Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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sábado, 19 de diciembre de 2015

Puddle Jumping * Capítulo 7

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 7


Era una delgada línea que caminar.

Me refiero a que pude haberle preguntado con el resultado de él negándose de inmediato y yéndose a casa para hacer su rutina como hacía cada noche.

O pude decirle que viniera, pero arriesgaba la posibilidad a que se sintiera como si lo estuviera obligando.

Me sentía como un completo desastre para el momento en que llegué a su casa la mañana siguiente. No era algo que quisiera preguntarle por teléfono. No es que importara mucho que pudiera ver mi rostro cuando le preguntara. Importaba que yo pudiera ver el suyo.

La Sra. Cullen me hizo pasar y la saludé como cada mañana. Pero, en vez de dirigirme directamente hacia las escaleras que dan hacia el cuarto de arte, decidí hacerle saber que planeaba invitar a Edward para que se quedara después de clases a la preparación de venta de pasteles. De principio, pareció sorprendida y casi un poco preocupada.

—Puede que no le guste, Bella. Prepárate para tener que irte de allí. Rápido.

Estaba bastante segura de que entendía a qué se refería.

—Lo sé. Sólo quiero que sea capaz de hacer cosas diferentes además de sus clases y su arte después de la escuela. Usted dijo que quería hacer amigos...

Su expresión se suavizó y se inclinó sólo un poco más cerca de lo normal.

Recuerdo lo suave que se sintieron las puntas de sus dedos contra mi mejilla antes de que metiera un mechón de mi cabello detrás de la oreja, y luego deslizara su palma bajo mi barbilla para encontrar mi mirada.

—Gracias —había murmurado—, pero ¿Bella? Recuerda que todo esto es nuevo para él. Y es menor que tú.

No pude esconder el estúpido sonrojo en mis mejillas mientras respondía:

-Esto es nuevo para mí, también. Y créame, Edward sólo es menor que yo en edad.

Se rio, y pareció satisfecha de ver que no me involucraba en nada a ciegas.

Cuando subí a su cuarto de arte, hice los nervios a un lado y apreté mis sudorosos puños para reunir coraje.

Se hallaba en su escritorio, guardando sus libros. Toqué con suavidad la puerta abierta y me dedicó una sonrisita antes de cerrar el cierre de su bolso.

Sonó condenadamente alto sobre el latido de mi corazón en mis oídos.

—¿Edward? —Mi voz tembló y lo detesté, pero proseguí—. Rosalie me ha pedido que te lleve conmigo para trabajar en unas cosas para la venta de pasteles hoy después de clases. Tu mamá dijo que no había ningún problema. —Me miraba fijamente—. ¿Irás conmigo?

Asintió. Decidió que quería hacerlo. Fue suficiente para mí.

La escuela transcurrió a media velocidad y pensé que moriría si la campana final no sonaba, pues me encontraba alborotada en cuanto a cómo las cosas podían resultar potencialmente. Había creado millones de escenarios en mi cabeza: buenos y malos.

Pero conocía a Rosalie y nada en mi interior pensó que ella pudiera ser todo menos amable con Edward. Lucía más tenso de lo normal cuando nos encontramos en mi casillero, y mientras nos encaminábamos hacia la sala de economía, tuve que luchar contra la urgencia de tomar su mano y entrelazar nuestros dedos.

No sabía si le gustaba agarrarse de manos siquiera.

Era tan frustrante no saber en qué pensaba.

Estaba callado mientras entrábamos a la habitación y, de repente, se sintió como si todos los ojos del salón estuvieran puestos en nosotros. Tacha eso. Estaban completamente puestos en nosotros.

Rosalie se apresuró y me jaló a un abrazo. Y luego dio un paso atrás y miró a Edward, ofreciéndole una sonrisa genuina.

—Me alegra que lo hayas logrado —dijo ella.

—¿Te alegra que haya logrado qué? —Edward frunció el ceño y la miró esperando una explicación, pero ella sólo sacudió la cabeza y rió.

—Me alegra que vayas a ayudarnos a decorar las magdalenas —se corrigió a sí misma. Y, demonios, me sentí tan orgullosa de ella por prestar atención a los detalles de información que le había dado anoche. Nos guio a nuestra mesa, donde algunas personas se hallaban ocupadas en los dulces. Algunos decoraban y otros envolvían cosas en envoltorios coloridos de plásticos. Otros los guardaban en cajas y escribían en las etiquetas, y tuve que preguntarme con qué cosa Edward se sentiría más cómodo haciendo.

—¿Quieres ayudar a colocar el merengue a las magdalenas? —le pregunté tan silenciosamente como pude.

Dijo que no porque era muy pegajoso.

—¿Y qué hay de los guantes?

—El plástico y el látex hacen que mis manos suden y es incómodo. —Su usual tranquilidad comenzaba a agrietarse.

Me incliné y tomé el esparcidor de brillo comestible para la cima de las magdalenas.

—Sostén esto —susurré y vi como sus dedos envolvían el contenedor plástico—. ¿Eso está bien?

Sus ojos se encontraron con los míos brevemente.

—Sí.

—Perfecto. Entonces, yo les colocaré el merengue y te los pasaré para que puedas esparcir algo de brillo encima. Pero sólo un poquito. Así. —Le mostré con mi mano sobre la suya, y mi corazón dejó de latir cuando comenzó a alejarse ligeramente. Pero aguantó y continué, sabiendo muy bien que aprendería rápido.

Lo cual hizo.

En treinta minutos, estábamos absortos en el sistema de colocar el merengue y pasarle los pastelitos para que pudiera esparcirles brillo. En algún momento durante ese tiempo, Rosalie vino a ver cómo nos encontrábamos. Luego me di cuenta que la mayoría de las chicas venían para hacerle cumplidos a Edward por su habilidad para esparcir brillo. Como si lo necesitara. Francamente, se sentía un poquito altivo.

La verdad es que no respondió, dado que estaba enfocado en la tarea encomendada. Pero no se me pasó desapercibido que las demás chicas parecían estar un poquito demasiado interesadas en él. Susurrando en voz baja en las otrasmesas. Cuando Rosalie vino de nuevo unos minutos después, le pregunté qué diablos pasaba.

Se inclinó acercándose, y me contó que todas las chicas hablaban de lo lindo que Edward era; que ninguna de ellas nunca le había prestado atención antes, pero su naturaleza callada y buena apariencia provocaba que las chicas lo rodearan como tiburones.

—"Lindo" y "atractivo" ha salido al menos unas veinte veces. —Sonrió, empujándome el hombro con el suyo.

Y porque se trataba de mí, perdí el equilibrio y caí hacia atrás. Sobre Edward.

Un baño de brillo comestible aterrizó en mi cabeza y alcé la mirada para observarlo mirarme de pie con sus manos tapando sus oídos, como si no tuviera idea de qué hacer. Estaban cubiertas de brillo rosa, sus palmas dejando rastros de este por sus mejillas y en su cabello. Esto me hizo reír porque sabía que debía lucir como un desastre, pues se había salido la tapa del esparcidor y rebotó, bañándome con el herpes de las manualidades.

Era un maldito desastre, y comencé a reír más fuerte de lo que había reído en un largo tiempo, procurando levantarme y disculparme con Edward. Pero, para el momento en que me puse de pie, sólo vi su nuca mientras se apresuraba para salir de la sala.

Corrí detrás de él, con un rastro de escarcha cayendo de mí con cada paso.

—¡Edward! —le grité en el pasillo, pero tenía su barbilla gacha y su camisa se encontraba abierta, revoloteando detrás de sí como una especie de capa de súper héroe.

Cuando por fin lo alcancé, salté en frente y alcé mis manos para evitar que se alejara. Intentó moverse a la izquierda, pero parecía ser igual de descoordinado que yo, así que se tropezó conmigo en su lugar.

—Te estabas riendo de mí —dijo, con las venas de su cuello sobresaltadas y la mandíbula apretada mientras sus ojos evitaban los míos.

—No, no me reía de ti. —Trataba con todas mis fuerzas no levantarle la voz, pero el nudo en mi garganta hacía que mantener la voz baja fuese casi imposible.

—Sí, sí lo hacías.

No podía soportar que pensara eso de mí y, en un momento de juicio apresurado, agarré sus manos, llevándonos a los casilleros mientras intentaba alejarse. Pero mi agarre sólo se hizo más fuerte, y sólo una vez que éste llegó a ser un agarre casi doloroso, su mano dejó de tratar de luchar contra la mía. Era como si entre más fuerte lo agarraba, menos trataba de alejarse.

Por fin alcanzando mi casillero, usé mi mano libre para abrirlo y señalé el espejo que colgaba en el interior.

—Tú —señalé su reflejo—, estás cubierto de brillo. —Mi mano señaló mi rostro y finalicé—: Igual que yo. Provoqué esto. Caí sobre ti. ¿Recuerdas como era de niña?

Observó su reflejo con los ojos entrecerrados y me miró antes de asentir.

—No ha cambiado. Simplemente ya no me golpean los rayos. —Con cada sacudida de mi cabeza, caía más brillo al suelo.

Y de repente sonrió, su mirada recorriendo la mierda brillante en toda mi cabeza, cara, brazos y manos. Esta viajó a lo largo de mi torso hasta que aterrizó en nuestras manos cubiertas de brillo. Agarradas fuertemente.

Con un pequeño suspiro, apretó mi mano más fuerte.

—Desearía que fueses como yo.

Me quedé sin aliento de un sólo golpe mientras le preguntaba por qué.

Su mira contempló mi rostro una vez más antes de que se enfocara en mi cabello, diciendo precisamente lo que tenía en mente.

—Porque así entenderías.

* * *

Fueron aquellas palabras las que me hicieron enamorarme de él. Justo en ese instante. Porque quería que fuese como él. Esa era su normalidad.

Y sabía con exactitud a lo que se refería.

Cuando lo llevé a su casa, no esperé a que me invitara a pasar. Simplemente entré. Su mamá pareció bastante sorprendida por la cantidad de brillante polvo de hadas que arrastrábamos. Pero su papá, Carlisle, tan sólo soltó una carcajada. Estoy segura de que tenía una expresión de culpable en mi rostro, las mejillas sonrojadas o algo por el estilo, porque no dejaban de mirarme mientras les contaba lo que sucedió mientras Edward estaba ocupado arriba tomando una ducha, lavando lugares con la mejor de sus habilidades.

El Sr. Cullen, de cabello castaño y ojos amables, finalmente se apropió del momento de silencio para aclarar su garganta y preguntarme que había estado haciendo en los pasados siete años. Me pilló desprevenida e hice esa extraña cosa con mi boca que había estado haciendo alrededor de Alice el día anterior, lo que sólo le hizo reír más fuerte pues su hijo, el que era diagnosticado con algún tipo de
desorden, expresaba frases elocuentes y yo ni siquiera podía hacer que mis labios funcionaran.

La razón por la que me sentía muy nerviosa era porque sabía que algo maravilloso empezaba entre Edward y yo y no tenía la certeza de cómo sus padres se sentían respecto a eso. Siempre existe la posibilidad de que sepan que algo más está pasando. Y, aunque no iba a sacar una tarjeta de presentación con mi nombre y "Virgen certificada" impreso en ella, casi quise hacerlo así se sentirían cómodos con el hecho que estuviera alrededor de Edward. Hablo en serio. Me mareé y confundí por sostener su mano.

Me imaginé que probablemente besarlo me enviaría al hospital. De nuevo.

Terminaron pidiéndome que me quedara a cenar, pero no sabía si a Edward le agradase que interfiriera en su agenda aún más ese día. Así que evadí un poco la pregunta, diciéndoles que necesitaba comprobar con mis padres. Y justo cuando estuve a punto de disculparme para llamar a mamá y obtener su permiso antes de decirle a Edward, éste apareció al final de las escaleras.

—¿Edward? Le hemos pedido a Bella que se quede a cenar —lo informó la Sra. Cullen.

Fue como si hubiera hecho uno de esos geniales trucos en cámara lenta de las películas. Ya sabes de lo que hablo, del tipo en el que me giraría y mi cabello volaría gracias a un ventilador y aterrizaría hermosamente en mi espalda con brillantina saliendo y aterrizando en su fino piso de cerezo. Miraría a Edward y me sonreiría y asentiría, tendiéndome su mano como si estuviésemos en un cuento de hadas.

Bueno, fue algo así. Pero no en realidad. Está bien. Para nada. En vez de eso, me giré demasiado rápido y me tropecé con mis pies, golpeándome el codo contra el balaustre junto a la puerta. Fuerte.

El Sr. Cullen se puso de pie de inmediato y se apresuró a mi lado para ver si me encontraba bien, y me encogí de hombros a medida que trataba de no lucir tan avergonzada como me sentía. Me sobé el codo e intenté no llorar.

Edward le dio a su mamá una mirada entusiasta y asintió.

—Entonces esconderé todas las tijeras y chicles. —Eso estimuló que toda la habitación quedara en silencio antes de mirarme—. Sé lo molesta que te pusiste la última vez que tuve que cortar tu cabello.

Mi mandíbula estaba en el suelo. Santo cielo, había hecho una broma.

—Entonces creo que deberías esconder los colchones, también —le respondí juguetonamente.

El silencio que segundó ese comentario me hizo desear que la tierra me tragara y morir. Porque Edward pudo no haber captado la insinuación... pero sus padres de seguro si lo hicieron.

Eso inició mis cenas semanales con la familia. No le hostigaba para que me invitase, sino que esperaba que uno de sus padres hiciera la invitación. Nunca objetó y realmente amaba verlo en su casa porque estaba mucho más relajado. Allí veía un lado de él que no podía ver en la escuela cuando trataba de enfocarse en lo que se esperaba que hiciera.

Lo magnífico respecto a la escuela fue que mientras más me la pasaba con él, más personas comenzaban a verlo en verdad, también. En especial las chicas. Porque, aceptemelos, un chico lindo es un chico lindo, sea o no diferente. Esto le facilitaba más las demás clases pues las personas se estaban acostumbrando a él, pero me dificultaba todo, dado que constantemente me preguntaba si él disfrutaba
más su compañía y cualquier conversión que las mías.

Sin embargo, una vez que comenzó a tomarme la mano, nunca se detuvo.

Nuestras palmas eran como imanes súper fuertes que se unían al instante cada vez que estábamos en cercanía. Nos tomábamos las manos. Fuerte. En cada momento.

Recorriendo los pasillos de la escuela. Después de la escuela. En el auto. Manos y dedos.

Siempre tocándonos.
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