Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero
de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una
ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio,
traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa
para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador
oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida
normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus
ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de
ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia
hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona
después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a
separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su
contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar
extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un
demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus
acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda
deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que
hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más,
él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le
convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de
su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el
amor que merece...
La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!

Kyrian se despertó en cuanto se abrió la puerta de su habitación. Adormilado, notó cómo Rosa en-
traba al dormitorio y se preguntó el motivo, ya que la anciana jamás lo había hecho antes.
Se dio la vuelta hasta quedar de espaldas sobre el colchón.
–¿Qué pas...?
Su voz se desvaneció al tiempo que una red ligera y brillante lo inmovilizaba en la cama. La furia lo
dejó petrificado. No podía soportar que lo mantuvieran atrapado, especialmente si estaba tumbado de
espaldas. Una locura asesina se apoderó de él, exigiéndole la sangre de su captor.
Hasta que vio a Rosa.
La mujer estaba junto a la cama, con la frente cubierta de sudor, mirándolo con los ojos vacíos e
inexpresivos. Murmuraba la misma letanía en español una y otra vez:
–Tienes que matarlo, tienes que matarlo.
Muy lentamente, alzó el cuchillo que llevaba en la mano.
–Rosa –la llamó Kyrian con la voz más tranquila de la que fue capaz–. Baja el cuchillo.
–Tienes que matarlo... –la anciana dio un paso hacia la cama.
–Rosa, no lo hagas. Deja que me levante, por favor.
La mujer temblaba tanto que Kyrian temía que sufriera un infarto en cualquier momento. Ese frágil
cuerpo no podría soportar la presión a la que lo estaban sometiendo.
–Desiderius dice que eres malo, m’ijo. Debes morir.
Intentó pensar en algún modo de alcanzar la mente de Rosa, confundida por toda esa locura, y
traerla de vuelta a la realidad.
–Rosa, tú me conoces y sabes que eso no es cierto.
La anciana alzó el cuchillo aún más.
Totalmente indefenso bajo la red, miró la brillante hoja metálica, esperando que cayera sobre él.
Quería suplicar a Rosa que se detuviera, gritarle hasta que lograra escucharlo, pero no se atrevía por
temor a lo que le pudiera suceder. Rosa estaba sometida a una enorme presión y él no quería empeorar
la situación. Moriría antes de hacerle daño a la anciana.
En ese momento su móvil sonó.
–Lo sé, Desiderius –susurró en español–. Lo sé. Debe morir. –Le colocó una mano sobre el pecho,
como si de ese modo pudiera inmovilizarlo aunque, de todos modos no podía moverse; la red lo tenía
totalmente atrapado–. Debo despedazarlo.
Kyrian se puso rígido en el instante en que el cuchillo descendió.
Se clavó en el colchón, a escasos centímetros de él.
–M’ijo –susurró Rosa. Sus ojos recobraron la expresión habitual, un segundo antes de quedarse en
blanco y caer al suelo.
Aterrorizado por el estado de la mujer y frenético por su propia vulnerabilidad, Kyrian forcejeó para
librarse de la red, pero fue inútil. Era una de las redes de Artemisa y ninguna presa escapaba una vez
capturada bajo ellas.
¡Por todos lo dioses! ¿Cómo había llegado a manos de Rosa semejante arma? Ni siquiera Desiderius
debería tener acceso a ella. Sólo un dios o un semidiós podían reclamar el uso de un arma inmortal y
sacarla del lugar donde se custodiaba. Y Artemisa, en particular, se encargaba de que sus armas estu-
vieran a buen recaudo.
¿Y cómo podía el Daimon haber controlado la mente de Rosa desde un refugio? Ninguno de ellos era
tan poderoso.
¿Qué coño estaba pasando?
Aunque sabía que era inútil, siguió forcejeando para liberarse de su confinamiento. Con cada minuto
que pasaba los recuerdos afloraban a su mente.
«¿Qué se siente, comandante?» La voz de Valerius se burlaba de él desde el pasado. «Estás total-
mente sometido a mi voluntad. Indefenso.» Todavía podía ver con nitidez la sonrisa burlona del romano,
y sentir la agonía de la tortura. «Voy a disfrutar viendo cómo te retuerces de dolor y me pides clemen-
cia.»
La realidad comenzó a difuminarse para Kyrian. Luchó para respirar con normalidad. No volverían a
atraparlo, no así. Comenzó a luchar como un poseso para librarse de la red, utilizando toda la fuerza de
la que era capaz.
Una hora después del anochecer, Nick entró en la casa seguido de Amanda y Talon.
–¿Rosa? –gritó mientras atravesaba a la carrera la cocina y el salón, de camino hacia las escaleras–.
¿Kyrian?
No hubo respuesta. El extraño silencio resonaba en los oídos de Amanda mientras seguía al Escudero
hasta la habitación de Kyrian.
Nick abrió las puertas con tanto ímpetu que las cortinas que rodeaban la cama se agitaron por el ai-
re.
La habitación estaba vacía.
Amanda se detuvo, temerosa, en la puerta mientras echaba un vistazo a su alrededor. No había na-
da fuera de lo normal, excepto las sábanas.
Aunque... Sentía que algo iba mal. Los poderes que tanto tiempo había mantenido a buen recaudo
comenzaron a agitarse en su interior y conectó con Kyrian sin esfuerzo. Estaba preocupado y furioso.
Talon se acercó a la cama y lanzó una maldición al coger una red plateada.
–Esto es increíble –masculló mientras arrugaba la malla hasta reducirla a una bola que cabía perfec-
tamente en un puño.
–¿Qué es eso? –preguntó Amanda.
–Una diktyon. Una de las redes de Artemisa.
No tenía ni idea de lo que significaba pero, por la expresión del celta, supo que aquello no era nor-
mal. Intuyó que la red no debería estar en la cama de Kyrian cuando él no aparecía por ningún lado.
Una oleada de pánico, más fuerte que la anterior, comenzó a apoderarse de ella.
–¿Y qué hace en la cama de Kyrian?
–No lo sé, pero si él estaba debajo, me temo que quienquiera que lo atrapara se lo ha llevado. –
Talon se inclinó y recogió un cuchillo del suelo.
Amanda sintió que el pánico aumentaba y, en contra de su voluntad, sus poderes se despertaron por
completo y conectaron con Kyrian. No le gustaba en absoluto dejar que sus habilidades psíquicas toma-
ran el control de su mente, pero necesitaba saber si él estaba bien. Necesitaba saber algo, cualquier co-
sa.
Cerró los ojos y lo vio en una estancia de aspecto aséptico. Estaba preocupado, pero no se detectaba
ninguna amenaza a su alrededor.
–Llámalo al móvil –le dijo a Talon.
Él la miró con una expresión que decía a las claras: «¿Otra vez?».
–Ya lo hecho una docena de veces.
–Pues que sean doce y una más.
A Talon no le gustó ni un pelo ese tono tan autoritario y así se lo hizo saber con la mirada.
–Vale –le concedió de mala gana–. ¿Qué más da? En ocasiones hasta las cosas más inútiles tienen
un propósito en la vida. –Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó.
–No hay indicios de lucha –dijo Nick, que estaba echando un vistazo por la habitación.
–Kyrian –espetó el celta, mirando a Amanda de forma extraña–. ¿Dónde coño estás?
Ella se acercó un poco más mientras el corazón le latía con fuerza al darse cuenta de que sus pode-
res no se habían equivocado.
–No te muevas hasta que lleguemos. –Talon colgó y miró a Nick–. Está en el hospital. Rosa ha sufri-
do un infarto.
–¡Dios mío! –jadeó Nick–. ¿Cómo se encuentra?
–No me ha dicho nada más, porque no está permitido usar el móvil allí dentro. Dice que nos lo con-
tará todo cuando lleguemos.
Kyrian se paseaba nervioso por la habitación, mitad furioso y mitad asustado. Quería la cabeza de
Desiderius por lo que acababa de hacer. De un modo u otro, iba a conseguir hacerle pagar por todo.
–Por favor, que no le pase nada a Rosa –balbució por enésima vez.
–¿Kyrian?
Al escuchar la voz de Amanda se dio la vuelta y se sintió extrañamente feliz y aliviado cuando la vio
acercarse.
Antes de ser consciente de lo que hacía, la atrajo hasta sus brazos y la sostuvo con tanta fuerza que
ella protestó. Pero no podía evitarlo. El alivio que había sentido al verla sana y salva era demasiado in-
tenso. Ahora que sabía lo fácil que le resultaba a Desiderius penetrar en cualquier casa, no estaba segu-
ra en ningún sitio. El Daimon podía llegar hasta ella en cualquier lado. Podía usar a cualquier persona
para matarla.
La idea lo aterrorizaba y, para empeorarlo todo, en el fondo de su mente, una vocecita le dijo que
Desiderius también podía usarla contra él.
Si le daban la oportunidad.
Le tomó el rostro entre las manos y la besó con ansia. Iba a matar a ese Daimon. En cuanto Deside-
rius saliera de su refugio, acabaría con él. Y, por primera vez en toda su vida, no se arrepentiría de darle
muerte a otro ser.
Al levantar la cabeza vio la censura en los ojos de Talon. Sabía exactamente lo que pasaba por la
mente del celta en esos momentos. Los Cazadores Oscuros tenían prohibido involucrarse en una relación
sentimental. Era la primera norma del Código, y la más necesaria. Nadie podía pensar con claridad si in-
terferían los sentimientos, y él lo sabía de primera mano.
Aún así, la existencia de esa norma no cambiaba lo que sentía por Amanda.
–Necesito que la protejas –le dijo al celta.
Talon lo miró con los ojos entrecerrados.
–Dime qué ha sucedido.
–Desiderius utilizó a Rosa para atraparme. La controló por completo. Si ha podido lograrlo con ella,
puede hacerlo con cualquiera.
Sorprendido, Talon soltó un pequeño silbido.
–Y tú me preguntas que por qué vivo solo...
Ignoró la advertencia que yacía tras las palabras de su amigo, así como la mirada cargada de signifi-
cado que lanzó a la mujer que estrechaba entre sus brazos.
Kyrian miró a Amanda a los ojos y comenzó a acariciarle la mejilla con el pulgar.
–Amanda, necesito que hables con tu hermana. Dile que tenga mucho cuidado y que nunca se que-
de sola. Que una de tus hermanas prepare un hechizo de protección, o lo que quiera que sea que ha-
gan, para que Desiderius no llegue hasta ella. No tenemos ni idea de los poderes que puede tener.
–Supongo que no nos enfrentamos a un Daimon normal, ¿no? –le preguntó ella.
–No. Jamás nos hemos encontrado con algo así. –Volvió a mirar a Talon–. He hablado con D’Alerian
y me ha dicho que Desiderius es capaz de entrar en el subconsciente de los humanos para debilitar
cualquier tipo de resistencia a sus poderes. La ayuda de D’Alerian debería ser suficiente, pero no nos ga-
rantiza protección absoluta. Llama a Acheron y dile que creo que tenemos a un dios haciendo travesu-
ras. Alguno de ellos tiene que estar ayudando a Desiderius; no hay otra explicación posible. Y nos resul-
taría de gran ayuda si supiésemos quién es y por qué.
Talon asintió con la cabeza.
–¿Qué vas a hacer?
–Todo lo que pueda para poner fin a esto hoy mismo. Si consigo encontrar su refugio, voy a entrar.
Talon lo miró disgustado.
–Kyrian, no eres un Cazador Arcadio, ni un Katagari. Si entras, no serás capaz de regresar. Morirás
en el intento o te quedarás atrapado para siempre entre dos dimensiones. Déjame llamar a Kattalakis...
–Ya te he dicho que no podemos poner a un Cazador Katagari cerca de este tío. Ahora lo tengo más
claro que antes. Que Zeus nos ayude a todos si Desiderius consigue una de sus almas. No podemos
asumir ese riesgo. –Miró a Amanda de soslayo y captó la preocupación que se reflejaba en su rostro. La
protegería, sin importar lo que tuviese que hacer–. Segunda regla del Código: haz lo que tengas que ha-
cer. Si muero, tú eres el siguiente. Y si llegamos a ese punto, no falles.
El celta asintió mientras Amanda agarraba a Kyrian del brazo.
–Kyrian –murmuró–. No quiero que salgas solo.
–Lo sé, Amanda. Pero Desiderius es demasiado poderoso y peligroso para dejar que campe a sus an-
chas. Ha estado a punto de matar a Rosa. –No quiso mencionar que también había estado a punto de
matarlo a él. Ninguno de ellos necesitaba saberlo.
Gracias a los dioses que D’Alerian había sentido la confusión del subconsciente de Rosa y había lle-
gado a punto. Si no hubiese sido por la intervención del Guardián de los Sueños, aún estaría atrapado
en la cama.
Y estar atrapado en la cama sin Amanda era algo que no le apetecía demasiado.
–Nick –lo llamó. El Escudero estaba junto a Talon–. Llámame en cuanto el médico te diga algo. –Hizo
el intento de marcharse, pero Amanda lo detuvo.
Antes de darse cuenta de sus intenciones, Amanda tiró de él hasta que sus labios quedaron a la
misma altura y lo besó apasionadamente. Le abrió la boca con los labios para poder alcanzar su lengua.
Kyrian sentía sus manos aferrando las solapas del abrigo. Sentía la preocupación por él y eso inundó de
puro gozo su malherido corazón.
–Ten cuidado –le dijo ella con brusquedad.
Él le acarició la barbilla con ternura.
–Lo tendré.
Lo vio marcharse con una extraña sensación en el estómago.
–Talon, ¿estás seguro de que no puedes ayudarlo?
–Créeme, odio la regla de «nada de ayuda» tanto como tú. Pero si intento echarle una mano, sólo
conseguiré debilitar sus poderes.
Nick le ofreció el móvil.
–Llama a Tabitha y avísala.
Al marcar el primer número, la asaltó otra duda.
–¿Quién es el tal D’Alerian y cómo puede proteger nuestro subconsciente?
–Es uno de los Guardianes de los Sueños de los que te hablamos –le contestó Talon.
Amanda frunció el ceño.
–¿Podéis elegir a qué categoría queréis pertenecer?
Talon negó con la cabeza.
–Los Guardianes de los Sueños son una raza diferente. Son hijos de los dioses; no hay una gota de
sangre humana en sus venas.
–¿Y los Cazadores Arcadios?, ¿de dónde vienen?
–Son mitad humanos, mitad apolitas. Hay Cazadores Arcadios y Cazadores Katagaria. Algunos de
ellos utilizan sus poderes para fines no muy altruistas.
Amanda intentó contener el miedo que la atenazaba en esos momentos. Lo que Talon contaba pare-
cía ser bastante serio.
–Pensaba que eran de los buenos.
–Algunos sí lo son, pero otros son asesinos.
–... con los poderes de un hechicero que puede viajar en el tiempo y en el espacio –siguió ella, sin-
tiendo que se le hacía un nudo en el estómago.
–Y, en ocasiones, también penetran en los sueños –añadió Nick.
Amanda soltó una risa nerviosa.
–¿Sabéis una cosa? Era mucho más feliz cuando no sabía nada de todo esto.
–Precisamente por eso hacemos todo lo que podemos para que nada de esto salga a la luz –le dijo
Talon–. Créeme, los humanos no volverían a dormir por las noches si supiesen lo que los acecha en la
oscuridad.
Aterrorizada, le dio razón con un ligero movimiento de cabeza mientras pensaba si sería capaz de
volver a dormir algún día.
Acabó de marcar el número de Tabitha. Ahora que sabía con qué se estaban enfrentando necesitaba
que su hermana se cuidara del Malvado Señor de los Daimons y vigilara al Cazador Oscuro que se había
convertido en su única esperanza.
Kyrian pasó gran parte de la noche rastreando las calles de Nueva Orleáns sin encontrar nada. De-
siderius aún estaba en su refugio y no había ni rastro de él ni de ningún otro Daimon en las cercanías.
Posiblemente se debiera a que sus poderes aún no estaban del todo bien o a que Desiderius era capaz
de ocultar su presencia. Fuera lo que fuese, no encontró ni una sola pista del Daimon. Ni siquiera con la
ayuda del rastreador electrónico.
Menuda suerte la suya. Jamás se había sentido tan inseguro desde que se convirtiera en Cazador
Oscuro. Y no le gustaba nada la sensación. No cuando la vida de Amanda dependía de que él encontrara
a su enemigo y le parara los pies.
Asqueado y exhausto, regresó a casa. Todo estaba oscuro y silencioso. Amanda estaba en el segun-
do piso. Sentía su presencia como si fuera una caricia y saber que estaba allí lo reconfortaba de un mo-
do que no se atrevía a analizar en profundidad.
Con sólo sentirla en su casa... lo invadía la felicidad.
Pero no fue a buscarla. Tenía demasiadas cosas en la mente. Asuntos que necesitaba meditar. In-
cógnitas que resolver.
Entró en la sala de juegos y cogió el guante y la pelota de béisbol. Acto seguido, salió al atrio para
lanzar unos tiros. Se concentró en la pelota y dejó que su mente vagara a través del doloroso pasado y
de las dudas que aún lo asaltaban.
¿Por qué no lo había amado su esposa?
Desde el día en que Theone lo traicionó, había sospechado de todo aquél que se acercaba a él. Se
había entregado en cuerpo y alma a su esposa, pero aun así no había sido suficiente. Si no había sido
capaz de ganar el amor de su mujer, no podría ganar el de nadie más. Lo tenía muy claro; había asimi-
lado ese hecho con el paso de los siglos. Al igual que se había convencido de que no necesitaba a nadie.
Hasta que apareció Amanda.
La chica había resquebrajado sus defensas y ahora se sentía desnudo frente a ella. Tenía el poder de
abrir su corazón y llegar hasta lo más hondo. La deseaba en cuerpo, mente y alma. Quería reclamarla
por entero.
Un movimiento a su izquierda le llamó la atención. Giró la cabeza y vio cómo Amanda entraba al
atrio vestida con un chándal. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas que le caían a ambos lados del
rostro. La indumentaria le confería un aura inocente y casi infantil, pero no había nada que recordara a
una niña en la mujer que se aproximaba a él en esos momentos.
Y esa mujer causaba una verdadera conmoción en el hombre que había en él.
–¿Hace mucho que has vuelto? –le preguntó.
Estaba a punto de contestar la pregunta cuando ella se acercó y le dio un beso en la mejilla, hacien-
do que una extraña sensación se adueñase de él. Todos sus gestos eran cariñosos.
–¿Qué haces levantada? –le preguntó él a su vez–. Son más de la cuatro de la madrugada.
–No podía dormir –contestó mientras caminaba hacia el otro extremo del atrio.
Cuando se dio la vuelta, Kyrian se dio cuenta de que llevaba el guante de Nick. Hizo el gesto de los
jugadores profesionales: alzar la mano enfundada en el guante para indicar que estaba lista.
Sonriendo, él le lanzó la bola con suavidad.
Ella la cogió y se la devolvió con tanta fuerza que, al chocar con su guante, el golpe resonó en las
paredes del atrio y la palma de la mano comenzó a picarle.
–¡Uf! –jadeó, exagerando el dolor. Lanzaba mejor que Nick–. Estoy impresionado.
Ella le guiñó un ojo.
–Soy lo más parecido a un hijo que mi pobre padre ha tenido. Él me enseñó a jugar.
Kyrian le lanzó de nuevo la bola.
–Pues lo hizo bien.
La sonrisa de Amanda se ensanchó.
Estuvieron varios minutos lanzándose la pelota en silencio.
¡Por los dioses! Nunca se había imaginado que pudiese encontrar a una mujer dispuesta a hacer esto
con él a semejante hora de la madrugada. Nick se quejaba, pero ella parecía estar contenta por el sim-
ple hecho de pasar un rato con él.
–¿Qué tal te ha ido? –le preguntó ella–. ¿Lo has encontrado?
–No –contestó con un suspiro–. No puedo descubrir su escondite.
–Ya lo harás.
La absoluta seguridad que transmitía la voz de Amanda le resultó extraña.
–¿Tanto confías en mis habilidades?
–No tengo ninguna duda. No dejarás que nos haga daño.
–No pude ayudar a Rosa.
–Lo siento –le dijo ella mientras cogía la pelota y se la devolvía–. Debe ser duro para ti aceptar lo
ocurrido, pero tú no tuviste la culpa. Hiciste todo lo que estuvo en tu mano para protegerla.
Kyrian apretó la mandíbula.
–Pero duele. Más de lo que creía. Aún no puedo creer que lograra controlarla.
Amanda le sonrió débilmente; sus ojos tenían una mirada cálida y afectuosa.
–Supongo que eso explica cómo entró en mi casa y en la de mi hermana.
Kyrian asintió.
–Lo más probable es que utilizase a Allison. La encontré desmayada en su habitación, igual que le
ocurrió a Rosa. Supongo que la mente humana no puede soportar esa presión durante mucho tiempo.
–Si te sirve de consuelo, Tabitha me dijo que Allison está muy bien y que pronto estará en casa, así
que Rosa se curará y volverá a la normalidad sin ningún tipo de secuelas.
–Es bueno saberlo.
No podía dejar de observarla mientras jugaba con él. Con cada lanzamiento, sentía como caía más y
más. Sabía que se estaba enamorando de ella y no podía evitarlo. No podía luchar contra ese sentimien-
to.
Y, según el juego se fue alargando, su deseo se intensificó. Cada vez que Amanda echaba el brazo
hacia atrás y cogía impulso para lanzar la pelota, la camiseta se le ceñía al pecho. Le encantaba la forma
en que se apartaba de la cara los mechones que habían quedado sueltos con el ejercicio. Y el modo en
sus labios se separaban para respirar entre jadeos, cansada por el esfuerzo.
Comenzó a arrojarle la pelota por encima de la cabeza, de forma intencionada, para que tuviera que
estirar el brazo al recogerla. Cada vez que lo hacía, la sudadera se alzaba y dejaba al aire una pequeña
porción de su vientre que él se encargaba de devorar con los ojos. Y, cuando no lograba cogerla y tenía
que ir corriendo tras ella, el movimiento hacía que sus pechos botaran y que sus caderas se balanceasen
de un lado a otro. Pero lo mejor de todo era cuando se agachaba para recoger la bola y dejaba bien a la
vista ese proporcionado trasero. ¡Por los dioses! Esa mujer tenía el mejor culo...
Incapaz de soportarlo durante más tiempo, se quitó el guante y lo arrojó al suelo.
Amanda se quedó helada al ver cómo Kyrian se acercaba con pasos largos y decididos. Antes de po-
der imaginarse lo que sucedía, la cogió en brazos y la besó ferozmente.
Esos maravillosos músculos la alejaron del suelo mientras se contraían a su alrededor. Debido a su
altura, ningún hombre había sido capaz de alzarla antes, pero Kyrian parecía hacerlo sin que le costara
ningún esfuerzo. El corazón le latía frenético; al lado de él se sentía tan femenina... tan pequeña... y eso
le encantaba.
Le rodeó la cintura con las piernas al tiempo que él la devoraba con la lengua. Sentir esos duros ab-
dominales contrayéndose bajo los muslos era como alcanzar el cielo... Ese hombre era la perfección per-
sonificada.
Kyrian le mordisqueó los labios y ahuecó las manos en torno a su trasero. Gruñendo, abandonó los
labios y bajó hasta el cuello, no sin antes depositar un húmedo beso en su barbilla.
Amanda se derretía cada vez que sentía el cálido aliento de Kyrian sobre la piel. ¡Dios, sí! Esto era lo
que había estado deseando durante todo el día: estar encerrada entre sus brazos, rodearlo con su cuer-
po y demostrarle todo el amor que sentía por él. La necesidad de sentirlo de nuevo dentro de ella hizo
que se estremeciera.
Kyrian también temblaba por la intensidad del deseo. No podía evitar recordar la noche anterior,
cuando se había hundido en ella, o la expresión de su rostro cuando se corrió entre sus brazos. Estaba
ardiendo, pero no se atrevía a hacerle el amor. No ahora. No cuando más necesitaba toda su fuerza pa-
ra acabar con Desiderius. Pero su cuerpo no entendía de razones. Tenía que acariciarla, tenía que sentir
el roce de su piel.
Antes de poder detenerse, cayó de rodillas y la tumbó en el suelo, sobre las frías baldosas.
Amanda tragó saliva al ver esa hambrienta mirada. Kyrian le estaba quitando la ropa con tanta rapi-
dez que apenas si sentía sus manos. Pero, una vez que la tuvo totalmente desnuda, la cosa cambió. Sus
caricias se hicieron más lentas. Completamente vestido, observaba su cuerpo desnudo a la luz de la luna
mientras le acariciaba los pechos, trazando su redondeado contorno y atormentando los pezones con las
palmas de las manos.
–Eres la mujer más hermosa que he visto jamás –le dijo en voz baja.
Amanda sabía que no era cierto. Ella conocía la belleza de Theone; pero, de todos modos, saber que
él lo sentía de aquel modo le provocó un delicioso escalofrío. Él sí que era el hombre más apuesto que
ella había visto jamás. Punto.
Cuando Kyrian se inclinó para besarla, ella alzó los brazos y comenzó a desabrocharle la camisa, pero
él la sujetó por las muñecas y negó con la cabeza. Si dejaba que esas delicadas manos lo tocaran, esta-
ba perdido. En lugar de decir nada, se las llevó a la boca y besó las palmas antes de volver a prestar
atención a su garganta y sus pechos.
Saboreó todo ese cuerpo con los labios, la lengua y los colmillos. Y, mientras lo hacía, notó cómo
despertaban sus poderes. Desesperado y consumido por el deseo, descendió depositando un reguero de
besos desde sus pechos hasta la suave piel del vientre y, desde allí, siguió bajando hasta llegar a los
muslos. Al instante, escuchó el jadeo de Amanda que, de forma instintiva, separó las piernas, quedando
totalmente expuesta a él. En ese momento, el deseo se intensificó de tal modo que se sintió sobrecogi-
do. Era una sensación primitiva y arrolladora. El mundo se reducía a ella. Lo único que escuchaba eran
los latidos del corazón de Amanda resonando en sus oídos.
Temblando a causa de la fuerza de la pasión que lo consumía, cerró los ojos y la tomó con la boca,
saboreando la dulzura de ese cuerpo que tanto anhelaba.
Amanda gimió al sentir cómo la lengua de Kyrian la penetraba. Enterró las manos en su cabello y al-
zó las caderas, acercándose aún más a sus labios, estremecida por la ferocidad de sus caricias. No pudo
evitar sisear ante la increíble experiencia de sentir a Kyrian haciéndole el amor con la boca de un modo
tan voraz y desesperado. Se mostraba implacable, moviendo la lengua sobre su sexo hasta que Amanda
se corrió y gritó, sin poder dejar de agitarse, mientras experimentaba el orgasmo más intenso de su vi-
da.
Pero Kyrian no se apartó. Siguió atormentándola, besándola, trazando pequeños círculos con la len-
gua y con los labios, sin apenas rozarla, e intensificando sus caricias después para llevarla de nuevo a
las puertas de otro orgasmo que prometía ser más devastador que el anterior.
Y así fue.
Cuando se relajó, todo daba vueltas a su alrededor y las terminaciones nerviosas de su cuerpo reac-
cionaban al más mínimo estímulo, sobrecargadas por las sensaciones.
Con la respiración agitada, Kyrian se apartó en ese momento y, gateando al estilo de un felino, se
acercó hasta cubrirla por completo. Sus ojos eran aún más oscuros que antes. Separó los labios y se
quedó mirando fijamente el cuello de Amanda con un deseo tan voraz que ella se quedó perpleja.
–¿Kyrian? –lo llamó.
Apenas la escuchó a través de la neblina que le embotaba la mente. Lo único que percibía en esos
momentos era su aroma, y ese cuerpo presionado bajo el suyo mientras el fuego lo consumía, exigién-
dole más y más.
Tómala. Pruébala. Reclámala.
Hazla tuya...
Apretó los dientes mientras contemplaba la vena que latía en el cuello de Amanda.
Sólo una vez...
Una vez...
Pero ella no lo consentiría, la estaría forzando.
–¿Te pasa algo? –le preguntó Amanda.
Luchó contra la parte de sí mismo que le exigía tomarla sin miramientos. La entrepierna le ardía por
el deseo. Estaba fuera de control.
El aroma de Amanda lo rodeaba; no había nada más. No existía nada que no fuese ella. Y eso lo ha-
cía muy peligroso.
Letal.
Con un gruñido, echó mano de la poca fuerza de voluntad que le quedaba y se obligó a apartarse de
ella.
–Corre, Amanda –masculló.
Ella no dudó ni un instante. Algo iba muy mal. Agarró la ropa y salió corriendo hacia su habitación.
Kyrian escuchó, tendido en el frío suelo, cómo los pasos se alejaban. Rodeó su miembro con una
mano y notó cómo se agitaba, dolorido, bajo la palma. Nunca había experimentado algo parecido a lo
que le estaba sucediendo. ¡Por Zeus! Un minuto más y le habría hundido los colmillos en el cuello.
Cerró los ojos y siguió temblando mientras luchaba por dominarse. Por someter a esa bestia que le
exigía tomar a Amanda una y otra vez, sin importar las consecuencias.
Amanda no dejó de temblar hasta que llegó a su habitación. Nunca podría olvidar la expresión ani-
mal del rostro de Kyrian cuando le había ordenado que huyera. No había tenido miedo de él antes pero,
ahora que había visto claramente al Cazador Oscuro, comprendía por qué los Daimons se meaban enci-
ma cuando se topaban con él.
Intentó calmarse respirando profundamente. Lo único que siempre había deseado era una relación
normal.
Pero claro, pedir normalidad a un vampiro era excederse...
Con el corazón desbocado, se miró al espejo. Tenía los labios hinchados por sus besos y el cuello en-
rojecido allí donde la barba de Kyrian la había rozado.
–¿Amanda?
Se quedó petrificada al oír su voz al otro lado de la puerta.
–¿Qué? –le contestó, insegura.
Él abrió la puerta pero no entró.
–¿Te he asustado?
–¿Quieres que sea sincera?
Él asintió con la cabeza.
–Sí.
Esa mirada ardiente se clavó con más intensidad en ella.
–Lo siento.
Amanda supo que era verdad. Kyrian se sentía culpable y sus ojos lo decían con claridad.
–Si es así, ¿por qué no me has pedido que te lleve a casa? –le preguntó él. Aunque hablaba casi en
un susurro, su voz resonó en el pesado silencio de la habitación.
Ella se puso nerviosa.
–¿Quieres que me vaya?
Kyrian tardó tanto en contestar que pensó que no diría nada. Finalmente, murmuró:
–No.
La sinceridad de la respuesta la dejó atónita. Ni una declaración de amor en toda regla habría conse-
guido sorprenderla tanto como esa escueta respuesta.
Estaba a punto de acercarse a él cuando Kyrian retrocedió y ella se dio cuenta de que aún no debía
haber recuperado del todo el control de sus acciones. Pero aún así lo deseaba.
–Entonces no me iré hasta que me eches.
Se quedó helado. El mundo dejaría de existir antes de que él la apartara de su lado. Y, al instante, lo
asaltó otra idea: cuando el mundo dejara de existir, él aún estaría vivo, mientras que ella... se estreme-
ció al recordar el significado de la palabra «inmortal». Era muy consciente de que para ellos dos no ha-
bría un «y vivieron felices para siempre».
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