Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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martes, 27 de julio de 2010

Amante de ensueño * Capítulo 11/2

Esta novela no me pertenece, es de Sherrilyn Kenyon. Yo solo la publico para que disfruteis tanto como yo. Los capítulos, estan divididos en varias partes, para que sea mas fácil su lectura. Esta novela es de Rated M, contenido para adultos, y lemmon.
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Ella lo sostuvo en alto y sonrió.

— ¡La Ilíada!

Julián se animó al instante y los hoyuelos relampaguearon en su rostro.

— Cántame, ¡Oh Diosa!

— Muy bien —respondió ella, sentándose a su lado—. Y esto te va a gustar todavía más: es una versión bilingüe; con el original griego y la traducción inglesa.

Y se lo dejó para que lo viera.

La expresión de Julián fue la misma que habría puesto si le hubieran entregado el tesoro de un rey. Abrió el libro y, de inmediato, sus ojos volaron sobre las páginas mientras pasaba la mano reverentemente por las hojas, cubiertas con la antigua escritura griega.

Era incapaz de creer que estuviese viendo de nuevo su idioma escrito, después de tanto tiempo.
Hacía una eternidad que no lo leía en otro lugar que no fuese su brazo.

Siempre le habían encantado La Ilíada y La Odisea. De niño, había pasado horas oculto tras los barracones, leyendo pergaminos una y otra vez; o escabulléndose para escuchar a los bardos en la plaza de la ciudad.

Entendía muy bien lo que sentía Grace por sus libros. Él había sentido lo mismo en su juventud.
A la más mínima oportunidad, se escapaba a su mundo de fantasía, donde los héroes siempre triunfaban, los demonios y villanos eran aniquilados, y los padres y las madres amaban a sus hijos.

En las historias no había hambre ni dolor, sino libertad y esperanza. Fue a través de esas historias como aprendió lo que eran la compasión y la ternura. El honor y la integridad.

Grace se arrodilló junto a él.

— Echas de menos tu hogar, ¿verdad?

Julián apartó la mirada. Sólo echaba de menos a sus hijos.

Al contrario que a Kyrian, la lucha nunca le había atraído. El hedor de la muerte y la sangre, los quejidos de los moribundos. Sólo había luchado porque era lo que se esperaba de él. Y había liderado un ejército porque, como bien dijo Platón, cada ser humano está capacitado por naturaleza para realizar una actividad a la cual se entrega. Por su naturaleza, Julián siempre había sido un líder y no podía seguir las órdenes de nadie.

No, no lo echaba de menos, pero…

— Fue lo único que conocí.

Grace le rozó el hombro, pero fue la preocupación que reflejaban sus ojos grises lo que le desarmó.

— ¿Querías que tu hijo fuese un soldado?

Él negó con la cabeza.

— Jamás quise que truncaran su juventud como les ocurrió a tantos de mis hombres —contestó con la voz ronca—. Bastante irónico, ¿no es cierto? Ni siquiera le habría permitido que jugara con la espada de madera que Kyrian le regaló para su cumpleaños; ni le hubiese dejado tocar la mía mientras estuviese en casa.

Grace enlazó las manos en su cuello y tiró de él para acercarlo. Sus caricias eran tan increíblemente relajantes… Hacían que la soledad doliese aún más.

— ¿Cómo se llamaba?

Julián tragó saliva. No había pronunciado los nombres de sus hijos desde el día de su muerte. No se había atrevido pero, no obstante, quería compartirlos con Grace.

— Atolycus. Mi hija se llamaba Calista.

Grace lo miró con una sonrisa triste, como si compartiera su dolor por la pérdida.

— Tenían unos nombres preciosos.

— Eran unos niños preciosos.

— Si se parecían en algo a ti, me lo creo.

Eso había sido lo más hermoso que nadie le había dicho jamás.

Julián le pasó la mano por el pelo, dejando que los mechones se escurrieran sobre su palma.
Cerró los ojos y deseó poder quedarse así para siempre.

El miedo a tener que abandonarla lo estaba destrozando. Nunca le había gustado la idea de ser engullido por aquel desolado infierno que era el libro; pero ahora, al pensar que jamás volvería a verla, que jamás volvería a oler el dulce aroma de su piel, que sus manos jamás volverían a rozar el suave rubor de sus mejillas…

No podía soportarlo. Era demasiado.

¡Por los dioses!, y había creído hasta entonces que estaba maldito…

Grace se alejó un poco, lo besó suavemente en los labios y cogió el libro.

Julián tragó. Ella quería rescatarlo y, por primera vez durante todos aquellos siglos, quería ser rescatado.

Se tendió en el suelo para que Grace pudiese apoyar la cabeza en él. Le encantaba sentirla así.
Sentir su pelo extendiéndose sobre los brazos y el torso.

Estuvieron tendidos en el suelo hasta las primeras horas de la madrugada; Julián la escuchaba mientras leía la Odisea y narraba las historias de Aquiles.

Observaba cómo el cansancio iba haciendo mella en ella, pero continuaba leyendo. Finalmente, cerró los ojos y se quedó dormida.

Julián sonrió y le quitó el libro de las manos para dejarlo a un lado. Le acarició la mejilla con la palma de la mano durante un instante.

No tenía sueño. No quería desaprovechar ni un solo segundo del tiempo que tenía para estar a su lado. Quería contemplarla, tocarla. Absorberla. Porque atesoraría esos recuerdos durante toda la eternidad.

Nunca había pasado una noche así: tumbado tranquilamente en el suelo junto a una mujer, sin que ella montara su cuerpo y le exigiese que la tocara y la poseyera.

En su época, los hombres y las mujeres no solían pasar demasiado tiempo juntos. Durante las temporadas que pasó en su hogar, Penélope le hablaba en raras ocasiones. De hecho, no había demostrado mucho interés en él.

Por las noches, cuando la buscaba, no lo rechazaba. Pero, no obstante, no estaba ansiosa por sus caricias. Siempre había conseguido engatusarla para que su cuerpo le respondiera apasionadamente, pero no así su corazón.

Deslizó las manos por el pelo negro de Grace, extasiado por la sensación de tenerlo entre los dedos. Su mirada se detuvo sobre su anillo. Brillaba tenuemente, captando la escasa luz de la estancia.

En su mente, lo veía cubierto de sangre. Recordaba cómo se le clavaba en el dedo mientras blandía la espada en mitad de una batalla. Ese anillo lo había significado todo para él, y no le había resultado fácil conseguirlo. Se lo había ganado con el sudor de su frente y con las numerosas heridas que sufrió su cuerpo. Le había costado mucho, pero había merecido la pena.

Durante un tiempo fue respetado, aunque no lo amaran. En su vida como mortal, eso había sido esencial.

Suspirando, echó la cabeza hacia atrás para apoyarse en el cojín del sofá que había puesto sobre el suelo y cerró los ojos.

Cuando por fin se deslizó entre las neblinas del sueño, no fueron los rostros del pasado los que poblaron su mente, fue la imagen de unos claros ojos grises que se reían con él, de una negra melena que se desparramaba por su pecho y de una voz suave que leía palabras que le resultaban familiares aunque, de algún modo, extrañas.

······················

Grace se desperezó lánguidamente al despertarse. Abrió los ojos y se sorprendió al darse cuenta de que tenía la cabeza sobre el abdomen de Julián. Él tenía la mano enterrada en su pelo y, por la respiración relajada y profunda, supo que todavía estaba dormido.

Alzó la mirada hacia su rostro. Tenía una expresión tranquila, casi infantil.

Y entonces fue consciente de algo: no había tenido la pesadilla. Había dormido toda la noche.

Sonriendo, intentó levantarse muy despacio para no despertarlo.

No funcionó. Tan pronto como levantó la cabeza, Julián abrió los ojos y la abrasó con una intensa mirada.

— Grace —dijo en voz baja.

— No quería despertarte.

Ella señaló las escaleras con el pulgar.

— Iba arriba a darme una ducha. ¿Debería cerrar la puerta?

La recorrió con ojos ardientes.

— No, creo que puedo comportarme.

Ella sonrió.

— Me parece que ya he oído eso antes.

Julián no contestó.

Grace subió y se dio una ducha rápida.

Una vez acabó, fue a su habitación y se encontró a Julián tumbado en la cama, hojeando su ejemplar de La Ilíada.

La miró con expresión absorta al darse cuenta de sólo llevaba puesta una toalla. Una lasciva sonrisa hizo que sus hoyuelos aparecieran en todo su esplendor, y la temperatura del cuerpo de
Grace ascendió varios grados.

— Me pongo la ropa y…

— No —le dijo con tono autoritario.

— ¿Que no qué? —preguntó incrédula.

La expresión de Julián se suavizó.

— Preferiría que te vistieras aquí.

— Julián…

— Por favor.

Grace se puso muy nerviosa ante la petición. Jamás había hecho algo así en su vida. Y se sentía avergonzada.

— Por favor, por favor… —volvió a rogarle con una leve sonrisa.

¿Qué mujer le diría que no a una expresión como ésa?

Lo miró con recelo.

— No te atrevas a reírte —le dijo mientras abría vacilante la toalla.

Julián miró sus pechos con ojos hambrientos.

— Puedes estar completamente segura de que la risa es lo último que se me pasa por la mente en estos momentos.

Y entonces, se levantó de la cama y se acercó a la cómoda, donde Grace guardaba la ropa interior, con los movimientos gráciles de un depredador. Un extraño escalofrío recorrió la espalda de Grace mientras observaba cómo la mano de Julián rebuscaba entre sus braguitas hasta encontrar las de seda negra que Selena le había regalado de broma.

Julián las sacó y se arrodilló en el suelo delante de ella, con toda la intención de ayudarla a ponérselas. Sin aliento y totalmente entregada a la seducción, Grace miró sus rizos rubios mientras elevaba una pierna para dejar que él le pasara las braguitas por el pie.

Tras sus manos, que deslizaban la seda ascendiendo por su pierna, sus labios dejaban un reguero de besos que la hicieron estremecerse. Para mayor devastación de todos sus sentidos, abrió las manos y las colocó sobre sus muslos con los dedos totalmente extendidos. Y lo que fue aún peor, una vez las braguitas estuvieron colocadas en su sitio, la acarició levemente entre las piernas antes de apartarse.

A continuación, sacó el sujetador negro a juego.

Como una muñeca sin voluntad propia, dejó que se lo pusiera. Las manos de Julián rozaron los pezones, mientras abrochaba el enganche delantero; una vez cerrado, las deslizó bajo el satén y la acarició con deleite, erizándole la piel.

Julián inclinó la cabeza y capturó sus labios. Podía sentir el fuego consumiéndolo, exigiéndole que la poseyera. Exigiéndole que aliviara el dolor de su entrepierna aunque fuese por un instante.

Grace gimió cuando él profundizó el beso y se dejó llevar por completo. Julián la alzó en brazos para tenderla sobre la cama. De forma instintiva, ella le rodeó la cintura con las piernas y siseó al sentir los duros abdominales presionando sobre su sexo.

Julián le pasó las manos por la espalda. La visión de su cuerpo húmedo y desnudo estaba grabada a fuego en su mente. Había llegado a un punto sin retorno cuando un destello de luz cegadora iluminó la habitación.

Con los ojos doloridos por el resplandor, Julián se separó de ella.

— ¿Has sido tú? —le preguntó ella sin aliento, mirándolo arrobada.

Risueño, Julián negó con la cabeza.

— Ojalá pudiera atribuírmelo, pero estoy bastante seguro de que tiene otro origen.

Echó un vistazo a la habitación y sus ojos se detuvieron sobre la cama. Parpadeó.

No podía ser…

— ¿Qué es eso? —preguntó Grace, girándose para mirar la cama.

— Es mi escudo —contestó Julián, incapaz de creerlo.

Hacía siglos que no veía su escudo. Atónito, lo contempló fijamente. Estaba en el mismo centro de la cama y emitía débiles destellos bajo la luz.

Conocía cada muesca y arañazo que había en él; recordaba cada uno de los golpes que los habían producido.

Temeroso de estar soñando, alargó el brazo para tocar el relieve en bronce de Atenea y su búho.

— ¿Y tu espada también?

Julián le agarró la mano antes de que pudiera tocarla.

— Ésa es la Espada de Cronos. No la toques jamás. Si alguien que no lleva su sangre la toca, su
piel quedará marcada para siempre con una terrible quemadura.

— ¿En serio? —preguntó, bajándose de la cama para alejarse de la espada.

— En serio.

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