Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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domingo, 20 de diciembre de 2015

Puddle Jumping * Capítulo 8

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 8

El comienzo de toda relación es todo arcoíris y felicidad, ¿no? Es decir, soy una adolescente, por Dios. Y él también. De modo que hay hormonas involucradas y todas estas locuras que los adultos nunca nos cuentan... al menos no en palabras que podamos entender.

Puedo ir de eufóricamente feliz a masivamente insegura en el lapso de un segundo. Puedo ir de sentirme totalmente a gusto con Edward a preguntarme si haré algo bien alguna vez.

Es difícil ser racional cuando apenas puedo controlar mis pensamientos, mucho menos mis impulsos.

Las adolescentes son estúpidas.

Puedo asegurarlo, porque soy una. Y sé que somos muy competitivas unas con las otras, aunque pretendemos no serlo. Está claro que lo somos.

Cada maldito día que entraba a la escuela era consciente de que las rubias con los pechos grandes y traseros firmes consiguen a los chicos. Era consciente de que mi mejor amiga es una de ellas. Y estaba dolorosamente consciente de que soy delgada, pero con curvas y la definición de: "chica promedio con cabello castaño y ojos marrones."

Pero cuando Edward me habla o me mira, me siento muy especial. Más linda de lo que alguna vez me he sentido en mi vida. Pensé que las otras perras en la escuela se darían cuenta, también. Asumí que sabrían que, puesto que íbamos de la mano todo el tiempo y lo traía a la escuela y llevaba a casa, encaminábamos a clase y almorzamos juntos, Edward y yo estábamos, ya saben... juntos.

Al parecer, me equivoqué.

El simple hecho de que ni Edward ni yo de verdad dijéramos que éramos novios, hizo que la gente creyera que quizá no lo éramos. No nos habíamos besado ni nada, y supongo que mucha gente... las chicas... me veía como una especie de amiga o algo así. ¿Amigos que se sostienen de la mano?

Como Edward diría: 

-Lo que sea.

Él había mejorado en comentar sobre pequeñas cosas por aquí o allá que nos pillaba a todos desprevenidos en la mesa. Espontáneamente.

De repente, las chicas intentaban hablar con nosotros durante el almuerzo, pero no podían comprender una reacción o silencio de Edward. Eso hacía reír un montón a Alice, y Jasper se reclinaba con una sonrisa en su rostro porque podía darse cuenta que yo era como un tigre a punto de atacar cada vez que una de ellas venía. Por lo general, Angela interrumpía y les hablaba sin cesar y, dentro de unos minutos, inventaban una excusa para irse.

En fin. Nos anunciaron el Baile Elección de la Chica, y de un momento a otro, todas las féminas de la escuela se vieron aturdidas o algo por el estilo, porque la mitad de ellas se quejaba por tener que pedirle a un chico y la otra mitad fueron haciendo listas. Es decir, aquellas que no tenían novio.

En verdad no había estado prestando atención a lo que pasaba; ignoré las sesiones de chismes de mi alrededor por un par de semanas, pensando que era evidente para todo el mundo que le pediría a Edward ir al baile, cuando escuché el primer rumor.

Al menos tres chicas habían vocalizado su intención de preguntarle.

Ahora bien, hay que recordar que era la única chica que había pasado grandes cantidades de tiempo con él a solas. Con su familia. Aprendiendo su comportamiento. Así que sin duda tenía la ventaja. Fue casi como si quisiera ver a estas chicas fracasar cuando le preguntaran que las llevara al baile.

Pero otra parte de mí ni siquiera deseaba darles la satisfacción de preguntar.

Tuve un pequeño ataque de pánico, pues no estaba segura si el baile sería demasiado ruidoso. Con demasiada gente. Con demasiada estimulación.

¿Siquiera valdría la pena intentar ir?

Un simple vistazo cuando salió de clase ese día contestó todas las preguntas que tenía en mi cabeza. Por supuesto que valía la pena.

Al igual que esa loca de la película Kill Bill, era como si pudiera ver a las chicas aproximándose por todos lados, y parecía que todas venían hacia nosotros a la vez en una especie de carrera contra el tiempo para llegar a él primero. Justo frente a mis malditos ojos.

—¿Edward? —Me aferré a su mano con fuerza e hice que le diera la espalda al casillero, haciendo que se centrara únicamente en mi rostro—. Quiero hacerte una pregunta —asintió—. Llévame al baile el próximo fin de semana.

Ladeó un poco su cabeza y frunció el ceño. 

—Bella, eso no estaba en forma de una pregunta. Una pregunta es una petición que termina con un signo de interrogación. Lo que dijiste fue una declaración.

—¿Me llevarías al baile el próximo fin de semana? —Mi corazón se encontraba a punto de salir por mi garganta, empuñando un afilado cuchillo para cortar los tendones de Aquiles de los pies de las perras que se aproximaban.

Pero Edward sólo me miraba fijamente. 

—Me gustaría que me llevaras al baile. ¿Por favor?

Se mordió el labio. Parpadeó un par de veces. Parecía pensativo.

Y justo en el momento que la primera chica llegó, se encogió de hombros. 

-De acuerdo.

Triunfante, me di la vuelta y modulé: 

-Demasiado tarde.

Estuve estúpidamente distraída por el resto del día. Salí victoriosa.

Y luego me acordé de que detesto bailar.

No importa. Iría con Edward y estaríamos juntos en público; era todo lo que realmente importaba.

Rosalie me prestó un vestido y le permití hacer mi peinado y maquillaje antes de dirigirme a su casa así nuestros padres podrían sacarnos fotografías. Al fin y al cabo, los padres son tan raros con ese tipo de cosas y mi papá le dedicaba una mirada pícara conforme las madres tomaban fotos y hablaban de cuán lindos nos veíamos. Y todo el tiempo, Edward... más guapo que nunca en un traje... un traje negro y camisa blanca... cabello meticulosamente peinado y ojos azules muy abiertos... nunca dejó de mirarme.

No necesitó decir que pensaba que yo lucía bien. Lo vi en su rostro.

El vestido rojo que llevaba me hizo sentir bonita. La mirada de Edward me hizo sentir absolutamente hermosa.

Cuando entramos por las puertas del gimnasio, con la música estaba a todo volumen, estallidos de luces por los flashes de las cámaras y pequeñas bolas de discotecas colgando del techo, pensé que mi mano se desprendería. Edward la apretaba tan fuerte que juro que mis dedos se estaban volviendo negros.

Sin embargo, aguantó. Me aseguré que pasara por la multitud de sudorosos bailarines y por las mesas de los chicos que presumían ser demasiado geniales para estar allí. Saludamos a nuestros amigos, pero continuamos caminando porque 

Edward en serio estaba experimentando demasiada estimulación, así que hice lo que pensé sería lo mejor.

Salimos con dirección a la blanca carpa que se hallaba detrás del edificio. 

Fue iluminado con bonitas luces blancas y las chicas que decoraron habían colgado linternas japonesas en el techo. Era lindo. Era cursi. Era romántico en una forma divertida, y no pude evitar sonreír mientras le conducía hasta allí donde la música era más baja, las luces eran más suaves y había sólo otra pareja, bebiendo refrescos.

Me giré y alcé la mirada a su rostro, llevando mis brazos hasta sus hombros y empecé a balancearme un poco. De lado a lado. Soy una bailarina terrible, pero estas cosas son especiales y quería recordarlas con él.

Estaba rígido como de costumbre, pero no me importó. Sus manos no sabían a dónde ir, así que las coloqué en mis caderas y descansé mi mejilla contra su pecho, cerrando los ojos e inhalando el increíble aroma de su almidonada camisa y algún tipo de desodorante que olía a chico apetecible.

Parecía muy callado y no sabía muy bien qué hacer al respecto. Me sentíaigual de nerviosa que él, ¿sabes?

Alcé mi cabeza para verlo mirándome y sólo pude dedicarle una tímida sonrisa y una risita. 

-¿Edward?

—¿Sí?

Intensifiqué el agarre de mis dedos entrelazados alrededor de su cuello. 

-Háblame de Monet.

Así que lo hizo y fue música para mis oídos. Para mi corazón. Habló con tanta pasión sobre las cosas que amaba y terminé descansando mi cabeza contra su pecho para escucharle hablar a través de su esternón, bajo y retumbante.

El bajo y barítono mezclado entre los latidos y cortas respiraciones.

De repente... se detuvo.

Mi cabeza se disparó y le eché un vistazo, curiosa en saber por qué se quedó en silencio. Por supuesto le pregunté, porque así tenía que ser.

—¿Por qué te detuviste? —Mi garganta estaba seca debido a la intensidad entre nosotros. Como si el aire de un momento a otro hubiera desaparecido y fue reemplazado con energía pura.

Me miró y luego aparó la mirada un montón de veces y, de algún modo, supe lo que iba a pasar pero mi cerebro y hormonas estaban desequilibradas y me quedé allí como una idiota esperando a que hablara.

En cambio, cerró los ojos y se inclinó hacia adelante, su frente empujando un poco la mía mientras soltaba tranquilas respiraciones en mi rostro. Cerré mis ojos y dejé que sucediera.

Me besó.

Cálido y suave. Suave al principio hasta que sus labios se acostumbraron a los míos. No fue como cualquier beso que haya experimentado antes, ya que mis rodillas se sintieron inexistentes y quise dejarme caer, llevándolo conmigo al suelo para poder acurrucarme a él y nunca soltarlo.

Él temblaba, y luego tuvo más confianza cuando separé mis labios y atrapé su labio entre los míos.

Ambos nos alejamos al mismo tiempo. Mi rostro debió haber estado enrojecido y sé que él estaba sonrojado, con dificultad para respirar y empezando a sudar un poco por la tensión. Pero no me importaba. Me besó. Y fue increíble.

Incluso no mencioné el hecho que casi su pulgar casi rozaba mi seno izquierdo. Sólo me moví un poco y logré alejarlo para así no llamar la atención.

—Deberíamos hacerlo otra vez —murmuró, y alejó la mirada, llevándola a las luces blancas por encima de mi cabeza.

Sólo reajusté más mi agarre mientras susurraba: 

-En cualquier momento.

* * *

Lo he dicho antes, pero vale la pena repetirlo: Edward es muy literal. Le dije que podría besarme en cualquier momento. Fue precisamente lo que hizo. Por un lado, fue genial porque él no uno de esos tíos que eran unos idiotas y tenían que cuidar su aparición frente a otros. Pero por otro lado, fue un inconveniente ya que a veces me besaba sin previo aviso, como en medio de una conversación.

A menudo me pregunto si me juzgan debido a la relación física que tengo con él. Si hay un estigma asociado a mí de que me estoy aprovechando de él.

No lo estoy haciendo por si te lo preguntas. 

Como he dicho: no importa lo que un doctor una vez le diagnosticó, él sigue siendo un adolescente. Y hablo en todos los sentidos, si entiendes lo que digo.

Lo que quisiera recalcar respecto a esto es que cuando se ama a alguien, las diferencias desaparecen. Lo miro y lo veo exclusivamente a él, y lo tierno que es. Sé cómo mi estómago explota de emoción cuando tan solo sostiene mi mano; cómo mi corazón reacciona cuando nos besamos. Sé, por encima de todo, que cuando estamos juntos, es porque ambos lo queremos. No porque haya otra razón.

Lo único que me gustaría poder explicarle al resto es que él no es lo que piensan que es. Las palabras con las que lo han estado catalogando nunca podrían describirlo. Él no es especial. Es extraordinario. Para mí.

Y siento que yo también lo soy cuando estoy con él.

* * *

Me alegraba haber ido juntos al baile porque fue básicamente algo que anunciaba que regresábamos a la escuela, siendo sólo seis semanas en el año. El próximo baile era el de Bienvenida, y me había enterado que Edward iba a asistir a la inauguración de uno de sus exhibiciones esa noche, así que no sería capaz de ir. 

La señora Cullen me invitó a acompañarles y la decisión fue fácil de tomar. 

Una noche luego de cenar con su familia, fuimos al cuarto de arte y le eché un vistazo a algunas de sus obras más recientes conforme él lavaba sus dientes y secambiaba a unas prendar que podría arruinar si la pintura saltaba. Me encantó la forma en que se veía en su ropa de pintura. Estaba a gusto. Cómodo.

El cuarto de arte sobre la cochera era su lugar seguro, y aún no podía creer que confiaba tanto en mí como para dejarme entrar.

Que iba a confiar en mí para observarlo trabajar.

Vagué por la sala mirando los lienzos cuando recordé que tenía una pintura en la esquina que había destruido. No estaba ahí, por lo que seguí caminando por las paredes más lejanas y pasando entre medio para poder verlas con más claridad. 

Los más abstractos llamaron mi atención, y los contemplaba meticulosamente cuando me detuve en seco.

Estaba contemplando una perfecta réplica de mi rostro.

—Santa mierda en un palo. —Probablemente lo dije más alto de lo previsto, porque oí los pasos de Edward detenerse en el pasillo antes de situarse detrás de mí a treinta centímetros de distancia.

—No pude hacer bien los ojos —dijo en voz baja, y volteé para observar su rostro, sintiéndome absoluta y completamente halagada y sin aliento ante lo que me enteré. 

-El otro. No pude hacer bien los ojos. Por eso lo rompí.

—Es perfecto —susurré y giré para contemplar el cuadro—. Me hiciste muy bonita. —Las palabras fueron difíciles de decir, pero eran ciertas. Había capturado algo con su pincel que nunca vi en mi reflejo al mirarme en un espejo.

—Creo que conseguí la simetría correcta esta vez. —Arrastró un poco sus pies sobre la alfombra.

Después de un momento, me volteé hacia él y le dediqué una sonrisa, sin estar segura de por qué habían lágrimas en mis ojos. Pero las notó y parecía un poquito desprevenido.

—¿Te molesta?

—No. —Me sequé las ridículas lágrimas y sacudí la cabeza.

—¿Hay algo que deba hacer? —Fue aquella pregunta que causó mi corazón se abriera por la mitad; comencé a llorar de verdad, simplemente abrumada con todas las emociones que experimentaba y sin estar segura de ellas—. ¿Bella?

Por fin reuní el valor para hacer la pregunta de la que quería una respuesta. 

—¿Soy tu novia?

—Por supuesto —respondió, como si fuera la cosa más obvia en el mundo.

Su respuesta provocó que mi corazón latiera con rapidez y, en cierto modo, di un paso hacia adelante y alcé la mirada, vacilante... y le pedí que me besara.
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Hola mis dulces lectores! Como están este domingo?
Me encanta la relación que tienen, es tan natural y pura...a vosotros que os parece?

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Los quiero!

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