Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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domingo, 20 de diciembre de 2015

Los placeres de la noche * Capítulo 1

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 1


–Pues yo digo que deberíamos meterlo en un hormiguero y arrojarle unas miguitas de pan.

Amanda Devereaux rió ante la sugerencia de Selena. Su hermana mayor siempre conseguía hacerla
reír, sin importar la tragedia en la que estuviese inmersa. Y eso era exactamente lo que estaba haciendo, sentada en el puesto donde Selena leía el tarot y la líneas de la mano en Jackson Square una fría tarde de domingo, en lugar de estar metida en la cama con las mantas hasta las orejas.

Todavía sonriendo ante la imagen de millones de hormigas mordisqueando el pálido y blandengue cuerpo de Cliff, Amanda echó un vistazo a los turistas que atestaban la zona comercial de Nueva Or-
leáns, aun en un oscuro día de noviembre.

El aroma del café de achicoria caliente y de los beignets llegaba flotando desde el Cafe Du Monde y
cruzaba la calle, mientras los coches pasaban zumbando a unos metros de allí. Tanto las nubes como el cielo tenían un color gris plomizo que casaba a la perfección con el humor huraño de Amanda.

La mayoría de los vendedores ambulantes de Jackson Square ni siquiera se molestaba en colocar los
puestos durante el invierno, pero su hermana Selena consideraba que el suyo era un tesoro tan importante como la Catedral de San Louis, que se alzaba tras ellas.

Menudo tesoro...

La sencilla mesa donde echaba las cartas estaba cubierta por una faldilla púrpura que había hecho su
madre, añadiendo unos «encantamientos» especiales conocidos tan sólo por su familia.

Madam Selene, la «Señora de la Luna» –como Selena era conocida–, estaba sentada tras la mesita
con una ancha falda de ante verde, un jersey de punto morado y un enorme abrigo negro y plateado.

La extraña indumentaria de su hermana contrastaba enormemente con los vaqueros desgastados de
Amanda, su jersey rosa de ochos y su polar color café. Pero Amanda siempre había preferido vestirse de modo discreto. A diferencia de su extravagante familia, odiaba destacar. Prefería confundirse con el entorno.

–He terminado con los hombres –dijo Amanda–. Cliff fue la última parada del tren a ninguna parte.

Estoy cansada de desperdiciar mi tiempo y mis energías con ellos. De ahora en adelante, voy a dedicar toda mi atención a la contabilidad.

Selena frunció los labios con disgusto mientras barajaba las cartas del tarot.

–¿Contabilidad? ¿Estás segura de que no te cambiaron al nacer?

Amanda soltó una débil carcajada.

–En realidad, estoy segura de que eso fue lo que ocurrió. Me gustaría que mi verdadera familia me
reclamara antes de que sea demasiado tarde y se manifieste cualquier rareza.

Selena se rió de ella, mientras disponía las cartas de tarot para leerlas.

–¿Sabes cuál es tu problema?

–Soy demasiado remilgada e histérica –dijo Amanda, con las mismas palabras que su madre y sus
ocho hermanas mayores solían usar para referirse a ella.

–Bueno, sí, eso también. Pero estoy pensando que lo que necesitas es ampliar tus horizontes. Deja
de ir detrás de esos tipos con corbata apretada, que no dejan de quejarse y llorar a su mami porque no
tienen vida. Tú, hermanita, necesitas una sexcapada con un hombre que acelere tu corazón. Me refiero
a alguien verdaderamente imprudente y salvaje.

–¿Alguien como Bill? –preguntó Amanda con una sonrisa, pensando en el marido de Selena, que era

aún más remilgado que ella.

Selena negó con la cabeza.

–¡Oh, no!, eso es diferente. Mira, en nuestro caso, yo soy la salvaje y la imprudente, la que lo salva

de caer en el aburrimiento. Por eso nos complementamos a la perfección. Pero tú no te complementas.

Tú y tus novios ocupáis los primeros peldaños en la escalera que lleva a la Ciudad del Aburrimiento.

–Oye, me gustan mis tipos aburridos. Son dignos de confianza y no tienes que preocuparte por sus

subidas de testosterona. Soy una chica beta; en todo.

Selena resopló y siguió sacando cartas.

–Me da la sensación de que necesitas unas cuantas sesiones con Grace.

Amanda hizo una mueca burlona.

–¡Ja! como si necesitase una cita con una sexóloga que se ha casado con un esclavo sexual griego al

que invocó a través de un libro... No, gracias.

A pesar de sus palabras, a Amanda le caía bastante bien Grace Alexander. A diferencia de la multitud

de amigos extravagantes de Selena, Grace siempre había sido felizmente normal y con los pies bien

plantados en el suelo.

–Por cierto, ¿cómo le va?

–Estupendamente. Niklos aprendió a andar hace dos días y ahora no hay quien lo pare.

Amanda sonrió al imaginarse al adorable bebé rubio y a su hermana melliza. Le encantaba hacer de

canguro cuando Grace y Julian salían.

–¿Cuándo está previsto que dé a luz?

–A primeros de marzo.

–Supongo que estarán encantados –dijo, con un pequeño aguijonazo de celos. Siempre había desea-
do una casa llena de niños, pero a los veintiséis sus perspectivas parecían ser escasas. Especialmente,

porque no encontraba ningún hombre dispuesto a tener descendencia con una mujer cuya familia al

completo era demente.

–¿Sabes? –siguió Selena con esa mirada especulativa que hacía que Amanda se estremeciera–. Ju-
lian tiene un hermano, también víctima de una maldición que lo condena a permanecer en un libro. Po-
drías intentar...

–Rotundamente no, gracias. Recuerda que soy la única que aborrece toda esta basura paranormal.

Quiero un hombre humano, normal y agradable, no un demonio.

–Príapo es un dios griego, no un demonio.

–En mi manual, las dos cosas se parecen bastante. Créeme, ya me he cansado de vivir en una casa

con nueve personas lanzando hechizos y todo ese rollo del abracadabra. Quiero normalidad en mi vida.

–La normalidad es aburrida.

–¿Por qué no la pruebas antes de darle la patada?

Selena se rió.

–Algún día, hermanita, vas a tener que aceptar la otra mitad de tus genes.

Amanda hizo caso omiso de esas palabras mientras sus pensamientos regresaban a su ex-prometido.

Había creído sinceramente que Cliff era el hombre de su vida. Un administrativo agradable, tranquilo y

medianamente atractivo, al que ella había tomado por su media naranja.

Hasta que conoció a su familia.

¡Uf! Durante los seis últimos meses había dado largas a la presentación, sabiendo lo que podría ocu-
rrir. Pero él había insistido tanto que, al final, la última noche cedió.

Cerró los ojos y se estremeció al recordar a su hermana gemela, Tabitha, recibiéndolo en la puerta

ataviada de pies a cabeza con la vestimenta gótica que usaba para perseguir vampiros. El conjunto se

completaba con una ballesta que Tabitha se empeñó en mostrarle, además de su colección completa de

shurikens.

«Ésta es especial. Puede abrir la cabeza de un vampiro a más de doscientos metros».

Por si eso no hubiese sido suficiente, su madre y sus tres hermanas mayores estaban preparando un

hechizo de protección para Tabitha en la cocina.

Y lo peor, lo más horrible, llegó cuando Cliff bebió inadvertidamente de la taza de Tabitha, que con-
tenía su poción energética hecha a base de cuajada, tabasco, yema de huevo y hojas de té.

Tuvo arcadas durante una hora.

Más tarde, Cliff la llevó a casa en su coche.

«No puedo casarme con una mujer con semejante familia», le dijo mientras ella le devolvía el anillo

de compromiso. «¡Dios Santo! ¿Y si tuviésemos hijos? ¿Te imaginas que ocurriría si alguno de ellos fue-
se así de rarito?»

Echando la cabeza hacia atrás, Amanda pensó que aún sería capaz de matar a toda su familia por la

vergüenza que le hicieron pasar. ¿Tanto les habría costado comportarse con normalidad tan sólo duran-
te una cena?

¿Por qué?, ¿Por qué no había nacido en una familia corriente, en la que nadie creyese en fantasmas,

duendes, demonios ni brujas?

Pensándolo bien, ¡dos de sus hermanas aún creían en Papá Noel!

¿Cómo aguantaba su padre, un hombre maravillosamente normal, todas esas necedades? Definiti-
vamente, se merecía que lo santificaran por su paciencia.

–¡Eh, chicas!

Amanda abrió los ojos para ver cómo Tabitha se acercaba.

Vale, genial.

¿Qué vendría después? ¿La atropellaría un autobús?

El día de hoy va mejorando...

Quería muchísimo a su hermana gemela, pero no en ese preciso momento. En ese momento desea-
ba que le ocurrieran cosas espantosas. Que le ocurriese algo desagradablemente doloroso.

Como era habitual, Tabitha iba vestida íntegramente de negro. Pantalones de cuero, jersey de cuello

vuelto y abrigo largo, también de cuero. Llevaba la abundante y ondulada melena castaña con reflejos

cobrizos recogida en una larga coleta y sus ojos, de un azul pálido, lanzaban destellos. Tenía las mejillas

arreboladas y caminaba alegremente.

¡Ay, no! ¡Iba de cacería!

Amanda suspiró. ¿Cómo demonios podían proceder del mismo óvulo?

Tabitha rebuscó en uno de los bolsillos de su abrigo, sacó un trozo de papel y lo colocó sobre la me-
sa, frente a Selena.

–Necesito tus conocimientos. Esto es griego, ¿verdad?

Sin responder a la pregunta, Selena apartó las cartas y echó un vistazo a la nota. Frunció el ceño.

–¿De dónde lo has sacado?

–Lo tenía un vampiro que pulverizamos anoche. ¿Qué dice?

–«El Cazador Oscuro está cerca. Desiderius debe prepararse».

Tabitha se metió las manos en los bolsillos mientras sopesaba las palabras.

–¿Alguna idea sobre el significado?

Selena se encogió de hombros mientras le devolvía el papel.

–Nunca he oído hablar de ningún Cazador Oscuro, ni del tal Desiderius.

–Eric dice que «Cazador Oscuro» es una clave con la que se refieren a uno de nosotros. ¿Qué crees?

–preguntó Tabitha.

Amanda ya había escuchado bastante. ¡Por Dios! Cómo odiaba cuando empezaban con toda esa ba-
sura ocultista, demoníaca y vampírica. ¿Por qué no maduraban y se incorporaban al mundo real?

–Chicas –dijo levantándose–, os veré luego.

Tabitha la agarró del brazo cuando comenzaba a alejarse.

–¡Oye! No estarás todavía dolida por lo de Cliff, ¿verdad?

–Por supuesto que lo estoy. Sé que lo hicisteis todo a propósito.

Sin preocuparse en absoluto por haber sido la culpable de la ruptura del compromiso de su hermana,

Tabitha le soltó el brazo.

–Lo hicimos por tu bien.

–¡Oh, claro! Muy bien –le dijo con una falsa sonrisa–. Gracias por cuidar de mí. ¿Por qué no me me-
tes un dedo en el ojo cuando quieras divertirte?

–Venga, Mandy –le dijo Tabitha con su expresión más adorable, la que conseguía que su padre le

perdonara cualquier cosa. Pero con ella no funcionaba; al contrario, la irritaba más–. Puede que no te

guste lo que hacemos, pero nos quieres. Y no puedes casarte con un administrativo estirado que no

acepta lo que somos.


–¿Lo que somos? –preguntó Amanda perpleja–. No me incluyas en esa locura. Yo soy la única con

los genes recesivos normales y corrientes. Vosotras sois las que...

–¡Tabby!

Amanda se alejó al ver que el novio de Tabitha –tan gótico como ella– se acercaba a la carrera. Eric

St. James era sólo un par de centímetros más alto que ellas, pero no resultaba extraño, teniendo en

cuenta que medían un metro setenta y cinco. Tenía el pelo negro y lo llevaba de punta, con un mechón

morado. Podría haber sido muy mono si no llevase un pendiente en la nariz, y si se dedicara a buscar un

trabajo a tiempo completo... o a mantenerlo.

¡Y dejase de cazar vampiros, claro!

–Gary ha averiguado algo sobre ese grupo de vampiros –le dijo Eric a Tabitha–. Vamos a intentar pi-
llarlos antes de que oscurezca.

–¿Estáis preparados?

Si Amanda seguía poniendo los ojos en blanco de aquella forma, se quedaría ciega.

–Chicos, algún día vais a matar a un humano sin querer. ¿Os acordáis de aquella ocasión en la que

atacasteis a un grupo de fanáticos de Anne Rice y Lestat, en el cementerio?

Eric le dedicó una sonrisa satisfecha.

–Nadie acabó herido, y a los turistas les encantó.

Tabitha volvió a dirigirse a Selena.

–¿Puedes investigar un poco y ver si averiguas algo sobre Desiderius y el Cazador Oscuro?

–Venga, Tabby, ¿cuántas veces tengo que decirte que dejes eso? –le dijo Eric enfadado–. Los vampi-
ros están jugando con nosotros. Lo de «Cazador Oscuro» no es más que un término tonto que no signi-
fica nada.

Selena y Tabitha lo ignoraron.

–Claro–dijo Selena–, aunque es posible que Gary pudiese ayudarte.

Eric suspiró disgustado.

–Dijo que tampoco lo había oído nunca. –Miró a Tabitha indignado–. Lo cual significa que no es na-
da.

Tabitha apartó la mano de Eric de su hombro y continuó ignorándolo.

–Puesto que está escrito en griego, apuesto que uno de tus amigos profesores de la universidad po-
dría sernos de más utilidad.

Selena asintió.

–Esta noche le preguntaré a Julian cuando vaya a casa de Grace.

–Gracias. –Tabitha miró a Amanda, que se encontraba a su espalda–. No te preocupes por Cliff. He

encontrado al chico perfecto para ti. Lo conocimos hace un par de semanas.

–¡Oh, Señor! –jadeó Amanda–. Ni una sola cita a ciegas más preparada por ti. Todavía no me he re-
cuperado de la última, y eso que fue hace cuatro años.

Selena se rió.

–¿Te refieres al domador de caimanes?

–Sí –contestó Amanda–. Cocodrilo Mitch; el que intentó que acabase como merienda de su mascota,

Big Marthe.

Tabitha resopló.

–No es cierto. Sólo intentaba mostrarte lo que hacía para ganarse la vida.

–Déjame decirte algo: el día que dejes que Eric te meta la cabeza entre las mandíbulas de un caimán

vivo, podrás protestar. Hasta entonces, siendo yo la experta en la halitosis de caimán, mantengo la opinión de que Mitch sólo buscaba un aperitivo fácil.

Tabitha le sacó la lengua antes de agarrar la mano de Eric y salir disparada calle abajo, con él a re-
molque.

Amanda se frotó la frente mientras observaba a aquellos dos haciéndose ojitos el uno al otro; eso

probaba que había alguien reservado para cada persona. Sin importar lo rara que pudiese ser esa per-
sona.

Muy mal le tenía que ir para no encontrar a ese alguien.

–Me voy a casa a ponerme de mal humor.

–Escucha –le dijo Selena antes de que pudiese marcharse–. ¿Por qué no cancelo mi cita de esta no-
che con Grace y nos vamos tú y yo a hacer algo? ¿Qué tal si nos tomamos unas diminutas salchichas a

la brasa en honor a Cliff?

Amanda sonrió, agradecida por la idea. No era de extrañar que adorase a su familia. A pesar del

caos, todos la cuidaban con mucho cariño.

–No, gracias. Puedo hacer las Vienesas a la brasa yo misma. Además, Tabitha empezará a repartir

golpes y se morirá si no le preguntas a Julian por su Cazador Oscuro.

–Vale, pero si cambias de idea, dímelo. ¡Ah!, y mientras estás en casa, ¿por qué no llamas a Tiyana y

le dices que prepare un hechizo para encoger el pene de Cliff?

Amanda se rió a carcajadas. Vale, había ocasiones en las que tener una hermana que era Suma Sa-
cerdotisa de vudú, resultaba bastante útil.

–Confía en mí, no podría encogérselo más. –Le guiñó un ojo a Selena–. Nos vemos luego.

Esa misma tarde, Amanda se sobresaltó al escuchar el teléfono; la había despertado de sus ensoña-
ciones. Dejando el libro a un lado, descolgó el auricular.

Era Tabitha.

–Oye, hermanita, ¿puedes ir a mi casa y sacar a Terminator a dar una vuelta?

Amanda rechinó los dientes ante la petición que solía recibir, como mínimo, dos veces a la semana.

–¡Venga, Tabby! ¿Por qué no lo has sacado tú?

–No sabía que se me iba a hacer tan tarde. Por favor. Se hará pis en mi cama como protesta si no

vas a por él.

–¿Sabes, Tabby? Tengo una vida.

–Sí, ya. Como si no estuvieses sentada sola en el sofá, leyendo la última novela de Kinley MacGregor

y poniéndote morada de trufas de chocolate, como si el mañana no existiera.

Amanda arqueó una ceja al fijarse en la cantidad de envoltorios de trufas esparcidos sobre la mesa,

y en la novela «Sólo a ti» que estaba junto al teléfono.

¡Joder! Odiaba cuando sus hermanas hacían eso.

–¡Venga! –le pidió Tabitha–. Te prometo que seré simpática con tu próximo novio.

Dejó escapar un suspiro; sabía que no podía negarles nada a sus hermanas. Ésa era su mayor debi-
lidad.

–Si no vivieses al final de la calle te mataría por esto.

–Lo sé. Yo también te quiero.

Con un gruñido atascado en la su garganta, colgó el teléfono. Echó una melancólica mirada al libro.

¡Joder!, justo cuando empezaba a meterse en la historia.

Suspiró de nuevo. Bueno, al menos sólo tendría que hacerle compañía a Terminator durante unos

minutos. Era un pitbull francamente horroroso, pero en esos momentos, era el único varón al que podía

soportar.

Agarró el polar que había dejado sobre el sillón y salió por la puerta delantera. Tabitha vivía a dos

manzanas y, aunque la noche era extremadamente oscura y fría, no le apetecía conducir.

Se puso los guantes mientras se encaminaba calle abajo, deseando que Cliff estuviese allí para sacar

al perro. No podía recordar las incontables ocasiones en las que lo había embaucado para que le diese

un paseo a Terminator, camino de su casa.

Se tropezó con un adoquín y se dio cuenta de que estaba pensando en Cliff por primera vez desde

hacía horas. Lo que realmente le sentaba mal de su ruptura era que no lo echaba de menos. En ningún

sentido. Echaba de menos tener a alguien con quien charlar por las noches; echaba de menos a un

compañero con el que ver la televisión. Pero, sinceramente, no podía decir que lo echase de menos a él

como persona.

Y eso era lo que más la deprimía.

Si no hubiese sido por su estrafalaria familia, habría acabado casándose con él, y habría descubierto,

demasiado tarde, que realmente no lo amaba.

Esa idea le producía más escalofríos que el gélido viento de noviembre.

Alejando a Cliff de sus pensamientos, se concentró en el vecindario. A las ocho y media, estaba todo

sorprendentemente tranquilo para ser una noche de domingo. Había numerosos coches aparcados en la

calle y las ventanas de las casas iluminaban la estropeada acera. Todo era normal, no obstante, había

algo espectral en el ambiente. La luna menguante, bien alta en el cielo, proyectaba retorcidas sombras a

su alrededor. De vez en cuando, llegaban hasta ella los lejanos ecos de las risas que transportaba el

viento.

Era una noche perfecta para que las fuerzas del mal...

–¡Fuera de mi cabeza! –dijo en voz alta.

¡Por culpa de Tabitha estaba pensando en esas cosas! ¡Jesús!

¿Qué iba a ser lo siguiente? ¿Se dedicaría a rastrear el pantano con sus hermanas, en busca de ex-
trañas plantas y caimanes para los rituales de vudú?

Temblando ante la idea, llegó por fin a la espeluznante y antigua casa que Tabitha y su compañera

habían alquilado, justo en la esquina de la calle. Pintada de un morado chillón, era una de las más pe-
queñas de la vecindad. A Amanda le sorprendía que ningún vecino se quejase de ese horrible color. A

Tabitha le encantaba, por supuesto, ya que resultaba muy fácil de encontrar para quien no conociese la

zona.

«Solo tienes que localizar la casita morada de estilo Victoriano, con la verja negra de hierro forjado.

No tiene pérdida.»

No, a menos que fueses ciego.

Tras abrir la puerta de la verja, atravesó el jardín y siguió el sendero que llevaba hasta el porche.

Una enorme y siniestra gárgola de piedra hacía las veces de vigilante.

–¡Hola Ted! –saludó a la estatua; Tabitha juraba que podía leer los pensamientos–. Sólo voy a sacar

al chucho, ¿vale?

Sacó las llaves del bolsillo del polar y abrió la puerta principal. Cuando entró al vestíbulo, arrugó la

nariz al notar un olor apestoso. Una de las pociones de su hermana debía haber salido mal.

O eso, o Tabitha había intentado cocinar de nuevo.

Escuchó los ladridos de Terminator en el dormitorio.

–Ya voy –le dijo mientras cerraba la puerta, encendía las luces y cruzaba la salita de estar.

Amanda tenía un pie en el pasillo, cuando escuchó su voz interior, aconsejándole que corriera. Antes

de poder siquiera parpadear, se apagaron las luces y alguien la agarró por detrás.

–Bueno, bueno –le dijo una voz sedosa al oído–. Por lo menos te tengo a ti, brujilla –e intensificó su

«abrazo»–. Ha llegado la hora de hacerte sufrir.



Algo la golpeó en la cabeza un segundo antes de ver cómo el suelo se acercaba.


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