Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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lunes, 14 de junio de 2010

Amante de ensueño * CapítuLo 8/1

Julián y Grace ayudaron a Selena a desmontar el puestecillo ambulante y a guardarlo todo en el jeep, antes de regresar a casa sorteando el tráfico típico de un viernes por la noche.

— Has estado muy callado —le dijo ella mientras se detenía en un semáforo en rojo.

Observó cómo la mirada de Julián seguía el movimiento de los automóviles que pasaban junto a ellos. Parecía perdido, como alguien que se debatiera en el límite entre la fantasía y la realidad.

— No sé qué decir —respondió tras una breve pausa.

— Dime cómo te sientes.

— ¿Sobre qué?

Grace se rió.

— Definitivamente, eres un hombre —le dijo—. ¿Sabes? Las sesiones con los hombres son las más difíciles. Llegan y pagan ciento veinticinco dólares para no decir prácticamente nada. Jamás lograré entenderlo.

Julián bajó la vista hasta su regazo, y ella observó el modo en que acariciaba distraídamente su anillo con el pulgar.

— Dijiste que eras una sexóloga, ¿qué es eso exactamente?

El semáforo se puso en verde y se internaron de nuevo en el tráfico.

— Tú y yo estamos en el mismo negocio, más o menos. Ayudo a las personas que tienen problemas con sus parejas. Mujeres que tienen miedo de tener relaciones íntimas con los hombres, o mujeres a las que les gustan los hombres un poco más de la cuenta.

— ¿Ninfómanas?

Grace asintió.

— He conocido a unas cuantas.

— Apuesto a que sí.

— ¿Y los hombres? —preguntó él.

— No son fáciles de ayudar. Como ya te he dicho, no suelen hablar mucho. Tengo un par de pacientes que sufren de miedo escénico…

— ¿Y eso qué es?

— Algo que estoy completamente segura que tú no padecerías jamás —le contestó, pensando en la continua y arrogante persecución a la que él le sometía. Se aclaró la garganta y se lo explicó—.
Son hombres que tienen miedo de que sus compañeras se rían de ellos cuando están en la cama.

— ¡Ah!

— También tengo un par que abusan verbalmente de sus parejas, y otros dos que quieren cambiarse de sexo…

— ¿Se puede hacer eso? —preguntó Julián, totalmente pasmado.

— ¡Claro! —respondió Grace con un gesto de la mano—. Te sorprendería saber de lo que son capaces los médicos hoy en día.

Tomó una curva y se adentraron en su vecindario.

Julián permaneció callado tanto rato que estaba a punto de enseñarle lo que era la radio cuando, de repente, él preguntó:

— ¿Por qué quieres ayudarlos?

— No lo sé —le respondió con franqueza—. Supongo que se remonta a mi infancia, una época de muchas inseguridades para mí. Mis padres me querían mucho, pero no sabía relacionarme con otros niños. Mi padre era profesor de historia y mi madre ama de casa…

— ¿Qué es un ama de casa?

— Una mujer que se queda en casa y hace las cosas típicas de las madres. En el fondo, nunca me trataron como a una niña, por eso, cuando estaba cerca de otros niños, no sabía cómo comportarme. Ni qué decir. Me asustaba tanto que me ponía a temblar. Finalmente, mi padre comenzó a llevarme a un psicólogo y, después de un tiempo, mejoré bastante.

— Excepto con los hombres.

— Ésa es una historia totalmente diferente —le dijo, suspirando—. De adolescente era una chica desgarbada, y los chicos del instituto no se acercaban a mí, a menos que quisieran burlarse.

— ¿Burlarse de ti?, ¿por qué?

Grace se encogió de hombros con un gesto indiferente. Por lo menos, esos viejos recuerdos habían dejado de molestarla. Finalmente los había superado.

— Porque estaba plana, tenía orejas de soplillo y un montón de pecas.

— ¿Que estabas plana?

— No tenía pecho.

Grace hubiese jurado que podía sentir el calor que desprendía la mirada de Julián mientras inspeccionaba sus pechos.

Mirándolo de reojo, confirmó sus sospechas. De hecho, la estaba observando como si se hubiese quitado la camisa y estuviera en mitad de…

— Tus pechos son muy bonitos.

— Gracias —le respondió con torpeza, aunque curiosamente se sentía halagada por un cumplido tan poco convencional—. ¿Y tú?

— Yo no tengo pechos.

Lo dijo con un tono tan inexpresivo y serio que Grace no pudo evitar estallar en carcajadas.

— No era eso a lo que me refería, y lo sabes muy bien. ¿Cómo fue tu adolescencia?

— Ya te lo he dicho.

Ella le miró furiosa.

— En serio.

— En serio, luchaba, comía, bebía, me acostaba con mujeres y me bañaba. Normalmente, en ese orden.

— Todavía tenemos problemas con esto de la falta de confianza, ¿no? —preguntó ella de forma retórica.

Asumiendo su papel de psicóloga, cambió a un tema que a él le resultara más fácil.

— ¿Por qué no me cuentas qué sentiste la primera vez que participaste en una batalla?

— No sentí nada.

— ¿No estabas asustado?

— ¿De qué?

— De morir, o de que te hirieran.

— No.

La sinceridad de su sencilla respuesta consiguió desconcertarla.

— ¿Y cómo es que no tenías miedo?

— No tienes miedo a morir cuando no tienes nada por lo que seguir viviendo.

Impresionada por sus palabras, Grace tomó el camino de entrada a su casa.

Decidiendo que sería mejor dejar un tema tan serio por el momento, bajó del coche y abrió el maletero.

Julián cogió las bolsas y la siguió hasta la casa.

Se dirigieron a la planta alta. Grace sacó sus cómodos vaqueros del vestidor e hizo sitio en los cajones para poder guardar la ropa nueva de Julián.

— Veamos —dijo, arrugando las bolsas vacías para arrojarlas a la papelera de mimbre, colocada junto al armario—. Es viernes por la noche. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Te apetece una noche tranquila o prefieres dar una vuelta por la ciudad?

Su hambrienta mirada la recorrió de la cabeza a los pies, haciendo que ardiera al instante.

Ya conoces mi respuesta.

— Vale. Un voto a favor de arrojarse al cuello de la doctora, y otro en contra. ¿Alguna otra alternativa?

— ¿Qué tal una noche tranquila en casa, entonces?

— De acuerdo —respondió Grace, mientras se acercaba a la mesita de noche para coger el teléfono—. Déjame que compruebe los mensajes y después prepararemos la cena.

Julián siguió colocando su ropa, mientras ella llamaba al servicio de contestador y hablaba con ellos.

Acababa de doblar la última prenda cuando percibió una nota de alarma en la voz de Grace.

— ¿Dijo qué quería?

Julián se giró para poder observarla. Tenía los ojos ligeramente dilatados, y sujetaba el teléfono con demasiada fuerza.

— ¿Por qué le dio mi número de teléfono? —preguntó enfadada—. Mis pacientes jamás deben saber mi número privado. ¿Puedo hablar con su superior?

Julián se acercó a ella.

— ¿Algo va mal?

Grace alzó la mano, indicándole que permaneciera en silencio para poder escuchar lo que la otra persona le estaba diciendo.

— Muy bien —dijo tras una larga espera—. Tendré que cambiar el número de nuevo. Gracias —colgó el teléfono, frunciendo el ceño por la preocupación.

— ¿Qué ha pasado? —le preguntó él.

Grace resopló irritada mientras se frotaba el cuello.

— La compañía acaba de contratar a esta chica y, como es nueva, le dio mi número privado a uno de mis pacientes.

Hablaba tan rápido que a Julián le costaba trabajo seguirla.

— Bueno, en realidad, no es mi paciente —prosiguió sin detenerse—. Jamás habría aceptado a un hombre así, pero Luanne, la doctora Jenkins, no es tan selectiva. La semana pasada tuvo que marcharse de la ciudad a toda prisa, por una emergencia familiar. Así es que Beth y yo tuvimos que repartirnos sus pacientes para atenderlos mientras ella está fuera. Aún así, no quise quedarme con este hombre tan horripilante, pero Beth no pasa consulta los viernes, y él tiene que acudir los miércoles y los viernes debido al régimen de libertad condicional.

Grace lo miró con el pánico reflejado en sus pálidos ojos grises.

— Pero yo no quise atenderlo, y el supervisor de su caso me juró que no habría ningún problema.
Dijo que el tipo no representaba una amenaza para nadie.

Julián sentía que le palpitaba la cabeza por la cantidad de información que Grace estaba soltando, y que él era incapaz de comprender en su mayor parte.

— ¿Eso es un problema?

— Es un poquito espeluznante —dijo con las manos temblorosas—. Es un acosador. Acaban de darle el alta de un hospital psiquiátrico.

— ¿Un acosador? ¿Un hospital psiquiátrico? ¿Qué es eso?

Al escuchar la explicación, Julián no pudo evitar quedarse con la boca abierta.

— ¿Permitís que estas personas se muevan a su antojo?

— Bueno, sí. La idea es ayudarlos.

Julián estaba horrorizado. ¿Qué clase de mundo era ése en el que los hombres se negaban a proteger a sus mujeres y niños de la depravación?

— En mi época, no permitíamos que personas así se acercaran a nuestras familias. Nos asegurábamos de que no andaran sueltos por nuestras calles.

— ¡Bienvenido al siglo veintiuno! —exclamó Grace con amargura—. Aquí hacemos las cosas de un modo… distinto.

Julián movió la cabeza, ensimismado, mientras pensaba en todas las cosas de ésta época que le resultaban extrañas. No podía entender a esta gente, ni su modo de vida.

— No encajo en este mundo —masculló.

— Julián…

Se alejó cuando vio que Grace se acercaba a él.

— Grace, sabes que es así. Supongamos que rompemos la maldición; ¿de qué me va a servir? ¿Qué se supone que voy a hacer aquí? No puedo leer tu idioma, no sé conducir y no tengo posibilidades de trabajar. Hay demasiadas cosas que no entiendo. Me siento perdido…

Ella se estremeció ante la evidente angustia que Julián intentaba ocultar con todas sus fuerzas.

— Sólo estás un poco agobiado. Pero lo haremos pasito a pasito. Te enseñaré a conducir y a leer.
Y con respecto al trabajo… sé que eres capaz de hacer muchas cosas.

— ¿Como qué?

— No lo sé. Además de ser un soldado, ¿a qué otra cosa te dedicabas en Macedonia?

— Era un general, Grace. Lo único que sé hacer es dirigir a un antiguo ejército en una batalla.
Nada más.

Grace tomó su cara entre las manos y lo miró con dureza.

— No te atrevas a abandonar ahora. Me has dicho que no tenías miedo a luchar, ¿cómo puedes asustarte por esto?

— No lo sé, pero me asusta.

Algo extraño ocurrió entonces; Grace percibió que Julián le había permitido acercarse. No de forma muy íntima, pero por la expresión de su rostro se daba cuenta de que estaba admitiendo su vulnerabilidad ante ella. Y, en el fondo, sabía que no era el tipo de hombre que admite fácilmente ese hecho.

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