Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 7 de enero de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 6

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 6

Amanda gimió al sentir que una mano, cálida y fuerte, le acariciaba el estómago desnudo y se deslizaba hasta la cadera. De forma instintiva, se giró en dirección a las caricias, con el cuerpo enfebrecido
por el deseo.

Kyrian le dio la vuelta hasta dejarla tumbada de espaldas y capturó sus labios. Amanda sintió que
todo comenzaba a dar vueltas por el impacto de su fuerza y su poder. Jamás en su vida había experi-
mentado nada semejante al roce de su lengua jugueteando entre sus labios. O a la sensación de ese
cuerpo soberbiamente formado moviéndose de forma sinuosa contra ella.

El deseo se acrecentó.

El beso de Kyrian era salvaje y ardiente, pero teñido de una extraña ternura. Cerró los ojos y disfrutó
del olor especiado de su piel, del calor de su boca. Enterró las manos en el cabello dorado y se deleitó al sentir cómo las ondas se deslizaban entre sus dedos.

Él se apartó y la miró con una avidez tan palpable que Amanda se encendió aún más, mientras sen-
tía los deliciosos músculos de los hombros de Kyrian contrayéndose bajo sus manos.

–Serás mía –le dijo con tono posesivo y cierta agresividad.

–Y tú serás mío –le contestó ella, sonriendo, y entrelazó las piernas alrededor de sus estrechas cade-
ras.

La diabólica sonrisa de Kyrian, que dejó a la vista sus colmillos, le robó el aliento. Sin dejar de abra-
zarla, giró hasta quedar de espaldas con Amanda sobre su cuerpo.

Mordiéndose el labio, ella observó su apuesto rostro mientras sentía ese cuerpo, duro y viril, entre
los muslos. Con una necesidad abrumadora, comenzó a frotarse contra el largo y endurecido miembro
de Kyrian, que gimió en respuesta a sus caricias antes de recorrer su cuerpo con una mirada famélica e incorporarse un poco para cubrirle los pechos con la calidez de sus manos y apretarlos con suavidad, a lo que ella respondió cubriéndole las manos con las suyas.

–Podría estar toda la noche mirándote –le susurró Kyrian.

Amanda no encontró objeción alguna al comentario, puesto que nada la complacería más que con-
templarlo durante el resto de la eternidad mientras se paseaba desnudo.

Esa forma de andar... ese cuerpo...

Eran mucho más de lo que una simple mortal podía soportar.

Kyrian alzó las caderas, impulsándola hacia delante. Amanda apoyó las manos a ambos lados del
cuerpo de él para sujetarse y se inclinó, dejando que el pelo cayera en cascada a su alrededor y les pro-
porcionara un oscuro dosel.

–Ahora te tengo donde quería. –Kyrian le tomó el rostro con ambas manos y buscó sus labios. Su
boca la atormentaba, chupando el labio inferior y mordisqueándolo con suavidad.

Un gemido escapó de sus labios cuando la mano de Kyrian bajó desde el pecho, deslizándose por el
costado, y llegó hasta el centro de su cuerpo.

–Y esto es lo que más deseo –dijo antes de introducir dos dedos en su interior.

Amanda siseó de placer mientras esos dos dedos la torturaban sin piedad. Dentro y fuera, movién-
dose en círculos, avivando el fuego que amenazaba con consumirla.

Él abandonó sus labios un momento.

–Dime qué es lo que deseas.

–A ti –jadeó ella sin aliento.

–Entonces, me tendrás. –Kyrian la agarró por las caderas y la acercó hasta su erección.

Amanda anhelaba sentirlo en su interior y aguardaba, expectante, mordiéndose los labios. Deseaba
con todas sus fuerzas tenerlo dentro y compartir la más íntima de las experiencias.

Sintió que el extremo de su verga presionaba sobre la entrada. Y justo cuando pensaba que se desli-
zaría en su interior, la alarma del despertador comenzó a sonar.

Se despertó sobresaltada. Miró a su alrededor, aturdida, observando la desconocida habitación don-
de se encontraba. Tardó todo un minuto en recordar que estaba en la habitación de los mellizos, en ca-
sa de Grace. ¿Todo había sido un sueño? Pero era tan real... juraría que aún sentía las manos de Kyrian sobre el cuerpo y su aliento rozándole el cuello.

–No es justo –gimoteó mientras salía de la cama y apagaba el despertador. Se había despertado jus-
to cuando llegaba lo interesante.

¿De verdad había sido sólo un sueño? ¿Tan sólo un sueño sobre un misterioso desconocido que ocul-
taba su sufrimiento tras el sarcasmo y que la había cautivado con unos ojos oscuros y letales?

Haciendo un enorme esfuerzo por olvidar la intensidad de las imágenes que había creado su sub-
consciente, se envolvió en el grueso albornoz de Grace y salió para ir al baño.

–¿Quién los envía? –preguntó Grace.

Amanda se detuvo en mitad del pasillo al escuchar a Grace y Julian, que estaban hablando en la
planta baja.

–Supongo que son de Kyrian –le contestó su marido.

Bostezando, Amanda bajó las escaleras y los encontró a ambos en la sala de estar, rodeados de bol-
sas y paquetes. Julian ya estaba vestido para ir a trabajar, con unos chinos y un jersey. Grace llevaba un camisón premamá de color azul y, junto a ella, Niklos estaba haciendo trizas un trozo de papel que sobresalía de una bolsa.

–¿Qué es todo esto? –preguntó Amanda.

Julian se encogió de hombros.

–Tienes razón –dijo Grace al encontrar una nota en una de las bolsas–. Son de Kyrian. –Se detuvo
para leer la nota y se rió–. Lo único que dice es: «Gracias por la tirita». –Le pasó la nota a su marido.

Julian dejó escapar un exagerado suspiro mientras la leía.

–En nuestra época existía la costumbre de llevar regalos cada vez que se visitaba a un amigo. Pero...
joder, no tantos. –Se pasó una mano por el pelo mientras observaba la montaña de paquetes–. Kyrian
siempre ha sido un hombre generoso, pero... joder –volvió a repetir–. Supongo que volvió anoche y dejó todo esto aquí mientras dormíamos.

Amanda estaba atónita. Parecía el día de Navidad... en casa de los Rockefeller. Observó cómo Grace
sacaba docenas de juguetes para los mellizos: muñecas para Vanessa, un juego de construcción para
Niklos, un tren, un caballito...

Grace sacó una caja pequeña de una de las bolsas.

–Éste es para ti –le dijo a su marido, ofreciéndole el regalo.

Julian abrió la caja y su rostro perdió todo el color. Grace miró el contenido y jadeó.

–Es tu anillo de general –dijo, intercambiando una mirada perpleja con Julian–. ¿Cómo lo habrá con-
seguido? –preguntó.

Amanda se acercó para echarle un vistazo al anillo. Como el de Kyrian, tenía una espada de diaman-
tes y una corona de laurel formada por esmeraldas sobre un fondo de rubíes.

–Se parece al que lleva Kyrian. Excepto que el suyo tiene una corona.

Julian asintió.

–El suyo lleva la marca de la realeza mientras que el mío es estrictamente militar.

Confundida, Amanda alzó la vista y miró a Julian.

–¿Realeza?

–Kyrian era un príncipe –le contestó escuetamente–. El único heredero al trono de Tracia.

Amanda se quedó con la boca abierta.

–¿Los romanos crucificaron a un príncipe heredero? Pensaba que no podían hacerlo.

La mandíbula de Julian se tensó.

–Teóricamente no podían, pero el padre de Kyrian lo desheredó el día que se casó con Theone.

–¿Por qué? –preguntó Amanda.

–Porque era una hetaira. –Julian notó que Amanda fruncía el ceño, confundida, y añadió–: Eran mu-
jeres de clase baja, entrenadas para complacer a los hombres ricos y hacerles compañía.

–¡Ah! –exclamó ella, comprendiendo el motivo de la ira de la familia–. ¿Estaba buscando compañía
cuando la conoció?

Julian negó con la cabeza.

–Kyrian la conoció en la fiesta de un amigo y quedó subyugado. Juraba que había sido amor a prime-
ra vista. Todos intentamos hacerle entender que Theone sólo iba tras su dinero, pero se negó a escu-
charnos. –Soltó una carcajada teñida de amargura y continuó–. En aquella época no escuchaba a nadie,
era muy típico de él. Su padre lo adoraba, pero cuando Alkis descubrió que Kyrian había roto el com-
promiso con la princesa macedonia con la que estaba prometido, para casarse con Theone, se puso muy furioso.

»Alkis le dijo que un rey no podía gobernar con una puta al lado. Discutieron y, finalmente, Kyrian se
fue a caballo del palacio de su padre, directo a casa de Theone y se casó con ella ese mismo día. Cuan-
do su padre lo descubrió, le dijo que estaba muerto para él.

Amanda sintió una opresión en el pecho al escuchar a Julian; compartía su sufrimiento y notó que el
corazón se le desgarraba de dolor.

–Entonces, ¿lo dejó todo por ella?

Julian asintió, ceñudo.

–Lo peor de todo es que Kyrian jamás le fue infiel. Vosotras no podéis entender lo que eso significa-
ba. En nuestros días no existía la monogamia. No se sabía de ningún hombre que fuese fiel a su esposa, especialmente uno de la posición y riqueza de Kyrian. Pero una vez se casó con ella, jamás deseó estar con nadie más. Ni siquiera miró a otra mujer. –Los ojos de Julian llamearon de furia–. En realidad vivió y murió por ella.

El corazón de Amanda sufría por Kyrian. Sabía que aún debía dolerle mucho.

Grace le ofreció tres bolsas que contenían cajas envueltas en papel de regalo.

–Éstas son para ti.

Amanda abrió la caja más grande y encontró un vestido camisero, de diseño y tejido grueso. Deslizó
la mano por la suave seda color azul marino. Jamás había tocado algo parecido. Mirando en el interior
de las bolsas, encontró unos zapatos y otras cajas con el nombre de Victoria’s Secret. Ruborizada, no se atrevió a abrirlas delante de Julian y de Grace. No a menos que quisiera morir de vergüenza.

–¿Cómo sabía mi talla? –preguntó mientras comprobaba la etiqueta del vestido.

Julian se encogió de hombros.

Amanda se detuvo al encontrar una nota dirigida a ella. La letra era de trazo elegante y resuelto.

«Siento mucho lo de tu jersey. Gracias por haberlo soportado todo tan bien. Hunter.»

Amanda sonrió, aunque se sintió un poco dolida por el hecho de que se negara a usar su verdadero
nombre con ella. Sin duda era la forma que utilizaba para mantener las distancias entre ellos. Que así
fuera. Tenía derecho a mantener su intimidad. Tenía derecho a vivir su peligrosa vida inmortal sin ningún tipo de relación con un humano. Si quería seguir siendo Hunter para ella, lo respetaría.

Pero aún así... después de todo lo que habían compartido la noche anterior...

En su corazón, le daba igual el nombre que usara. Ella sabía quién era, conocía la verdad.

Recogió los regalos y se encaminó escaleras arriba para arreglarse antes de irse a trabajar. No obstante, lo que en realidad deseaba era darle las gracias a Hunter por su amabilidad.

Después de la ducha, abrió los regalos y encontró un tesoro de lencería atrevida. Hunter le había
comprado unas medias de color azul marino que hacían juego con un liguero. Como jamás había tenido uno, le llevó unos minutos imaginarse cómo se abrochaba. El conjunto se completaba con un sujetador de seda y un tanga.

–Mmm... –para ser un hombre que quería mantener las distancias, había elegido algo muy personal
para ella. Pero claro, ¿qué era él sino un enigma?

Amanda se mordió el labio y acarició el vestido. Se sentía increíblemente femenina con la suave len-
cería nueva y, cada vez que pensaba que las manos de Hunter habían tocado su ropa interior, un esca-
lofrío le recorría la espalda. Resultaba muy erótico saber que él había deslizado sus dedos por el delicado encaje del tanga que ahora descansaba íntimamente entre sus muslos. O por el interior del sujetador que ahora encerraba sus pechos.

Cómo deseaba tenerlo al lado para que la desvistiera... Para que la tocara de forma tan íntima como
había tocado la lencería. Al imaginar la expresión velada y oscura de su rostro mientras la tomaba entre sus brazos y le hacía el amor, comenzó a respirar de forma entrecortada y apretó los dientes con fuerza.

Los pezones se le endurecieron, doloridos, ante la idea.

Cogió el vestido, que estaba sobre la cama, y lo sostuvo sobre su cuerpo. Por un instante creyó re-
conocer en él el exótico aroma de Hunter. El deseo la atravesó como una daga. Mientras se lo ponía, la seda del vestido se deslizó sobre su piel y le hizo recordar el sueño. Volvió a sentir las manos de Hunter recorriendo su cuerpo.

Dios, cómo deseaba que estuviese allí... Cómo deseaba poder observarlo mientras le desabrochaba el
vestido y descubría a la mujer que se escondía bajo él... Pero jamás sucedería. Kyrian había desaparecido; había vuelto a su arriesgada existencia. Las punzadas de deseo desaparecieron al instante, reemplazadas por un dolor agudo. Un dolor para el que no encontraba explicación, pero que estaba allí. Profundo. Anhelante. Voraz.

Con un suspiro, se calzó los zapatos y bajó las escaleras; Julian la esperaba para llevarla al trabajo.

–Siento mucho lo de Cliff.

Amanda apartó la mirada del escritorio, alzó la cabeza y contó hasta diez. Si una sola persona más
volvía a decírselo, se dejaría arrastrar por la locura, iría al despacho de Cliff y lo despedazaría en trocitos pequeños y sangrientos.

Le había contado a todo el personal de la empresa que habían roto y, arrogantemente, había espar-
cido el rumor de que estaba tan destrozada que no había podido ir a trabajar el día anterior.

¡Le daban ganas de matarlo!

–Estoy bien, Tammy –le dijo a la administradora de su sección con una sonrisa forzada.

–Eso es –contestó la mujer–. Mantén bien alto ese ánimo.

Amanda frunció los labios cuando Tammy se marchó. Al menos el día tocaba a su fin. Podría irse a
casa y...

Y soñar con el hombre alto y apuesto al que nunca volvería a ver.

¿Por qué le afectaba más la idea de no ver a Hunter que el hecho que de Cliff hubiera cortado con
ella? ¿Qué tenía Hunter que hacía que lo echara tanto de menos...?

En el fondo lo tenía muy claro: era guapísimo, inteligente y heroico; era misterioso y letal. Y hacía
que su corazón se acelerara cada vez que le dedicaba esa deslumbrante sonrisa.

Se había ido para siempre.

Deprimida, se preparó para marcharse. Tras meter los documentos en su maletín, salió del despacho
y se dirigió al ascensor. Pulsó el botón para bajar al vestíbulo; no quería dejar a Grace esperándola du-
rante mucho rato en el estacionamiento, con los mellizos. Además, estaba cansada de estar en el des-pacho. Éste había resultado ser el día más largo de su vida. ¿Por qué habría querido ser contable? Selena tenía razón, su vida era desquiciantemente aburrida.

Al llegar al vestíbulo, las puertas se abrieron y echó un vistazo alrededor de la estancia acristalada
mientras salía. Aunque en el exterior ya había anochecido, las luces del estacionamiento eran bastante
potentes y vio que Grace aún no había llegado. ¡Joder! Estaba deseando irse a casa.

Irritada, se acercó hasta la puerta para esperar allí. Mientras soltaba el maletín, Cliff salió de uno de
los ascensores, rodeado de sus amigos.

Genial, sencillamente genial. El día iba mejorando a pasos agigantados.

Al verla sola, Cliff se acercó a ella exhibiéndose como un pavo real.

–¿Ocurre algo? –le preguntó cuando se detuvo a su lado.

–No. Aún no han venido a recogerme –le contestó de forma educada.

–Bueno, si necesitas que te lleve a casa...

–No necesito nada de ti, ¿vale? –le espetó antes de cruzar la puerta y detenerse en el exterior del
edificio. Era mejor esperar fuera y congelarse por el viento helado antes que pasar un solo minuto más al lado del último hombre al que le apetecía ver.

Cliff la detuvo al salir del edificio. Las luces de la calle arrancaban unos suaves destellos a su pelo
dorado.

–Mira, Mandy, no hay ningún motivo por el que no podamos ser amigos.

–No te atrevas a comportarte de forma caballerosa conmigo después de toda la basura que dijiste
ayer. ¿Quién te crees que eres para hablarle a todo el mundo de mi familia?

–Vale, Mandy, venga ya...

–Deja de llamarme Mandy cuando sabes que lo odio.

Él miró sobre su hombro y Amanda se dio cuenta de que la mitad del personal de la empresa estaba
escuchándolos.

–Vamos a ver, yo no fui el que se quedó ayer en casa porque estaba emocionalmente indispuesto a
causa de lo sucedido el sábado por la noche.

La furia de Amanda creció por momentos. ¿Emocionalmente indispuesta? ¿Ella?

¿Por él?

Lo miró de arriba abajo. Y, por primera vez, fue consciente del gusano que tenía delante.

–Disculpa, pero yo tampoco estuve en casa ayer. De hecho, ¿quieres saber dónde estuve? Me pasé
todo el día en los brazos de un magnífico dios rubio. Fíjate lo deprimida que estoy por ti.

Cliff soltó un resoplido.

–Ya veo. Sabía que era sólo cuestión de tiempo que tu familia acabara influyendo en tu comporta-
miento. Estás tan loca como todos ellos. Apuesto a que no tardarás mucho en venir a trabajar vestida de cuero negro y hablando sobre desintegrar vampiros a estacazos.

Amanda nunca había sentido un deseo tan fuerte de abofetear a alguien como el que bullía en esos
momentos en su interior. ¿Cómo había podido pensar que eran compatibles? Era grosero y cruel. Peor aún, ¡juzgaba a la gente por las apariencias! Tabitha podía ser una tarada, pero era su hermana ¡y nadie que no fuese de la familia tenía derecho a insultarla.
De repente, todos los defectos que no había visto en Cliff salieron a la luz. Y pensar que había pasa-
do todo un año de su vida intentando complacer a este cretino...

¡Era una idiota! Y una imbécil y una boba...

En ese momento notó cómo se le erizaba el vello de la nuca segundos antes de escuchar el rugido
de un motor bien afinado que se acercaba hasta donde estaban ellos.

Cliff giró la cabeza, miró a la calzada y se quedó boquiabierto.

Ella miró en la misma dirección, buscando el motivo de su distracción, y se quedó petrificada al ver
un impecable Lamborghini negro doblar para entrar en el estacionamiento y aparcar en la acera, justo
delante de ellos.

Sus labios dibujaron una sonrisa. No podía ser...

El corazón se le aceleró cuando la puerta se alzó y Hunter bajó del coche. Vestido con unos vaqueros
desgastados, un jersey gris y negro de cuello de pico y una chaqueta negra de cuero, estaba tan impo-
nente que quitaba el hipo.

Ese andar firme, arrogante y letal le estaba aflojando las rodillas.

–¡Ay Dios! –escuchó susurrar a Tammy mientras Hunter rodeaba el coche.

Él se detuvo delante de Amanda y la devoró con la mirada.

–Hola preciosa –le dijo con esa voz profunda y seductora–. Siento llegar tarde.

Antes de que pudiera reaccionar, Hunter la abrazó y le dio un beso sofocante. El cuerpo de Amanda
ardió en respuesta al roce de su lengua mientras él le presionaba la espalda con los puños cerrados. Al
momento se agachó y la cogió en brazos.

–¡Hunter! –balbució mientras la llevaba, sin esfuerzo aparente, hasta el coche.

Él le dedicó esa sonrisa tan suya, maliciosa y de labios apretados. El humor y el deseo le daban un
aspecto cálido y vivaz a esos ojos negros como la noche.

Con la punta del zapato abrió la puerta del asiento del acompañante y la dejó en el interior. Recogió
el maletín y el bolso que ella había dejado caer en la acera y se los dio antes de darse la vuelta para mirar a Cliff con una sonrisa de complicidad.

–Es imposible no amar a una mujer cuyo único fin en la vida es verte desnudo.

La expresión del rostro de Cliff mientras observaba cómo Hunter cerraba la puerta del coche antes
de rodearlo –con su característico andar elegante–para ocupar su asiento, no tenía precio.

Hunter se metió en el Lamborghini con un movimiento ágil y al instante abandonaron el estaciona-
miento.

Mil emociones bullían en el interior de Amanda. Gratitud, felicidad y sobre todo, alegría por verlo de
nuevo, especialmente después de que tanto Julian como su propia mente hubieran intentado convencer-
la de que jamás volvería a encontrarse con él.

No podía creer lo que Hunter acababa de hacer por ella.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó mientras salían del estacionamiento.

–Me has estado volviendo loco durante todo el día –le contestó en voz baja–. Podía sentir tu confu-
sión y tu dolor, pero no sabía el motivo. Así es que llamé a Grace y me enteré de que, supuestamente,
tenía que recogerte a la salida del trabajo.

–Aún no me has explicado qué haces aquí.

–Tenía que comprobar que estabas bien.

–¿Y eso?

–No lo sé. Tenía que saberlo.

Reconfortada por sus palabras, Amanda comenzó a juguetear con el cinturón de seguridad.

–Gracias por la ropa. Y por lo que acabas de hacer con Cliff.

–Ha sido un placer.

En ese momento tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarse sobre él y acariciar-
lo. Para no besar a su guapísimo héroe.

Hunter aceleró y se alejó del distrito empresarial.

–Hay una cosa que no entiendo, ¿por qué iba a querer una mujer como tú casarse con alguien como
él?

Amanda alzó una ceja.

–¿Cómo sabes que...?

–Tengo ciertas habilidades psíquicas, ¿lo recuerdas? Tu mente no deja de dar vueltas a tus verdade-
ros sentimientos por el «estúpido cretino».

Amanda se encogió, avergonzada, y deseó poder ser capaz de bloquear sus pensamientos.

–También lo he oído –bromeó Hunter, haciendo que se preguntara si lo habría dicho en serio.

–¿No puedes hacer algo para dejar de fisgonear en mi cabeza todo el tiempo? Me resulta muy incómodo.

–Si quieres puedo renunciar a ese poder en tu caso.

–¿En serio? ¿Puedes prescindir de un poder cuando te venga en gana?

Él resopló.

–No exactamente. El único poder del que puedo prescindir es de la habilidad de leer los pensamien-
tos de otra persona.

–¿Y una vez que renuncias a él puedes recuperarlo?

–Sí, pero no es fácil.

–Entonces deshazte de él, tío.

Kyrian soltó una carcajada e intentó concentrarse en la carretera, pero sólo era consciente de la
abertura del vestido de Amanda, que dejaba una buena porción del muslo cubierto de seda a la vista. Y, por si eso fuera poco, sabía lo que había debajo del vestido. Era otra de las imágenes que lo habían torturado durante todo el día mientras intentaba dormir.

Las lujuriosas curvas de Amanda cubiertas por el liguero y el tanga... Sólo de pensarlo se le hacía la
boca agua. Lo único que quería era deslizar la mano bajo el exquisito dobladillo hasta encontrar el pe-
queño trozo de seda que resguardaba la parte más privada de su cuerpo.

¡Uf, sí! Ya se imaginaba haciéndolo a un lado con los dedos para tener el camino despejado. O des-
garrando esa frágil y minúscula barrera antes de arrancársela de las caderas y enterrarse en su cuerpo
mientras ella lo rodeaba con las piernas enfundadas en las medias de seda.

Hunter se movió y recordó, demasiado tarde, que debería haberse comprado unos pantalones anchos.

Acariciarla sería llegar al paraíso.

Si el paraíso fuese una posibilidad para una criatura como él.

Apretó con más fuerza la palanca del cambio de marchas mientras la idea se abría paso en su inte-
rior.

«Ninguna mujer te amará por otro motivo que no sea tu dinero. Recuerda lo que te digo, muchacho.

Los hombres como nosotros nunca conseguimos algo tan sencillo. Tu mayor esperanza será tener un hijo que te quiera.»

Emitió un pequeño jadeo cuando los recuerdos, hacía tanto tiempo reprimidos, volvieron a su mente
con total claridad. Y al hilo de lo anterior rememoró las últimas palabras que le dijo a su padre.

«¿Cómo podría amar a un hombre sin corazón como tú? No eres nada para mí, viejo. Y no lo serás
jamás.»

El dolor lo dejó sin aliento. La ira había sido la fuente de esas palabras, que ya jamás podrían ser re-
tiradas. ¿Cómo pudo hablarle así a la persona que más había amado y respetado?

–Entonces –dijo Amanda, distrayéndolo–, ¿qué pasó anoche con Desiderius? ¿Lo atrapaste?

Él agitó la cabeza para aclarar sus pensamientos y se concentró en el presente.

–Se metió en un refugio tras nuestro enfrentamiento.

–¿En dónde?

–En un refugio; el santuario de un Daimon –le explicó–. Son aberturas astrales entre dimensiones.

Los Daimons pueden quedarse en ellas durante un par de días, pero, cuando la puerta vuelve a abrirse, se ven obligados a salir de nuevo.

Amanda estaba perpleja. ¿Sería cierto lo que describía?

–No puedo creer que haya algún tipo de poder que permita utilizar a los Daimons un refugio para
eludir la justicia.

–Y no lo hay. Los Daimons descubrieron los refugios por su cuenta. –La miró con una sonrisa pícara–

. Pero no me quejo. Eso hace que mi trabajo sea infinitamente más interesante.

–Bueno, mientras no te aburras... –le dijo con sarcasmo–. No me gustaría que tu trabajo llegara a
resultarte pesado algún día.

Hunter le lanzó una mirada que encendió su deseo.

–Chère, tengo la sensación de que sería imposible aburrirse contigo cerca.

Sus palabras tocaron uno de los puntos sensibles de Amanda.

–Eres el único que opina de ese modo –le dijo mientras recordaba la conversación con Selena–.

Siempre me han dicho que encabezo la fila que se dirige a la Ciudad del Aburrimiento.

Hunter se detuvo en un semáforo y clavó los ojos en ella.

–No entiendo el por qué de ese comentario; a mí no has dejado de sorprenderme desde el momento
en que me despertaste y me llamaste «guapetón».

Con el rostro encendido por el rubor, Amanda rió al recordarlo.

–Además –prosiguió él–, no puedes culpar a la gente por decir eso, cuando eres tú la que levanta la
barrera protectora.

–¿Cómo dices?

Metió primera y continuó avanzando por la calle.

–Es verdad. Entierras la parte de ti misma que ansía las emociones bajo una profesión tan aburrida
que algún día sustituirá a los tranquilizantes. Vistes con colores apagados y con jerseys de cuello vuelto que ocultan tu verdadera naturaleza.

–No es cierto –le contestó ella, temblando de rabia–. No me conoces lo suficiente para decir eso. Y
sólo me has visto vestida con un atuendo de mi elección.

–Cierto, pero conozco a la gente como tú.

–Sí, claro –murmuró con tono despectivo.

–Y he comprobado tu naturaleza apasionada de primera mano.

El rostro de Amanda se ruborizó aún más ante el comentario. No podía negar la verdad. No obstan-
te, eso no significaba que tuviera que gustarle el modo en que Hunter veía a través de ella, como si se
tratara de un cristal.

–Creo que tienes miedo de tu otra mitad –continuó él–. Me recuerdas a la ninfa griega Lyta. Era un
ser formado por dos mitades separadas. Las dos partes luchaban entre ellas, haciéndola muy infeliz; y
no sólo a ella, sino también a todo aquél que la conociese. Hasta que un día, un soldado griego se en-
contró con las dos mitades y las reunió. Desde aquel momento, Lyta vivió en armonía consigo misma y con los demás.

–¿Estás insinuando que te hago infeliz?

Él se rió a carcajadas.

–No. Me resultas muy divertida, pero creo que serías mucho más feliz si te aceptaras tal y como eres
y no lucharas tan enconadamente contra ti misma.

–¿Y eso me lo dice un vampiro que no bebe sangre humana? Dime, ¿no será que tú también estás
luchando contra tu verdadera naturaleza?

El comentario arrancó una sonrisa a Hunter.

–Quizás estés en lo cierto. Quizás yo también sería más feliz si liberara la bestia salvaje que hay en
mi interior. –La miró con desconfianza–. Me pregunto si serías capaz de manejar esa parte de mí.

–¿A qué te refieres?

Él no contestó.

–¿Dónde te llevo, a casa de Julian, a la de tu madre o a la tuya?

–Bueno, ya que vas camino de mi casa supongo que me puedes dejar allí. Vivo cerca de Tulane.

Kyrian hizo un esfuerzo supremo para permanecer atento al tráfico, pero seguía rememorando una y
otra vez escenas del sueño. Joder, no recordaba cuándo había sido la última vez que tuvo un sueño tan
real. Se había despertado muy temprano, duro y dolorido por el deseo. Y, en aquel momento, creyó oler el aroma de Amanda en la almohada.

Sobre su piel.

Había pasado el resto del día intentando descansar todo lo posible, pero sólo había dormido a ratos.

Deseaba a esa mujer de un modo tan intenso que su simple proximidad lo hacía temblar.

Nunca había anhelado algo con tanta fuerza como lo que ella había sugerido: liberarse y devorarla.

Si se atreviera a hacerlo...

En cuanto oscureció salió de caza... a cazarla a ella. Era la primera vez en su vida como Cazador Os-
curo que había perseguido a un mortal.

–¿Sabes una cosa? –le dijo ella con ese acento suave y cadencioso, provocándole una descarga eléc-
trica que descendió por su espalda hasta llegar a la entrepierna–. No tenías por qué recogerme. Podías
haberme llamado a la oficina para saber si estaba bien.

Kyrian se aclaró la garganta al sentir que se ruborizaba. ¡Joder! ¿Iba a hacer que se le subieran los
colores? No se había ruborizado desde que era un jovenzuelo imberbe, hacía ya dos mil ciento sesenta
años.

–No tenía tu número.

–Podías haberlo buscado en la guía telefónica o pedirlo en información. Y, por supuesto, Grace lo
tiene.

Kyrian percibió su sonrisa sin mirarla.

–Coño, si hasta podías haberlo sacado de mi cerebro. –Lo miró con suspicacia y con una súbita ex-
presión perversa en el rostro–. Apuesto a que querías verme otra vez, ¿no es eso?

–No –contestó él demasiado rápido.

–Mmm... –La incredulidad se reflejó en su tono de voz–. ¿Por qué será que no acabo de creérmelo?

–Seguramente porque nunca he sabido mentir.

Ambos rieron al unísono.

Lo observó mientras conducía. Se había puesto las gafas de sol y no era nada justo que un hombre
fuese tan guapo.

–¿Puedo preguntarte una cosa? –inquirió.

Él arqueó una ceja, expectante, pero no dijo nada y siguió mirando al frente.

–¿De verdad te gusta ser un Cazador Oscuro?

Hunter la miró y sonrió con esa sonrisa que dejaba ver los colmillos.

–Dime ¿cuántos trabajos hay por ahí que te permitan ser un héroe todas las noches? Mi sueldo es
astronómico y vivo eternamente. ¿Hay algo que no resulte atractivo en este empleo?

–¿Pero no te sientes solo a veces? –insistió ella.

–Puedes sentirte solo en mitad de una multitud.

–Supongo, pero...

Hunter la miró de soslayo.

–¿Por qué no me preguntas lo que en realidad quieres saber?

–Teniendo en cuenta que puedes leer mis pensamientos, ¿por qué no me respondes directamente?

Él sonrió con deleite, con la misma expresión que un lobo que acabara de encontrar su próximo al-
muerzo.

–Sí, cielo, me pareces increíblemente sensual. Lo que más deseo en estos momentos es llevarte a mi
casa y hacerte gritar de placer.

El rubor cubrió de nuevo el rostro de Amanda.

–Odio cuando haces eso. Eres peor que Tabitha. ¡Dios Santo! ¿Todos los Cazadores Oscuros compar-
tís esta habilidad?

–No, nena, sólo la tengo yo. –Y después añadió–: Cada uno de nosotros tiene sus propias habilida-
des.

–Si te soy sincera, me encantaría que la tuya fuese totalmente diferente.

–Muy bien cariño. Contigo, se acabó. Ya no volveré a leerte la mente.

Mientras lo observaba, Amanda se dio cuenta de que debajo de esa apariencia de chulo y fanfarrón
había un buen corazón.

–Eres un buen hombre, Hunter.

–Soy un buen vampiro, querrás decir.

–Sí, pero no vas por ahí bebiendo la sangre de la gente.

Los labios de Hunter se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.

–Julian te lo dijo, ¿no?

–Sí. Me dijo que los Cazadores Oscuros, al contrario que los apolitas, se libraron de esa parte de la
maldición de Apolo.

–Para tu información –le dijo de forma inquietante–, no necesitamos sangre para vivir, pero un cierto
número de Cazadores Oscuros, a los que llaman Bebedores, sí la toman. –Cambió de marcha–. Me parece que Julian y tú pasasteis demasiado tiempo hablando anoche.

–Es posible. –Pero claro, Hunter se había convertido en su tema de conversación favorito. Había te-
nido al pobre Julian despierto hasta bien entrada la madrugada, preguntándole cosas sobre Kyrian y los Cazadores Oscuros–. ¿Es verdad que los apolitas sólo viven veintisiete años?

Él asintió.

–Eso es lo que los hace tan peligrosos. La mayoría de ellos darían cualquier cosa por vivir un solo día más.

Y ésa era la razón –según Julian– de que los Cazadores Oscuros no tuvieran alma. Así se evitaba que
los Daimons se hicieran con las almas más poderosas. Cuanto más fuertes fuesen las almas robadas,
más podrían vivir los Daimons gracias a ellas.

–Alguien como tú –le dijo Kyrian–, es un objetivo primordial para los Daimons. Cuando roban un al-
ma como la tuya, obtienen todos los poderes psíquicos que la acompañan.

Amanda resopló.

–Yo no tengo poderes.

–Si esa mentira te hace feliz...

–No es ninguna mentira –se defendió ella–. No tengo ninguna habilidad provechosa. Por lo menos
ninguna que no esté relacionada con devorar números.

–Vale, devoradora de números, te creo. –Pero el tono con el que lo dijo desmentía sus palabras.

Amanda miró con ojos entornados al pedazo de testarudo que tenía al lado y le dio las indicaciones
precisas para llegar a su casa. Según se acercaban al lugar, comenzó a ver algunas nubes de humo que
ascendían hacia el cielo.

–¿Eso es un incendio?

–Sí; y parece que es grande.

–¡Oh, no! –musitó al aproximarse y ver que era su casa la que ardía.

Pero Hunter no se detuvo allí, continuó bajando la calle hacia la casa de Tabitha que también estaba
siendo consumida por las llamas.

Amanda se abalanzó para abrir la puerta con los ojos arrasados de lágrimas.

–¡Tabitha! –chilló, aterrorizada ante la idea de que su hermana pudiera estar dentro del edificio.

En un abrir y cerrar de ojos, Hunter salió del coche y entró corriendo en la casa. Con el corazón mar-
tilleándole en el pecho, Amanda salió del Lamborghini a trompicones. Se quitó los zapatos de tacón de una patada y se dirigió a toda prisa hacia el porche, pero no se atrevió a entrar en la casa descalza.

–¿Hunter? –lo llamó, intentando distinguir algo entre las llamas–. ¡Tabitha!

Por favor, que esté bien. Por favor, ¡que Tabby esté todavía en el trabajo!

Mientras esperaba allí, intentando vislumbrar a Kyrian o escuchar su voz, una moto entró en el jardín
y se detuvo con un chirrido de frenos junto al camino de entrada.

A la velocidad del rayo, el motorista se quitó el casco negro, lo tiró al suelo y entró en la casa tan rá-
pido que Amanda no pudo verle la cara. Pero se dio la vuelta ya que, en ese mismo momento Hunter
salía de la casa llevando en brazos a la compañera de su hermana.

Amanda lo siguió hasta el jardín, donde Hunter dejó a Allison tumbada en el césped.

–Tabitha no estaba dentro –le dijo él mientras inclinaba la cabeza hacia el cuerpo inconsciente de la
chica–. Ha inhalado mucho humo. –Comprobó los alrededores; varios vecinos se habían asomado al lugar, pero ninguno hacía ademán de acercarse–. ¿Dónde está la maldita ambulancia? –masculló.

Terminator se acercó corriendo a ellos. Lamió la cara de Allison y después la de Amanda. Mientras
saludaba al animal con unas palmaditas, alzó la mirada para observar al tipo que había llegado en la
moto. Era tan apuesto como Hunter, pero parecía estar envuelto en un aura etérea, casi mística.

Tenía el pelo rubio y corto, a excepción de dos largas trenzas que le caían desde la sien izquierda
hasta la mitad del pecho. Iba ataviado con una chaqueta de cuero de motorista, cubierta con inscripcio-
nes celtas en tonos rojos y dorados. De su cuello pendía un grueso colgante de oro, también celta.

El hombre se arrodilló junto a Hunter y pasó una mano –aún cubierta por el guante– unos centíme-
tros por encima del cuerpo de Allison.

–Tiene los pulmones abrasados –dijo en voz baja.

–¿Puedes ayudarla, Talon? –le preguntó Hunter.

El recién llegado asintió. Se quitó los guantes y colocó las manos sobre las costillas de Allison. Des-
pués de unos segundos, la respiración de la chica se hizo más tranquila y estable.

Talon buscó a Amanda con la mirada y ella se estremeció al darse cuenta de que tenía los ojos exac-
tamente iguales a los de Kyrian.

Había algo muy inquietante, algo muy extraño, en este nuevo Cazador Oscuro. Era el sosiego perso-
nificado, decidió. Como un remanso de aguas oscuras pero insondables. Esa serena calma que lo rodeaba resultaba seductora y escalofriante a la vez.

De repente, cayó en la cuenta de que debía estar sucediendo algo horrible. ¿Por qué sino iba a apa-
recer otro Cazador Oscuro?

–Desiderius es el responsable de los incendios, ¿verdad? –les preguntó ella.

Los dos hombres negaron con la cabeza. Hunter miró a Talon.

–¿Crees que ha sido tu objetivo?

–En mi opinión, se han aliado. Mi objetivo está intentando quitarte de en medio mientras el tuyo se
esconde.

Por fin llegaron los servicios médicos. Un equipo de urgencias se hizo cargo de Allison y ellos tres se apartaron hacia un lado.

–Bueno, joder, Talon. Esto es nuevo –dijo Hunter mesándose el cabello–. Y nos deja completamente
expuestos.

Talon señaló con la cabeza la casa de Tabitha.

–Sí, lo sé. Es una mierda que puedan unir sus fuerzas cuando nosotros no podemos hacerlo.

–¿Y por qué no?

Talon miró a Hunter.

–¿Qué es lo que sabe?

–Más de la cuenta.

–¿Podemos confiar en ella?

Hunter la miró con suspicacia. La incertidumbre que mostraban sus ojos la hirió. Jamás haría nada
que pudiera perjudicar al hombre que le había salvado la vida.

–Esta tarde encontré un mensaje de Acheron en el buzón de voz diciéndome que podía darle a

Amanda toda la información que necesitara.

Talon frunció el ceño.

–Eso no es propio del T-Rex.

–Sabes que Acheron odia que lo llames así.

–Y por eso lo hago. Me resulta difícil creer que T-Rex le haya dado carta blanca.

–Sí, pero ya conoces a Acheron. Debe haber un motivo y, a su debido tiempo, cuando menos lo es-
peremos, aparecerá para iluminarnos.

–Entonces decidme –los interrumpió Amanda–, ¿por qué no podéis unir vuestras fuerzas?

–Para evitar luchas territoriales e impedir que nos aliemos en contra de los humanos o de los dioses

–le explicó Hunter–. Como resultado, en cuanto estamos cerca nuestros poderes comienzan a disminuir.

Cuanto más tiempo estemos juntos, más nos debilitamos.

Amanda los miró boquiabierta.

–Eso no es justo.

–La vida rara vez lo es –le contestó Talon.

–¿Tienes idea de dónde puede estar tu objetivo? –preguntó Hunter a Talon.

–Perdí la señal justo aquí, así es que supongo que debe haber un refugio cerca.

–Genial –masculló Hunter.

–Sí, de puta madre –convino Talon–. Estaba pensando que deberíamos llamar a Kattalakis para que
los sacara de sus escondrijos.

–No –le contestó Hunter con rapidez–. Éste no es el típico Daimon con el que solemos enfrentarnos;
algo me dice que poner a un Cazador Katagari al alcance de Desiderius sería como arrojar una granada a un barril de dinamita. Lo único que nos hacía falta es que se hiciera con una de sus almas. ¿Te imaginas el daño que podría ocasionar?

–¿Cazador Katagari? –preguntó Amanda–. ¿Es como vosotros?

Talon se aclaró la garganta.

–No exactamente.

–Nosotros perseguimos a las criaturas nocturnas –le explicó Hunter–, de ahí lo de Cazadores Oscu-
ros. Y ellos... –hizo una pausa y miró a Talon suplicando ayuda.

Talon continuó con la explicación.

–Los Cazadores Katagari son... –y también se detuvo para mirar a Hunter en busca de la palabra
adecuada.

Hunter se encogió de hombros.

–¿Hechiceros?

–No está mal –le dijo Talon.

Pero Amanda no entendía nada, ya que no sabía de qué estaban hablando.

–¿Hechiceros? ¿Como Merlín?

–Joder –masculló Talon, mirando de nuevo a Hunter–. ¿Estás seguro de que T-Rex te dijo eso?

Hunter retiró el móvil del cinturón, buscó entre los mensajes y se lo pasó a Talon.

–Escúchalo tú mismo.

Y Talon así lo hizo. Tras una breve pausa, le devolvió el teléfono a Hunter y miró a Amanda.

–Muy bien, vamos a explicarlo así: existen cuatro tipos de Daimons o vampiros: los que beben san-
gre, los que roban almas, los que absorben energía durante el sueño y los asesinos.

Amanda asintió. Hasta ahí lo entendía.

–Vosotros sois los asesinos.

Hunter soltó un bufido.

–¿¡Qué!? ¿Es que naciste con el mando a distancia en la mano?

–No –la corrigió Talon, ignorando el sarcasmo de Hunter–. Los asesinos son los vampiros más peli-
grosos, ya que no quieren nada de sus víctimas. Destruyen simplemente por mero placer. Por no men-
cionar que son los más fuertes.

Amanda se estremeció.

–¿Desiderius es uno de ellos?

Hunter negó con la cabeza mientras Talon continuaba con la explicación.

–Para proteger el mundo que conocemos, se crearon tres tipos de Cazadores que persiguieran a los

Daimons para acabar con ellos. Es la llamada «Pirámide Protectora». Los Cazadores Oscuros perseguimos a los vampiros que se alimentan de sangre humana y a los que roban almas. Los Guardianes de los Sueños persiguen a los que absorben energía a través de los sueños y los Cazadores Arcadios y Katagari persiguen a los asesinos.

Amanda frunció el ceño.

–Supongo que lo que no acabo de entender es por qué no existe un grupo que se ocupe de todos
ellos.

–Porque no es posible –le respondió Hunter–. Si una persona, o un solo grupo, fuera lo suficiente-
mente fuerte para caminar por los cuatro reinos de la existencia, sería capaz de dominar el mundo. Na-
da ni nadie podría detenerlo. Y los dioses se cabrearían mucho.

–¿A qué cuatro reinos te refieres?

–El tiempo, el espacio, la tierra y los sueños –le contestó Talon.

Amanda dejó que el aire saliera lentamente de sus pulmones.

–Vale, eso sí es aterrador. ¿Algunos de vosotros viajáis a través del tiempo?

–Y del espacio y de los sueños.

–¡Ah! –exclamó ella mientras asentía–. ¿Rod Serling13 era un Cazador de los que viajan?

A ninguno de los dos pareció hacerles mucha gracia.

–Vale –dijo Amanda–. No ha sido gracioso. Sólo estoy intentando comprenderlo todo.

Talon se rió.

–No lo hagas. Yo llevo intentándolo mil quinientos años y aún sigo encontrándome cosas nuevas.

Hunter hizo una mueca.

–¿Sólo tú? Cada vez que creo que lo he pillado, aparece alguien como Desiderius y lo pone todo pa-
tas arriba.

–Eso es cierto –coincidió Talon con una carcajada, antes de comenzar a mover los hombros–. Y ha-
blando de cosas terroríficas, tengo que irme. Mis guías se desvanecen mientras hablamos.

Hunter simuló un estremecimiento.

–Odio cuando hablas con los muertos delante de mí.

Talon lo miró con cara de pocos amigos.

–¿Has sido tú el imbécil que me ha mandado la camiseta con la frasecita «En ocasiones veo muer-
tos»?

Hunter se rió.

–Ha debido ser Wulf. Creía que estaba bromeando cuando lo contó.

–Pues hablaba en serio. Me llegó hace tres días. Ya me las pagará. –Talon miró a Amanda antes de
seguir hablando–. No la pierdas de vista.

Hunter asintió.

Talon echó un vistazo por encima del hombro a uno de los bomberos.

–¿Es cosa mía o el bombero apolita que está detrás de mí nos mira demasiado?

–Sí, ya me he dado cuenta. Creo que debería interrogarlo.

–Esta noche no. Asegúrate primero de que Amanda está a salvo. Yo interrogaré al apolita.

Hunter alzó una ceja y lo miró.

–¿No confías en mí?

–Joder, griego, claro que no. Te conozco demasiado bien. –Talon se acercó a su Harley-Davidson y
recogió el casco del suelo–. Te mandaré un correo electrónico más tarde con lo que averigüe.

–¿Un correo electrónico? –preguntó Amanda–. ¿Puedo preguntar?

Hunter se encogió de hombros.

–Hemos avanzado mucho. Antes solíamos contratar mensajeros para que entregaran los correos.

–Vaya –dijo Amanda un instante antes de ver a un hombre solitario que se ocultaba entre las som-
bras, al otro lado de la calle. En lugar de observar el incendio, parecía más interesado en Hunter y Ta-
lon.

Talon se acercó de nuevo a ellos.

–Una pregunta –susurró Amanda sin quitar la vista de encima al extraordinario hombre rubio de en-
frente–. ¿Todos los Daimons son rubios?

–Sí –respondió Hunter–. Como todos los apolitas.

–¿Y cómo distinguís a un apolita de un Daimon?

–A menos que consigan bloquearnos, podemos percibirlos –dijo Talon–. Pero para un humano, la
única pista visible es el símbolo negro, parecido a un tatuaje, que los Daimons tienen en mitad del pe-
cho, justo sobre el lugar donde se almacenan las almas que roba.

–Vaya –dijo de nuevo sin dejar de observar al hombre que, a su vez, los observaba a ellos–. Una co-
sa, ¿creéis que vuestros objetivos os han reunido a propósito para debilitar vuestros poderes antes de
atacar?

Los hombres la miraron perplejos.

–¿Por qué dices eso? –preguntó Talon.

–Bueno, no soy ninguna experta, pero el chico que está detrás de ti tiene toda la pinta de ser un

Daimon.

Apenas había acabado de hablar cuando un rayo impactó en la espalda de Talon, enviándolo al sue-
lo. Hunter lanzó una maldición, tiró de Amanda hasta dejarla tras el coche y saltó sobre el Lamborghini para perseguir al Daimon que acababa de atacar a Talon. Los dos cayeron al suelo en mitad de una violenta pelea.

Amanda se acercó a Talon, que estaba cubierto de sangre. Con el corazón martilleándole en el pe-
cho, intentó incorporarlo pero, antes de que pudiera lograrlo, otro Daimon los atacó.

Reaccionando de forma instintiva, agarró el puñal celta que Talon llevaba en el cinturón e hirió al
vampiro en el pecho. El Daimon siseó de dolor y retrocedió. Talon se puso en pie, arrebató el puñal a
Amanda y lo clavó en la espalda del Daimon, que se alejaba a la carrera. El vampiro desapareció con un destello de luz.

Hunter salió de improviso de entre las sombras, respirando laboriosamente mientras recogía el puñal
de Talon del suelo para devolvérselo.

–¿Estás bien? –le preguntó.

Talon hizo una mueca de dolor al doblar el brazo.

–Las he tenido peores. ¿Tú qué tal?

–Las he tenido peores.

Talon miró a Amanda e hizo un gesto cortés con la cabeza.

–Gracias por la ayuda –le dijo mientras se frotaba el hombro con la mano–. Pon a salvo a tu mujer.

Luego hablamos.

–Vale.

Amanda se encogió al ver cómo Talon pasaba una larga pierna sobre la moto para sentarse. Se mo-
vía lentamente y con mucho cuidado, señal del dolor que debía estar sufriendo.

–¿De verdad está bien?

–Nuestras heridas sanan rápido; la mayoría desaparecen en menos de veinticuatro horas.

A lo lejos se escuchó una sirena. Kyrian echó un vistazo a la calle, donde ya se veían las luces.

–La policía. Tenemos que irnos antes de que lleguen.

–¿Y qué pasa con Allison?

–Cuando recobre el conocimiento estará perfectamente. Talon puede curar cualquier herida, lo único
que le resulta imposible es devolver la vida.

–¿Y Terminator?

Hunter dio un silbido y abrió la puerta del coche, dejando que el perro se colocase en el asiento de

Amanda.

–Estaremos un poco apretados, pero nos las arreglaremos.

Amanda entró en el coche y acomodó a Terminator en su regazo lo mejor que pudo. Hasta que Hun-
ter no se sentó frente al volante no vio la sangre que le cubría el brazo y la mano.

–¿Estás herido?

–En el antebrazo. Se curará.

–¡Jesús, Hunter! ¿Cómo puedes seguir dedicándote a esto?

Él se echó a reír.

–Hace ya tanto tiempo que lo hago que, honestamente, no recuerdo cómo era mi vida antes de que
muriera.

Amanda se estremeció al escuchar el comentario.

–Pero en realidad no estás muerto, ¿verdad? Todo esto me parece un poco confuso. A ver: sangras,
te late el corazón y tu piel es cálida al tacto. Eso significa que estás vivo ¿no?

Hunter puso en marcha el coche y bajó la calle, alejándose de la policía.

–Sí y no. Cuando un humano muere, Artemisa utiliza sus poderes para capturar su alma. Una vez
atrapa nuestras almas, somos devueltos a la vida.

–¿Cómo?

–Teniendo en cuenta que en ese momento estaba muerto, no tengo ni la menor idea. Lo único que
recuerdo es que todo se volvió negro y que, cuando me desperté, era más fuerte que nunca y además
tenía habilidades psíquicas.

Amanda meditó acerca de lo que Hunter había dicho mientras acariciaba las orejas de Terminator y
le sujetaba la cabeza para mantenerlo tranquilo.

–¿Eso significa que puedes morir otra vez?

–Sí.

–¿Y qué sucede entonces?

Hunter respiró hondo.

–Cuando uno de nosotros muere antes de reclamar su alma, vaga eternamente por la tierra sin nin-
gún tipo de poder. Es una Sombra atrapada en un cuerpo sin sustancia. Me explico: no puede tocar na-
da, nadie le escucha a excepción de los Oráculos y pasa hambre y sed pero no podremos comer ni be-
ber. Es un pequeño salto que nos lleva de un estado maldito a otro peor.

Amanda se quedó boquiabierta ante semejante destino. No podía soportar la idea de que algo le su-
cediera a Hunter.

–¿Y eso es lo que sucede si un Daimon te mata?

Él asintió.

–Pero es injusto.

Él la miró brevemente.

–Pequeña, ¿en qué mundo has vivido que todo te parece una cuestión de justicia? La vida y la muer-
te son como son. La justicia o la falta de ella no tienen nada que ver.

Ese comentario era muy revelador. ¿Cuántas injusticias habría sufrido para pensar así?

A esa idea le siguió otra con extrema rapidez.

–Julian dijo que podrías recuperar tu alma.

–En teoría, sí.

–¿Cómo que en teoría? –preguntó mientras Terminator alzaba la cabeza para mirar a Hunter.

Él alargó el brazo y le dio unas palmaditas para que se tranquilizara de nuevo.

–Se nos concede una vía de escape, pero en los últimos dos mil años sólo unos cuantos han tenido
éxito. Casi todos los que lo han intentando han acabado siendo meras Sombras.

Amanda frunció el ceño. Era horrible. Por su forma de contarlo, sabía que Hunter estaba resignado y
que jamás intentaría recuperar su alma. ¿Por qué?

–¿Qué tendrías que hacer para que te devolvieran tu alma?

Él se encogió de hombros.

–No lo sé. Nadie lo sabe, ya que es distinto para Cazador Oscuro. Lo único que tengo claro es que,
llegado el momento de la verdad, el Cazador Oscuro es liberado o maldecido para toda la eternidad.

Lo que Kyrian no quiso contarle es que, para poder conseguir su libertad, los Cazadores Oscuros te-
nían que depositar sus almas en manos de alguien que los amara. Habiendo sido herido de manera tan
cruel por su esposa, jamás volvería a confiarle a nadie su cuerpo o su corazón y mucho menos su alma inmortal. Había visto a muchos hermanos atrapados como Sombras porque las personas que debían
completar la prueba habían fallado. Y, en el fondo de su mente, estaba la certeza de que ninguna mujer podría amarlo jamás. Ni siquiera un poquito. ¿Por qué iba a pensar, por tanto, que alguien podría libe-
rarlo?

–¿Por qué estuviste de acuerdo en vivir así? –le preguntó.

Él la miró y alzó una ceja.

–Ya te lo he dicho, los ingresos son ilimitados y además soy inmortal. ¿No es tentador?

Aún así, Amanda no estaba muy convencida. Era una respuesta demasiado simple y él no parecía ser
un hombre superficial.

–No creo que seas un avaricioso.

–¿Ah, no?

–No. Eres mucho más íntegro, más generoso. La gente avariciosa no tiene el detalle de dejar los re-
galos que tú dejaste para Julian y su familia. –Vio cómo tensaba la mandíbula y supo que lo había calado a la perfección–. Por cierto, ¿cómo conseguiste su anillo? Dijo que lo había vendido hacía un par de años.

Hunter se quedó tan callado que Amanda creyó que no respondería. Finalmente habló.

–Hace un par de años, salvé a un hombre que estaba siendo atacado por un Daimon. Lo llevaba en
la mano y, cuando lo vi, apenas podía creerlo. Le dije que se lo compraba, pero me lo regaló por haberle salvado la vida.

Ella lo observó con los ojos entrecerrados, deseando poder leer sus pensamientos igual que hacía él.

–¿Por qué querías quedarte con él?

Kyrian desterró toda emoción de su rostro y ella supo que el tema era muy delicado para él.

–¿No me vas a contestar?

–¿Qué quieres que diga? –preguntó él, irritado y con brusquedad–. ¿Que tuve un momento de debi-
lidad? ¿Que por un instante sentí una punzada de añoranza? Pues sí, es cierto. Ahora ya sabes que el
Cazador Oscuro tiene corazón, aunque carezca de alma. ¿Estás contenta?

–Ya sabía que tenías corazón.

Él se detuvo en un semáforo y la miró. Fruncía el ceño con intensidad y la observaba como si estu-
viese intentando comprenderla.

–Lo creas o no –prosiguió Amanda–, se refleja en todo lo que haces.

Kyrian meneó la cabeza, como si no pudiese creerla, y volvió a mirar al semáforo.

–No sabes nada de mí.

Eso era cierto pero...

Amanda se sentía muy intrigada por él. Cautivada. Este hombre, que no era un hombre, la atraía, la
seducía. Pero lo único que siempre había deseado en la vida era ser normal. Tener un hogar acogedor,
lleno de amor, con niños. Una vida tranquila.

Él no podía ofrecerle nada de eso.

No obstante, cada vez que lo miraba, cada vez que pensaba en él, le sucedía algo de lo más extraño.

Y no era sólo lujuria. Era algo más. Algo indefinible que la hacía sentirse un poco más feliz y que despertaba su cariño. Estar cerca de él la hacía volar.

Y se preguntaba si a Kyrian le sucedería lo mismo.

Si era así, lo ocultaba bastante bien bajo esa fachada de tipo duro.

–¿Puedo hacerte otra pregunta?

Él suspiró, irritado.

–¿Y ahora qué? Ya me lo has preguntado todo.

Haciendo caso omiso de sus punzantes palabras, formuló la pregunta.

–¿Por qué te convertiste en un Cazador Oscuro?

–Quería vengarme a cualquier precio.

–¿De Theone?

En esta ocasión, Kyrian no pudo ocultar el dolor que reflejó su rostro, ni evitar que se le ensancharan
las aletas de la nariz. Agarraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se veían claramente bajo la
piel.

Amanda respiró hondo y comenzó a acariciar de nuevo las orejas de Terminator. No podía culparlo
por querer vengarse de una mujer que había sido tan desalmada como para entregarlo a sus enemigos.

–Julian me contó que los dioses te concedieron veinticuatro horas para que llevaras a cabo tu ven-
ganza. ¿Qué hiciste con ella?

En la mandíbula de Kyrian comenzó a palpitar un músculo y, cuando habló, su voz estaba teñida de
furia.

–Di la espalda a mi familia por ella. Di la espalda a todo un reino y a la gente que me amaba. Por su
culpa, las últimas palabras que dirigí a mis padres fueron hirientes y crueles. Y cuando le comunicaron a mi padre la noticia de mi muerte, el dolor lo volvió loco.

»Se arrojó desde la ventana de la habitación que yo ocupaba cuando era niño y murió aplastado
contra las piedras del suelo, llamándome. Mi madre no volvió a pronunciar ni una sola palabra más hasta el día de su muerte y mi hermana pequeña se rapó el pelo para hacer saber al mundo lo mucho que sufría.

»Sin mi guía, los romanos vencieron a nuestros ejércitos e invadieron mi hogar. Mis gentes perdieron
la dignidad, la nacionalidad y sufrieron durante siglos el yugo romano.

En ese momento la miró, furioso.

–Dime, ¿qué habrías hecho tú con mi esposa?

Amanda tenía los ojos llenos de lágrimas por el dolor que reflejaba su voz. Entendía perfectamente
su sufrimiento. Dios santo, nadie se merecía un castigo semejante por haber amado a quien no le co-
rrespondía.

Pero lo que más le sorprendía era que no había dicho nada de lo que Theone le había hecho a él. Ky-
rian sólo sufría por lo que habían padecido su familia y su país.

El deseo de acariciarlo era tan fuerte que no sabía muy bien cómo lograba contenerlo. Se obligó a
concentrarse en Terminator, abrazándolo del modo que le gustaría abrazar a Hunter.

–No lo sé –le susurró una vez que desapareció el nudo que le obstruía la garganta–. Supongo que yo
también la habría matado.

–Eso es lo que todo el mundo supone.

Amanda sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

–No lo hiciste, ¿verdad?

–No. Le rodeé el cuello con las manos y estaba a punto de acabar con su vida cuando me miró con
los ojos llenos de lágrimas y presa del pánico. Durante un minuto quise matarla y, un instante después, sentía deseos de enjugar sus lágrimas, besar sus temblorosos labios y dejar que siguiera viviendo en paz. –Apretó los dientes al acabar–. Así que ya ves, estás sentada junto al imbécil más grande que jamás ha pisado la tierra. Un hombre que vendió su alma a cambio de una venganza que jamás llevó a cabo.

Amanda se sintió abrumada por todo el horror que había soportado Kyrian. A pesar de todo lo que
había sufrido a causa de esa mujer, después de todo lo que había perdido, había seguido amándola.

Profundamente.

No importaba lo que Theone le hubiese hecho, al final la había perdonado.

¿Cómo podía alguien traicionar a un hombre capaz de demostrar tanto amor y fidelidad? No le cabía
en la cabeza.

–Lo siento.

–No lo hagas. Como dice el refrán, yo mismo me hice la cama. Fui un estúpido que no quiso ver la
verdad. Me di cuenta demasiado tarde de que jamás me había dicho que me amaba; ni una sola vez.

El pesar y el dolor que reflejaba su voz la estaban desgarrando.

–Tú no tuviste la culpa –le dijo mientras enfilaban el Garden District–. Ella no tenía derecho a traicio-
narte.

–Theone no me traicionó. Yo mismo lo hice.

¡Por amor de Dios! Era obstinado. Jamás había conocido a nadie que estuviese tan dispuesto a car-
gar con más responsabilidades. Ojalá pudiese encontrar el modo de penetrar el muro de hierro que ha-
bía alzado a su alrededor.

Con el corazón en un puño, vio que pasaban frente a las mansiones de estilo neoclásico, donde los
enormes pinos y los robles estaban cubiertos de musgo español.

Hunter se desvió por un camino al final de la calle. Los árboles impidieron que Amanda viera la casa
con claridad antes de llegar a una pesada puerta de hierro de más de tres metros de altura, flanqueada
por dos enormes pedestales de piedra. Un alto muro de ladrillo rojo rodeaba la propiedad y parecía ex-
tenderse hasta el infinito.

El lugar se asemejaba a una fortaleza.

Hunter sacó un mando a distancia de la guantera, apretó el botón y las pesadas puertas comenzaron
a abrirse.

Amanda se quedó sin aliento y con la boca abierta de par en par cuando avanzaron por el largo y si-
nuoso camino y por fin pudo ver la casa donde él vivía. ¡Era enorme! El estilo neoclásico era de lo mejor que ella había visto jamás. Unas altas columnas flanqueaban el porche alrededor de toda la planta inferior y los balcones estaban adornados con rejas de hierro forjado pintadas de blanco.

Hunter siguió conduciendo hasta la parte trasera del edificio y entró en un garaje con capacidad para
seis vehículos, donde ella pudo ver que también tenía un Mercedes, un Porsche, un Jaguar Vintage y un Buick último modelo que parecía estar fuera de lugar.

Vale, el Lamborghini la había hecho pensar que Hunter tenía mucho dinero, pero jamás se hubiera
imaginado que pudiera vivir así. Como si perteneciera a la realeza.

Al pensarlo se estremeció.

Por supuesto que pertenecía a la realeza. Era un príncipe. Un príncipe de la Antigua Grecia.

Mientras la puerta del garaje se cerraba tras ellos, Hunter la ayudó a bajar del coche y dejó a Termi-
nator suelto en el patio posterior antes de guiarla hacia el interior de la casa.

Amanda intentaba mirarlo todo a la vez mientras caminaban por el pequeño pasillo que llevaba hasta
la cocina, en la que una mujer delgada, entrada en años y de apariencia latina, sacaba del horno algo de aspecto delicioso.

La cocina era descomunal, equipada con electrodomésticos de acero inoxidable y antiguas vasijas,
que adornaban las paredes pintadas de verde oscuro y la encimera de mármol.

–Rosa –dijo Hunter con tono de reproche mientras dejaba las llaves en la encimera, cerca de la puer-
ta–. ¿Qué haces aquí?

Rosa dio un respingo y se llevó la mano al pecho.

–¡Por el amor de Dios!, m’ijo

–Y voy asustarte mucho más si no haces caso al médico. Tú y yo tenemos un trato. ¿Tengo que lla-
mar otra vez a Miguel?

La mujer lo miró con los grandes ojos castaños entrecerrados mientras colocaba la sartén con el po-
llo sobre el fuego.

–No me vengas con amenazas. Yo di a luz a ese chico y no voy a permitir que me diga lo que tengo
que hacer. Y eso también va por ti.

–Sí, señora.

Rosa se detuvo al ver a Amanda y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.

–Me alegra verte con una chica, m’ijo.

Hunter miró con timidez a Amanda y se acercó a la cocina para inspeccionar la comida.

–Esto huele de maravilla, Rosa, gracias

La mujer sonrió encantada mientras le observaba probar el pollo.

–Ya lo sé; por eso lo hice. Estoy cansada de ver bolsas de comida rápida y paquetes de precocinados
en la basura. Necesitas comer algo de verdad, para variar. Esas porquerías industriales van a matarte.

Hunter le dedicó una sonrisa afable.

–Ya me las arreglaré.

Rosa resopló.

–Eso decimos todos y mira cómo estoy yo ahora: tomándome medicinas para el corazón.

–A propósito –siguió Hunter mirándola con enfado–, se supone que deberías estar en casa a estas
horas. Me lo prometiste.

–Ya me voy. He dejado una ensalada en el frigorífico. Debería haber suficiente para los dos.

Hunter cogió el abrigo de Rosa del respaldo de una silla y la ayudó a ponérselo.

–Mañana vas a tomarte el día de descanso.

–Pero ¿y el jardinero?

–Nick se encargará de darle paso.

–Pero...

–Nick se ocupará de todo, Rosa.

La mujer le dio unas cariñosas palmaditas en la mano.

–Eres un buen chico, m’ijo. Hasta el miércoles.

–No aparezcas antes del mediodía.

Ella sonrió.

–De acuerdo. Buenas noches.

–Adiós

 –Vaya –comenzó Amanda tan pronto estuvieron solos–, después de todo eres capaz de ser agrada-
ble con alguien.

Se dio cuenta de que Hunter hacía un esfuerzo para suprimir la sonrisa, pero acabó fracasando y sus
labios se curvaron levemente.

–Sólo cuando estoy de humor.

Tras sacar de un cajón un tenedor y un cuchillo, cortó un pedacito de pollo.

–Mmm esto está muy bueno –dijo antes de cortar otro trozo–. Ten, tienes que probarlo.

Sin pensar en lo que hacía, Amanda dejó que Hunter le acercara el tenedor a los labios y le diera de
comer. Los sabores de las especias inundaron su paladar en el mismo instante en que caía en la cuenta
de lo íntimo del momento que estaban compartiendo. La mirada de Hunter le dio a entender que él ha-
bía pensado lo mismo segundos antes.

–Está muy bueno –le contestó ella, alejándose un poco.

Sin decir nada más, Hunter se dio la vuelta y sacó un par de platos. Mientras lo observaba, el horror
de los acontecimientos cayó sobre ella como una losa.

–Mi casa ha desaparecido –murmuró–. No queda nada de ella.

Kyrian dejó los platos a un lado al percibir su dolor, provocado por el sentimiento de pérdida.

Ella lo miró con los ojos llorosos.

–¿Por qué quemó mi casa?, ¿por qué?

–Al menos no estabas dentro.

–Pero podía haber estado allí. ¡Dios mío, Hunter! ¡Tabitha suele estar en casa a esa hora! ¿Y si no
hubieses estado allí? Allison estaría muerta y podrían haber asesinado a mi hermana –dijo sollozando y mirando a su alrededor, presa del pánico–. No va a detenerse hasta matarnos a todos, ¿verdad?

Hunter tiró de ella y la abrazó con fuerza, casi sin ser consciente de lo que hacía.

–No pasa nada Amanda, yo te protegeré. –Y al instante se quedó helado al darse cuenta de lo que
había dicho.

La había llamado por su nombre. Y, al hacerlo, una de sus barreras acababa de desmoronarse.

El rostro de Amanda estaba surcado por las lágrimas.

–Sé que solo se trata de una casa, pero todas mis cosas estaban allí. Mis libros preferidos, la colcha
de ganchillo que mi abuela me hizo antes de morir... todo lo que había en esa casa formaba parte de mí.

–Pero tú todavía estás aquí.

Siguió sollozando, apoyada sobre su pecho. Kyrian cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre la cabeza
de Amanda mientras ella se aferraba a él. Habían pasado siglos desde la última vez que consolara a una mujer. Siglos desde que sintiera lo que sentía en esos momentos. Y eso lo desconcertaba profundamente.

–¿Puede Desiderius atrapar a Tabitha?

–No –le contestó, susurrando sobre su pelo mientras intentaba no inhalar su dulce olor a rosas; pero
no pudo evitarlo y, al instante, su cuerpo reaccionó y su miembro se tensó, ardiente de deseo–. Mien-
tras permanezca en casa de un humano, Desiderius no podrá atraparla. Es una de las limitaciones que

Apolo estableció cuando lanzó su maldición, para dar algún tipo de protección a los mortales.

Amanda se alejó de él, respirando aún entrecortadamente.

–Lo siento –le dijo, limpiándose las lágrimas.

Él apretó los dientes al notar cómo le temblaba la mano. Mataría a Desiderius por haberle hecho daño.

–No suelo llorar delante de la gente.

–No tienes que disculparte –murmuró él, tomándole el rostro entre las manos–. En realidad lo estás
soportando mucho mejor de lo que se podría esperar, dadas las circunstancias.

Ella lo miró con las pestañas aún humedecidas por las lágrimas. Kyrian no pudo evitar que el corazón
se le acelerara al contemplar la fragilidad que reflejaban esos ojos. Una fragilidad que lo afectaba de un modo que no quería analizar.

La deseaba. Con desesperación.

Hacía tanto que no sentía un deseo semejante... No, se corrigió, jamás había sentido algo así por
una mujer, ni siquiera por Theone. No se trataba tan sólo de lujuria o de amor. Entre ellos había un
vínculo. Eran como dos mitades de un mismo corazón.

No podía ser cierto. Era una mentira. Ya no creía en el amor. No creía en nada.

Pero aun así...

Ella había hecho que volviera a creer. Había despertado anhelos olvidados hacía mucho tiempo: las
suaves caricias de una mano enredada en el cabello al despertar, la sensación de dormir junto a un
cuerpo cálido.

Se sentía indefenso.

En ese momento sonó su móvil. Lo cogió del cinturón y contestó.

Era Talon.

–¿La mujer está contigo? –le preguntó.

–Sí, ¿por qué?

–Porque tienes un enorme problema. El apolita me ha dicho que los incendios fueron provocados por
dos temporizadores escondidos en el interior de las casas.

Kyrian frunció el ceño y se sobresaltó al recordar algo que Amanda había dicho el día anterior.

–¿Amanda? –la llamó–, ¿no me dijiste que Desiderius te había capturado cuando estabas en casa de
tu hermana?

Ella asintió.

–En la salita de estar.

Kyrian notó que el miedo le provocaba un nudo en el estómago.

–¿Has oído eso? –le dijo a Talon. El otro Cazador Oscuro lanzó una maldición–. ¿Cómo es posible?

–Alguien debe haber invitado a Desiderius a entrar. Lo que significa que hay un humano trabajando
con él, o para él. Mi intuición me dice que Tabitha no es tan estúpida.

–Allison tampoco –los interrumpió Amanda–. Sabe cuidarse de la gente con apariencia sospechosa.

Kyrian meditó un instante.

–¿Se te ocurre algo? –le preguntó a Talon.

–No.

–¿Qué dice tu guía?

–Ceara no sabe nada. Y, además, hay otro pequeño contratiempo: mi espalda no está sanando.

Si se le hacía otro nudo más en el estómago acabaría teniendo un rosario.

–¿Cómo que no está sanando?

–Me hirieron con una descarga astral exactamente igual a la de los dioses.

Kyrian se quedó petrificado.

–No maté a ningún dios, era un Daimon.

–Ya lo sé.

Kyrian maldijo en voz baja.

–¿En qué nos hemos metido?

–No tengo ni idea, pero hasta que tengamos más información te sugiero que no te alejes de la chica.

Con los poderes reprimidos que tiene, Desiderius irá tras ella con todo su arsenal. Estoy seguro de que la preferirá antes que a su hermana.

Kyrian se cambió el teléfono al otro lado mientras observaba a Amanda, que acababa de sentarse a
la mesa. ¡Por los dioses! No podía soportar la idea de que resultase herida. El simple hecho de imaginárselo lo atormentaba.

–¿Necesitas ayuda con la espalda?

–No, pero duele horrores.

Kyrian lo sabía por experiencia. El hombro aún le daba pinchazos tras el ataque de Afrodita.

–Empiezo a comprender cómo mató Desiderius a los últimos ocho Cazadores Oscuros que se enfren-
taron a él.

–Sí –asintió Talon–. Y no quiero que seamos el noveno y el décimo.

–Yo tampoco. Vale, mantendré a Amanda a salvo a mi lado, pero aún nos queda el problema de que
su hermana ande suelta por ahí.

–Haré que Eric la ate en corto de momento. Tú asegúrate de que Amanda se mantiene en contacto
con ella, o nos complicará la vida todavía más.

–De acuerdo –y colgó antes de dejar el teléfono sobre la encimera.

–¿Algo va mal? –le preguntó Amanda.

Él rió a pesar de las circunstancias.

–Creo que la pregunta correcta sería: ¿algo va bien?

–¿Y eso qué significa?

–Significa que tu aburrida vida acaba de llegar a su fin y que, durante los próximos días, vas a des-

cubrir de primera mano lo peligrosa que es la mía.



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