Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 26 de agosto de 2010

Un amante de ensueño * Capítulo 16/1

1Esta novela no me pertenece, es de Sherrilyn Kenyon. Yo solo la publico para que disfruteis tanto como yo. Los capítulos, estan divididos en varias partes, para que sea mas fácil su lectura. Esta novela es de Rated M, contenido para adultos, y lemmon.

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Ninguno de los dos habló mucho en todo el día. De hecho, Julián la evitó constantemente.
Eso, más que ningún otro detalle, le hizo imaginarse cuál era la decisión que había tomado.

Grace tenía el corazón destrozado. ¿Cómo podía abandonarla después de todo lo que habían pasado juntos? ¿Después de todo lo que habían compartido?

No podía soportar la idea de perderlo. La vida sin él sería intolerable.

Al atardecer, lo encontró sentado en la mecedora del porche, contemplando el sol por última vez. Su rostro tenía una expresión tan dura que apenas si podía reconocer al hombre alegre que había llegado a amar tanto.

Cuando el silencio se hizo demasiado insoportable, le habló:

— No quiero que me abandones. Quiero que te quedes aquí, en mi época. Puedo cuidar de ti, Julián. Tengo mucho dinero y te enseñaré todo lo que desees saber.

— No puedo quedarme —le contestó entre dientes—. ¿Es que no lo entiendes? Todos los que han estado cerca de mí alguna vez han sido castigados por los dioses: Jasón, Penélope, Calista, Atolycus. —La miró como si estuviese aturdido—. ¡Por Zeus! Kyrian acabó crucificado.

— Esta vez será diferente.

Se puso en pie y la miró con dureza.

— Tienes razón. Será diferente. No voy a quedarme aquí para ver cómo mueres por mi culpa.

Pasó por su lado y entró a la casa.

Grace apretó los puños, deseando estrangularlo.

— ¡Eres un… testarudo!

¿Cómo podía ser tan insoportable?

En ese momento notó que el diamante del anillo de boda de su madre se le clavaba en la palma de la mano. La abrió y lo miró durante un buen rato. Estaba a punto de conseguir que el pasado dejara de atormentarla. Por primera vez en su vida tenía un futuro en el que pensar. Un futuro que la llenaba de felicidad.

Y no estaba dispuesta a permitir que Julián lo echara todo por la borda.

Más decidida que nunca, abrió la puerta de la casa y sonrió maliciosamente.

— No vas a librarte de mí, Julián de Macedonia. Puede que hayas vencido a los romanos, pero te aseguro que a mi lado son unos enclenques.

Julián estaba sentado en la salita, con su libro en el regazo. Pasaba la palma de la mano sobre la antigua inscripción, despreciándola más que nunca.

Cerró los ojos y recordó la noche que Grace lo convocó. Recordó lo que se sentía cuando no tenía conciencia de su propia identidad. Cuando no era más que un simple esclavo sexual griego.

Hacía mucho, mucho tiempo que se hallaba perdido en un lugar oscuro y temible, y Grace lo había encontrado.

Con su fortaleza y su bondad había conseguido desafiar lo peor que había en él y le había devuelto la humanidad. Sólo ella había percibido su corazón y había decidido que merecía la pena luchar por él.

Quédate con ella.

¡Por los dioses!, qué fácil parecía. Qué sencillo. Pero no se atrevía. Ya había perdido a sus hijos. Grace era la dueña de lo que le quedaba de corazón, y perderla por culpa de su hermano…

Sería lo más doloroso a lo que jamás se hubiera enfrentado.

Hasta él tenía un punto débil. Ahora conocía el rostro y el nombre de la persona que podría hacerle caer de rodillas.

Grace.

Tenía que apartarse de ella para que estuviera a salvo.

La sintió entrar en la estancia. Abrió los ojos y la vio de pie, en el hueco de la puerta, mirándolo fijamente.

— Ojalá pudiese destruir esta cosa —gruñó al devolver el libro a la mesita.

— Después de esta noche no tendrás necesidad de hacerlo.

Sus palabras le dolieron. ¿Cómo podía hacer esto por él? No soportaba la idea de que alguien la utilizara y aquí estaba él, usándola del mismo modo que lo habían usado a él tantas y tantas veces.

— ¿Aún estás dispuesta a dejarme utilizar tu cuerpo para que pueda marcharme?

La sinceridad de su mirada lo dejó paralizado.

— Si de ese modo conseguimos que seas libre, sí.

La siguiente pregunta se le atravesaba en la garganta, pero tenía que saber la respuesta.

— ¿Llorarás cuando me haya marchado?

Grace apartó la mirada y él vio la verdad en sus ojos. No era mucho mejor que Paul. Era exactamente igual que aquel egoísta.

Pero, después de todo, era hijo de su padre. Tarde o temprano, la mala sangre siempre hacía acto de presencia.

Grace se dio la vuelta y se marchó, dejándolo solo con sus pensamientos. Dejó que sus ojos vagaran por la salita. Cuando miró enfrente del sofá, el corazón se le encogió.

Cómo iba a echar de menos las noches pasadas allí junto a Grace, escuchando su voz. Su risa.

Pero sobre todo, echaría de menos sus caricias.

Era muy tentador quedarse, pero no podía hacerlo. No había sido capaz de proteger a sus hijos, ¿cómo iba a proteger a Grace?

— ¿Julián?

Se sobresaltó al escuchar la voz de Grace que lo llamaba desde el piso de arriba.

— ¿Qué?

— Son las once y media. ¿No deberías subir?

Julián miró el bulto que se apreciaba bajo los vaqueros. Había llegado la hora de darle utilidad.

Debería estar encantado. Era lo que había querido desde el primer instante en que la vio.

Pero, por alguna razón, le dolía el hecho de tomarla así.

Por lo menos no le harás daño.

¿No?

De hecho, dudaba mucho que Paul la hubiese hecho sufrir tanto como él estaba a punto de hacer.

— ¿Julián?

— Voy —le contestó, obligándose a abandonar el sofá.

En la puerta, volvió la cabeza para mirarlo todo por última vez.

Incluso ahora podía ver la imagen de Grace tumbada en el sofá, con los pechos cubiertos de nata mientras él, muy lentamente, los lamía hasta no dejar ni rastro de la crema. Podía escuchar su risa y ver el brillo de sus ojos cada vez que la llevaba al clímax.

«No me abandones, Julián», le había susurrado la noche anterior mientras él supuestamente dormía, y sus palabras le habían abrasado. Ahora le estaban partiendo en dos el corazón.

— ¿Julián?

Dándose la vuelta, se encaminó hacia las escaleras y se apoyó en el pasamanos. Sería la última vez que subiría estos escalones. La última vez que cruzaría el pasillo para llegar al dormitorio de Grace.

Y la última vez que la vería en su cama…

Con el corazón en la garganta, se dio cuenta de que apenas podía respirar.

¿Por qué tenía que ser así?

Soltó una amarga carcajada. ¿Cuántas veces se habría hecho esa misma pregunta?

Se detuvo al llegar a la puerta. La habitación estaba alumbrada por la tenue luz de las velas, pero lo que más le impresionó fue ver a Grace con la negligé roja que él había elegido.

Estaba arrebatadora.

De repente, sintió que la lengua acababa de caérsele hasta el suelo y que era imperante enrollarla de nuevo para meterla en la boca.

— No vas a ponérmelo fácil, ¿verdad? —le preguntó con voz ronca.

Ella le dedicó una sonrisa traviesa.

— ¿Debería hacerlo?

Totalmente embobado por ella, Julián era incapaz de mover un músculo mientras observaba cómo se acercaba.

— ¿No tienes demasiada ropa?

Antes de que pudiese responder, ella agarró el borde inferior de su camisa y la levantó hasta pasarla por su cabeza. Una vez la arrojó al suelo, alargó un brazo y colocó la mano en su pecho, justo sobre el corazón. En ese instante, para Julián era la mujer más hermosa del mundo. Ni siquiera la belleza de su madre podía competir con la de Grace.

Permaneció inmóvil como una estatua mientras ella deslizaba las manos sobre su piel, provocándole escalofríos.

No, no iba a ponérselo nada fácil.

Julián notó que ella intentaba desabrocharle el botón del pantalón.

— Grace —le advirtió, y le apartó las manos.

— ¿Mmm? —murmuró ella, con los ojos oscurecidos por la pasión.

— No importa.

Ella se apartó y se subió a la cama. Julián contuvo el aliento al vislumbrar su trasero desnudo a través de la diáfana gasa de la negligé.

Se tumbó de lado y lo miró fijamente.

Tras despojarse de los vaqueros, se unió a ella. Hizo que se tendiera de espaldas y, en esa posición, el profundo escote dejó a la vista uno de sus pechos. Julián se aprovechó de la situación.

— ¡Oh, Julián! —gimió Grace.

La sintió estremecerse bajo él cuando pasó la lengua alrededor del endurecido pezón. Su cuerpo era fuego líquido y gritaba exigiéndole que la poseyera. Pero no sólo anhelaba su carne. La quería a ella.

Y abandonarla lo destrozaría.

Julián tragó y se apartó. Había estado esperando esta noche durante una eternidad. Había pasado la eternidad esperando a esta mujer.

Con mucha ternura acarició su rostro, guardando en la memoria cada pequeño detalle.

Su preciosa Grace.

Jamás la olvidaría.

Su alma lloraba a gritos por lo que estaba a punto de hacerle. Le separó los muslos con las rodillas.

Se estremeció involuntariamente al sentir su piel desnuda bajo la suya. Y, en ese momento, cometió el error de mirarla a los ojos.

El sufrimiento que vio en ellos lo dejó sin aliento.

«Jamás tuviste nada que no robaras antes». Se tensó al escuchar las palabras de Jasón en su cabeza. Lo último que quería era robarle algo a la mujer que le había entregado tanto.

¿Cómo voy a hacerle esto?

— ¿A qué estás esperando? —le preguntó ella.

Julián no lo sabía. Lo único que tenía claro era que no podía apartar la mirada de sus tristes ojos grises. Unos ojos que llorarían si la utilizaba para después abandonarla. Unos ojos que llorarían de felicidad si se quedaba.

Pero si se quedaba, su familia la destruiría.

Y, en ese instante, supo lo que debía hacer.

Grace le envolvió la cintura con las piernas.

— Julián, date prisa. El tiempo se acaba.

Él no habló. No podía hacerlo. En realidad, no confiaba en sí mismo, y podía decir algo que lo hiciera cambiar de opinión.

A lo largo de los siglos había sido muchas cosas: huérfano, ladrón, marido, padre, héroe, leyenda y, finalmente, esclavo.

Pero jamás había sido un cobarde.

No. Julián de Macedonia jamás había sido un cobarde. Era el general que había contemplado victorioso a legiones enteras de romanos, y les había desafiado entre carcajadas a que le mataran y le cortaran la cabeza si podían.

Ése era el hombre que Grace había encontrado, y ése era el hombre que la amaba. Y ese hombre se negaba a hacerle daño.

Grace intentó mover las caderas para que el miembro de Julián se hundiera en ella, pero él no la dejó.

— ¿Sabes lo que más echaré de menos? —le preguntó, mientras deslizaba una mano entre sus cuerpos y le acariciaba el clítoris.

— No —murmuró Grace.

— El aroma de tu pelo cada vez que entierro mi rostro en él. El modo en que te agarras a mí y gritas cuando te corres. El sonido de tu risa. Y sobre todo, tu imagen al despertar cada mañana, con el sol bañándote el rostro. Jamás podré olvidarlo.

Apartó la mano y movió las caderas para encontrar las de Grace. Pero, en lugar de penetrarla, todo se quedó en una placentera caricia que los hizo gemir a ambos.

Bajó la cabeza hasta la oreja de Grace y le mordisqueó el cuello.

— Siempre te amaré —le susurró.

Grace lo oyó respirar hondo en el mismo momento en que el reloj daba la medianoche.

Con un brillante destello, Julián desapareció.

Horrorizada, Grace permaneció inmóvil esperando despertar. Pero siguió escuchando las campanadas del reloj y se dio cuenta de que no era un sueño.

Julián se había ido.

Se había ido de verdad.

— ¡No! —gritó mientras se sentaba en la cama. ¡No podía ser! —. ¡No!

Bajó de la cama con el corazón martilleándole con fuerza en el pecho y corrió hasta el salón. El libro estaba aún sobre la mesita de café. Pasó las páginas y vio que Julián estaba justo en el mismo sitio que antes, sólo que ahora no sonreía diabólicamente y llevaba el pelo corto.

¡No, no y no!, repetía su mente una y otra vez. ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué?

— ¿Cómo has podido? —Le preguntó mientras abrazaba el libro contra su pecho—. Yo te habría dado la libertad, Julián. No me habría importado. ¡Dios!, Julián ¿Por qué te has hecho esto? —sollozó—. ¿Por qué?

Pero en el fondo lo sabía. La ternura que había visto en sus ojos hablaba por sí misma. Lo había hecho para no herirla como Paul.

Julián la amaba. Y, desde el momento que llegó a su vida, no había hecho otra cosa que protegerla. Cuidarla.

Hasta el final. Aun cuando de ese modo se negara la posibilidad de quedar libre de un tormento eterno, ella había sido más importante.

Grace no soportaba pensar en el sacrificio que Julián acababa de hacer. Lo veía condenado a pasar la eternidad en la oscuridad. Solo y sufriendo una agonía.

Él le había contado que pasaba hambre mientras estaba atrapado en el libro, y sed. Y en su mente lo veía sufrir del mismo modo que lo había visto en su cama. Recordó las palabras que dijo después.

«Esto no es nada comparado con lo que se siente dentro del libro»

Y ahora estaba allí. Sufriendo.

— ¡No! —gritó—. No permitiré que te hagas esto, Julián. ¿Me oyes?

Abrazó con fuerza el libro y se dirigió a toda prisa a la parte trasera de la casa. Abrió las cristaleras que daban al jardín y corrió hacia un claro iluminado por la luna llena.

— Regresa a mí, ¡Julián de Macedonia, Julián de Macedonia, Julián de Macedonia! —lo repitió una y otra vez, rogando por que apareciera.

No ocurrió nada. Nada de nada.

— ¡No!, ¡por favor, no!

Con el corazón destrozado, volvió a la salita.

— ¿Por qué?, ¿por qué? —sollozaba, arrodillada en el suelo sin dejar de mecerse hacia delante y hacia atrás.

— ¡Julián! —susurró con la voz rota mientras los recuerdos la asaltaban. Julián riéndose con ella, abrazándola. Julián sentado tranquilamente, pensando. Su corazón latiendo desenfrenado al mismo ritmo que el suyo.

Lo quería de vuelta.

Lo necesitaba de vuelta.

— No quiero vivir sin ti —balbució dirigiéndose al libro—. ¿Lo entiendes, Julián? No puedo vivir sin ti.

De repente, una luz cegadora iluminó la estancia.

Con la boca abierta, Grace alzó la mirada esperando encontrarse con Julián.

Pero no era él. Se trataba de Afrodita.

— Dame el libro —le ordenó con el brazo extendido.

Grace lo abrazó con más fuerza.

— ¿Por qué le haces esto? —inquirió Grace—. ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Yo no lo habría alejado de ti. Preferiría que estuviese contigo antes de que regresara al libro. —Se limpió las lágrimas—. Está solo ahí dentro. Solo en la oscuridad —susurró—. Por favor, no dejes que permanezca ahí. Envíame al libro con él, por favor. ¡Por favor!

Afrodita bajó la mano.

— ¿Harías eso por él?

— Haría cualquier cosa por él.

La diosa la observó con los ojos entrecerrados.

— Dame el libro.

Cegada por las lágrimas, Grace se lo dio mientras rezaba para que Afrodita la ayudara a reunirse con él.

1 comentario:

  1. ¡Hola! espero q estas pasando bien-feliz finde...... y te quieo decir q tienes premios en mi blog-un beso

    http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/08/mas-premios.html

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Graciias por dejar tus palabras, estas hacen que quiera seguir escribiendo, y que cada día le ponga más ganas!!

Gracias al blog smilersheart.blogspot.com
por esta firma :)