Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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martes, 27 de julio de 2010

Amante de ensueño * Capítulo 11/4

Esta novela no me pertenece, es de Sherrilyn Kenyon. Yo solo la publico para que disfruteis tanto como yo. Los capítulos, estan divididos en varias partes, para que sea mas fácil su lectura. Esta novela es de Rated M, contenido para adultos, y lemmon.
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¡Santo Dios! Una mujer podía acostumbrarse a eso con mucha facilidad. Mucha, mucha facilidad.

Julián se separó.

— ¿Quieres llevarme a casa para que te mordisquee otras cosas?

Sí, eso era lo que quería. Y por eso no se atrevía. De hecho, el beso la había dejado tan trastornada que no podía ni hablar.

Julián sonrió ante la mirada extraviada y hambrienta de Grace. Estaba observando sus labios como si aún pudiese saborearlos. En ese momento, la deseó más que nunca. Deseó poder arrancarle la goma del pelo y dejar que su melena se desparramara sobre su pecho, una vez estuviera tendida sobre él.

Cómo deseaba estar de regreso en su casa donde pudiese quitarle los pantalones cortos y escuchar sus dulces murmullos de placer mientras él le…

— El coche —dijo ella, parpadeando como si despertara de un sueño—. Íbamos a entrar en el coche.

Julián le dio un pequeño beso en la mejilla.

Una vez dentro del coche y con los cinturones de seguridad abrochados, Grace lo miró de soslayo.

— ¿Sabes una cosa? Creo que hay dos cosas en Nueva Orleáns que deberías experimentar.

— En primer lugar, tengo que poseerte en un…

— ¿Es que no vas a parar?

Julián se aclaró la garganta.

— Está bien. ¿Cuál es tu lista?

— Bourbon Street y la música moderna. Y de una de ellas nos podemos encargar ahora mismo. —
Y puso la radio.

Se rió al reconocer Hot Blooded de Foreigner. Qué apropiado, dado su pasajero.

Julián lo escuchó, pero no pareció muy impresionado.

Grace cambió la emisora.

Él frunció el ceño.

— ¿Qué has hecho?

— He cambiado de emisora. Lo único que hay que hacer es apretar los botones.

Él jugueteó y cambió de emisora un rato, hasta que encontró Love Hurts de Nazareth.

— Vuestra música es interesante.

— ¿Te hace añorar la tuya?

— Dado que la mayoría de la música que escuchaba procedía de las trompetas y los tambores que nos acompañaban a la batalla, no. Creo que soy capaz de apreciar esto.

— ¿El qué? —preguntó ella juguetona—. ¿La música o el hecho de que el amor hace daño?

El rostro de Julián adquirió una expresión seria, dejando de lado el humor.

— Puesto que no he conocido nunca lo que es el amor, no sabría decirte si hace daño o no. Pero me imagino que ser amado no debe hacer tanto daño como el no serlo.

El pecho de Grace se encogió ante sus palabras.

— Entonces —dijo ella cambiando de tema—, ¿qué quieres hacer cuando regreses a tu casa?

— No lo sé.

— Probablemente irás a darle una buena patada en el culo a Escipión, ¿verdad?

Él se rió ante la idea.

— Ya me gustaría.

— ¿Por qué? ¿Qué te hizo?

— Se cruzó en mi camino.

Vale, no era eso lo que ella esperaba escuchar.

— Y a ti no te gusta que nadie se cruce en tu camino, ¿cierto?

— ¿Te gusta a ti?

Ella sopesó la pregunta antes de responder.

— Supongo que no.

Para cuando llegaron a Bourbon Street, la calle había sido invadida por la multitud típica de un domingo por la tarde. Grace se abanicó el rostro, luchando contra el intenso calor.

Miró a Julián, que apenas si sudaba; las gotitas de sudor le conferían un nuevo atractivo. El pelo húmedo se le rizaba alrededor de la cara y con esas gafas oscuras… ¡Ooooh, Señor!

Por supuesto que su atractivo quedaba aún más enfatizado gracias a la camiseta blanca, de mangas cortas, que se le adhería a los hombros y a la tableta de chocolate que tenía por abdominales. Mientras dejaba que su mirada vagara hasta el botón de sus vaqueros, deseó haberle comprado unos más anchos.

Pero dado su seductor modo de andar, que decía mucho acerca de su confianza en sí mismo,
Grace dudaba mucho de que unos vaqueros más anchos pudiesen ocultar tan tremenda sensualidad.

Julián se detuvo al pasar junto a un club de striptease. A su favor Grace tuvo que admitir que ni siquiera jadeó al mirar a las mujeres tan escandalosamente vestidas, que se contoneaban tras el cristal, pero su sorpresa fue bastante evidente.

Mirándole como si quisiera devorarlo, una exótica bailarina se mordió el labio inferior y se pasó la lengua por él de forma sugerente, mientras se tocaba los pechos. Le hizo un gesto con un dedo para que entrara al local.

Julián se dio la vuelta.

— Nunca habías visto algo así, ¿verdad? —preguntó Grace, intentando disimular el malestar que sentía ante los gestos de la mujer, y el alivio que la invadió al ver la reacción de Julián.

— Roma —contestó simplemente.

Ella se rió.

— No eran tan decadentes, ¿o sí?

— Te sorprendería saber cuánto. Por lo menos aquí nadie hace una orgía en… —y su voz se perdió al pasar junto a una pareja que se lo estaba montando en una esquina—. Déjalo.

Grace se rió a carcajadas.

— ¡Ooooh Señor! —exclamó una prostituta, al pasar junto a otro club, haciendo un gesto a Julián—. Entra y te lo hago gratis.

Él meneó la cabeza sin detenerse. Grace lo cogió de la mano y lo detuvo.

— ¿Se comportaban así las mujeres antes de la maldición?

Él asintió.

— Por eso el único amigo que tuve fue Kyrian. Los hombres que conocía no podían aguantar la atención que me prestaban; las mujeres me perseguían allí donde estuviésemos, intentando arrancarme la armadura.

Grace se detuvo a pensar por un momento.

— Y tú no estás seguro de que todas esas mujeres te amaran, ¿verdad?

La miró con una chispa de diversión.

— El amor y la lujuria no son lo mismo. ¿Cómo puedes amar a alguien a quien no conoces?

— Supongo que tienes razón.

Siguieron caminando por la calle.

— Cuéntame cosas sobre tu amigo. ¿Por qué no le importaba que las mujeres se quedaran con la boca abierta al verte?

Julián sonrió, mostrando sus hoyuelos.

— Kyrian estaba profundamente enamorado de su esposa, y no le importaba ninguna otra mujer.
Jamás me vio como un competidor.

— ¿Conociste a su esposa?

Julián negó con la cabeza.

— Aunque nunca lo hablamos, creo que los dos intuíamos que sería una mala idea.

Grace percibió el cambio en su rostro. Estaba recordando a Kyrian, seguro.

— Te culpas por lo que le sucedió, ¿verdad?

Él apretó los dientes mientras imaginaba lo que debía haber sentido su amigo al ser capturado por los romanos. Considerando las ganas que habían tenido de atraparlos a ambos, no había duda de lo que lo habían hecho sufrir antes de matarlo.

— Sí —contestó en voz baja—. Sé que tengo la culpa. Si no hubiese despertado la ira de Príapo, habría estado allí para ayudar a Kyrian a luchar contra ellos.

Y sabía con absoluta certeza que la desgracia de Kyrian provenía del hecho de haber sido tan estúpido como para ser su amigo.

Lanzó un suspiro.

— Una vida brillante que no debería haber acabado así. Si tan sólo hubiese aprendido a controlar su osadía, habría llegado a ser un magnífico gobernador —dijo, cogiendo la mano de Grace y dándole un ligero apretón.

Caminaron en silencio, mientras Grace intentaba pensar en el modo de animarlo.

Al pasar por la Casa del Vudú de Marie Laveau, ella se detuvo y lo arrastró al interior.

Le explicó los orígenes del vudú mientras recorrían el museo de miniaturas.

— ¡Uuuh! —dijo cogiendo un muñeco de vudú de una estantería—. ¿Quieres vestirlo como Príapo y clavarle unos cuantos alfileres?

Julián se rió.

— ¿Por qué no imaginarnos que es Rodney Carmichael?

Grace suprimió una sonrisa.

— Eso sería muy poco profesional por mi parte, ¿no es cierto?... Pero me resulta muy tentador.

Dejó el muñeco en su sitio y se fijó en el mostrador de cristal, donde estaban colocados los
amuletos y la bisutería. Justo en el centro, había un collar de cuentas negras, azules y verdes, trenzadas de un modo tan intrincado que daban la sensación de ser un delgado hilo negro.

— Trae buena suerte a quien lo lleva —le dijo la vendedora al percibir el interés de Grace—. ¿Le gustaría verlo de cerca?

Grace asintió.

— ¿Funciona?

— ¡Sí! Está trenzado siguiendo un poderoso diseño.

Grace no estaba muy segura de que debiera creérselo; pero entonces recordó que, hacía apenas una semana, jamás habría creído que dos mujeres borrachas pudieran devolver a la vida a un general Macedonio.

Pagó a la mujer y se acercó a Julián.

— Agáchate —le dijo.

Él la miró con escepticismo.

— ¡Vamos! —le acució ella—. Dame el gusto, anda.

La vendedora se rió al ver a Grace colocarle el amuleto a Julián en el cuello.

— Ese chico no necesita ningún tipo de suerte para aumentar su encanto. Lo que necesita es un hechizo que disperse la atención de todas esas mujeres que le están mirando el trasero ahora que está agachado.

Grace miró por encima del hombro de Julián y observó a tres mujeres que babeaban al mirarle el culo. Por primera vez, sintió un horrible ramalazo de celos.

Pero la sensación se evaporó por completo cuando Julián le dio un cariñoso beso en la mejilla antes de incorporarse. Con una mirada diabólica, le pasó un brazo alrededor de los hombros en un gesto posesivo.

Al pasar junto a las mujeres, Grace no pudo suprimir un travieso impulso. Se detuvo junto a ellas y las interpeló.

— Por cierto, desnudo está muchísimo mejor.

— Y tú que no pierdes oportunidad de comprobarlo, cariño —comentó Julián mientras se ponía
las gafas de sol y comenzaba a andar con el brazo aún sobre sus hombros.

Ella le pasó la mano por la cintura y la metió en el bolsillo delantero del pantalón, mientras él la atraía más hacia su cuerpo.

— ¿Sabes una cosa? —le susurró al oído—. Si bajases la mano un poquito más, no me importaría en absoluto.

Ella le dio un pequeño apretón, pero dejó la mano donde estaba.

Las miradas de envidia de las mujeres los persiguieron mientras se alejaban caminando por la acera.

Para cenar, Grace llevó a Julián a la Marisquería de Mike Anderson. Hizo una mueca al ver que depositaban un plato de ostras para Julián sobre la mesa.

— ¡Puaj! —exclamó ella cuando él se comió una.

Muy ofendido, Julián resopló.

— Están deliciosas.

— Para nada.

— Eso es porque no sabes cómo tienes que comerlas.

— Claro que sé. Abres la boca y dejas que ese bicho viscoso se deslice por tu garganta.

Julián bebió un trago de su cerveza.

— Ésa es una forma de comerlas.

— Así acabas de hacerlo tú.

— Cierto, pero ¿no te gustaría probar otro modo?

Ella se mordió el labio, indecisa. Algo en el comportamiento de Julián le indicaba que podía ser peligroso aceptar su desafío.

— No sé.

— ¿Confías en mí?

— No mucho —resopló ella.

Él se encogió de hombros y dio otro trago a la cerveza.

— Tú te lo pierdes.

— ¡Vale, está bien! —se rindió ella, demasiado curiosa como para continuar negándose—. Pero si me dan arcadas, recuerda que te lo advertí.

Julián tiró de la silla de Grace con los talones hasta colocarla a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaban. Se secó las manos en los vaqueros, y cogió la ostra más pequeña.

— Muy bien entonces —le susurró al oído y le pasó el otro brazo por los hombros—. Echa la cabeza hacia atrás.

Grace obedeció. Él deslizó los dedos por su garganta, causándole una oleada de escalofríos. Ella tragó, sorprendida por la ternura de sus caricias. Sorprendida por lo bien que se sentía con él a su lado.

— Abre la boca —le dijo en voz baja, mientras le rozaba el cuello con la nariz.

Ella volvió a obedecer.

Julián dejó que la ostra resbalara hasta su boca. Cuando Grace la tragó y comenzó a bajar por su garganta, Julián pasó la lengua por su cuello en dirección contraria.

Grace se estremeció ante la inesperada sensación. Los pezones se le endurecieron y un millón de escalofríos recorrieron su piel. ¡Era increíble! Y por primera vez, no le importó para nada el sabor de la ostra.

— ¿Te ha gustado? —le preguntó, juguetón.

Ella no pudo evitar sonreír.

— Eres incorregible.

— Eso intento.

— Y lo consigues a las mil maravillas.

Antes de que Julián pudiera responder, sonó su teléfono móvil.

— ¡Puf! —resopló mientras lo sacaba del bolso. Quienquiera que fuese, ya podía tener algo
importante que decirle.

Contestó.

— ¿Grace?

Ella se encogió al escuchar la voz de Rodney.

— Señor Carmichael, ¿cómo ha conseguido este número de teléfono?

— Estaba apuntado en tu Rodolex. Vine a tu casa a verte, pero no estás —y suspiró—. Estaba deseando pasar el día contigo. Tenemos una conversación pendiente. Pero no pasa nada. Puedo reunirme contigo, ¿estás en el Barrio Francés con tu amiga la vidente?

El miedo la paralizó.

— ¿Cómo conoce a mi amiga?

— Sé muchas cosas de ti, Grace. ¡Mmm! —masculló en voz baja—. Perfumas los cajones de tu ropa interior con popurrí de rosas.

El terror la poseyó por completo y no pudo moverse. Comenzaron a temblarle las manos.

— ¿Está en mi casa?

Podía oír cómo abría y cerraba los cajones de su cómoda, a través del teléfono. De repente, el tipo soltó una maldición.

— ¡Zorra! —espetó Rodney—. ¿Quién es él? ¿Con quién coño te has estado acostando?

— Eso es…

La comunicación se cortó.

Grace estaba temblando, tanto que apenas si podía respirar cuando colgó el teléfono.

— ¿Qué sucede? —le preguntó Julián, con el ceño fruncido por la preocupación.

— Rodney está en mi casa —le dijo con voz temblorosa. Marcó de inmediato el número de la policía para notificarlo.

— Nos encontraremos allí —le informó el agente—. No entre en su domicilio hasta que lleguemos.
— No se preocupe, no lo haré.

Julián le cogió las manos.

— Estás temblando.

— ¡No me digas! Resulta que tengo a un psicópata metido en mi casa, olfateando mi lencería e insultándome. ¿Por qué iba a temblar?

Sus ojos de azul profundo la tranquilizaron con una mirada protectora. Le apretó las manos suavemente.

— Sabes que no voy a permitir que te haga daño.

— Te lo agradezco mucho, Julián. Pero este hombre está…

— Muerto si se acerca a ti. Sabes que no te abandonaré.

— Por lo menos no hasta la próxima luna llena.

Julián apartó la mirada y ella asimiló la verdad.

— No pasa nada —dijo ella con valentía—. Puedo hacerme cargo de esto, de verdad. He estado sola durante años. Ésta no es la primera vez que un cliente me acosa. Y dudo mucho que vaya a ser el último.

Los ojos de Julián lanzaron llamaradas azules cuando la miró.

— ¿Cuántos de tus pacientes te han acosado?

— No es tu problema, sino el mío.

Julián siguió mirándola como si estuviese a punto de estrangularla.

1 comentario:

Graciias por dejar tus palabras, estas hacen que quiera seguir escribiendo, y que cada día le ponga más ganas!!

Gracias al blog smilersheart.blogspot.com
por esta firma :)