Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Puddle Jumping * Capítulo 4

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 4


Se encontraba de pie a unos diez centímetros de distancia y juro que casi me desmayé. Fue como si fuera una especie de alucinación, pero agregándole una de esas cosas extrañas de edad progresiva que hacen en las noticias, y mi lado creativo se hizo cargo creándolo mucho más alto y más atractivo, porque así sería exactamente cómo mi fantasía adolescente lo habría imaginado.

Excepto que era tan real.

Lo miré fijamente por un segundo, respirando ruidosamente por la boca y esperando que la alarma de mi despertador sonara, pero nunca llegó.

—¿Edward? —Tuvo que haberse escuchado como una pregunta, pues pude oír el final de su nombre alzarse en el tono de voz cuando lo dije y estoy bastante segura que no imitaba un acento británico, así que... Sí, debió haber sido una pregunta.

Sus ojos se posaron en mí y asintió una vez, centrándose de nuevo en el papel en su mano.

—Hola. —Sus hombros estaban rígidos y su barbilla casi tocando su pecho mientras pensaba unos segundos. Y tan abruptamente como apareció, dio media vuelta y se alejó, sosteniendo con fuerza la correa de su mochila con una mano y apretando de la hoja de papel con la otra.

Hay que recordar que tuve ese pequeño incidente casi acechándolo la última vez que lo vi, por lo que no podía luchar con mi composición genética. Así que lo seguí, yendo detrás de él con un par de personas delante de mí hasta que se metió a un salón que en verdad nunca le había prestado atención antes. Ya se hallaba un buen número de estudiantes dentro, sentados en sus escritorios y charlando entre ellos.

Bueno, excepto por Edward, que pareció paralizarse por un momento antes de encontrar un escritorio vacío en la esquina del fondo.

Antes de que pudiera controlar mis nervios para hacerle una seña desde la puerta para ver si podría reunirse conmigo en el pasillo, escuché fuertes pasos detrás de mí y volteé justo a tiempo para ver a uno de los jugadores de fútbol de último año rodeando la esquina, deteniéndose justo a tiempo para no estrellarsedirecto conmigo. Su cabello era tan rubio que parecía casi blanco, y sus grandes ojos se arrugaron al reírse de mi boca abierta. 

—Con permiso. —Sonrió y se ruborizó un poco, rodeándome para entrar al salón y ser saludado por un par de amigos.

Me sentía tan confundida. ¿Por qué Jasper Hale, dios del fútbol, asistía a la misma clase de Edward? No me cabía en la cabeza que Jasper también podría ser como él.

Por supuesto, ahora sé que ese no es el caso. 

Ahora sé que es disléxico y le cuesta más aprender en las clases normales.

Sé que la delgada chica castaña que se apresuró a entrar para tomar asiento a su lado es Alice, y tiene Déficit de Atención e Hiperactividad.

Pero ese día no sabía nada de eso hasta que la campana sonó y su maestro se acercó a la puerta y la cerró, mostrando con orgullo el nombre del salón: Recursos.

Decir que estaba sorprendida, hubiera sido como decir que a los chicos les gusta tocar tetas.

Una sutileza. 

Todos ellos parecían estar bien.

Tan solo recuerdo preguntarme por qué la madre de Edward lo había enviado a la escuela sólo para poder estar en una clase especial. Lo educó en casa, ¿cierto? Cosa que muestra con exactitud mi poco conocimiento del tema, dado el hecho de que era muy ensimismada y siempre empeñada en hacer el bien para parecer una buena persona. Pero todavía era prejuiciosa y criticona en el interior si tenía esa mentalidad. 

Porque no todos los que están en esas clases son un estereotipo.

Algunos sólo van una o dos veces al día.

Algunos asisten todo el día.

Algunos, como aprendería más tarde, iban por voluntad propia.

De verdad es increíble el rotundo cambio de mi mentalidad desde que inicié mi último año de secundaria.

Sólo recuerdo estar perdida en mis pensamientos conforme me dirigía a mi primera clase, donde Rosalie ya ignoraba al nuestro profesor y leía la revista Cosmoporque decía que la representaba más que la revista Seventeen.

¿Qué puedo decir? Mi mejor amiga es un poco... avanzada.

—Llegas tarde —me susurró y me encogí de hombros, acomodándome en mi asiento, con la esperanza de pasar desapercibida.

—Edward Cullen está aquí.

Se echó a reír. 

—Sí, oí que se matriculó. Tiene un tutor, así que puede hacer su arte y esas cosas. Si es cierto, no tengo idea de por qué está aquí.

Cómo volaban las noticias. 

—Dios. ¿Cómo sabes estas cosas?

Se encogió de hombros. 

—Tengo conexiones en la oficina principal.

De repente, tuvo todo el sentido del mundo. Y fue todo en lo que pude pensar por el resto de mis clases de la mañana, apenas notando a Riley cuando agarró mi mano y me llevó a la cafetería. Aún no había necesitado volver a mi casillero, y estaba más nerviosa que nunca.

Edward apenas había parecido como si me conociera.

Mientras estábamos sentados en el almuerzo y luchaba contra este horrible calambre nervioso en mi estómago, escuché algunos susurros en la mesa y alcé la vista justo a tiempo para ver a los amigos de Riley mirando a un grupo de personas que se dirigían a una mesa junto al muro del fondo, lejos de la sección central de la cafetería llena de gente.

Eran todas las personas que había visto en la clase de Edward, aunque sólo reconocí a los que vi pasar a mi lado esa mañana. Había muchos de ellos ocupando la mesa del almuerzo, todos tomando asiento como si estuvieran asignados. 

Ahora bien, estoy muy segura de que era la única persona en mi mesa que sabía que Jasper asistía a Recursos con los otros chicos, lo cual me sorprendió cuando lo vi dirigirse a la mesa con su novia, Quinn, como si fuera lo más natural en el mundo. Alice, que averiguaría más tarde, era un año menor que nosotros, por lo que nunca tuve razón alguna para realmente prestarle atención antes, y ella se sentó, también. Por último, fue Edward.

Riley, con su pelo oscuro y ojos aún más oscuros, piel bronceada y recientemente dientes libres de frenillos, se inclinó hacia mí. 

—Oh, cielos. Mira quien acaba de aparecer.

Tuvieron que haber visto cómo enrojeció mi rostro. Aparté su brazo y me volví para mirarlo. 

—No seas un idiota. Ni siquiera lo conoces.

Enarcó su ceja en mi dirección. 

—¿Y tú sí?

Fue como si mis labios se hubieran sellado con cemento. 

—Cállate, ¿vale? —dije eso lo más silenciosamente posible, y al instante me sentí terrible. Siendo repulsión hacia mi persona, me aparté de la mesa y agarré mi bolso —. Tengo que ir a mi casillero antes de clases.

Riley se ofreció a acompañarme, pero me negué porque necesitaba un minuto para simplemente respirar. Él comenzaba a enfadarme. Y me sentía enojada conmigo misma por no haber dicho que sí a su pregunta sobre Edward. Por lo tanto, me dirigí por los pasillos hacia mi casillero, y presioné mi cabeza contra el frío metal, preguntándome qué se suponía que debía hacer exactamente. 

—¿Bella?

Era esa voz.

Oh, Dios. Amo esa voz.

—Edwad.

Le escuché cambiar su peso de un pie al otro por un segundo antes de reunir el coraje para alzar la vista. Se quedó mirando el suelo por un momento y luego pareció luchar consigo mismo antes de sacar la mano del bolsillo de sus vaqueros y ofrecérmela tentativamente.

—Hola. Soy Edward Cullen. —Sus ojos se posaron en los míos y luego hacia su mano extendida.

Me reí un poco. 

—Lo sé. 

Pero se quedó quieto y empecé a sentirme tonta, por lo que extendí la mano y se estremeció ante el primer contacto, retirándola y rascándose la palma de la mano antes de volver a tomar mi mano y apretarla. 

Fuerte. 

—¿Por qué actúas como si no me conocieras? —le pregunté, mi corazón ahora yaciendo en un lío húmedo en el suelo.

Me soltó la mano y volvió a meter la suya en su bolsillo, con los hombros elevándose un poco. 

—Mi papá dijo que fuera educado y me presentara. Dijo que tenía que ser educado.

Fue entonces cuando me di cuenta lo difícil que iba a ser para él. Era tan formal. Tan tímido.

—Siempre has sido educado —dije en voz baja a la espera que me mirara de nuevo—. Incluso cuando me salvabas de un rayo.

Levantó su rostro de inmediato ante el recuerdo y parpadeó frenéticamente.

—Te acuerdas.

—Por supuesto que me acuerdo. ¿Cómo podría olvidarlo? Me salvaste la vida. —Sus ojos se ampliaron aún más—. Dos veces —le recordé.

Entonces sonrió. Sólo una pequeña sonrisa, pero era todo lo que necesité antes de que él dejara escapar un largo suspiro y mirara al suelo otra vez. 

—Te acordaste.

Luego el silencio se hizo cargo y, no mentiré, me puso inquieta. De modo que tomé las cosas de mi casillero y las guardé en mi mochila mientras él yacía de pie a un lado, sin decir una palabra. Al final, tuve que romper la tensión.

—No te había visto por un tiempo.

Todo su lenguaje corporal pareció dar a entender con claridad lo nervioso que se sentía. 

—Pintura... —cerró su boca y bajó la vista.

—¿Pintura? ¿Tus pinturas? —Era como hablarle a la pared.

Su rostro se puso serio. 

—Sólo estoy autorizado a hablar de pintura tres veces hoy, y usé mis oportunidades durante el primer período.

Algo en mi corazón, ahora de vuelta en mi pecho, dolió mientras lo observaba, dado que parecía estar tan avergonzado. Deseaba tanto poder hacer lo que estaba acostumbrado.

Levanté la mano para tocarlo y luego la llevé a mi costado, cerrándola en un puño y lo miré, con la cabeza ligeramente ladeada. 

—No le diré a nadie si no lo haces.

Mi mente gritaba: Dime, dime, dime. 

Siendo egoísta, quería escucharlo hablar. Quería escuchar su pasión por algo que amaba.

Fue, sin duda, la mejor frase que alguna vez salió de mi boca en diecisiete Habló. Oh, cielos, sí que habló. Y me quedé allí como una tonta, sonriéndole mientras él recitaba información con tanta rapidez y entusiasmo, diciendo palabras que nunca oír usar a alguien de mi edad antes.

La campana sonó y aún seguía hablando. Intenté detenerlo, pero en verdad no podías detenerlo una vez que empezaba. Lo interrumpí el tiempo suficiente para decirle que me entregara su horario con el fin de acompañarlo a su clase. La gente pudo haber pasado a nuestro lado, quedando mirándonos, pero no les presté atención. Me encontraba en su mundo ahora, envuelta en su pasión, provocando que mi pecho se sintiera tan condenadamente lleno que pensé que dejaría de respirar.

Cuando me entregó su horario, sentí las lágrimas apresurarse a mis ojos. 

¿Conoces ese escozor en la nariz justo antes de que las lágrimas lleguen? Eso me pasó cuando me di cuenta que nos dirigíamos a la misma clase.Literatura. Donde nuestro maestro nos hizo sentarnos en orden alfabético cuando llegamos. Observé a Edward desde mi lado del salón cuando tomó asiento y 
se tensó de nuevo, con la vista al frente y la boca cerrada.

Cerca de la mitad del período, el Sr. Mercer empezó a proporcionarnos los nombres de los libros que leeríamos. Apenas había estado prestando atención, pues no podía apartar mi vista de la nuca de Edward y la forma en que su cabello se curvaba en su cuello... con un camino de pecas entrando a su camisa.

Había estado tan perdida fantaseando con tocarlos y preguntándome qué se sentiría envolver mis dedos alrededor de un rizo descarriado, que no presté mucha atención al oír de repente a Edward hablando en voz alta para decirle nuestro maestro ya había leído algunos de ellos. 

Fue como una experiencia corporal el verlo alzar la cabeza un poco más mientras que las palabras, bajas y estables, se apresuraban por salir de su boca. 

El Sr. Mercer le había dedicado una de esas miradas, y le susurró a Edward que en un futuro tenía que levantar la mano antes de interrumpir la clase hablando en voz alta. 

Los pobres puños de Edward se cerraron en su regazo y mantuvo su cabeza gacha por el resto de la clase, pero tan pronto sonó la campana, me abrí paso al frente y toqué el hombro del Sr. Mercer, dándole mi mejor voz autoritaria cuando le dije que la madre de Edward me había pedido que me sentara con él durante nuestra clase, y que se trasladaría conmigo mañana a la fila de atrás. Mercer me
había mirado como si no me creyera, pero no di marcha atrás.

Se llegó a un acuerdo y me aseguré de esperar a Edward mientras dejábamos la clase, sabiendo después de ver su horario que iba a volver a la sala de recursos para otro período.

Sonrió un poco cuando llegamos al salón, pero se volteó bruscamente y encontró su asiento al fondo de la sala de nuevo. Como la espeluznante chica acosadora que soy, lo observé acomodarse y luego me quedé fuera de vista así él sabía que todavía me hallaba allí.

Fue cuando me aparté de su vista que alcancé a ver un afiche detrás de su cabeza. Se trataba de dos pares de zapatillas de deporte, las de un niño y una niña, congelados en el aire antes de aterrizar en un profundo charco de agua. Enfocando desde sus pies subiendo por sus piernas y un poco más arriba, la imagen revelaba unos dedos entrelazados como si los niños estuvieran sosteniéndose las manos. 

Llovía en la imagen. Era blanco y negro. Y las únicas palabras en el afiche eran: 

AMISTAD: Un verdadero amigo es un alma en dos cuerpos.”Aristóteles.

Bastante cursi, pero todas las cosas así en la escuela lo son. Sin embargo, este afiche en particular no parecía tan malo para mí.

Me hizo preguntarme si era cierto.
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Hola mis corazones!
Aquí les va otro capítulo de esta adaptación. Creo que Edward es adorable!! Vosotros que pensáis? Me dejan sus comentarios?

Que tengan un bonito día! Os amo!

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