Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 8 de julio de 2010

Amante de ensueño * CapítuLo 9/1

Esta novela no me pertenece, es de Sherrilyn Kenyon. Yo solo la publico para que disfruteis tanto como yo. Los capítulos, estan divididos en varias partes, para que sea mas fácil su lectura. Esta novela es de Rated M, contenido para adultos, y lemmon.
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Grace permaneció inmóvil durante horas, escuchando la respiración tranquila y acompasada de Julián, mientras dormía a su lado. Había colocado una pierna entre sus muslos y le rodeaba la cintura con un brazo.

La sensación de su cuerpo, envolviéndola, la hacía palpitar de deseo.

Y su olor…

Lo que más le apetecía en esos momentos era darse la vuelta y enterrar la nariz en el aroma cálido y amaderado de su piel. Nadie la había hecho sentirse así jamás. Tan querida, tan segura.

Tan deseable.

Y se preguntaba cómo era posible, teniendo en cuenta que apenas se conocían. Julián llegaba a una parte de su interior que iba más allá del mero deseo físico.

Era tan fuerte, tan autoritario… Y tan divertido. La hacía reír y le encogía el corazón.

Alargó el brazo y pasó los dedos con suavidad por la mano que tenía colocada justo bajo su barbilla. Tenía unas manos preciosas. Largas y ahusadas. Aun relajadas durante el sueño, su fuerza era innegable. Y la magia que obraban en su cuerpo…

Un milagro.

Pasó el pulgar por su anillo de general y comenzó a preguntarse cómo habría sido Julián entonces. A menos que la maldición hubiese alterado su apariencia física, no parecía ser muy mayor, no aparentaba más de treinta.

¿Cómo podría haber liderado un ejército a una edad tan temprana? Pero claro, Alejandro Magno apenas si tenía edad para afeitarse cuando comenzó sus campañas.

Julián debía haber tenido una apariencia magnífica en el campo de batalla. Grace cerró los ojos e intentó imaginárselo a caballo, cargando contra sus enemigos. Podía ver una vívida imagen del general vestido con la armadura y con la espada en alto mientras luchaba cuerpo a cuerpo con los romanos.

— ¿Jasón?

Grace se tensó al escuchar el murmullo. Julián estaba dormido.

Giró sobre el colchón y lo miró.

— ¿Julián?

Él adoptó una postura rígida y comenzó a hablar en una confusa mezcla de inglés y griego clásico.

— ¡No! ¡Okhee! ¡Okhee! ¡No! —y se incorporó hasta quedar sentado en la cama.

Grace no podía saber si estaba dormido o despierto.

Le tocó el brazo instintivamente y, lanzando una maldición, él la agarró con fuerza y tiró de ella hasta ponerla sobre sus muslos. Después volvió a arrojarla a la cama, con una mirada salvaje y los labios fruncidos.

— ¡Maldito seas! —gruñó.

— Julián —jadeó Grace, luchando por liberarse mientras él la agarraba con más fuerza por el brazo—. ¡Soy yo, Grace!

— ¿Grace? —repitió con el ceño fruncido, intentando enfocar la mirada.

Se apartó de ella parpadeando. Alzó las manos y las observó como si fuesen dos apéndices extraños que no hubiese visto jamás. Después clavó los ojos en Grace.

— ¿Te he hecho daño?

— No, estoy bien. ¿Y tú?

Él no contestó.

— ¿Julián? —dijo mientras le tocaba.

Se alejó de ella como si se apartase de una criatura venenosa.

— Estoy bien. Era un mal sueño.

— ¿Un mal sueño o un mal recuerdo?

— Un mal recuerdo que me persigue en sueños —murmuró con la voz cargada de dolor, y se levantó—. Debería dormir en otro sitio.

Grace lo cogió por el brazo antes de que pudiera marcharse y lo acercó de vuelta a la cama.

— ¿Eso es lo que siempre hiciste en el pasado?

Él asintió.

— ¿Le has contado tus pesadillas a alguien?

Julián la miró horrorizado. ¿Por quién lo había tomado?

¿Por un niño llorón que necesitaba a su madre?

Siempre había guardado la angustia en su interior. Como le habían enseñado. Sólo durante las horas de sueño los recuerdos podían traspasar las barreras que él mismo había erigido. Sólo cuando dormía era débil.

En el libro no había nadie que pudiera resultar herido cuando le asaltaba la pesadilla. Pero una vez liberado de su confinamiento, sabía que no era muy inteligente dormir al lado de alguien que podía acabar inadvertidamente herido mientras estaba atrapado en el sueño.

Podría matarla de forma accidental.

Y esa idea lo aterrorizaba.

— No —susurró—. No se lo he contado nunca a nadie

— Entonces, cuéntamelo a mí.

— No —respondió con firmeza—. No quiero volver a vivirlo.

— Si lo revives cada vez que sueñas, ¿cuál es la diferencia? Déjame entrar en tus sueños, Julián.
Déjame ayudarte.

¿Podría hacerlo? ¿Podría tener esperanza?

Sabes que no.

Pero aún así…

Quería purgar los demonios. Quería dormir una noche completa libre del tormento, con un sueño
tranquilo.

— Cuéntamelo —insistió suavemente.

Grace percibía su renuencia mientras se unía a ella en la cama. Permaneció sentado en el borde, con la cabeza entre las manos.

— Ya me has preguntado qué hice para que me maldijeran. Lo hicieron porque traicioné al único hermano que jamás he conocido. La única familia que he tenido en la vida.

La angustia de su voz caló muy hondo en Grace. Deseaba desesperadamente acariciarle la espalda, para reconfortarlo, pero no se atrevió por si él volvía a apartarse de nuevo.

— ¿Qué hiciste?

Julián se mesó el cabello y dejó enterrado el puño en él. Con la mandíbula más rígida que el acero y la mirada fija en la alfombra contestó:

— Permití que la envidia me envenenase.

— ¿Cómo?

Permaneció callado un rato antes de volver a hablar.

— Conocí a Jasón poco después de que mi madrastra me enviase a vivir a los barracones.

Grace apenas si recordaba una conversación con Selena en la que le explicaba que los barracones espartanos eran los lugares donde se obligaba a vivir a los niños, alejados de sus hogares y de sus familias. Siempre se los había imaginado como una especie de internado.

— ¿Cuántos años tenías?

— Siete.

Incapaz de imaginar que la obligaran a apartarse de sus padres a esa edad, Grace jadeó.

— No había nada de raro en la decisión —dijo él sin mirarla—. Y era grande para mi edad.
Además, la vida en los barracones era infinitamente mejor que la que llevaba junto a mi madrastra.

Grace percibía el veneno que destilaba su voz y se preguntó cómo habría sido la mujer.

— ¿Entonces, Jasón vivía contigo en los barracones?

— Sí —murmuró él—. Cada barracón estaba dividido en grupos, y cada uno elegía a un líder.
Jasón era el líder de mi grupo.

— ¿Qué hacían esos grupos?

— Éramos una especie de unidad militar. Estudiábamos, limpiábamos nuestro barracón, pero sobre todo, nos las apañábamos entre todos para poder sobrevivir.

Grace se sobresaltó ante esa palabra tan dura.

— ¿Sobrevivir a qué?

— Al estilo de vida espartano —contestó Julián con voz áspera—. No sé si conoces algo sobre las
costumbres de la gente de mi padre, pero no vivían con los lujos habituales del resto de los
griegos.

— Los espartanos sólo querían una cosa de sus hijos: que nos convirtiéramos en la fuerza militar más impresionante del mundo antiguo. Para prepararnos, nos enseñaban a sobrevivir con las necesidades más básicas. Nos daban una sola túnica que debíamos conservar durante todo un año, y si se estropeaba, la perdíamos, o acababa por quedarnos pequeña, nos quedábamos sin ella. Teníamos que hacernos nuestra propia cama. Y una vez que llegábamos a la pubertad, no se nos permitía llevar ningún tipo de calzado.

Se rió con amargura.

— Aún puedo recordar cómo me dolían los pies durante el invierno. Teníamos prohibido encender fuego, y tampoco podíamos taparnos con una manta, así es que nos envolvíamos los pies con harapos para evitar que se nos congelaran durante la noche. Por la mañana sacábamos los cadáveres de los chicos que habían muerto de frío.

Grace se encogió de espanto ante el mundo que Julián describía. Intentaba imaginarse cómo debía haber sido vivir así. Peor aún, recordó el berrinche que pilló a los trece años porque se encaprichó de unos zapatos de ochenta dólares que, según su madre, eran demasiado para ella; y a la misma edad, Julián habría estado buscando harapos. La injusticia de aquello la hacía pedazos.

— Sólo erais niños.

— Jamás fui un niño —le contestó con sencillez—. Pero eso no era todo, lo peor era que apenas nos daban de comer. Estábamos obligados a robar o a morir de hambre.

— ¿Y los padres lo permitían?

Él la miró por encima del hombro; sus ojos tenían una expresión irónica.

— Lo consideraban un deber cívico. Y, puesto que mi padre era el stratgoi de Esparta, la mayoría de los profesores y de los chicos me despreciaron desde el primer momento. Me daban mucha menos comida que al resto.

— ¿Qué era tu padre? —le preguntó, no acababa de comprender el término griego que Julián había empleado.

— El general supremo, si lo prefieres —inspiró profundamente y continuó—. A causa de su posición, y de su reputación de hombre cruel, yo era un paria para mi grupo. Mientras ellos se unían para poder robar comida, a mí me dejaban de lado, y tenía que ingeniármelas para sobrevivir. Un día, pescaron a Jasón robando comida. Cuando regresaron a los barracones iban a castigarlo. Así es que di un paso al frente y me eché toda la culpa.

— ¿Por qué?

Julián se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.

— Estaba tan débil por la paliza anterior que pensé que no viviría si le daban otra.

— ¿Y por qué le habían golpeado antes?

— Era el modo de empezar el día. Tan pronto como nos sacaban a rastras de las camas, nos daban una buena tunda.

Grace hizo una mueca de dolor.

— Entonces, ¿por qué dejaste que te pegaran en su lugar, si tú también estabas herido?

— Siendo el hijo de una diosa, aguantaba las palizas más duras.

Ella cerró los ojos mientras recordaba las palabras que Selena había dicho esa misma tarde. Esta vez, no pudo resistir el impulso de acercarse a él. Le puso la mano sobre el bíceps. Julián no se apartó. Al contrario, le cubrió la mano con la suya y le dio un ligero apretón.

— Desde ese día en adelante, Jasón me consideró su hermano, e hizo que los demás me aceptaran. Aunque mi madre y mi padre tenían otros hijos, nunca había tenido un hermano antes.

Ella sonrió.

— ¿Qué ocurrió después?

El bíceps se contrajo bajo su mano.

— Decidimos aunar fuerzas para conseguir lo que necesitábamos. Él distraía a la gente y yo robaba; así, si nos pillaban, yo me llevaba los golpes.

¿Por qué? Tenía Grace en la punta de la lengua, pero se la mordió. En el fondo, conocía la respuesta: Julián estaba protegiendo a su hermano.

— El tiempo fue pasando —continuó él—, y noté que su padre salía furtivamente del pueblo para observarlo de lejos. El amor y el orgullo en su rostro eran algo indescriptible. Su madre hacía lo mismo. Se suponía que debíamos apañárnoslas para conseguir comida, pero algunos días, Jasón encontraba cosas que sus padres le habían dejado. Pan fresco, langosta asada, una jarra de leche… y a veces, dinero.

— Qué tierno.

— Sí, lo era; pero cada vez que me daba cuenta de lo que hacían por él, la realidad me destrozaba. Quería que mis padres sintieran lo mismo por mí. Habría dado gustoso mi vida porque mi padre me mirara una sola vez sin odio; o porque mi madre se preocupara por mí lo justo para venir a verme. Lo más cerca que he estado nunca de ella fue en su templo de
Thimaria. Solía pasar horas contemplando su estatua, y preguntándome si era así realmente.
Preguntándome si pensaba alguna vez en mí.

Grace se sentó tras él, lo abrazó por la cintura y puso la barbilla sobre su hombro.

— ¿Nunca viste a tu madre cuando eras pequeño?

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