Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 25 de febrero de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 13

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 13

–Kyrian, siento molestarte... –Amanda dejó de hablar al abrir la puerta de la habitación y ver la ca-
ma vacía.

–¿Dónde está? –preguntó Nick, que entró al dormitorio tras ella.

–No lo sé. Lo dejé aquí hace un momento.

Nick cogió el móvil, soltó un taco y, de repente, se paró a pensar.

–Joder, si no tiene teléfono.

–No creo que se haya marchado.

Se movió para ir a echar un vistazo al baño, pero la expresión del Escudero le dejó muy claro que es-
taba a punto de hacer una estupidez.

–Claro que se ha largado. –Se acercaron a la ventana y, en ese momento, vieron cómo Kyrian arran-
caba el Jaguar de Nick y se alejaba por la carretera.

La primera parada fue la tienda de muñecas. Tenía intención de encontrar a uno de los secuaces de

Desiderius, y lo último que necesitaba en esos momentos era ir desarmado.

No eran más de las ocho de la tarde cuando abrió la puerta de la tienda y escuchó la campanilla que

avisaba a la dueña. Liza salió al instante de la trastienda, con una expresión amistosa y cálida en su

arrugado rostro. Hasta que se dio cuenta de los moretones que tenía en la cara.

–General... –dijo a modo de reprimenda–. ¿Estás bien?

–Estoy perfectamente, Liza, gracias. Sólo he venido a recoger el pedido.

Ella lo miró y arrugó el ceño.

–Se lo di a Nick ayer, ¿no te lo ha dicho?

Kyrian maldijo en su fuero interno. Tenía que habérselo imaginado. La única ocasión en la que su

Escudero se acordaba de recoger un encargo y daba la casualidad de que era la única ocasión en la que

habría tenido que esperar.

En ese momento, se escuchó un ruido en la trastienda, tras las cortinas color borgoña. Kyrian perci-
bió una extraña vibración; una que hacía mucho tiempo que no sentía.

En cuanto la sensación se desvaneció, dejándole la piel erizada, las cortinas se abrieron solas. Entre

las sombras se adivinaba la silueta de un hombre cuya presencia dominaba toda la estancia. Con sus

dos metros de altura y ataviado por completo de negro, conseguía que todas las criaturas temblaran de

miedo o que se quedaran inmóviles ante su presencia.

O, en el caso de Kyrian, que lo miraran con expresión asesina.

Acheron sonrió, y su rostro adoptó una expresión aún más pícara si cabía. Aunque las Ray-Ban Pre-
dator le ocultaban los ojos, era capaz de hacer que las mujeres se desmayaran tan sólo con mirarlo.

Arrogante y duro, ni hacía prisioneros, ni mostraba compasión por nadie.

Era una criatura con muchas peculiaridades; entre ellas, y la que más llamaba la atención, su pelo,

que no duraba mucho del mismo color. Se lo cambiaba tan a menudo que la mayoría de los Cazadores

Oscuros hacían apuestas sobre el nuevo color de la semana. Esa noche lo llevaba teñido de verde oscu-
ro, recogido hacia atrás en una coleta y con una pequeña trenza que le caía desde la nuca, por encima

del hombro, hasta el pecho.

–Acheron –lo saludó Kyrian, sin ocultar su irritación–. ¿Has venido a vigilarme?

–Nunca, hermanito. Estoy aquí de turismo. ¿Qué te parece?

–Sí, claro. Tienes toda la pinta de un turista. Ese pelo verde oscuro pasaría desapercibido en cual-
quier sitio.

A Ash le hizo gracia el sarcasmo de Kyrian y soltó una carcajada.

–Bueno, supuse que, ya que Talon está protegiendo a... ¿cómo se llama...? Tabitha, y tú vas detrás

de Desi-Desastroso, no os vendría nada mal que os echara una mano.

–La última vez que pedí que alguien me echara una mano, Artemisa me envió una momificada.

Ash sonrió.

–Ya sabes que, tratándose de los dioses, hay que ser muy concreto. Además... tengo información.

–Podías haberla mandado por correo electrónico.

Acheron se encogió de hombros.

–Mi presencia no significa nada. Sabes que no voy a interferir en tu lucha con Desiderius.

¿Y por qué no acababa de creérselo? Claro, porque a Acheron Parthenopaeus le encantaba meter las

narices siempre que aparecía un Daimon interesante.

–Me parece que ya he oído eso antes.

–Muy bien –dijo, encogiéndose de hombros con un gesto indiferente–. Ya que no quieres la informa-
ción que tengo, la guardo y me...

–Sé lo del mensaje de los Oráculos.

–Pero no conoces el resto de la historia –los interrumpió Liza.

Acheron la miró con el ceño fruncido.

–¿Qué historia? –preguntó Kyrian.

Ash sacó un chicle de un bolsillo y comenzó a desenvolverlo de forma meticulosa.

–Has dicho que no te interesaba.

–Muy bien, iré tras él sin necesidad de saber más.

Cuando llegó a la puerta, la voz de Acheron lo detuvo.

–¿No te parece raro que Desiderius tenga poderes que van más allá del alcance de un Daimon?

–¡Vaya! –exclamó Kyrian, dándose la vuelta para mirarlo de frente–. Deja que lo piense... Sí.

A Liza se le escapó una risilla que hizo que Acheron la mirara de soslayo, furioso. La anciana se en-
derezó y soltó una carcajada, disculpándose antes de regresar corriendo a la trastienda, donde siguió

desternillándose de la risa.

Acheron la siguió con la mirada hasta que desapareció tras las cortinas y después volvió a prestar

atención a Kyrian, adoptando una actitud seria.

–Muy bien. Estos son los hechos: parece ser que al viejo Baco le dio un calentón una noche y se lo

montó con una nena apolita. Nueve meses después nació Desiderius.

–Mierda.

–Exacto –comentó Acheron mientras cogía una de las muñecas que Liza había hecho a imagen de

Artemisa. El parecido era tan sorprendente que, por un momento, lo desconcertó. La dejó de nuevo en

la estantería y siguió hablando–. Lo bueno es que a papi Baco le importó un comino ya que, desde el

comienzo de los tiempos, ha ido desperdigando bastardos por el mundo. Lo malo es que Desiderius pilló

un pequeño berrinche cuando los familiares de su papaíto no prestaron la más mínima atención a la lle-
gada de su vigésimo séptimo cumpleaños, que marcaba el fin de sus días. Y, siendo un semidiós, pensó

que se merecía una vida un poco más larga... digamos que... inmortal.

–Y se convirtió en un Daimon.

Ash asintió con la cabeza.

–Con sus poderes de semidiós nos iguala en velocidad, fuerza y destreza. Y, al contrario que noso-
tros, no lo ata ningún Código.

–Eso explica un montón de cosas, ¿no? Si no puedes ir detrás de los dioses, persigue a sus servido-
res.

–Exactamente. Somos el objetivo principal de Desi.

–Una pregunta.

–¿La tengo que contestar?

Kyrian no prestó atención al sarcasmo.

–¿Por qué tiene que ser un Cazador Oscuro con alma el que lo derrote?

–Porque lo dice la profecía y ya sabes cómo funcionan esas cosas.

–¿Y tú cómo sabes todo esto?

Acheron volvió a mirar a la muñeca que había cogido momentos antes.

–Anoche estuve hablando con Artemisa. Me costó un poco, pero al final se lo saqué.

Kyrian se detuvo a pensar un instante. Ash siempre había sido el Cazador Oscuro favorito de la dio-
sa. Que Artemisa lo demostrara de forma tan abierta despertaba la envidia de algunos Cazadores, pero

a él no le importaba. Al contrario, le agradecía mucho a Ash que le arrancara información a la diosa para

poder ayudarlos en su tarea.

–¿Sabes? –le dijo a Acheron–, algún día tendrás que explicarme qué tipo de relación tenéis y por qué

eres el único Cazador Oscuro que puede estar en presencia de un dios y no acabar frito.

–Puede que algún día te lo cuente, pero no será esta noche. –Cogió una espada retráctil y una daga

arrojadiza y se las ofreció–. Ahora mueve el culo y regresa a la cama. Tienes un trabajito que concluir y

necesitas recuperar fuerzas.

Kyrian se acercó a la puerta.

–Oye, por cierto.

Kyrian se dio la vuelta para mirar a Ash.

–No se te ocurra volver solo a casa.

–¿Cómo dices?

–Desiderius tiene tu número. Allí no estás seguro.

–Me importa una mierda que...

–Escúchame, general –le dijo Acheron con tono amenazador–. Nadie está poniendo en duda tu capa-
cidad para hacer de Desiderius el próximo aperitivo del Road Kill Diner, pero no olvides que tienes gente

a la que proteger, incluyendo a un cajun testarudo, igual de dispuesto que tú a seguir órdenes... y a una

bruja con poderes adormecidos. Así que, por una vez en tu vida, ¿podrías hacer lo que se te ordena, sin

rechistar?

Kyrian compuso una sonrisa forzada.

–Sólo esta vez; no vayas a acostumbrarte.

Ash lo siguió con la mirada mientras salía de la tienda. En cuanto la puerta se cerró, Liza regresó de

la parte trasera.

–¿Por qué no le has dicho que Artemisa te ha dado su alma? –le preguntó.

Ash metió la mano en el bolsillo, donde guardaba el medallón.

–Aún no ha llegado la hora, Liza.

–¿Y cómo sabrás que es el momento indicado?

–Confía en mí; lo sabré.

La anciana hizo un gesto de asentimiento y sostuvo las cortinas para que Acheron pasara a la tras-
tienda.

–Y... hablando de gente que no atiende sus heridas, ven aquí y déjame que te ayude. ¡Por amor de

Dios! No he visto en toda mi vida a alguien con la espalda tan destrozada. No entiendo por qué consien-
tes que te hagan algo así; y sé que te prestas a ello, porque un Cazador Oscuro con tus poderes jamás

dejaría que lo maltrataran de este modo sin su consentimiento.

Ash no contestó. Tenía sus razones. Artemisa nunca estaba dispuesta a entrega el alma de uno de

sus Cazadores. El precio a pagar era muy alto. Había consentido en sacrificar parte de su carne para po-

der darle a Kyrian la oportunidad de acabar con Desiderius. Pero más que nada, los moratones y las ci-
catrices de su espalda eran el precio por la felicidad del general. Un ritual sangriento al que se sometía

gustoso cada vez que un Cazador Oscuro –o Cazadora–, quería recuperar su alma.

Un ritual que todos ellos desconocían.

Lo que había entre Artemisa y él era estrictamente privado. Y ya se encargaría él de que siguiera

siéndolo.

Kyrian se dirigió a Bourbon Street, al mismo lugar donde se había encontrado con los dos humanos,

secuaces de Desiderius. El dolor del costado empezaba a disminuir, aunque todavía era horroroso. Tardó

más de media hora en encontrarlos.

La expresión que el imbécil puso al verlo fue impagable.

–¡Coño!

Kyrian lo agarró antes de que pudiera salir corriendo.

–Dile a Desiderius que esto aún no ha acabado.

El muchacho asintió y, cuando Kyrian lo soltó, se alejó corriendo calle abajo.

Sabía que la primera regla en una guerra era la de utilizar el factor sorpresa como garantía de una

victoria casi segura. Acababa de echar por tierra su mejor baza para ganar. Pero no podía mantener esa

ventaja a riesgo de que Amanda, o alguien de su familia, acabaran heridos. Desiderius no iría tras ellos

mientras tuviera un Cazador Oscuro con el que enfrentarse.

Volvió cojeando al coche de Nick y, por fin, y regresó junto a la única persona con la que se sentía

en paz.

–¿Dónde has estado? –le preguntó Amanda nada más llegar.

–Tenía cosas que hacer.

Nick soltó una maldición.

–Has ido en busca de Desiderius, ¿verdad? –Y soltó otro taco–. Le has mandado un mensaje para

que sepa que estás vivo.

Kyrian lo ignoró y fue hasta el sofá para sentarse.

–¿Estás bien? –le preguntó Amanda.

Nick lo miró con cara de pocos amigos. Abría y cerraba los puños mientras se paseaba alrededor del

sofá.

–Joder, Kyrian ¿por qué...?

–Nick, déjalo. No estoy de humor.

La expresión del Escudero se ensombreció aún más y se le dilataron las aletas de la nariz.

–Muy bien. Sal y deja que te maten. ¿A mí que me importa? Así me quedo con la casa, con los co-
ches y con todo. Ve a por Desiderius y dile que estás herido y medio muerto. O mejor aún, ¿por qué no

dejas la puerta abierta y lo invitas a entrar?

–Nick así no vamos a ningún sitio –lo regañó Amanda. Veía el sufrimiento de Nick; quería a su Caza-
dor Oscuro como si fuesen hermanos.

–¿Sabes lo que te digo? –siguió él, hablando entre dientes–. Que me importa una mierda, porque no

necesito a nadie. –Y señalando a Kyrian continuó–: No te necesito y no necesito tu puto dinero. Siempre

me las he apañado solo. Así que si quieres puedes largarte para que te maten, porque me da igual.

Nick se dio la vuelta para marcharse pero, en un abrir y cerrar de ojos, Kyrian se levantó y se plantó

delante de él. Su Escudero lo miró, furioso.

–Quítate de en medio.

La expresión de Kyrian era la misma que adoptaría un padre infinitamente paciente frente a un ado-
lescente rebelde.

–Nick, no voy a morir.

–Sí, claro. ¿Cuántas veces crees que Streigar le dijo lo mismo a Sharon antes de que lo convirtieran

en un Cazador Oscuro extra crujiente? –Se libró de las manos de Kyrian encogiéndose de hombros y sa-
lió de la casa como alma que lleva el diablo.

En la mandíbula de Kyrian comenzó a palpitar un músculo mientras cogía el móvil y marcaba.

–Acheron –dijo tras una breve pausa–, tengo un Escudero renegado que creo que se dirige al Barrio

Francés en un Jaguar nuevo, modelo XKR descapotable de color antracita. ¿Puedes detenerlo antes de

que cometa una estupidez?

Con el ceño fruncido por la preocupación, miró a Amanda a los ojos y siguió escuchando a Acheron.

–Sí, gracias.

Fuera cual fuese el comentario de Acheron, logró irritarlo bastante.

–Sí, ¡oh, amo y señor! Estoy descansando.

Y, al instante, se vio claramente perplejo.

–¿Cómo sabes que estoy de pie?

Tras un momento, soltó un bufido.

–Bésame el culo, Ash. Que tengas suerte con Nick. –Y cortó la llamada.

Aunque Amanda no había escuchado exactamente lo que Acheron había dicho, pudo imaginárselo

fácilmente.

–Tiene razón, necesitas acostarte.

Los ojos negros de Kyrian la fulminaron.

–No necesito que me mimen.

–Muy bien, Nick. ¿También vas a decirme que no necesitas nada ni a nadie antes de marcharte como

una exhalación?

Él la miró con una sonrisa tímida.

–Ahora ya sabes por qué lo soporto. Somos harina del mismo costal.

Amanda soltó una carcajada, aun cuando lamentaba lo que les estaba sucediendo a ambos.

–Deja que adivine... ¿eras igual que él cuando tenías su edad?

–En realidad, Nick es mucho más soportable que yo. Y tampoco es tan testarudo como yo solía serlo.

Amanda se acercó a él y le rodeó la cintura con los brazos.

–Ven, vamos arriba.

Para su sorpresa, Kyrian permitió que lo llevara de vuelta a la cama, a la habitación de invitados.

Mientras lo desvestía, vio las cicatrices rosadas de las heridas, ya casi curadas. Le cogió un brazo y

acarició las pequeñas incisiones provocadas por los clavos.

–No puedo creer que estés en pie tan pronto, después de lo que te ha sucedido.

Él suspiró.

–No puedes mantener a un Cazador Oscuro fuera de juego mucho tiempo.

Amanda apenas escuchaba sus palabras. Mientras le acariciaba las heridas, multitud de imágenes

acudieron a su mente; la rabia de Kyrian, su dolor. Y, en ese momento, vio un esbozo del futuro: Kyrian

encadenado a un muro, con los brazos extendidos, a merced de Desiderius.

La muerte de Kyrian.

Con un jadeo, le soltó el brazo y se alejó de él.

Él la miró, preocupado.

–¿Qué te pasa?

Consumida por el pánico, le dio unos golpecitos en el pecho. Intentó luchar contra el ataque de an-
siedad y adoptar una actitud normal pero, por dentro, el dolor le resultaba insoportable. No podía dejar-
lo morir. Así no.

Lo miró fijamente, obligándose a permanecer calmada.

–Tienes que superar el pasado. Si te sigues aferrando a él, Desiderius acabará contigo.

Él desvió la mirada.

–Lo sé.

–¿Y qué vas a hacer? Si sigues recordando volverá a atraparte.

–Puedo apañármelas, Amanda.

–¿Ah, sí? –le preguntó, luchando contra las lágrimas que le impedían respirar, al recordar la visión.

Dios mío, así no.

No podía soportar perderlo. La idea de pasar un solo día sin sentir sus brazos rodeándola, sin escu-
char su voz, o su risa... era inimaginable. El dolor era insoportable.

–Puedo controlarme –insistió él.

Pero ella sabía la verdad. Había vivido su ejecución en carne propia. Sabía que jamás lo superaría. Se

había limitado a expulsar esa realidad de su mente, en lugar de enfrentarse a ella.

Y, de repente, supo cómo podía liberarlo de sus demonios.

O al menos intentarlo.

–Vuelvo en un momento.

Kyrian observó cómo salía de la habitación, dejándolo hecho un mar de dudas. Sabía mejor que na-
die cuál era su punto débil. Lo único que Desiderius tenía que hacer era encadenarlo con los brazos ex-
tendidos y el pánico lo dejaría fuera de juego. Los recuerdos eran tan dolorosos que no podía luchar

contra ellos. Se pasó una mano por los ojos. Tenía que haber una manera de expulsarlos de su mente.

Tenía que haber algún modo de enfrentarse al Daimon con la cabeza fría.

Mientras consideraba cuál podría ser la mejor solución, los minutos fueron pasando.

Hasta que se dio cuenta de que alguien lo observaba.

Se dio la vuelta en la cama, hasta quedar tumbado de costado, y vio a Amanda en la puerta con una

bandeja en las manos y vestida con una bata blanca de satén larga y vaporosa. Entró en la habitación,

sonriéndole con ternura, y dejó la bandeja sobre la cómoda.

Kyrian la miró, extrañado.

Se acercó a la cama, moviéndose con su característica elegancia, y se apoyó en el colchón, doblando

una rodilla. La bata se abrió con el movimiento. Inclinándose hacia delante, lo empujó hasta dejarlo

tumbado sobre la espalda. Kyrian no dejaba de mirarle la pierna, cubierta con una media y, un poco

más arriba, el trozo de encaje del liguero que la abertura de la bata dejaba a la vista.

La sonrisa de Amanda se ensanchó cuando sacó del bolsillo una larga bufanda de seda.

Kyrian la miró con el ceño fruncido mientras observaba cómo se la enrollaba en la muñeca.

–¿Qué estás haciendo?

–Voy a hacer que mejore.

–¿El qué?

–El pasado.

–Amanda –masculló, mientras le cogía el brazo y lo acercaba al cabecero de la cama. En cuanto se

dio cuenta de sus intenciones se apartó de ella de un brinco–. ¡No!

Ella volvió a cogerlo del brazo y se lo acercó al pecho.

–Sí.

Amanda observó cómo el pánico invadía su mirada.

–No –repitió Kyrian con firmeza.

Humedeciéndose los labios, se acercó la mano de Kyrian a la boca. Separó los labios y comenzó a

chuparle suavemente las yemas de los dedos.

–Por favor, Kyrian. Te prometo que no te arrepentirás.

Al contemplarla, el deseo comenzó a abrirse paso en sus entrañas. Vio cómo la lengua de Amanda le

lamía la piel, recorriéndole los dedos. Y cuando le pasó las uñas por la cara interna de la muñeca y as-
cendió por el brazo, se estremeció de arriba abajo.

Amanda se alejó la mano de los labios y la acercó a la abertura de la bata para dejarla sobre un pe-
cho desnudo.

–Por favor, ¿sí?

Con la respiración entrecortada, Kyrian cerró la mano sobre el pecho. Le costaba mucho trabajo re-
cordar lo que le estaba pidiendo. Su confianza. Algo que no le había entregado a nadie desde hacía dos

mil años.

Aterrorizado por lo que le había sucedido la última vez que cometió el error de confiar en alguien, la

miró a los ojos y, al hacerlo, su voluntad comenzó a resquebrajarse. ¿Sería capaz Amanda de traicionar-
lo algún día? ¿Tendría el suficiente valor como para arriesgarse?

En esta ocasión, cuando ella guió su brazo hasta el poste de la cama, apretó los dientes pero no se

movió y permitió que lo atara al cabecero. No obstante, su corazón empezó a latir más deprisa.

Amanda sabía que acababa de obtener una pequeña victoria. Sin dejar de sonreír, ató la bufanda

con un nudo muy flojo.

–Puedes soltarte en cualquier momento –le dijo–. Sólo tienes que decírmelo y desharé el nudo. Pero,

si lo haces, me detendré al instante.

–¿Te detendrás?

–Ya verás a lo que me refiero...

Le cogió el otro brazo y enrolló otra bufanda alrededor de la muñeca. Kyrian no dejó de observar el

proceso con la respiración acelerada. Cuando lo ató no dijo nada, lo que sorprendió gratamente a

Amanda, aunque tenía la frente cubierta de sudor.

Tiró de las bufandas y el movimiento hizo que los músculos de los brazos se contrajeran y se abulta-
ran.

–No me gusta esto –le confesó, intentando liberarse.

Gateando sobre su cuerpo, Amanda le cogió las muñecas con las manos y lo sostuvo. Bajó la cabeza

y lo besó con suavidad en los labios.

Kyrian se tensó al sentir la lengua de Amanda en la comisura de los labios, buscando la entrada a su

boca. Él se lo permitió de buena gana, separando los labios y gimiendo en cuanto sus lenguas se roza-
ron y probó su sabor.

Sus besos eran lo más cercano al paraíso que un hombre sin alma podía encontrar. El aroma a rosas

le invadía los sentidos, haciéndole perder la cabeza y poniéndolo a cien. Dejándolo sin aliento. El tiempo

se detuvo cuando sus manos le acariciaron el torso y sintió el roce de sus pezones bajo el satén.

Cuando intentó abrazarla, recordó que lo había atado. Con un gruñido de frustración, tiró de las bu-
fandas.

Al escuchar cómo la seda se rasgaba, Amanda interrumpió el abrasador beso y se alejó un poco.

–Recuerda –le dijo con voz ronca–, si te sueltas, lo único que conseguirás será una ducha fría.

Se detuvo de inmediato pero, para su disgusto, vio cómo Amanda se alejaba de él y deslizaba las

manos sobre la bata, desde los pechos hasta el cinturón. Muy lentamente, tomándose su tiempo, lo

desató y apartó la prenda hasta dejar los pechos desnudos a la vista.

Kyrian creyó que iba a estallar en llamas cuando el satén cayó a sus pies.

Y, para su deleite, no estaba completamente desnuda. Se había puesto el liguero azul marino que le

había regalado. Nada más verla se le hizo la boca agua.

Muy despacio y de forma seductora, volvió a la cama y trepó sobre él, con los sensuales movimien-
tos de una gata, dejando que los pezones le rozaran según ascendía desde la cintura hasta el pecho. Ky-
rian siseó al sentir cómo se estiraba sobre su cuerpo.

–¿Cómo vamos, general?

Él tragó saliva antes de contestar.

–Muy bien.

Sonriendo, Amanda le acarició el mentón con los labios y la lengua.

–Mucho mejor cuando haces eso –susurró él con el cuerpo enfebrecido por sus caricias.

Ella se retiró con una carcajada.

–¿Qué te parece entonces si te dejo ciego de placer?

Él tiró de las ataduras.

–Me da la sensación de que soy todo tuyo, cariño.

Amanda deseaba con todas sus fuerzas que eso fuese cierto. Bajó de la cama y se acercó a la ban-
deja. Mientras cogía la jarra de miel templada, recordó el aceite hirviendo que los romanos habían usado

para torturarlo. Recordó la expresión de dolor de su rostro cuando lo vertieron sobre su cuerpo, escal-
dándolo. Con el corazón en un puño, regresó a la cama, donde Kyrian yacía a su merced. Le acercó la

jarra al pecho y observó cómo el recuerdo de esa tortura le ensombrecía la mirada.

Instintivamente, Kyrian se encogió en cuanto la miel lo rozó. Pero allí no había dolor. No se forma-
ban ampollas ni le quemaba la piel. En realidad, era bastante agradable. Se relajó y observó cómo

Amanda derramaba el espeso líquido dorado, trazando pequeños círculos alrededor de sus pezones para

después extenderlos con las uñas y descender hasta el estómago, provocándole continuos escalofríos.

Una vez dejó la jarra a un lado, comenzó a lamer cada gota de miel que había derramado sobre su

cuerpo. Cada lametón le provocaba un estremecimiento de placer. Cuando le introdujo la lengua en el

ombligo su miembro se endureció aún más.

Amanda soltó una risa gutural y lo miró, reclinada sobre su ombligo. En ese momento, se movió ha-
cia arriba, deslizando la lengua desde el vientre hasta la nuez. Siseando de placer, Kyrian echó la cabeza

hacia atrás, facilitándole el acceso a su cuello y, cuando sintió cómo sus dientes lo arañaban, se estre-
meció de la cabeza a los pies.

–Amanda –jadeó.

Sin dejar de sonreírle, volvió a bajar de la cama y cogió un pequeño cuenco. No sabía de dónde ha-
bía salido esa faceta atrevida; jamás se había comportado de ese modo, pero quería salvar a Kyrian a

cualquier precio. Además, algo extraño le estaba sucediendo mientras hacía todo eso por él; como si

una parte de sí misma se estuviese liberando.

Apartando esa idea de su mente, hundió los dedos en el cuenco de nata batida y los acercó a los la-
bios de Kyrian. Con el pulgar, trazó el contorno de esa boca perfecta.

Kyrian lamió la nata mientras ella se sentaba a horcajadas sobre su cintura. Qué maravilla sentir la

humedad de su cuerpo sobre él. Lo estaba volviendo loco. Y cuando se movió hacia abajo y rozó su hin-
chada verga creyó morir de placer.

–Déjame darte de comer, general –le susurró antes de acercarle el dedo a la boca, muy despacio,

para que saboreara la nata batida.

Kyrian tragó saliva al sentir la vorágine de sus emociones. Estaba recreando la crueldad de Valerius.

Pero no había dolor con Amanda, sino un placer tan intenso como jamás había conocido. La miró a los

ojos y le sonrió débilmente.

–¿Por qué estás haciendo esto? –le preguntó.

–Porque me preocupo por ti.

–¿Y por qué?

–Porque eres el hombre más maravilloso que he conocido en mi vida. Claro, que no hay que olvidar

que eres testarudo y exasperante, pero también amable, generoso y fuerte. Y me haces sentir tan...

Él alzó una ceja.

Amanda se sentó sobre su cintura y lo miró.

–¿Qué se supone que significa eso?

–¿El qué? –preguntó él con expresión inocente.

–Esa mirada.

Kyrian frunció el ceño.

–¿Qué mirada? –preguntó mientras intentaba abrazarla, sin recordar que estaba atado. Qué extraño

que lo hubiese olvidado por completo.

Ella bajó la cabeza y lo besó.

Kyrian soltó un gemido al sentir los labios de Amanda sobre los suyos, al sentir esa lengua que en-
traba y salía de su boca, llevándole el sabor de la nata.

Se apartó un poco y le preguntó:

–¿Te gusta?

–Mucho –contestó él.

–Entonces, esto te va a encantar.

La siguió con la mirada mientras descendía por su cuerpo, cogía el cuenco y comenzaba a extenderle

la nata por la entrepierna. Sus dedos le acariciaban el miembro mientras lo cubrían por completo con el

frescor de la crema.

La sensación lo estaba llevando al límite y no pudo evitar gemir.

Amanda le separó las piernas y se detuvo un instante a contemplar su obra de arte. Después, lo miró

a lo ojos y se agachó entre sus muslos para lamerle los testículos.

Kyrian gruñó al sentir las caricias de su lengua en la parte más vulnerable de su cuerpo. Ella cerró

los labios a su alrededor y lo lamió, succionando primero el de un lado con suavidad antes de pasar al

otro y proceder del mismo modo. Se sentía asaltado por continuas oleadas de placer y tiraba de las ata-
duras sin ser consciente de lo que hacía. Jamás había experimentado nada tan placentero como los be-
sos de Amanda y las caricias de su lengua sobre la piel.

Cuando los testículos estuvieron libres de crema, se acercó a su verga. En cuanto se la metió en la

boca, Kyrian se tensó; Amanda lo estaba mirando a los ojos, observando sus reacciones.

Sin apartar la mirada, pasó la lengua por el extremo de su erección, atormentándolo y dejándolo sin

aliento, lamiéndole el glande antes de bajar la cabeza y tomarlo por completo en la boca. Kyrian creyó

que todo comenzaba a darle vueltas cuando bajó la mano y le acarició los testículos a la vez. La sensa-
ción le hizo sisear y arquearse bajo ella, de forma instintiva, hundiéndose aún más en su boca, aunque

Amanda no protestó.

Soltó un gemido cuando notó que su parte animal comenzaba a tomar las riendas. El deseo que des-
pertaba en él rayaba en la obsesión.

–Amanda –balbució con voz ronca y entrecortada–. Quiero saborearte.

Ella le dio un nuevo lametón y alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.

–¿Cómo? –le preguntó mientras comenzaba a gatear sobre su cuerpo, haciendo que la respiración de

Kyrian se alterara más.

Se sentó a horcajadas sobre su cintura, colocó las manos sobre sus costados y lo miró.

–Dime qué quieres hacerme –le dijo con las mejillas ruborizadas por su atrevimiento.

Kyrian percibía los sentimientos de Amanda mientras la contemplaba. Estaba asustada e insegura,

pero quería ayudarlo a toda costa. Más emocionado de lo que debería, se humedeció los labios antes de

hablar.

–Quiero probar tus pechos –le dijo entre jadeos.

–¿Así? –le preguntó ella, alzándoselos con sus propias manos a modo de ofrenda.

Él gimió al ver cómo Amanda se tocaba.

–Sí –jadeó–. Y quiero lamerlos.

Sonriéndole, le acercó un pecho a los labios.

Kyrian dio un tirón a las ataduras mientras le chupaba un endurecido pezón, saboreándolo. Los

murmullos de placer de Amanda resonaban en sus oídos, estimulándolo aún más. Volvió a tirar de las

bufandas y la seda se rasgó.

Ella rió maliciosamente.

–Si te sueltas, Kyrian, me pongo la bata y aquí se acaba todo. ¿Eso es lo que quieres?

Él le contestó meneando la cabeza y relajó los brazos.

–¿Qué es lo que quieres, entonces?

–A ti. –La verdad escapó de sus labios antes de poder detenerla.

–¿A mí? –preguntó ella, ilusionada.

Incapaz de darle esperanzas cuando no había un futuro para ellos, Kyrian añadió:

–Quiero estar dentro de ti.

Y, en ese momento, sintió la punzada de desilusión que experimentó ella y se sintió fatal por haberle

hecho daño.

–Amanda...

–Shhh –lo silenció ella, colocándole la mano sobre los labios–. Soy toda tuya –le susurró a la vez que

se empalaba sobre su verga.

Kyrian cerró los ojos en cuanto la deliciosa humedad de Amanda se deslizó contra su miembro. Ella

se inclinó hacia delante y capturó sus labios mientras lo montaba con envites profundos, siguiendo un

ritmo pausado. Le mordisqueó el cuello y, cuando volvió a besarlo a la par que aceleraba el ritmo de sus

caderas, sintió el gemido de Kyrian sobre la lengua. Lo sintió retorcerse entre sus muslos. Lo vio echar la

cabeza hacia atrás y gruñir como un animal enjaulado antes de hundir los pies en el colchón y tomar

impulso para alzar las caderas y hundirse hasta el fondo en ella.

Amanda soltó un grito por la intensidad del orgasmo que experimentó. Pero notó que él se quedaba

tieso como una vara.

–No te muevas –le dijo entre dientes.

Obedeció sin preguntarle las razones. Tenía los ojos cerrados, los dientes apretados y la frente cu-
bierta por una capa de sudor. Su cuerpo temblaba convulsivamente. Tras un minuto, soltó un hondo

suspiro, abrió los ojos y la miró.

–¿Ya puedes desatarme?

Amanda asintió con la cabeza y se dio cuenta de que él no había llegado al orgasmo. Había luchado

con todas sus fuerzas para no hacerlo. Y, aunque entendía el porqué, una parte de sí misma se sintió

herida al ser consciente de que Kyrian no confiaba plenamente en ella.

¡Déjalo ya!, se dijo. Eres una imbécil además de una egoísta. Necesita sus poderes.

En ese momento más que nunca.

Kyrian desgarró las bufandas con una facilidad que la dejó sorprendida y, una vez sus manos estu-
vieron libres, la abrazó con fuerza.

–Gracias, cariño –le dijo, besándola con ternura.

Ella le contestó con una sonrisa.

–Ha sido un placer.

Él soltó una carcajada por lo acertado de la respuesta y la echó sobre la cama, a su lado, colocándo-
la de costado. Se tumbó a su espalda y la abrazó, como si le aterrara el hecho de estar separados. No

tardó mucho en quedarse dormido.

Se limitó a disfrutar del momento mientras el cálido aliento de Kyrian le acariciaba el hombro desnu-
do y deseó con todas sus fuerzas que lo que había hecho esa noche lo ayudara en la próxima confronta-
ción con Desiderius.

Amanda se despertó al escuchar el teléfono. Cuando se incorporó, se dio cuenta que habían dormido

abrazados y al recordar todo lo que le había hecho la noche anterior, se ruborizó intensamente. Jamás

se había comportado de un modo tan desvergonzado, pero con él no se había sentido cohibida.

Se apartó de sus brazos y corrió hasta la habitación de Esmeralda para contestar el teléfono.

–¿Sí?

Era Essie.

–Mandy, gracias a Dios que estás todavía ahí. Mi coche se ha estropeado y he tenido que aparcarlo

en el arcén. ¿Te importa venir a recogerme?

–Claro que no.

Anotó la dirección, se dio una ducha rápida y regresó a la habitación de invitados para vestirse.

Inclinándose sobre Kyrian le dio un beso en la mejilla. Cuando iba a alejarse él la sujetó por la mu-

ñeca.

–¿Dónde vas?

–A recoger a Essie.

–No es seguro.

–Estamos a plena luz del día. No me va a pasar nada.

La mirada de Kyrian era bastante elocuente; no le gustaba nada que saliera.

–¿Cuánto falta para que anochezca?

–Horas.

–De acuerdo, pero vuelve directamente aquí.

–¡Sí, mi comandante!

–No tiene gracia.

Lo besó en los labios y se marchó.

Se despertó poco tiempo después. Al levantarse se dio cuenta de que la mayor parte de las heridas

habían desaparecido. Se quitó las vendas manchadas de sangre y las tiró a la papelera, situada junto a

la puerta.

–¿Amanda? –la llamó, asomándose al pasillo.

Nadie contestó. En la casa no se escuchaba ningún sonido, todo estaba en silencio. Aún estaría fue-

Cogió su ropa y entró al baño. No tardó mucho en ducharse, afeitarse y vestirse. Una vez aseado,

volvió a la habitación. Se detuvo en la puerta al ver a Amanda. Llevaba unos vaqueros muy ajustados y

una sudadera negra que ocultaba esas curvas que él se moría por acariciar. El pelo suelto le daba una

apariencia muy sugerente.

Se acercó en silencio a ella, que estaba de espaldas, y vio que estaba mirando la papelera. Sin ha-
blar, inclinó la cabeza y le mordisqueó el cuello.

En cuanto sus labios la rozaron captó su aroma.

No era Amanda.

Era Tabitha.


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