Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 8 de julio de 2010

Amante de ensueño * CapítuLo 9/4

Esta novela no me pertenece, es de Sherrilyn Kenyon. Yo solo la publico para que disfruteis tanto como yo. Los capítulos, estan divididos en varias partes, para que sea mas fácil su lectura. Esta novela es de Rated M, contenido para adultos, y lemmon.
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El anhelo que reflejó el rostro de Julián hizo que a Grace le diera un pinchazo el corazón. Sabía que en ese momento, él estaba viendo la cara de su propia hija al mirar a Katie.

— De nada, pequeña —le contestó con voz ronca, alejándose de ella.

— ¿Katie, Tommy, Bobby? ¿Qué estáis haciendo ahí?

Grace alzó la mirada mientras Emily rodeaba la casa.

— No estaréis molestando a la señorita Grace, ¿verdad?

— No, para nada —le respondió Grace. Emily no pareció escucharla porque siguió regañando a los niños.

— ¿Y qué está haciendo Allison aquí? Se suponía que debía estar en el patio trasero.

— ¡Oye mamá! —gritó Bobby acercándose a ella a la carrera—. ¿Sabes jugar a Parcelon? El señor Julián nos ha enseñado.

Grace se rió a carcajadas mientras los cinco regresaban al jardín delantero, con Bobby hablando sin parar. Julián tenía los ojos cerrados y parecía estar saboreando el sonido de las voces infantiles.

— Eres todo un cuenta cuentos —le dijo Grace cuando se le acercó.

— No creas.

— En serio —le contestó ella con énfasis—. ¿Sabes? Me has hecho pensar. Bobby tiene razón, serías un maestro estupendo.

Julián le sonrió satisfecho.

— De general a maestro. ¿Por qué no cambiarme el nombre al de Catón el Viejo e insultarme mientras estás en clase?

Ella se rió.

— No estás tan ofendido como quieres hacerme creer.

— ¿Y cómo lo sabes?

— Por la expresión de tu rostro, y por la luz que hay en tus ojos —le cogió el brazo y lo llevó de vuelta al porche—. Deberías pensar seriamente en esa posibilidad. Selena consiguió su licenciatura en Tulane y conoce a mucha gente allí. ¿Quién mejor para enseñar Historia Antigua que alguien que la conoció de primera mano?

No le contestó. En lugar de eso, Grace notó cómo movía los pies, descalzos, sobre la tierra.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

— Disfrutando de la sensación de la hierba —respondió él con un susurro—. Las hojas me hacen coquillas en los dedos.

Ella sonrió ante lo infantil de su actitud.

— ¿Para eso saliste?

Él asintió.

— Me encanta sentir el sol en la cara.

Grace sabía, en el fondo de su corazón, que había podido disfrutarlo en contadas ocasiones.

— Vamos, prepararemos unos cuencos de cereales y comeremos en el porche.

Ella subió en primer lugar los cinco escalones que llevaban hasta el porche, y le dejó sentado en su mecedora de mimbre para encargarse del desayuno.

Cuando regresó, Julián tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados; su expresión era serena.

Como no quería molestarlo, retrocedió.

— ¿Sabes que todo mi cuerpo percibe tu presencia? Todos mis sentidos son conscientes de tu proximidad —le confesó mientras abría los ojos y la miraba con un deseo abrasador.

— No lo sabía —dijo ella nerviosa, ofreciéndole el cuenco. Él lo cogió, pero no volvió a hablar del tema. Comenzó a comer en silencio.

Absorbiendo el calor del sol, Julián escuchaba la suave brisa y se recreaba con la presencia cercana y relajante de Grace.

Se había despertado al amanecer para contemplar, a través de las ventanas, la salida del sol. Y había pasado una hora disfrutando del contacto del cuerpo de Grace.

Ella lo tentaba de un modo que jamás había experimentado. Por un solo minuto se permitió barajar la posibilidad de permanecer en esta época.

¿Y después qué?

Sólo tenía una «habilidad» que podía serle útil en este mundo moderno, y no era el tipo de hombre que pudiese vivir alegremente de la caridad de una mujer.

No después de…

Apretó los dientes mientras los recuerdos lo abrasaban.

A los catorce años, había cambiado su virginidad por un cuenco de gachas de avena frías y una taza de leche agria. Incluso ahora, con todo el tiempo que había transcurrido, podía sentir las manos de la mujer tocándole el cuerpo, quitándole la ropa, agarrándose febrilmente a él mientras le enseñaba cómo darle placer.

« ¡Ooooh!» Canturreó la mujer «Eres muy guapo, ¿verdad? Si alguna vez quieres más gachas, sólo tienes que venir a verme cuando mi marido no esté en casa»

Se sintió tan sucio después… tan usado.

Durante los años siguientes, durmió en más ocasiones entre las sombras de los portales que en una cama acogedora, porque no le apetecía volver a pagar ese precio por una comida y un poco de comodidad.

Y si fuese de nuevo libre, no querría…

Cerró los ojos con fuerza. No se veía en este mundo. Era demasiado diferente. Demasiado extraño.

— ¿Ya has acabado?

Alzó los ojos y vio a Grace de pie junto a él, con la mano extendida esperando el cuenco.

— Sí, gracias —le contestó mientras se lo daba.

— Voy a darme una ducha rápida. Volveré en unos minutos.

La contempló mientras se marchaba; sus ojos se demoraron en las piernas desnudas. Todavía podía sentir el sabor de su piel en los labios. Y el dulce aroma de su cuerpo.

Grace lo obsesionaba. No se trataba de los efectos de la maldición. Había algo más. Algo que jamás había experimentado antes.

Por primera vez, después de dos mil años, volvía a sentirse como un hombre; y ese sentimiento venía acompañado de un anhelo tan profundo que le partía en dos el corazón.

La deseaba. En cuerpo y alma.

Y quería su amor.

La idea lo asustó.

Pero era cierto. No había vuelto a experimentar ese profundo y doloroso deseo de sentir un tierno abrazo desde que era pequeño. Necesitaba que alguien le dijera que lo amaba, y que lo hiciese de corazón, no por el efecto de un hechizo.

Echando la cabeza hacia atrás, soltó una maldición. ¿Cuándo iba a aprender?

Había nacido para sufrir. El Oráculo de Delfos se lo había dicho.

«Sufrirás como ningún hombre ha sufrido jamás»

«¿Pero me amará alguien?»

«No en esta vida.»

Y se alejó de allí totalmente hundido por la profecía. Qué poco había imaginado entonces el sufrimiento que le aguardaba.

«Es el hijo de la Diosa del Amor, y ni siquiera ella soporta estar cerca de él.»

La verdad hizo que se encogiera de dolor. Grace jamás lo amaría. Nadie lo haría. Su destino no era que lo liberaran de su sufrimiento. Peor aún, su destino tenía una trágica tendencia a derramar la sangre de todos los que se acercaban a él.

El dolor le desgarraba el pecho mientras pensaba en la posibilidad de que algo le sucediese a Grace.

No podría permitirlo. Tenía que protegerla a toda costa. Aunque eso significara perder su libertad.

Con esa idea en mente, fue en su busca.

Grace se estaba quitando el jabón de los ojos. Al abrirlos, se sobresaltó cuando vio que Julián la observaba a través de la abertura de las cortinas de la ducha.

— ¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó.

— Lo siento.

Él permaneció al lado de la bañera de patas, tamaño extra grande, vestido sólo con los boxers y apoyado sobre la pared, con la misma pose que tenía en el libro: los anchos hombros echados hacia atrás y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo.

Grace se humedeció los labios al contemplar los esculturales músculos de su pecho y de su torso.
Espontáneamente, su mirada descendió hasta los boxers rojos y amarillos.

Bueno, decir que ningún hombre estaría bien con ellos había sido un error. Porque Julián estaba fenomenal. En realidad, no había palabras que describiesen con exactitud lo buenísimo que estaba con ellos.

Y aquella sonrisa traviesa, medio burlona, que esgrimía en esos momentos, derretiría el corazón de la más frígida de las mujeres. Ese hombre la ponía muy, muy caliente.

Nerviosa, Grace cayó en la cuenta de que estaba completamente desnuda delante de él.

— ¿Necesitas algo? —le preguntó mientras se cubría los pechos con la manopla.

Para su consternación, él se quitó los boxers y se metió en la bañera con ella.

El cerebro de Grace se convirtió en papilla, abrumada por la poderosa y masculina presencia de Julián. Esa increíble sonrisa llena de hoyuelos curvaba sus labios, y hacía que el corazón se le acelerara y que comenzara a temblar.

— Sólo quería verte —dijo en voz baja y tierna—. ¿Tienes idea de lo que me haces cuando te pasas las manos por los pechos desnudos?

Apreciando el tamaño de su erección, Grace tenía una idea bastante aproximada.

— Julián…

— ¿Mmm?

Olvidó lo que iba a decir cuando él acercó la cabeza hasta su cuello. Se estremeció por completo al sentir que su lengua le abrasaba la piel.

Gimió por la sobrecarga sensorial que suponían las caricias de las manos de Julián, unidas a la sensación del agua caliente de la ducha. Apenas si fue consciente de que él le quitaba la manopla que aún cubría sus pechos, y se llevaba uno de ellos a la boca.

Siseó de placer al sentir la lengua de Julián girar alrededor del endurecido pezón, rozándolo levemente y haciéndola arder.

La ayudó a sentarse en la bañera y la echó hacia atrás, apoyándola en el respaldo. El contraste de la fría porcelana en la espalda y del cálido cuerpo de Julián por delante, mientras el agua caía sobre ellos, la excitó de un modo que jamás hubiese creído posible.

Nunca antes había apreciado el enorme tamaño de la antigua bañera pero, en ese momento, no la cambiaría por nada del mundo.

— Tócame, Grace —le dijo con voz ronca, cogiéndole la mano y acercándosela hasta su hinchado miembro—. Quiero sentir tus manos sobre mí.

Julián se estremeció cuando ella acarició la dureza aterciopelada de su pene.

Cerró los ojos mientras las sensaciones lo abrumaban. Las caricias de Grace no se limitaban al plano físico, las percibía también a un nivel indefinible. Increíble.

Quería más de ella. Lo quería todo de ella.

— Me encanta sentir tus manos sobre mi piel —balbució mientras ella lo tomaba entre sus manos. ¡Por los dioses! La deseaba tanto que le dolía todo el cuerpo. Cómo deseaba que, tan sólo una vez, ella le hiciese el amor a él.

Que le hiciese el amor con el corazón.

El dolor volvió a desgarrarlo. No importaba cuántas veces tuviera relaciones sexuales, el resultado siempre era el mismo. Siempre acababa herido. Si no se trataba de su cuerpo, era en lo profundo de su alma.

«Ninguna mujer decente te querrá a la luz del día.»

Era verdad, y lo sabía.

Grace percibió su tensión.

— ¿Te he hecho daño? —preguntó mientras alejaba la mano.

Él negó con la cabeza y le colocó las manos a ambos lados del cuello para besarla profundamente.
Súbitamente el beso cambió, intensificándose, como si estuviese intentado probar algo ante los
dos.

Deslizó la mano por el brazo de Grace, hasta capturar la suya y enlazar los dedos. Después, movió las manos unidas y la acarició entre las piernas.

Grace gimió mientras él la tocaba con las manos entrelazadas. Era lo más erótico que había experimentado jamás.

Temblaba de pies a cabeza mientras él aumentaba el ritmo de las caricias. Cuando introdujo los dedos de ambos en su interior, Grace gritó de placer.

— Eso es —le murmuró al oído—. Siéntenos a los dos unidos.

Sin aliento, Grace se agarró al hombro de Julián con la mano libre y el cuerpo en llamas. ¡Dios, era un amante increíble!

De pronto, él retiró las manos y le alzó una de las piernas para pasársela por la cintura.

Grace le dejó hacer, hasta que se dio cuenta de sus intenciones. Estaba preparándose para penetrarla.

— ¡No! —jadeó mientras lo empujaba—. Julián, no puedes.

Sus ojos llameaban de necesidad y deseo.

— Sólo quiero esto de ti, Grace. Déjame poseerte.

Ella estuvo a punto de ceder.

Pero entonces, algo extraño le sucedió a sus ojos. Un velo oscuro cayó sobre ellos, y las pupilas se
le dilataron por completo.

Se quedó inmóvil. Respiraba entre jadeos y cerró los ojos como si estuviese luchando con un enemigo invisible.

Lanzando una maldición, se alejó de ella.

— ¡Corre! —gritó.

Grace no lo dudó.

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