Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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domingo, 13 de diciembre de 2015

Puddle Jumping * Capítulo 1

Summary: Soy Isabella Marie Swan y esta es la historia de cómo terminé enamorada de un chico que me hizo creer que el amor es todo menos convencional.
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La autora dice: Esto es una adaptación del libro con el mismo nombre de Amber L.Jonshon. Los nombres son de la maravillosa Meyer.
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CAPÍTULO 1:

No se suponía que lo conocería. 

A mi mejor amiga, Rosalie, le habían dicho que ya no podía trabajar de niñera los miércoles por la noche durante las Reuniones de Oración, porque había sido lo bastante necia para poner a un niño de tres años en el alféizar de una ventana (¡Estaba CERRADA!‖). El pobre niño se inclinó contra la rejilla hasta que ésta se salió, haciéndolo balancearse fuera de la ventana y casi matándolo.

Esto es absolutamente inaceptable en cualquier lugar, pero Dios te tiene compasión si sucede en Allentown, Pennsylvania.

Por suerte, él se encontraba bien, pero nuestro pastor se involucró y sugirió que tal vez ella no era la mejor opción para el trabajo. Así fue como me pidieron que la reemplazara. Aparecí en la casa de los Cullen y, mientras mi madre llevaba una olla con albóndigas, me dirigí hacia un cuarto extra albergando ni más ni menos que otro ocupante: un niño.

Fue la primera vez que conocí a Edward Cullen. Nueve años. Cabello castaño oscuro con un corte de tazón y ojos que se dirigían a todas partes menos a mí. La sala se hallaba llena a rebosar de libros para colorear, almohadillas de arte y pinturas. Y trenes. Oh, cielos, no me hagan hablar de los trenes... contendedores llenos de ellos en cada esquina.

Durante las dos horas que estuve con él, quiso colorear. En ese momento, apenas pensé sobre recibir paga por sentarme con un niño tan cercano a mi edad mientras nuestros padres se encontraban en el cuarto de al lado; después de todo, me pagaban. A mitad del primer dibujo de su libro para colorear, que por cierto se negó a compartir conmigo, inspeccioné y suavemente sujeté su mano para detenerlo de lo que hacía.

—Tienes que colorear dentro de las líneas. Para eso están —le advertí con la desvergonzada malicia que una niña de tan solo diez años con un complejo de superioridad podía reunir. 

Verán, creía que se podía decir mucho de una persona por su forma de colorear.

Solía pensar que había dos tipos de artistas Crayola: los que colorean dentro de las líneas, y los que no se quedan dentro de los rígidos límites establecidos por gruesos perímetros negros que formaban un adorable koala.

Pero parece que dentro y fuera de las líneas es tan solo la base principal para comparar. También existen los que colorean ligeramente dentro y llenan cada espacio de acuerdo con el tono seleccionado y apropiado.

Luego tienes a los que garabatean y ponen cualquier color en cualquier lugar. Y hay veces que estas personas terminan con pavos púrpura y mierda que me vuelven terriblemente loca porque, en serio... ¿quién tiene pavos púrpura?

Después tienes a las personas que se toman el tiempo para delinear cada parte de la imagen con color antes de rellenarla, por lo que no sólo se ve cohesiva, sino que parece como si de verdad les importara una mierda darle definición a los grandes ojos del dibujo de Mi Pequeño Pony.

O, tienes a los que hacen pequeños lunares en el medio de la cara de un oso y luego gritan emocionados porque el oso tiene varicela.

¿Ven a dónde me dirijo con esto? Prácticamente, la sociedad nos ha enseñado que, o es dentro de las líneas o fuera de ellas. Pero que también hay mucho más en el medio.

Quería corregir a Edward para que fuera como el resto.

Ni siquiera levantó la vista del papel, pero se sobresaltó y con rapidez alejó su mano de la mía. 

—Eres mala —susurró y siguió haciendo movimientos largos a través del papel, coloreando en amplios trazos de cada tono vibrante que pudo hacer con sus pequeños dedos. Fueron las primeras palabras que me había dicho, y le traerían grandes consecuencias a mi cerebro en los años futuros. 

¿Era mala?

No me gusta que la gente se moleste conmigo o no agradarles, así que traté de compensarlo.

—¿Quieres salir? —pregunté, asustada de que le dijera a mi mamá que había herido sus sentimientos.

—Está lloviendo —lo dijo como si fuera un hecho, como si él fuera el adulto y yo una niñita estúpida.

Verán, Edward no me iba a derrotar. Iba a ganar $15 dólares ese día. E iba a conseguir que este niño le diera un buen informe a su madre.

—No está lloviendo tanto.

—Mi mamá dice que no se me permite.

—Nadie se dará cuenta. Vamos. Salgamos.

Fue la primera vez que conseguí que hiciera algo de lo que no se sentía tan seguro. Salimos a la lluvia en ese agradable día de verano. Levantó la vista al cielo con sus amplios y pálidos ojos azules que parecían demasiado maduros para su edad, y simplemente murmuró algo acerca de las probabilidades de ser alcanzado por un rayo.

Sin embargo, no le presté mucha atención. Tenía un fantástico conjunto de columpios con una caja de arena en su patio trasero y me encontraba demasiado ocupada tratando de subir al tobogán por la parte delantera en vez de subir por la escalera, porque quería ser una de esas geniales chicas de la televisión. Y mi primer paso sería subir por un tobogán. En la lluvia.

Se llama “preparación”.

Edward había corrido hacia mí, agitando frenéticamente las manos a sus costados, mientras yo resoplaba y me quedaba sin aliento mientras subía por el metal resbaladizo. 

—¡Te lastimarás!

Rodé los ojos y lo hice callar.

 —Estoy bien.

Fue entonces cuando el primer rayo cayó en el árbol a unos pocos metros de distancia del tobogán en el que luchaba por subirme.

El pobre pequeño Edward se tapó los oídos y saltó unos cuantos centímetros en el aire.

Observé con atónito asombro cuando se volteó ridículamente rápido y corrió por el patio, gritando mientras se impulsaba sobre sus piernas cuando saltaba sobre los charcos de agua de dos metros de ancho para volver a entrar en la 

Dejándome en el tobogán metálico.

Sola.

Donde fui golpeada por un rayo.

Bueno, no yo. El tobogán. El tobogán fue alcanzado por un rayo y me encontraba aferraba a él, por ende tuve un espasmo y los vellos de mis brazos se erizaron cuando me sacudí lo bastante fuerte para soltar mis dedos. Luego caí de espaldas en el barro y me desmayé.

Cuando me desperté en el hospital, mi madre me contó que Edward había estado enloqueciendo y su madre por fin logró conseguir sacarle información suficiente para que luego mi mamá pudiera arrastrarme por el césped hasta la casa. 

Ambas estaban histéricos. Y tuve suerte de estar viva.

En esencia, él había salvado mi vida.

Más tarde vino al hospital con su madre, Esme, mirándome como si fuera la cosa más fascinante del mundo, porque sobreviví. 

Aunque conseguí una increíble cicatriz de la experiencia. El doctor me dijo que se llamaba figura de Lichtenberg, que era piel elevada que era más oscura que el resto de mi tez. Se parecía a las raíces de un árbol extendiéndose desde la parte superior de mi hombro hasta la mitad del brazo. Me enamoré de la cicatriz en ese momento. 

Al parecer, a Edward también le gustó.

Ahora es simplemente una cosa en mi cuerpo. Parte de lo que soy. A veces olvido que está ahí.

Volviendo a la historia.

Se quedó por unos treinta minutos, sin hablar y sin hacer otra cosa más que mirarme... en realidad, a mi nueva herida de batalla, que esperaba me reflejara como alguien genial. Justo antes de irse, sacó un pedazo de papel doblado de su bolsillo y me lo entregó, ofreciéndome un pequeño adiós con la mano antes de salir detrás de su madre.

Ese pedazo de papel contenía la obra de arte más minuciosamente colorida que jamás había visto en mi vida.

En lugar de hacerme sentir mejor, me hizo sentir mal.

Porque apenas el día anterior, al parecer le había dicho al Artista de Nuestra Generación que coloreara dentro de las malditas líneas.

Conocí a Edward con el pretexto de que me pagaban por sentarme con algunos niños de la iglesia. Pero cada vez que aparecía en su casa, éramos solo nosotros dos.

En primer lugar, tuve que preguntarme por qué me pagaban por pasar el rato con él. Quiero decir, ¿en serio?

Pensarías que después de casi morirme, no me habrían pedido venir nunca más. Pero te equivocarías, porque al parecer su madre no aprendió la lección la primera vez. Estoy segura de que era porque sentía que su hijo era lo suficientemente bueno para no meternos en problemas, pero no tomó en cuenta que yo no lo era.

Edward es casi perfecto. Es callado y distante, siempre preocupándose de sus modales y otras cosas. Cuando niño, se hallaba continuamente concentrado en colorear o dibujar o incluso pintar en el cuarto que su padre había arreglado encima de la cochera.

Yo no quería pintar o mirar los trenes. Me hartaba colorear.

Sólo quería jugar, ¿sabes?

No hace falta decir que quizá dejó de confiar mucho en mí el día en que casi me atraganté con una canica. Y cuando por accidente pegué chicle en mi cabello y le pedí que me ayudara a cortarlo. Lo que resultó con una buena cantidad de cabello faltante en la parte izquierda de mi cabeza.

Su confianza en mí debió haberse desplomado el día que traté de enseñarle a surfear con un colchón por las escaleras, pero dado que se encontraba siendo tan persistente sobre no participar, decidí mostrarle exactamente cuán divertido podía ser. Me subí en el colchón al revés, mirándolo a la cara mientras me empujaba y comenzaba a descender por la escalera. Excepto que... el colchón no descendió conmigo.

No al principio, de todos modos.

Rodé sobre mi espalda y me fui de cabeza a la esquina junto a la puerta principal, y me golpeé con tanta fuerza que me dio una conmoción cerebral. Edward tuvo que sacarme el colchón, debido a que aterrizó cinco segundos después en mi cuerpo inerte. Y luego comenzó a gritarles a nuestras mamás y ellas llamaron a una ambulancia mientras enloquecían. De camino al hospital, vomité perros calientes 
verdes o algo parecido. Una vez que estuve lo suficientemente coherente para hablar con ella detrás de la delgada cortina azul en la sala de urgencias, le aseguré a mi mamá que fue mi culpa.

Lo más divertido es que me creyó.

Esa vez, cuando Edward y su madre vinieron a verme al hospital, fue para anunciar que ya no podía ir los miércoles por la noche. Y que se iban a cambiar de iglesia.

Le tomó todo eso para que se diera cuenta que yo era incapaz de mantenerme fuera de peligro. Increíble.

En fin, Edward se había quedado aún más callado que de costumbre, y apenas me miró todo el tiempo de su estadía. Pero antes de irse, me dio otra imagen. Y déjenme decirles que ésta era aún más hermosa que la anterior, pues era una página llena de nada más que colores.

Rascó el cabello oculto bajo su gorra de béisbol favorita y susurró: 

-Adiós, Bella. 

Le di una despedida final con la mano, sabiendo en lo profundo de mi corazón que probablemente sería la última vez que lo vería en un muy largo tiempo.

Tuve mucha razón. La señora Cullen hablaba con mi madre donde supuso que estaría fuera del alcance de mi oído, pero aun así pude escuchar lo que pasaba. 

En ese momento, sus palabras no tenían mucho sentido. Aunque, ahora sí.

Porque me tomó otros cinco años darme cuenta qué era tan diferente sobre Edward Cullen, y por qué a su madre le afligía tanto no poder encontrarle un compañero para jugar.
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