tan afectado.

–Las querías mucho.

Él asintió.

–¿Qué les sucedió?

Antes de contestar, Hunter se alejó un poco.

–Se casaron y tuvieron unas vidas largas y felices. Diana le puso mi nombre a su primer hijo.

Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Amanda al pensar que la hermana que peor se había lle-
vado con él hubiese hecho tal cosa. Decía mucho de la relación que habían compartido. Observando a las jóvenes, recordó lo que él le había contado sobre Althea en el coche: la muchacha de largo cabello rubio ondulado se había rapado la cabeza al enterarse de la muerte de su hermano. Debían haberlo
amado tanto como él a ellas.

–¿Qué pensaron sobre tu transformación en Cazador Oscuro?

Él se aclaró la garganta.

–Nunca lo supieron. Para ellas, yo estaba muerto.

–Entonces, ¿cómo sabes tanto sobre...?

–Podía escucharlas mientras vivieron. Sentirlas; del mismo modo en que tú puedes abrir tu corazón a

Tabitha y saber si está preocupada.

Ella se tensó al escucharlo.

–¿Cómo lo sabes?

–Ya te lo he dicho, puedo percibir tus poderes.

Un escalofrío le recorrió la espalda y Amanda se preguntó si podría ocultarle algo.

–Eres un hombre aterrador.

Una extraña luz brilló en los ojos oscuros.

–No soy un hombre. Dejé atrás mi humanidad al morir.

Quizás él lo creyera así, pero Amanda sabía que no era cierto. Puede que no tuviese alma, pero era
un hombre de buen corazón y era humano.

–¿Por qué accediste a convertirte en Cazador Oscuro a pesar de que nunca te vengaste de Theone?

–En ese momento me pareció una buena idea.

Con esas palabras, Amanda sintió que algo se derretía en su interior. Quizás fuese la soledad que se
filtraba en su voz o la resignación que mostraban sus ojos. No podía decirlo con certeza, pero sabía que sería incapaz de regresar a su antigua vida y olvidar a este hombre. Había sido testigo de su bondad. De su dolor. Y, que Dios la ayudara, cuanto más sabía de él más lo deseaba.

Lo deseaba de un modo que iba más allá de todo razonamiento. Apenas se conocían y aún así había
un vínculo entre ellos.

Observó los atormentados ojos oscuros que la miraban con pasión y deseo. Él era lo que su madre
llamaba «la otra mitad». Ésa era la expresión que su madre usaba para describir a su padre, y Selena
para referirse a Bill.

Por primera vez en su vida, Amanda comprendía su significado. No podía dejarlo escapar ahora que
lo había encontrado.

No sin luchar.

Ajeno a los pensamientos de Amanda, Hunter se dio la vuelta y la instó a regresar a la casa. La
acompañó a una suite situada en la planta baja.

–Puedes pasar la noche aquí. Te traeré algo más cómodo para dormir.

Amanda vagó alrededor de la suntuosa habitación. La enorme cama tallada parecía recién sacada de
una antigua película. El color verde oscuro que decoraba las paredes habría hecho parecer diminuta
cualquier habitación pero, en un lugar tan espacioso, el efecto era sorprendente; le daba una apariencia cálida y acogedora.

Hunter regresó al instante con una camiseta negra y unos pantalones de deporte que se la tragarían
entera.

–Gracias –le dijo mientras cogía la ropa.

Él se quedó frente a ella, inmóvil, mirándola a los ojos.

Para sorpresa de Amanda, alzó la mano y le recorrió el mentón con un dedo, erizándole la piel con el
suave roce de la uña. Intuyó que deseaba besarla y se quedó sorprendida al comprender lo mucho que ella deseaba que lo hiciera.

Pero no la besó. Se limitó a observarla con esos voraces ojos oscuros antes de pasar el pulgar por
sus labios, obligando a Amanda a reprimir un gemido ante la arrolladora sensación que despertaban sus caricias. Y su olor. La atmósfera entre ellos estaba cargada de tensión; el deseo y la necesidad eran recíprocos y su intensidad la debilitaba y a la vez la hacía sentirse más fuerte que nunca.

Justo cuando pensaba que iba a besarla, Hunter se alejó.

–Buenas noches, Amanda.

Ella observó cómo se marchaba con el corazón en un puño.

Kyrian se maldijo a sí mismo con cada paso que lo acercaba a su despacho. Debería haberla besado.

Debería...

No. Había hecho lo correcto. No podría haber nada entre ellos. Los Cazadores Oscuros podían tener
una aventura de unas cuantas noches con una mujer, pero les estaba prohibido involucrarse en una re-
lación seria. Era demasiado arriesgado. Las mujeres se convertían, de ese modo, en objetivo de los
Daimons y debilitaban a los Cazadores, que se volvían más prudentes. Y en este trabajo, la prudencia
conducía a la muerte.

El tema nunca le había preocupado con anterioridad. Pero esa noche, el dolor era tan fuerte que casi
estaba acabando con él. Odiaba los sentimientos que estaban creciendo en su interior. Odiaba la necesidad que Amanda despertaba en él. Hacía mucho tiempo que había desterrado todas sus emociones y prefería vivir de ese modo. Era una especie de capullo que lo mantenía libre de cualquier tipo de confusión.

–Tengo que sacármela de la cabeza.

Entró en el despacho, y se conectó a la web de los Cazadores Oscuros, Dark-Hunter.com. Al instante, otros Cazadores Oscuros le abrieron unas cuantas ventanas y el icono del correo comenzó a parpadear.

La tecnología era algo maravilloso. Poder comunicarse de ese modo era un regalo de los dioses. Hacía que las largas noches fuesen más soportables y les permitía intercambiar información importante.

Se sentó en el sillón de cuero negro y abrió una de las ventanas. Era Acheron.

«Nick ha llamado. Dice que Desiderius te ha pateado el culo. ¿Estás bien?»

Kyrian apretó los dientes y tecleó la respuesta.

–Voy a matarlo por esto. Estoy bien. Desiderius se ha escondido en un refugio. ¿Qué sabes de él?

«Fue el que eliminó a Cromley hace unos años, así que te estás enfrentando a unos poderes nada
despreciables. He hablado con el Escudero de Cromley y me ha dicho que Desiderius se lo pasó en
grande volviéndolo loco. Mejor no comentar cómo lo mató. Personalmente, me gustaría que el tal D. viniera a por mí. Necesito una buena pareja de baile. Mis Daimons cojean.»

Kyrian se echó a reír ante el despliegue de humor de Ash. El hombre verdaderamente no tenía pa-
ciencia con los Daimons lerdos.

–Talon dice que usan descargas astrales. ¿Te has encontrado con algo así alguna vez?

«Si te soy sincero, en mis once mil años... joder, no. Es la primera vez. He hablado con los Oráculos
y ahora mismo están consultando a las Parcas. Pero ya sabes cómo son. Estoy seguro de que nos sal-
drán con algo como: “Cuando el cielo verde esté y el negro cubra de la tierra su faz, un ataque de los
Daimons os sorprenderá. Si queréis al que tiene el poder capturar, algo especial tenéis que hallar”, o
una porquería por el estilo. Odio a los Oráculos. Si quisiera ejercitar la mente, me compraría un Cubo de Rubik.»

–Yo no lo veo tan claro, Ash, eres un especialista en esas adivinanzas. ¿Estás seguro de que no quie-
res convertirte en Oráculo?

«Apúntate esto, General: que te jodan. Ahora, déjame trabajar. Tengo Daimons que perseguir, Ca-
zadores con los que pelearme y mujeres que seducir. Luego hablamos.»

Sin muchas ganas de mantener otra conversación, Kyrian abandonó la web y abrió el correo, pero
tampoco le apetecía leer los mensajes.

Lo que quería estaba más allá de su alcance.

En contra de su voluntad, cruzó lentamente el pasillo y descendió las escaleras. Antes de ser cons-
ciente de lo que estaba haciendo, se descubrió junto a la habitación de Amanda. Apoyó la mano sobre la oscura madera de la puerta y extendió los dedos mientras cerraba los ojos. Podía verla sentada en la cama. Se había puesto su camiseta negra, que dejaba a la vista esas largas piernas desnudas.

El fuego incendió su cuerpo, recorriéndole las venas. Sentía el dolor de Amanda por la pérdida de su
hogar; el miedo a la posibilidad de que Desiderius hiciera daño a su hermana; la preocupación por la
compañera de Tabitha, Allison.

Y, lo que era peor, percibía las lágrimas que se esforzaba por contener. Era tan fuerte, tan resuelta...

Jamás había conocido a una mujer igual.

El sueño que lo había despertado esa mañana le volvió a la mente. Aún podía sentirla entre sus bra-
zos.

«Te deseo»

Daría cualquier cosa porque esas mismas palabras fuesen una realidad y Amanda lo mirara con ga-
nas de devorarlo. En ese preciso momento, lo único que quería era tirar la puerta abajo de una patada y hacerle el amor. Sentir sus caricias. Dejar que lo abrazara.

Que le diera la bienvenida.

Pero no podía ser.

Con el corazón encogido, se obligó a marcharse. Tenía trabajo que hacer.

Amanda miró el reloj. Las doce y media. Por regla general, a esa hora estaba profundamente dormi-
da. Pero para Hunter la noche aún sería joven.

Comenzó a preguntarse qué haría él a esa hora tan temprana. Con toda seguridad, no se dedicaría
todas las noches a matar Daimons. No podría haber tantos... ¿o sí?

Antes de darse cuenta de lo que hacía, salió de la cama y comenzó a vagar por la enorme casa. No
sabía dónde estaba Hunter. No se había molestado en mostrarle su habitación cuando le enseñó la casa. Pero el instinto le decía que debía estar en la planta alta. Probablemente, tan lejos de la suya como fuese posible.

Estaba a mitad de la escalera cuando escuchó un ruido extraño en el patio. Una especie de silbido.

Dio la vuelta y se encaminó hacia la sala de juegos. No había ninguna luz encendida, pero la luna y las estrellas eran tan brillantes que podía distinguir una figura oscura en el atrio. Su primer impulso fue llamar a Hunter pero, antes de hacerlo, se detuvo.

Había algo familiar en ese perfil. Se acercó un poco más a las puertas francesas y reconoció a Hunter
y a Terminator. Llevaba una camiseta de manga corta y unos pantalones de deporte y estaba lanzando la pelota de béisbol a una especie de red que se la devolvía. En cuanto tiraba la bola, Terminator co-
menzaba a correr, persiguiéndola, para volver al instante junto a él. La escena le arrancó una sonrisa.

Hunter daba unas palmaditas al perro y volvía a lanzar la bola.

Comenzó a alejarse de allí, pero se detuvo. No podía hacerlo. En lugar de regresar a la habitación
abrió las cristaleras.

Hunter se giró de inmediato. La bola, que había olvidado al escuchar sus pasos, rebotó en la red y le
dio en la cabeza. Soltó un siseo de dolor mientras se frotaba el lugar del impacto y Terminator se marchaba en persecución de la pelota.

–¿Necesitas algo? –le preguntó con brusquedad.

Que me beses.

Amanda tragó saliva.

–Nada; no sabía dónde estabas.

–Pues ya lo sabes.

Su voz volvía a ser gélida. Éste no era el Hunter que la había acompañado hacía poco rato. El que
tenía delante era el Cazador Oscuro que había despertado en la fábrica encadenado a ella. En guardia y distante.

Y le estaba rompiendo el corazón. No se trataba de que estuviera molesto por el golpe de la bola en
la cabeza, no. Ella sabía que había vuelto a alzar las barreras. Quería mantenerla alejada.

Captando la indirecta, asintió.

–Sí, ya. Buenas noches.

Kyrian la observó mientras se alejaba. Le había hecho daño. Lo sabía, lo sentía y se odiaba a sí mis-
mo por ello.

Llámala.

¿Para qué?

Jamás podría haber algo entre ellos. Ni siquiera una simple amistad.

Apretando la mandíbula, regresó al ejercicio. Intentaría concentrarse en Desiderius. Intentaría atraer
al Daimon hasta que estuviese a su alcance.

Era inútil.

Amanda seguía con él. Era su rostro lo que veía si cerraba los ojos. Era su olor lo que respiraba. Si
no se la sacaba de la cabeza iba a acabar muerto. Y si él moría, Desiderius iría tras ella.

Volvió a arrojar la bola contra la red con un gruñido. Saltó y alzó el brazo para cogerla de nuevo pe-
ro, antes de rozarla, sintió un dolor intenso y agudo en la cabeza. Lanzó una maldición e intentó aliviar el dolor presionando la palma de la mano sobre el ojo derecho. Mientras se esforzaba por recuperarse, lo asaltó una visión.

Desiderius.

Mientras la imagen cobraba fuerza, se quedó petrificado. Con una sorprende nitidez vio cómo De-
siderius lo mataba.


Y escuchó los sollozos de Amanda.



Hola hermosos lectores! 
Tengo que disculparme porque el jueves me fue (extremadamente) imposible publicar este capítulo... pero aunque con demora aquí lo tienen y espero que lo disfruten.
Dejan sus opiniones?
Abrazos y feliz sábado!



miércoles, 13 de enero de 2016

El comienzo de una nueva vida * Capítulo 29

Summary: Bella trabaja para Edward un antiguo compañero de clase que fue muy especial y es novia de Jacob. ¿Qué sucederá?
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Este fic es completamente propiedad de Mari del blog http://sangreyhielo.com.es 
Los personajes son propiedad de la espectacular Meyer.
Tengo permiso de la autora para publicar su historia en mi humilde rincón que es este blog.
Dicho todo esto, espero que la disfruten!^^
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CAPÍTULO 29: Una nueva semana. Relatado por Bella

-Buenos días, cariño

-Buenos días Edward.- le dije besándolo ligeramente e incorporándome un poco en la cama

-Te ves radiante, cariño

-Buenos es posible….- le dije sonriendo y mirándolo a los ojos

-¿Es posible?.....um….. ¿puede ser por la ducha de anoche?.- me dijo acercándome a el

-Puede ser…. –le dije sonriendo antes de besarnos

-¿Si quieres podemos volvernos a duchar?

-No creo que podamos ahora, Edward es tarde

-¿Segura que es tarde?

-Va a venir tu hermana a por mi  si no bajamos

-¡Alice! .- dijimos de pronto Edward y yo mirando hacia la puerta del dormitorio

-Buenos días…. Hermanito, Emmett y Jasper te están esperando.- nos dijo una Alice sonriente

-Voy a vestirme, para no hacerlos esperarme mas.- nos dijo Edward entrando al baño

-Muy bien hermanito. Bella hoy vamos a probarte el vestido y nosotras si están listos también. ¿te hace ilusión? ¿estas nerviosa?

-Me voy, después nos vemos.- nos dijo Edward, besándome antes de irse

-Estoy un poco nerviosa, ya queda poco Alice y si me hace mucha ilusión lo reconozco

-Me alegra saber que te hace ilusión. Anda vístete para que desayunes que nos esperan a las once y son ya las diez. Te espero abajo

-En 15 minutos estoy lista.- le dije entrando al baño a arreglarme

Cuando baje Alice, Rosalie y Esme me esperaban en la cocina con el desayuno listo.

-Buenos días

-Buenos días.- me dijeron Esme y Rosalie

Me senté y desayune tranquilamente mientras Alice hacia algunas llamada y Esme y Rosalie hablan

-Nos vamos ya he terminado.- les dije levantándome y comenzando a recoger la mesa

-Claro, vamos, tenemos el tiempo justo para llegar.- nos dijo Alice mirando su reloj

Durante el recorrido de la casa a la modista en el coche de Alice fuimos en silencio, seguramente pensando cada una en sus cosas.

-Ya hemos llegado.- anuncio Alice mientras aparcaba

Cuando entramos a la modista nos estaban esperando, así que dimos los buenos días, los cuales nos fueron devueltos.
Comenzamos a ver los vestidos de Alice, Rosalie y Esme mientras traían el mío que tampoco estaba terminado.

-Señorita pase al probador para dejar su ropa y probarse su vestido.- me dijo una de las modistas señalándome una puerta.

Cuando estuve en ropa interior me pusieron mi vestido de novia, viendo lo que le falta. Se veía precioso a pesar de faltarle algunos detalles aun.

Después fue Esme la que se probo su vestido para ver los detalles que le faltaban y seguidamente se los probaron Alice y Rosalie.

Cuando vimos lo que les faltaba a los vestidos y el día que teníamos que volver para la prueba definitiva, nos despedimos de las modistas y emprendimos el camino de vuelta a casa.
Fuimos todo el camino hablando de cómo veíamos los vestidos, de cómo nos quedaban…. Hasta que llegamos a casa.

Nuestras parejas nos estaban esperando y Edward me había preparado la comida. Olía deliciosa.

-Hola cariño, la comida la tienes en la mesa ¿tienes hambre?.- me dijo Edward mientras cada una se iba con su pareja.

-Hola mi vida, si tengo un poco de hambre, además huele delicioso

-Pues a comer Bella, que tienes que reponer fuerzas, entre lo de anoche y la mañana que habéis tenido con los vestidos estarás exhausta.- comenzó a decir Emmett riéndose.

-Emmettt……..le regaño Carlisle

-Vale, ya me cayó y no digo nada mas.

-Anda cariño, vamos a que comas, que se te va a enfriar la comida.- me dijo Edward mirando a Emmett y cogiéndome de la cintura.

-Si, vamos a la cocina .- le dije haciéndolo andar.

Entramos a la cocina y me senté con Edward a mi lado que me veía comer lo que me había preparado encantado.




martes, 12 de enero de 2016

Puddle Jumping * Capítulo 15

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 15


A partir de ahí, Edward hizo lo que dijo. Si hacíamos planes, los mantenía. Su madre se encargaba si parecía que iba en otra dirección. Y me puso primero, lo que se sintió increíble. No fue forzado. Simplemente tuve que establecer expectativas exactas. Decir lo que quería. Ser literal.

Tuvimos un nuevo entendimiento, y funcionó.

Las últimas tres semanas de la escuela pasaron volando. Entre estudiar para los exámenes finales y realizarlos, mi cabeza estaba enfocada en otro sitio. Siempre que podíamos, estudiábamos juntos; ya sea en persona, por la computadora, o teléfono.

Acepté nuestra relación por lo que era: maravillosamente dulce. Nos tomábamos nuestro tiempo. Se basaba en algo más que sexo, a diferencia de las relaciones de otras personas que conocíamos. Incluso si algunos de ellos ya hacían algo más, no me importaba. Mis recuerdos de la secundaria no necesitaban el sexo para ser feliz.

Saqué buenos resultados en mis exámenes finales.

Edward también, obviamente.

No se quedó trabajando hasta tarde el día de la graduación. Se encontraba justo allí en las gradas para aceptar su diploma. Fue agridulce abrazar a Alice luego. Fue más agridulce cuando los brazos de Jasper me rodearon para hacerme girar como una muñeca de trapo, mientras su traje de graduación de color rojo me cegaba.

Edward no golpeó a Jasper. Confiaba en él. Y también los extrañaría. Lo aseguraba. 

Al igual que ellos nos extrañarían.

Fue un logro, y no pude haberme sentido más orgullosa cuando vi a mi novio aceptar su diploma frente a tanta gente y sin tener uno de sus "episodios".

Se sentía como si por fin todo estuviera uniéndose. 

El comienzo de algo nuevo para todos nosotros.

Los días largos conllevan a noches aún más largas y, por lo general, todo eso termina en aburrimiento. Pero no esta vez.

Todos estábamos muy ocupados. Parecía que los meses transcurrían mucho más rápido de lo que pude imaginar. No me malinterpreten, era bueno. Tan sólo respaldaba ese viejo dicho de que el tiempo vuela cuando uno se divierte.

Con Edward entramos en una rutina genial, y parecía estar menos estresado al no ir a clases. Él prosperaba en el museo, centrado en su obra, y en pasar tiempo con nuestros amigos y conmigo. Aunque era evidente que nuestro tiempo a solas era lo que más le gustaba.

Tenía que estar de acuerdo.

Cuando el clima lo permitía, pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo fuera. Algunos de mis mejores recuerdos del verano eran de nosotros bajo unos aislados árboles, en la orilla de un arroyo del bosque detrás de su casa. Un lugar donde podía sentarme y leer libros mientras él pintaba.

Verlo pintar al aire libre era hermoso. Parecía capturar los colores de la naturaleza de una manera tan perfecta, y era casi mágico verlo perderse en lo que tanto amaba. Para entonces, el silencio entre nosotros era cómodo. Se sentía que teníamos todo el tiempo del mundo.

Aquellos meses me hicieron apreciar una gran cantidad de cosas que, quizá, di por sentado durante mucho, mucho tiempo.

John Lennon una vez dijo que la vida es lo que pasa cuando estás ocupado haciendo otros planes. Él era bastante impresionante, y ahora entendía lo que quiso decir con eso.

Estoy segura de que te preguntas por qué he estado escribiendo acerca de mi relación con Edward. Dejando de lado los obstáculos evidentes que habíamos enfrentado. Dejando de lado el hecho de que éramos jóvenes. Tiene que haber más en la historia, ¿verdad?

A veces los cambios hacen que uno se siente y preste atención, darte cuenta de muchas cosas nuevas. Es como si hubieses estado dormida durante los primeros dieciocho años de tu vida.

Los planes cambian.

La vida cambia.

Y como consecuencia, el amor cambia, también. 

Ayudé a planear la fiesta de su cumpleaños decimoctavo con Esme. 

Obviamente, una fiesta sorpresa no funcionaría, así que nos aseguramos de tener planes decididos y contárselo con mucha antelación, diciéndole que era importante para nosotros celebrar el hecho de que él era increíble, lleno de vida y que estaba en nuestras vidas.

Por supuesto, llovió en su cumpleaños y los planes que hicimos tuvieron que ser modificados, ya que no podíamos estar afuera para una barbacoa en medio de un aguacero. Con su mamá nos sentíamos claramente más decepcionadas que él de que las cosas no salieran tan bien como esperábamos. Pero todos nuestros amigos se encontraban allí, y mantuvimos la cantidad de invitados al mínimo para 
que pudiera ser íntimo. Así significaría algo.

De verdad él parecía estar pasando un buen rato, y Esme me besó en la cabeza mientras limpiaba, luego de que el último de los invitados se marchara. No necesitó decirlo en voz alta, pero era obvio que Edward nunca tuvo una fiesta de cumpleaños con amigos. El hecho de que tuviéramos que hacer una lista seleccionando a quién invitar, para que las personas fueran pocas y la fiesta fuera íntima, hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.

Voy a admitirlo... mis ojos también se llenaron de lágrimas.

Después de que todos se fueron, la lluvia cesó, y le pregunté a Edward si quería dar un paseo.

La verdad es que quería un poco de tiempo a solas con él en su cumpleaños, y tomaría lo que pudiera conseguir. Salimos a la calle, de la mano, caminando por la acera en silencio mientras la noche se volvía más oscura. Y de repente, me di cuenta de lo que significaba su cumpleaños en términos de nuestra relación.

—Ahora tenemos la misma edad. —Reí, y sostuve su mano con más fuerza.

—¿Eso te molesta? —preguntó, inclinando su cabeza de una manera muy encantadora.

Sacudí la cabeza. 

—No. Me gusta que tengamos la misma edad ahora.

—Técnicamente, sigues siendo mayor que yo por una buena cantidad de meses... —empezó a decir, y lo interrumpí con un apretón juguetón en su hombro.

—No me importan los tecnicismos. Tenemos la misma edad. No lo discutas.

Se había facilitado más con el tiempo. Aún seguía siendo muy literal y siempre lo sería, pero si me expresaba lo bastante bien, él encontraría el humor en las cosas. Caminamos hasta el borde del bosque y me apoyé en un enorme árbol viejo, con hojas gruesas que goteaban sobre mi cabeza. Pero ver a Edward bajo la luz de la luna hacía que cualquier molestia pareciera tan insignificante, que, en algún 
momento, dejé de prestar atención a todo lo demás.

Le susurré al oído que lo amaba y le deseé feliz cumpleaños, prometiéndoleque el siguiente sería aún mejor. Y el siguiente después de ese. Lo besé hasta que estuve segura de que la luna se hallaba celosa.

Entonces, de pronto, la luz de la luna desapareció y el cielo se abrió en un aguacero torrencial. Olvídense de estar molesta por las gotas de lluvia cayendo de las hojas. Ahora era una rata ahogada, riendo histéricamente conforme baldes y baldes de agua caían desde el cielo.

Y cuando un relámpago iluminó el cielo, seguido de un trueno tan fuerte que hizo temblar el suelo bajo mis pies, vislumbré el mismo asombro infantil en el rostro de Edward que tuvo hace tantos años, el primer día que fui a su casa para pretender cuidarlo.

Esta vez, no se cubrió las orejas. En vez de eso, me agarró la mano y empezó a correr, saltando sobre los charcos mientras regresábamos a su casa.

Me encanta ese recuerdo.

Tal vez es el que más me gusta.

El verano casi terminaba y me hallaba tan focalizada, solo viendo a través de un túnel, que no debí haber estado prestando atención. A nada. Porque ahora, cuando miro hacia atrás, creo que hubieron pequeñas pistas.

Creo que las hubo.

La señora Esme llamó y me pidió que invitara a mi familia para una comida al aire libre en su casa. Fue con poca antelación, lo cual fue inesperado. Pero estaba muy emocionada, animándome a llevar a nuestros amigos, también. No parecía nada fuera de lo común invitarlos. Solo que normalmente tenía más de un día de antelación.

De cualquier manera, me presenté escoltada por mis padres. Apenas tuve tiempo suficiente para poner mis cosas en el armario de los abrigos antes de ser abordada por Rosalie y apartada a un rincón lejano del patio trasero, donde solía estar el viejo columpio.

Entre ella hablando hasta por los codos, y la señora Cullen corriendo de ida y vuelta entre el patio y la casa, no noté nada fuera de lo común.

Debí haberlo hecho.

La felicidad... provoca ceguera.

Más tarde me enteré de que Esme le permitió a Edward tomar la decisión de tenernos a todos nosotros allí para anunciar su gran noticia. A diferencia de cuando consiguió el trabajo en el museo y me enteré por ella, ahora quería que su hijo lo anunciara él mismo. Para todo el mundo.

Fue algo completamente nuevo. Sucedió hace menos de veinticuatro horas.

La noticia que rasgaría un agujero en mi pecho de par en par, y causaría que toda mi vida se desmoronara como un castillo de naipes a medio construir.

Se veía tan complacido. ¿Y por qué no iba a estarlo? Realmente era todo un logro. No podía discutirlo. Y me habló directamente a mí cuando lo dijo en voz alta por primera vez. Esme nos reunió alrededor, y animó a Edward para que hablara. 

Su sonrisa era tan eléctrica. Ella estaba tan orgullosa. Radiante por lo lejos que él había llegado. Se puso a mi lado, y apretó mis hombros.

—Él pidió decírselo a todos juntos.

Su padre se quedó con mis padres, prácticamente rebosando de alegría. Es probable que mi mamá y mi papá se hallaran tan confundidos como yo. Y pese a que me encontraba de pie en medio de una multitud de gente en la que confiaba y amaba, nunca me sentí más sola que en ese momento.

Edward, tan feliz y orgulloso, con una gran sonrisa, bajó la mirada por un momento antes de alzarla, y sin más decirlo de la mejor forma que podía.

—Me han ofrecido una pasantía en Inglaterra por medio del museo.

Mi corazón murió.

Cayó, saliendo de mi pecho y aterrizando en el césped brillante bajo mis pies mientras lo miraba fijamente, en silencio por la conmoción.

—Voy a abordar un avión para salir del país el 13 de agosto a las 21:00. —Otra sonrisa. Estallaron aplausos alegres y felicitaciones de parte de la multitud.

A excepción de mí.

A excepción de mí y mis padres. Tal vez tampoco de Rosalie. No recuerdo bien, ya que la confusión era muy abundante. El recuerdo, pese a no es tan antiguo, es difícil de precisar porque es surrealista, ¿sabes?

—El conservador juvenil lo acompañará. Él va a estar bien cuidado —dijo Esme como si fuera la cosa más obvia del mundo, y mi corazón no se estuviera rompiendo a su lado. 

Se me cayó la copa, y el líquido pegajoso mojó los dedos de mis pies. Y creo que ahí fue cuando la gente comenzó a quedarse en silencio.

—¿Qué hay de la universidad? —Mis manos temblaban demasiado, pero no podía hacer que se detuvieran. Habíamos hablado de esto. Yo no me iría tan lejos. 

Hablamos de transferirnos a la misma universidad con el tiempo. Habíamos hablado sobre el futuro...

Me miró con una expresión que me mató por dentro. Tan honesta. Tan pura. 

—Estudiaré en el extranjero. 

Fue entonces cuando perdí todo indicio de control, y mi cabeza cayó sobre mi pecho en tanto empezaba a llorar tanto que no podía ver. 

—¿Me estás dejando? —Algunas manos se apoyaron en mí. Consolándome. 

Mis padres. Tal vez incluso Rosalie, pero no estaba segura, pues no dejé que durara demasiado tiempo.

En su lugar, me abrí paso con rapidez entre todos ellos, sin siquiera decirle algo más a Edward a medida que corría por el patio y entraba a la casa para escapar por la puerta principal.
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